DÍA 15MARTES, 20 DE JUNIO #3
Tenemos franquicias y pequeños negocios que son propiedad y están regentados por personas que no tienen nada que ver con la Southern Republic.
Mientras escuchaba la descripción de Hank, Brent pensó en lo que él siempre había considerado una ciudad corporativa.
¿Seguían existiendo? Lo dudaba. Bastaba con contemplar el declive del sector del acero en los Estados Unidos, los problemas de los fabricantes automovilísticos del país y, tal como había dicho Bozin, la competencia extranjera, que estaba rebajando los precios de todo a mínimos históricos.
Costaba incluso sobrevivir. Pero ¿sobrevivir y controlarlo todo?
Eso era casi imposible.
–La verdad es que me sentía insultado cuando la gente pensaba que la empresa mandaba en todo aquí –dijo Hank–. Yo siempre pensé que quien mandaba era yo.
Brent sonrió.
–¿Y no era así?
Lo dijo con evidente tono sarcástico.
–Lo creas o no, era una democracia.
–Hasta que el consejo, o cualquier otra persona, discrepaba contigo.
Bozin soltó una carcajada.
–Te tiene calado, Hank.
Les sirvieron el postre en el salón, una deliciosa tarta de lima coronada con nata montada casera. A Brent no le habría importado comerse otra porción, pero no les ofrecieron repetir.
–¿Cuándo crees que finalizarán las negociaciones? –le preguntó Bozin a Hank.
–Calculo que el lunes o el martes de la semana que viene.
–¿Alguna posibilidad de que sea antes?
–Lo dudo. Los afiliados van a tener que digerir los cambios y hacerse otra vez a la idea de los cinco años. Se tarda un poco en asimilarlo.
–Ese es el punto más peliagudo –dijo Bozin–. Siempre me preocupan los otros sindicatos. Ver si conseguiremos meterlos en cintura. Hank, ¿alguna vez has tenido alguna reserva acerca de nuestra manera de proceder?
–Nunca. Es la única manera de negociar. La privacidad permite llegar a un pacto razonable entre hombres razonables.
El viejo suspiró.
–Me acuerdo del principio, cuando lo negociábamos todo al descubierto. Eran unas sesiones de negociación largas y duras. Robbie Shuman no ponía la cosas fáciles, ¿lo recuerdas?
–Desde luego.
–Brent, ¿tú llegaste a conocer a Shuman? –le preguntó Bozin.
–No, señor. Pero fui al instituto con su hijo. Lo mataron a tiros, si no recuerdo mal. Una atrocidad.
–Robbie era un tipo duro de pelar –dijo Hank–. Pero también era un cabeza hueca.
–Tengo curiosidad, Hank, ¿cuándo fue la primera vez que Hamilton te sugirió mantener sesiones de negociación más privadas?
–Hace mucho tiempo. Me convocó en el despacho de dirección un día y tuvimos una charla. Fue la primera vez que nos sentamos a puerta cerrada.
–Tal vez no lo sepas, pero a Robbie también se le ofreció ese trato. Se negó. La verdad es que era difícil trabajar con él.
–No me sorprende. Robbie era un buen secretario general sindical, miraba por su gente, pero hay muchas maneras de conseguir lo que se quiere. Hay que ser duro. Eso es innegable. Pero lo que no hay que ser es idiota.
–Sin embargo, en su momento, a ti debió emocionarte. Era una oferta para actuar como el negociador por antonomasia entre los sindicatos y la dirección.
–Desde entonces, todas las negociaciones han sido mil veces más tranquilas.
Bozin asintió con la cabeza.
–¿Cómo consigues que los otros dos sindicatos den su visto bueno? No tiene que ser fácil.
–Pues en eso he sido afortunado. Los presidentes de la AIM y la IUTP son amigos míos de toda la vida. Y me escuchan.
–Los pactos que has forjado han sido beneficiosos para todo el mundo. Entiendes la situación, Hank. Y nunca pierdes de vista tu objetivo último. Mantener la fábrica en funcionamiento. Que la gente conserve sus empleos. Eso es lo importante.
–Yo considero que una nómina regular es mucho mejor que un fuerte aumento único, o un beneficio muy generoso, pero que acabará acarreando la pérdida de puestos de trabajo.
Conversaron durante media hora más.
Hablaron de las negociaciones, de la empresa y de Concord.
Bozin parecía disfrutar de verdad gastándole bromas a Hank, y Brent se entretuvo viendo en acción a aquellos dos guerreros. Eran las 20:30 horas cuando se despedían en el vestíbulo.
Sonó el timbre.
Bozin abrió la puerta de paneles tallados.
Fuera había un hombre.
Era alto, con un físico nervudo, duro, atlético.
Cuarenta y pocos años, cabello castaño con un brillo apagado por las canas.
La expresión de su rostro cincelado era de gravedad, una expresión con una mirada vacía reminiscente de la de un director de funeral.
Brent recordaba vagamente haber visto aquella cara antes, en el inicio de las negociaciones del día anterior.
El hombre había hablado brevemente con Bozin.
–Jon, no sé si conoces a estos caballeros o no.
–No, señor, me parece que no.
Lo dijo en voz baja, suave, sin imprimir una inflexión clara a ninguna sílaba. Fue presentado como Jon de Florio, jefe de seguridad de la empresa.
–Había oído tu nombre, pero creo que es la primera vez que nos vemos en persona –dijo Hank.
