DÍA 15MARTES, 20 DE JUNIO #2
La noche anterior le había dado la sensación de que quería hablar con él de algo, pero cambiaron de tema y luego ya no lo retomaron.
A veces Ashley era así. Hermética, callada, retraída.
Era curioso en alguien con una personalidad tan extrovertida.
Había intentado varias veces localizar a Hank, pero no le había respondido a las llamadas ni a los mensajes.
El guardia de seguridad de la puerta principal le entregó un mapa impreso con indicaciones para llegar a la cabaña de Bozin y le informó de que se encontraba al final de un callejón pavimentado con el nombre de su propietario.
Antes de encaminarse hacia allí, Brent aprovechó la ocasión y recorrió todo el complejo al volante, admirando la opulencia rústica.
Finalmente, justo antes de las siete, encontró la casa.
Los árboles de los alrededores proyectaban largas sombras sobre un césped segado salpicado de paja.
Dos pavos reales pasaron caminando con la cola desplegada.
El exterior era una mezcla de ladrillo, piedra caliza y mortero.
En un extremo, una chimenea de piedra revestida por una densa hiedra se elevaba dibujando un arco.
Parecía una casa solariega francesa que hubiera sido transportada al otro lado del Atlántico y depositada en los bosques de Georgia.
Aparcó en la entrada, junto a una furgoneta de color rojo que conocía bien.
Hacía años que llevaba la misma pegatina en el parachoques: «NO LE GUARDO RENCOR A NADIE».
La ranchera de Hank Reed. Ahora sabía por qué no le había contestado.
Su amigo andaba a la caza de algo mejor.
El timbre anunció su presencia con el suave tañido de unas campanas de iglesia. Al cabo de un momento se abrió la puerta.
–Pasa, por favor –dijo Bozin–. ¿Lo has encontrado bien?
–Sin problemas. –Entró en el elegante vestíbulo, una estancia con bello mobiliario de nogal–. ¿Hank está aquí?
–Nos espera en el salón.
Bozin hizo un gesto hacia un pequeño vestíbulo que desembocaba en una espaciosa sala de estar con techos altos y abovedados propios de una catedral.
Posó la mirada en la pared del fondo, ocupada casi por entero por un ventanal.
Al otro lado había un patio interior bordeado por luminosas caléndulas.
Más allá se alzaban altos pinos y, en la distancia, el destello de un lago.
Daba la sensación de que estuvieran al aire libre.
–No sabía que estabas en la lista de invitados de esta noche –dijo Hank, de pie junto a un mueble bar.
Bozin se dirigió hacia el sofá.
–Debo confesar que convoqué esta cena y no os dije a ninguno de los dos que planeaba invitar al otro. Espero que no os importe.
Ni Hank ni él dijeron nada. ¿Qué podían decir? Bozin era el jefe. Pero Brent se preguntó qué se traía entre manos.
–Sentaos. Servirán la cena en breve. ¿Alguno de los dos quiere beber algo?
Hank y él declinaron la oferta, alegando que preferían esperar a la cena.
–Es una casa preciosa –dijo Brent.
–Mi hogar en Atlanta es de corte italiano. Mi despacho, inglés. Así que decidí que este lugar tuviera un aire marcadamente francés.
Charlaron sobre trivialidades unos minutos. Después, Bozin le preguntó a Hank:
–¿Cómo crees que están yendo las negociaciones?
–Hasta ahora bien.
–¿Y pasado mañana? Vamos a cambiar nuestra oferta de tres a cinco años por la mañana. ¿Los sindicatos están listos?
–No les gusta, pero prevén el cambio. Ya tengo mi contraoferta lista. Y las otras delegaciones locales también. No ha sido fácil. Todo el mundo aspira a la luna, pero por ahora todo va según lo acordado.
Bozin sonrió.
–Tan eficiente como siempre, Hank. Sabía que lo lograrías.
Aun así, es un buen trato para los empleados.
Un tres por ciento de aumento salarial es una cifra generosa, teniendo en cuenta todos los extras que proporcionamos.
Nuestros trabajadores tienen el mejor seguro de salud y el mejor plan de pensiones de por aquí.
Dime una papelera que ofrezca algo mejor.
–A mí no tiene que convencerme –dijo Hank–. Yo no tengo quejas.
–Hicimos lo correcto, años atrás, al optar por un seguro propio de la empresa.
Nos ha permitido una gran flexibilidad para adaptarnos a los cambios del mercado.
No me importa confesaros que al principio me aterraba, pero interiorizar las pensiones y los seguros sanitarios ha demostrado ser un movimiento sólido.
Y realmente mereció la pena cuando se aprobó la Ley de Atención Sanitaria Asequible.
No tuvimos que hacer demasiados ajustes para amoldar nuestro plan a sus mandatos.
Somos una de las pocas empresas que los cumple –continuó Bozin señalando con un dedo– sin que nos cueste una fortuna.
Espero que podamos mantenernos. La cosa se está poniendo difícil.
A Brent le pareció un comentario raro y preguntó:
–¿A qué se refiere?
–El sector nacional de las papeleras no atraviesa uno de sus mejores ciclos.
La competencia extranjera nos está obligando a bajar los precios por debajo de los costes de producción.
La mayoría de las empresas se están expandiendo en el extranjero, aprovechando la mano de obra barata, pero nosotros no lo hemos hecho.
