DÍA 14LUNES, 19 DE JUNIO #3
Estaba en buena forma. No tenía problemas de salud apreciables y preveía vivir una década o dos tranquilamente, como jubilado, viviendo de sus ahorros y de la pensión mensual que la Southern Republic le enviaría para complementar la de la Seguridad Social.
Disfrutó del agua unos minutos más, luego se secó y entró en su despacho.
Necesitaba hacer unas cuantas llamadas para recordar a unos cuantos cabezas de chorlito que tenían que comparecer ante los tribunales la semana próxima.
El negocio como pagador de fianzas le proporcionaba unos buenos ingresos adicionales, con los que también contaba cuando se jubilase.
Sonó el teléfono.
Pasaba a todas horas, día y noche. Su interlocutor era alguien que necesitaba dinero para pagar una fianza.
–¿Cuál es la comisión? –le preguntó–. Me han detenido por hurto.
–¿De cuánto es la fianza?
–Diez mil.
Y ahora la pregunta del millón:
–¿Algo con lo que avalar? Terrenos, coche, joyas... Algo que me garantice que me devolverás el dinero.
–Pensaba que para eso estaba la fianza.
Todos decían lo mismo.
–La fianza es para la justicia. No pienso desembolsar diez mil dólares míos para que luego decidas no aparecer. Necesito alguna garantía para saber que eres una persona seria.
El interlocutor suspiró.
–Ya volveré a llamarle.
–Dime tu nombre.
Lo hizo.
–¿Tienes algún terreno en el condado?
Lo tenía, le dijo dónde.
–Además, debes sumar los dos mil dólares de mi comisión. El diez por ciento, lo que permite la ley.
–Eso tampoco lo sabía.
–¿Y qué pensabas? ¿Que iba a dar la cara por ti solo porque eres un gran tipo?
–Ya le llamaré.
–Aquí estaré.
Anticipando una posible segunda llamada, cogió el libro de registro tributario de contribuyentes del condado.
Compraba un ejemplar cada enero en la Oficina del Comisionado Fiscal del Condado de Woods.
Esos datos posibilitaban comprobar al instante qué tierras eran propiedad de un posible afianzado o su familia y en qué medida estaban gravadas.
Confirmó lo que su interlocutor le había dicho.
Tenía una parcela de dos mil metros cuadrados cerca de la papelera valorada en ocho mil dólares, con una primera hipoteca de cuatro mil con el Banco Estatal del Condado de Woods.
Ahora, si el hombre volvía a llamar, no debería confiar a ciegas en lo que le dijera.
Lo había contrastado. Y le gustaba conocer las respuestas antes de que le hicieran las preguntas.
Volvió a depositar el libro de registros en el estante de madera.
Al bajar la vista, vio el portapapeles con la lista de números que había dejado sobre la encimera. Hacía unos días que no pensaba en ellos, porque tenía la cabeza llena con las negociaciones del convenio.
¿Qué serían aquellos números?
Llevaba años metiendo las narices en los archivos de la empresa.
En el pasado, echaba un vistazo de vez en cuando a los expedientes en papel.
Las fotocopiadoras permitieron a los espías facilitarle información.
Y los ordenadores hicieron las cosas a un tiempo más fáciles y más difíciles, con sus contraseñas y cortafuegos.
Aun así, pocas cosas en la red de la empresa se libraban de su escrutinio.
Salvo esos números.
Sonó un pitido en el ordenador que indicaba la recepción de un nuevo correo electrónico.
Tenía unos conocimientos informáticos moderados.
Ashley le había enseñado muchas cosas. Y él apreciaba la tecnología, porque entendía que podía ser útil para muchos fines.
Se sentó frente al monitor y vio que el e-mail lo enviaba el miembro sindicado al que le había asignado el trato con la familia de Paul Zimmerman.
Cuando un afiliado moría, el sindicato hacía todo lo posible por aliviarle a la familia el dolor y la carga.
Y aquella muerte era especialmente desoladora, tanto por lo repentina que había sido como por los niños.
A la viuda le aterraba pensar en cómo pagaría las facturas y alimentaría a sus hijos.
Hank le había dicho a su hombre que le asegurara que no tendría problemas con ninguna de las dos cosas.
Aquel correo lo ponía al corriente de la situación.
Lo leyó con mucho interés. Se preocupaba por todos sus afiliados, se llevara bien o mal con ellos. Él era su líder y un líder lideraba.
Su hombre le indicó que ya habían rellenado el formulario para la indemnización por deceso y le instó a procesarlo rápidamente.
Hizo clic en el archivo adjunto y lo abrió para asegurarse de que todo estuviera en orden.
Parecía estarlo. Procesaría el formulario el día siguiente a través de Relaciones Laborales y se aseguraría de que esos cincuenta mil dólares del seguro de vida se pagaran enseguida.
Eso ayudaría a aliviar los temores de la viuda.
Pero entonces vio algo.
El número de la Seguridad Social de Paul Zimmerman.
Manuscrito en el espacio reservado para esa información. Dado que era el único número de la Seguridad Social que poseía de sus afiliados, decidió echar un vistazo rápido. Agarró el portapapeles donde tenía la lista.
Y encontró una coincidencia en la séptima línea: 492-01-6755. El número de la Seguridad Social de Paul Zimmerman.
Allí.
Parte de la lista.
¿Coincidencia? Ni de coña.
Se recostó en la silla, que chirrió con su peso, y se quedó mirando fijamente el portapapeles.
Estaba más intrigado que nunca.