–Yo también lo creo –respondió De Florio–. Puedo volver más tarde.
Bozin le indicó que no hacía falta con la mano.
–No es necesario. Brent y Hank ya se iban.
Bozin los acompañó hasta el porche delantero.
–Me alegro de que hayáis venido. He disfrutado de nuestra conversación. Espero que haya sido iluminadora. Tal vez podamos reunirnos otra vez antes de mi regreso a Atlanta.
Brent y Hank se dirigieron a sus vehículos.
–Tenemos que hablar –le susurró Brent a Hank, sin apartar la vista de delante.
–He visto que me llamabas varias veces. ¿De qué querías hablar?
–De esos números. He encontrado algo.
–¿Debo entender por lo que me estás diciendo que esa lista sí que es algo?
–¿Qué día la conseguiste?
–La noche que regresaste a la ciudad.
El 6 de junio.
Ató cabos.
–Desde luego que es algo.
Luego, volvió la vista atrás.
Bozin se despidió de ellos con la mano y Brent le devolvió el saludo con una sonrisa.
Luego, subió a su coche y encendió el motor, pero se tomó un momento para mirar, a espaldas de Bozin, a Jon de Florio, quien, a través de la puerta abierta de la casa, lo observaba todo.
20:45 h
Chris estaba sentado en el salón escuchando cómo De Florio le informaba de lo que había averiguado hasta el momento sobre Reed y la lista. Asimiló los detalles necesarios para lo que tenía en mente, sin revelar nada con su expresión y mintiendo con sus palabras.
–Al no tener noticias tuyas –dijo–, decidí invitar a Reed para comprobar si yo era capaz de averiguar algo. Hank y yo siempre hemos tenido un trato cordial.
–¿Y ha descubierto algo?
Negó con la cabeza.
–No ha mencionado nada ni remotamente conectado con la lista.
–Fingió decepción, pero en realidad se alegraba.
Las preguntas se arremolinaban en la mente inquisitiva de De Florio.
En especial, una. ¿Qué hacía el novato también allí?
De manera intencionada, Chris había optado por no aportar nada sobre ese tema.
En lugar de ello, le preguntó–: ¿Qué vas a hacer ahora?
–Mantener la vigilancia. Quizá aumentarla un grado. Hasta que sepamos el alcance de esto, hemos de vigilar de cerca a Reed.
–Estoy de acuerdo. –Esperaba que De Florio invirtiera todos sus recursos en eso. Necesitaba cierta libertad para concluir lo que había empezado–. ¿Están informados ya Hamilton y Larry?
–Eso se lo dejo a usted.
No era tan ingenuo como para pensar que De Florio no había hablado antes con Lee, pero le siguió el juego.
–Me ocuparé de hacerlo por la mañana.
De Florio se puso en pie.
–¿Necesita algo más de mí esta noche?
Él también se puso en pie. Pero se dobló de dolor. Agarrándose el abdomen, intentó recuperar la respiración.
De Florio alargó la mano para ayudarlo.
–¿Se encuentra bien?
Un par de respiraciones profundas y recobró la compostura.
–Estoy bien. De verdad. –Recuperó el equilibrio y se enderezó–. No es nada. Es solo un pequeño problema médico con el que he tenido que lidiar últimamente. Nada serio. Eso será todo. Gracias.
–¿Quiere que llame a un médico?
–No hace falta. –Tomó unas cuantas respiraciones profundas más–. ¿Te alojas en la casa del guarda o en una de las casas de invitados?
–Me han dejado una de las casas de invitados.
–Entonces sé dónde encontrarte.
De Florio se excusó y salió por la puerta principal.
Chris había tenido un día bastante bueno en lo tocante al dolor.
Hasta hacía más o menos una hora. Aun así, podría haber disimulado fácilmente sus molestias (Dios sabía que tenía práctica en ello), pero había decidido no hacerlo a propósito.
Con suerte, al mensajero no se le habría pasado por alto el mensaje.
Subió lentamente las escaleras, de peldaño en peldaño. El carillón que había en el vestíbulo anunció que eran las nueve de la noche. Oyó al personal recogiendo la cocina y el salón, y supo que apagarían las luces que aún quedaban encendidas y cerrarían la puerta al finalizar.
Una vez arriba, se desnudó con cuidado y se puso el pijama y el batín. Se cepilló los dientes y, como aún no tenía sueño, salió al balcón a disfrutar de la cálida noche. La tarima de cedro estaba húmeda a causa de un chaparrón que había caído algo antes.
Los grillos y las ranas entonaban una serenata bajo el manto de oscuridad. Su casa estaba en la punta oeste de la propiedad, lejos del río y de casi todas las demás instalaciones. Le gustaba la soledad. Y también le gustaba que sus socios no estuvieran cerca.
La aparición de De Florio había sido fortuita.
Daba por sentado que Lee lo estaba vigilando.
Y también que De Florio habría reclutado a algún miembro de su personal doméstico como cómplice, motivo por el cual había organizado la cena precisamente allí.
Pero el hecho de que De Florio se hubiera presentado en su casa y hubiera sido testigo de primera mano era si cabía más perfecto.
Era evidente que Lee y Hughes aún no habían encontrado lo que les había dejado.
Antes de aquella noche, no había ninguna necesidad de consultarlo.
Cuando lo hicieran, sabía que los acontecimientos se precipitarían.
A partir de ese momento, tendría poco tiempo.
Necesitaba estar preparado para avanzar de inmediato y rematar lo que había empezado.