DÍA 14LUNES, 19 DE JUNIO #2
Vio un vehículo conocido entrar en él y detenerse.
De él salió Catherine Walker.
Ashley se sorprendió.
–Me alegro de verla. Hacía tiempo que no nos veíamos. ¿Qué la trae por aquí? –preguntó, intentando ocultar la aprensión en su voz.
–Algo que tiene que resolverse –dijo la mujer mayor mientras se acercaba a ella–. El otro día, Brent y yo tuvimos una conversación. Le dije que la vida seguía. He pensado en ello desde entonces y he decidido seguir mi propio consejo. –Catherine hizo una pausa–. Tengo alzhéimer.
¿Había oído bien? No podía ser.
–Está en un estadio inicial, pero estoy enferma.
Ashley no sabía qué decir.
–Ya veo que Brent no te lo había contado.
Negó con la cabeza.
–Ni una palabra –respondió.
–Ay, es ese abogado que lleva dentro. Dios sabe bien que su padre y él eran expertos guardando secretos.
Bueno, no pongas esa cara tristona. Aún es pronto, hay tratamientos, y me quedan unos cuantos años buenos.
Ese es uno de los motivos por los que he venido.
Para decírtelo. El otro es que tu padre vino a verme.
Otra sorpresa, pero previsible.
–¿Y qué le dijo?
–Le preocupáis Brent y tú. Y a mí también.
–Me prometió que no se metería en esto.
–Quiere a su hija y está preocupado. Yo quiero a mi hijo, y también estoy preocupada.
–Todo esto es un lío y nadie sabe bien cómo resolverlo. –Hizo una pausa–. Brent y yo nos amamos, Catherine. Creo que hace mucho que nos queremos. Deberíamos haberlo solucionado antes de que otra gente resultara herida.
–¿Como tus exmaridos, Paula?
Se le tensó el rostro.
–Eso no es justo.
–Nada de esto es justo. No me malinterpretes. No estoy defendiendo a Paula. Tenía sus defectos y es evidente que era una mujer con problemas. Pero Paula se ha ido.
–Para Brent, no. Sigue sintiéndose culpable.
–Quiero que me digas por qué.
Ashley dudó.
–Creo que eso tiene que preguntárselo a él. No es asunto mío.
–Claro que lo es. Tú eres el motivo por el que se siente culpable. Mira, yo no estaba ciega, veía los problemas que tenía su matrimonio. Brent no era feliz. Siempre parecía haber malestar. Pero no me había dado cuenta, hasta hace poco, del grado de implicación entre mi hijo y tú.
–Brent nunca engañó a su mujer conmigo.
–No esperaba menos de él. Pero tú seguías estando ahí. Una presencia. Un obstáculo. Una competidora para ella. En cierto sentido, eso era peor que un amorío. Tenías su corazón.
–Paula estaba decidida a no soltar a Brent. Creo que sabía desde el principio que él no la amaba de verdad... como un marido ama a su mujer. Brent intentó cancelar la boda, pero ella no estaba dispuesta a permitirlo.
–Pero, si lo amabas, ¿por qué lo dejaste casarse con Paula?
Una pregunta pertinente que ella misma se había formulado en todos los años transcurridos desde entonces.
–Entonces yo estaba hecha un lío. No sabía lo que quería.
Era incapaz de centrarme en nada. Brent era el único hombre al que alguna vez me había sentido unida de verdad.
Confiaba en él, aunque entonces no era consciente de ello.
He tenido que madurar para ver los errores que cometí.
Tiene razón, debería haberle dicho lo que sentía.
Lo tenía muy desconcertado. Intentó acorralarme para que me definiera, pero no se lo consentí.
En cambio, a Paula hay que concederle que nunca tiró la toalla.
Se quedó con él y se llevó el anillo y la boda.
–Pero necesitó un embarazo para que eso ocurriera.
–De otro modo, nunca habría pasado.
–Y todo esto lleva enconado... ¿cuánto tiempo?
–¿Para mí? Quince años. Arruinó mis tres matrimonios.
Y el de Brent. –Observó atentamente a la mujer mayor, calibrando su reacción–.
Le insisto en que no es que nos viéramos a escondidas todo ese tiempo.
Nuestra relación no era en absoluto tan física.
Cuando se marchó a Atlanta, pensé que finalmente podría superarlo...
–Pero no fue así.
Ashley negó con la cabeza.
–La cosa solo empeoró. Mi tercer matrimonio fue un desastre desde el principio.
Pero yo no quería que Paula muriera, Catherine.
Quiero que eso le quede claro. Nadie quería que Paula muriera.
Y lo último en lo que nadie pensó fue en que fuera a suicidarse.
Y menos que nadie, Brent. No tenía ni idea de que estaba tan inestable.
–Paula era muy reservada. Y esa fue su perdición. Pero ¿qué hay de ti, Ashley? ¿Cuándo planeas tú decirle todo a Brent?
Se quedó mirando fijamente a Catherine Walker.
Y lo vio en sus ojos.
–Tu padre sentía que yo debía saber la verdad. Por supuesto, él no sabe nada de mi alzhéimer. Solo hizo lo que los padres hacen por sus hijas. Ayudarlas. Y me alegro de que así fuera. No he pensado en casi nada más desde que vino a verme. Tengo una nieta que ni siquiera sabía que existía.
