DÍA 15MARTES, 20 DE JUNIO
9:34 h
Hamilton Lee estaba inquieto tras su escritorio en la Torre Azul mientras observaba a De Florio sentarse tranquilamente al otro lado. Notó que su subordinado experimentaba una punzada de placer al verlo angustiado.
–¿Qué pasó después de que a tu hombre casi lo pillaran en casa de Reed el sábado? –preguntó.
–Le he ordenado regresar esta mañana.
–¿Y por qué no esperar a que oscurezca?
–Porque Reed está en el trabajo. Y la mujer de la limpieza no va hasta mañana. La luz del día presenta una oportunidad sin riesgos innecesarios.
–¿Qué pasó el sábado?
–Que la hija de Reed estaba en su casa, pero no había ningún vehículo fuera. Por suerte, la cosa se resolvió y mi hombre pudo entrar y salir sin que lo detectaran.
–¿Y hoy qué ha encontrado?
–La lista en el despacho de Reed. Pero nada que indique que sea consciente de su significado. Hemos puesto micrófonos en el teléfono y en el despacho para hacer un seguimiento.
No daba crédito. En los más de veinte años que hacía que el Programa Prioridad estaba en marcha aquella era su primera brecha en la seguridad.
Siempre habían sido extremadamente cautelosos.
Solo contrataban a los mejores y exigían una perfección absoluta.
Cualquier error se gestionaba con severidad.
¿Y un puñetero relámpago podía hacer que todo saltara por los aires?
–Hay algo más –dijo De Florio–. El jueves pasado el señor Bozin se reunió en privado con Brent Walker.
El encuentro duró unos quince minutos en la sala de reuniones principal, después de que el señor Bozin incluyera específicamente a Walker en una reunión de personal.
Y ayer Bozin comió con Walker y otra gente de la empresa durante la pausa de las negociaciones.
A eso no le doy especial importancia. Sin embargo, después ambos estuvieron a solas unos minutos en el lavabo.
El hombre que infiltré en las negociaciones no pudo averiguar si llegaron a hablar o no.
–Pero ¿estaban solos en el aseo?
De Florio asintió con la cabeza.
–Mi hombre entró justo después para asegurarse.
Enseguida recordó que Bozin había insistido la semana anterior en incluir a Brent Walker en las negociaciones.
Entonces le pareció claro que era un movimiento inteligente.
Al fin y al cabo, ese era el motivo principal por el que habían contratado a Walker.
Pero ¿a qué venía que estuvieran manteniendo conversaciones privadas ahora?
Conversaciones a las que Bozin no había hecho alusión.
–¿Por qué le parece necesario vigilar de cerca a su socio? –quiso saber De Florio.
–Últimamente, el señor Bozin ha exhibido un comportamiento que al señor Hughes y a mí nos desconcierta.
–¿Dudan de su compromiso con la empresa?
–No estoy seguro. Como bien sabes, Chris es un hombre parco en palabras, lo cual hace que sea difícil saber en qué está pensando.
–El señor Bozin siempre ha mostrado una gran dedicación.
–Pero se está haciendo viejo y no tiene buen aspecto últimamente.
–Sí, yo también he notado cierto deterioro. ¿Hay algo que le preocupe de la relación entre Brent Walker y el señor Bozin?
–No estoy seguro. Solo me resulta curioso que Chris quiera hablar con Walker.
–Podría tener que ver únicamente con las negociaciones o, quizá, con la asociación de Walker con Reed.
–Brent Walker es un recién llegado a este sector. Más allá de ayudar a Reed, poca cosa podría ofrecerle a Chris. Sin embargo, es la asociación de Walker con Reed lo que me preocupa. Reed podría hablarle de la lista. En su día estuvieron muy unidos. Probablemente aún lo estén.
–Pues eso sin duda ampliaría nuestro problema de contención, ya de por sí difícil.
–Caray, Jon, no podemos ir por ahí matando a todo el mundo. La idea era ahorrar dinero, no ayudar con la sobrepoblación.
–Tal vez ahora sea solo un asunto de supervivencia.
Miró de hito en hito a De Florio.
–Y no solo de la nuestra, ¿no?
–Yo desde luego me juego mucho.
–¿De verdad? Supongo que tú puedes volar como un pajarillo.
Todo el dinero que te hemos pagado probablemente esté en Europa o en el Caribe, oculto a buen recaudo tras una pantalla legal protectora.
No estás casado. No tienes familia. Te proporcionamos todo lo que necesitas. Podrías desaparecer en un pestañeo.
–Quizá. Pero no tengo ningún deseo de pasarme el resto de mi vida en la cárcel, ni de ser un forajido de la justicia.
–Yo tampoco. No obstante, a diferencia de ti, no puedo huir a ningún sitio. Todas mis raíces están aquí.
–Lo entiendo. –Fue todo lo que De Florio parecía dispuesto a conceder.
Lee volvió a los negocios.
–¿Qué recomiendas?
–Seguir vigilando a Reed y averiguar qué hace en cuanto ocurra. Sobre todo, no nos interesa reaccionar con desmesura. Podría no tener ningún interés en esa lista.
–Estoy de acuerdo. Y aún nos falta recuperarla.
–Con eso solo conseguiríamos llamar la atención. Pero he borrado todo rastro de ella de nuestro sistema. Ya no existe.
–Me alegra saberlo.
–Convendría pinchar los teléfonos de la casa de Brent Walker –dijo De Florio.
–Hazlo.