La Southern Republic tiene el compromiso de ser cien por cien estadounidense.
Quizá sea una decisión insensata, pero seguramente nuestros empleados lo aprecien.
Brent no pudo evitar preguntarse si esa información era cierta u otra estratagema negociadora, quizá como la propia invitación a aquella cena.
–Por suerte, contamos con una buena diversificación en productos de madera y construcción. Aunque el precio del papel se desplome, la venta de productos de construcción puede mantenernos a flote, como lleva haciendo varios años.
Parecía sentirse satisfecho con sus palabras.
–Más vale prevenir que curar –dijo Bozin–.
Hank, el trato al que llegasteis Hamilton y tú es bueno.
Nos permitirá seguir avanzando. Estamos planteándonos construir una nueva fábrica gigantesca para tratar papel reciclado, una inversión de cien millones de dólares que probablemente se ubicará en el condado de Woods o sus alrededores.
Pensad en la cantidad de empleos que generará.
Apareció un mayordomo en la puerta para indicarles que la cena estaba servida.
–Caballeros... –dijo Bozin, dirigiéndolos con un gesto.
18:00 h
Brent se sentó a la mesa.
La cena estaba servida en un comedor formal y opulento, con suelos de mármol negro pulido y una enorme mesa de alas abatibles rodeada por ocho sillas tapizadas de respaldo alto.
Una cajonera tallada hacía las veces de mesa camarera y sobre ella había colgada una pintura al óleo del siglo XVII que Bozin llamó Retrato de una muchacha.
El plato principal era un filete de lubina pescada, según les explicó su anfitrión, en el lago que había tras la casa.
Patatas al horno, suflé de maíz y una ensalada cítrica completaban la comida.
Todo se sirvió en porcelana fina con el emblema de Hickory Row repujado en dorado.
Les ofrecieron vino, pero tanto Hank como Brent lo declinaron y optaron por tomar té frío.
–Hank, ¿cuánto hace exactamente que trabajas en la papelera? –preguntó Bozin mientras cenaban.
–Este octubre hará treinta y siete años.
–¿Y estás satisfecho?
–La Southern Republic proporciona una vida excelente.
–Brent, tu padre también trabajó en la papelera, ¿no es cierto?
–Más de cuarenta años. Empezó cuando aún era la Republic Board. Ayudó a construir la fábrica y luego lo contrataron como maquinista.
–Yo no lo conocí, pero muchos hombres como tu padre han trabajado para nosotros a lo largo de los años. Nos han ido muy bien.
«Ya puede decirlo», pensó Brent, mientras volvía a echar un vistazo a aquella sala.
–Concord sobrevivió gracias a la Southern Republic –dijo Hank.
–¿Para mejor? –preguntó Bozin.
–Yo diría que sí. Carreteras pavimentadas.
Nuevas escuelas. Canalización de las aguas y el alcantarillado.
El hospital. El sanatorio. No podríamos habernos costeado ninguna de esas mejoras de no ser por la Southern Republic.
La Republic Board cambió algunas cosas, pero no invirtió en la región como han hecho ustedes.
Brent pensó en la época en la que la Southern Republic llegó al condado.
Él aún estaba con los boy scouts, pero Hank tenía razón, los cambios habían sido profundos incluso durante su vida.
Abrieron concesionarios, brotaron bancos como setas, los negocios prosperaron y se construyeron dos centros comerciales.
Llegaron las cadenas de restaurantes. Y la televisión por cable.
La red de gas natural se expandió hasta ellos.
Y con una sustitución mínima pero práctica, las rutas rurales se abolieron y se asignaron direcciones que permitían las entregas del correo a domicilio.
En el transcurso de unas pocas décadas, las cosas cambiaron para siempre.
En muchos sentidos, lo mismo había pasado con su propia vida, que durante las últimas semanas también había cambiado de manera irrevocable.
–Recuerdo cuando vine aquí, justo antes de adquirir la empresa –dijo Bozin–.
La papelera estaba en las últimas, a punto de cerrar.
La Republic Board estaba al borde de la bancarrota.
Concord era una pequeña comunidad agrícola, un mundo aislado.
Supe que iba a requerir mucho trabajo y mucho dinero que las cosas prosperaran.
Y así fue. Pero ahora veo que tenemos una población y un condado donde es agradable vivir.
Y en nuestro favor diré que hemos sido un buen ciudadano corporativo.
Siempre hemos pagado nuestros impuestos, según lo estipulado, y a tiempo.
Pero Brent sabía cómo funcionaban esas cosas.
Empleados de la empresa ocupaban de manera permanente escaños en la junta de asesores fiscales, en el ayuntamiento y en la comisión del condado.
Por no mencionar el largo mandato de Hank como alcalde.
Nunca estaba de más tener amigos en puestos elevados cuando llegaba el momento de tomar decisiones.
Bozin miró a Hank.
–¿Dirías que Concord es una ciudad corporativa?
–Antes lo oía mucho. Los periodistas forasteros querían saber si la Southern Republic lo controlaba todo.
Y yo les decía que, hasta donde yo sé, no hay un economato de la empresa donde los empleados gasten toda su nómina para mantener sus cuentas corrientes.
La empresa no dicta las políticas de nuestra ciudad ni de nuestro condado.