El silencio se cernió sobre ellas.
Ambas asimilaron la magnitud de la situación.
Las lágrimas anegaron los ojos de Ashley.
–Brent tiene que saberlo –dijo Catherine–. Tal vez eso os una más.
–También podría hacer que se alejara de mí –replicó Ashley.
–Sí, el engaño puede tener ese efecto, pero es un riesgo que tendrás que asumir. En algún momento, las mentiras tienen que acabar.
A Catherine Walker se le llenaron los ojos de lágrimas.
–Casi me ha parecido que estaba de mi parte –dijo Ashley.
–Yo estoy de parte de Brent. Si lo haces feliz, y creo que así es, entonces tendrás mi apoyo al cien por cien. No quiero veros sufrir más a ninguno de los dos, ni a él ni a ti.
–Paula se lo puso muy difícil. Él quería poner fin a su relación. De verdad. Pero ella no jugó limpio.
–Cierto. Incluso con su suicidio. Entiendo los remordimientos de Brent. De verdad. Pero ¿qué habría hecho si hubiera sabido que Lori Anne era su hija?
–Me lo he preguntado un millón de veces. Pasó justo antes de que me casara con Manley Simmons. Supe inmediatamente que el bebé era de Brent. Pero le dije a todo el mundo que era de Manley.
–¿Por qué no se lo dijiste antes de que se casara con Paula?
–No lo sé. Me pareció más fácil no decir nada. Seguir adelante.
–Se habría casado contigo.
–Sí, ahora lo sé. Pero entonces no estaba segura.
–¿Y Brent nunca te preguntó sobre Lori Anne?
–Una vez, hace años. Pero le mentí. Manley sospecha, pero, gracias a Dios, nunca ha dicho nada. Y Lori Anne lo adora. Contar ahora la verdad sería devastador para ella.
–Pero mentir siempre es peor.
Amén.
–En el acuerdo de divorcio, Manley accedió a pagar una pensión de manutención por su hija.
Y yo la acepté solo para mantener la ficción.
Pero he metido hasta el último centavo en una cuenta especial.
Supuse que algún día se lo devolvería todo.
–Tenía que decirlo–: Amo a Brent, Catherine. Y esta vez no voy a dejarlo ir.
–He venido a decirte que estoy enferma y me estoy haciendo mayor.
Necesito saber que mi hijo estará bien. Me temo que Brent duda, porque piensa que no aprobaré nada de esto.
Pero no me corresponde a mí tomar las decisiones aquí.
Os corresponde a ti y a él, por no mencionar a Lori Anne.
Resuélvelo, Ashley. Soluciona esto mientras puedas.
Nunca habría podido mantener esa conversación con su propia madre.
Por desgracia, era una mujer egoísta y estrecha de miras que vivía en la otra punta del estado.
Tenían una relación cordial, con llamadas en las vacaciones, los cumpleaños y el Día de la Madre.
Pero ahí acababa todo. No existía vínculo entre ellas.
Lori Anne apenas la conocía. Se sentía mucho más unida a su padre, aunque a veces anhelaba tener una madre.
–Me encantaría tener una nieta –dijo Catherine–, mientras aún pueda disfrutar de ella.
Saltaron las lágrimas.
–Creo que ella también estaría encantada.
16:45 h
Hank se marchó inmediatamente en cuanto concluyó la primera jornada de negociaciones, descartando la oferta de su comisión negociadora de ir a tomar una cerveza en el VFW.
Durante la semana siguiente, ninguna de las delegaciones sindicales iría a trabajar a la papelera.
Sería en el Comfort Inn donde ficharían desde las 8:00 hasta las 16:30 horas hasta que llegaran a un acuerdo.
En términos generales, el primer día había ido bien.
Tras presentar la oferta inicial de la HITSE, Hank se pasó la tarde predicando acerca de las necesidades acuciantes de sus afiliados, entre las cuales se incluían las horas extras garantizadas, nuevos procedimientos para notificar la ausencia del trabajo por enfermedad,
indemnizaciones sanitarias y acuerdos salariales.
Todas ellas se debatieron agónicamente, hasta el último detalle.
La empresa replicó con su oferta inicial y, tal como se esperaba, pidió un contrato de cinco años de duración.
Hank fingió sorpresa y puso el grito en el cielo, destacando los inconvenientes de los contratos largos, todo ello en beneficio de su comisión negociadora y para recalcar la percepción de lo duro e implacable que podía ser.
Necesitaría una reputación sólida a medida que progresara la semana, cuando finalmente llegara el momento de convencer a las otras dos delegaciones locales, y a sus propios afiliados, de firmar un pacto de cinco años.
«Eso y un poco de suerte», pensó mientras aparcaba su furgoneta en el cobertizo.
Entró en casa, se quitó la camisa y la corbata, y se puso el bañador.
No tenía hambre, rara vez cenaba antes de las siete, de manera que salió a la piscina.
El sol ya había hecho su tránsito diario sobre el jardín posterior, dejando en su estela una tarde húmeda y cálida.
Se zambulló en el agua templada y empezó a relajarse.
Unos cuantos largos era todo lo que incluía su programa de ejercicio físico.