–Y también recomiendo intervenir el teléfono del despacho que Reed tiene en la papelera. Creo que llama a ese lugar el Corral.
–Hazlo.
–Y dependiendo de cuánto se amplíe esto, podría necesitar ayuda externa por un tiempo limitado.
–Contrátala.
–También recomendaría mantener vigilados al señor Bozin y a Brent Walker. Aunque eso debería ser fácil, porque los dos asistirán a las negociaciones. Y ya tengo un hombre infiltrado ahí.
–¿Y qué hay de las noches?
–Tengo una persona de confianza dentro de la casa de Bozin en Hickory Row.
Lee se mostró intrigado.
–No sabía que tenías a gente infiltrada en nuestros hogares privados.
–No las tengo. Capté a esta fuente la semana pasada cuando me dio instrucciones de supervisar al señor Bozin.
Pero Lee tenía sus dudas. Aun así, esa inquietud tendría que aguardar a otro momento.
–¿Necesitamos supervisar electrónicamente la vivienda de Bozin? –quiso saber.
–No lo creo. Mi fuente me mantendrá debidamente informado.
–Para guardar las apariencias, quiero que informes a Bozin de todo lo que has averiguado hasta ahora. Tal como él mismo pidió. Oculta el hecho de que hemos mantenido esta conversación.
De Florio asintió con la cabeza.
–Pero yo sigo queriendo que me tengas informado al instante. Si es necesario, activaremos órdenes de Prioridades de un momento a otro. Será mejor que estés preparado.
–Ya he recopilado información sobre Reed y Walker.
–Bien. Tal como está la cosa, probablemente la necesites.
15:20 h
Habían tenido a Brent acorralado en el Comfort Inn todo el día.
Hank lo encontró justo después de la pausa para el almuerzo y volvió a preguntarle por la lista de números.
«De verdad, necesito que lo compruebes».
Pero no le había proporcionado más información.
Habría preferido darle una patada a esa lata y mandarla lo más lejos posible.
Sin embargo, al ver que la jornada acababa temprano, se dirigió a su despacho.
La lista y sus notas seguían guardadas en el cajón de su escritorio.
Las sacó, hizo una nueva búsqueda por el tercer número y localizó un nuevo nombre.
La cuarta coincidencia le sonaba de algo.
Brandon Pabon. El trabajador indemnizado que había fallecido de sobredosis.
Siguió buscando hasta dar con un nombre correspondiente a cada número.
034156901 William Mesnan, 23 de mayo, infarto456913276 Patrick Brown, 21 de mayo, fallo renal343016692 J. J. Jordon295617833 Brandon Pabon, 6 de junio, sobredosis178932515 Tim Featherston236987521 Melvin Bennett492016755 Paul Zimmerman, 13 de junio, accidente de caza516332578 Michael Ottman
¿Qué era aquello? ¿Una lista de empleados fallecidos recientemente?
No podía ser.
Hank se la había dado el sábado anterior, el 10 de junio. Tal vez el hecho de que todos los incluidos en la lista estuvieran muertos fuera irrelevante... y el hecho de que Zimmerman figurara en ella, una mera coincidencia. Pero quizá no.
Tenía que indagar un poco más.
Así que seleccionó un número de la lista, Tim Featherston, y buscó sus expedientes de empleo, donde averiguó que había trabajado como electricista hasta que se había jubilado, seis años atrás.
Actualmente residía en Reeling, Georgia.
El prefijo, el 912, indicaba que la población se hallaba en algún punto en el centro o sur de Georgia.
Descolgó el teléfono y marcó su número. Dos timbrazos después sonó la típica locución con el irritante anuncio: «El número que ha marcado está fuera de servicio».
Volvió a marcarlo, solo para asegurarse de no haberse equivocado, pero obtuvo la misma respuesta.
Comprobó otra vez el expediente y vio que la beneficiaria de Featherston, en caso de fallecimiento, era su hija.
Vivía en el confín norte del condado de Woods.
En el expediente figuraban sus datos de contacto.
Marcó su teléfono. Contestó una mujer y Brent se presentó:
–Trabajo en el despacho del director jurídico de la fábrica de papel. Estoy intentando ponerme en contacto con su padre, pero el número que tenemos en el expediente ya no está operativo.
–Lo siento, mi padre falleció hace dos semanas.
Se sorprendió.
–La acompaño en el sentimiento. –Tenía que preguntarlo–: ¿Cómo fue?
–Una estúpida picadura de avispa. Tenía una alergia terrible a las avispas y una se coló en su caravana durante la noche.
Enseguida le vino una pregunta a la mente.
–¿Le importa que le pregunte qué día murió?
–A primera hora del día 7.
–Discúlpeme si le he causado alguna molestia. Nuevamente, mi más sincero pésame.
Se despidió y colgó. Cinco de ocho estaban muertos.
Eso no era ninguna coincidencia. Eso era un patrón. Pero necesitaba saber otro dato imprescindible.
Irrelevante.
Hasta ahora.
¿Qué día exactamente había obtenido Hank la lista?
17:40 h
A Brent le impresionó Hickory Row. Prados de color esmeralda rodeados por blancos cercados en los que pastaban purasangres. Gamos y ciervos que corrían a su antojo, sin temor al peligro. Pavos salvajes, patos de colores y gansos pululando bajo un denso dosel de árboles envolventes.
En un principio, Ashley y él tenían previsto salir a una pizzería.
Pero ella entendía la importancia de la invitación de Bozin y decidieron hacer otra cosa durante el fin de semana.
La había notado nerviosa los dos últimos días.