DÍA 14LUNES, 19 DE JUNIO
10:00 h
Brent entró en el Comfort Inn. Era la primera vez que visitaba el hotel local en años. La estructura de dos plantas ocupaba una parcela muy visible al este de la autopista 16-A, en la carretera comarcal 26, justo en el desvío hacia Concord, y era el mayor de los tres moteles del condado.
Catorce años atrás se había encargado del divorcio que había obligado al marido, un franquiciado de Howard Johnson, a cerrar sus puertas.
Un año después, otro franquiciado adquirió el edificio, le cambió el nombre y lo renovó.
Ahora tenía cuarenta habitaciones, una piscina, un montón de palmas de abanico, un restaurante elegante y dos amplias salas de reuniones que el Concord Kiwanis Club y el Woods County Lions Club utilizaban con frecuencia, tal como anunciaba un rótulo en la fachada.
Desde hacía años se había establecido la norma de llevar a cabo las negociaciones colectivas en localizaciones externas a la fábrica.
Un lugar alejado de la papelera disipaba cualquier acusación de extralimitación y permitía a las partes sentarse cómodamente a la mesa en igualdad de condiciones.
Le habían explicado que el Comfort Inn había acogido las dos últimas sesiones de negociación, proporcionando la sala de reuniones de manera gratuita con la esperanza de que la mayoría de los participantes comieran en su restaurante.
Entró en la sala de reuniones justo cuando Christopher Bozin daba un paso al frente y anunciaba:
–Caballeros, ¿les parece que empecemos?
Era un saludo atinado, ya que un rápido vistazo a la estancia le reveló que no había ninguna mujer presente. Bozin concedió a los asistentes tiempo para guardar silencio. Brent encontró una silla vacía justo junto a la puerta, al fondo de la sala.
–Permítanme darles la bienvenida a la novena sesión de negociaciones entre la Southern Republic Pulp and Paper Company y sus tres sindicatos autorizados oficialmente. La empresa hace acto de presencia. Estamos listos para negociar un acuerdo y esperamos poder hacerlo en tiempo récord.
Siguió un leve aplauso.
Bozin dibujó una sonrisa amplia y afable.
Aunque era la primera vez que Brent asistía a unas negociaciones, tenía la sensación de haberlo hecho antes gracias a las gráficas descripciones diarias de Hank.
Había unos veinticinco hombres presentes; cada sindicato enviaba una comisión negociadora de entre tres y cinco integrantes, además de un representante de sus internacionales respectivas.
Y la empresa había asignado a dos equipos de dos hombres para negociar con cada delegación local, todos ellos del Departamento de Relaciones Laborales.
Brent y su jefe irían desplazándose entre los tres grupos negociadores, ofreciendo asistencia jurídica si era preciso.
Los obreros asalariados no parecían estar acostumbrados a sentirse constreñidos por camisas, corbatas y americanas.
El conjunto más habitual era una camisa de manga corta blanca lisa o a rayas con una corbata de poliéster y sin chaqueta, aunque algunos lucían lo que parecía su traje de los domingos.
Como de costumbre, Hank destacaba entre la multitud con su camisa blanca con gemelos, corbata de seda y unos pantalones azul marino de pinzas sujetados por su característico cinturón de cordobán.
Era evidente que los gemelos y la corbata se los proporcionaba el sindicato, ya que, incluso desde la distancia, se apreciaban claramente los colores y la forma del emblema internacional de la HITSE.
Todo estaba lustrado, planchado y combinado con gusto.
Tanto que sería fácil confundirlo con uno de los dueños de la empresa, en lugar de con un electricista del turno diurno que cobraba por horas.
Bozin concluyó su introducción y todo el mundo empezó a reunirse en sus respectivos grupos.
Brent se acercó a Hank, sabiendo que, como diría Ricky Ricardo, «le debía una explicación».
–Para ser un tipo que se mantiene al margen te veo en pleno meollo –comentó su viejo amigo.
–El hecho de estar aquí es una sorpresa para mí tanto como para ti.
–¿A qué se debe?
Señaló a Bozin.
–Recibí una invitación especial de él.
–Supongo que piensan que no podrás ayudarme a menos que veas el espectáculo con tus propios ojos.
–¿Te suena de algo?
Hank sonrió.
–Debe de ser duro ser agente doble, ¿no?
–No me gusta.
Esperaba que Hank captara el mensaje.
–¿Estarás presente durante todo el proceso? –le preguntó Hank.
Brent afirmó con la cabeza.
–Fantástico.
Brent negó con la cabeza.
–No has oído ni una palabra de lo que te he dicho, ¿verdad?
–Lo intento.
No tenía sentido discutir. Así que le susurró:
–¿Has tenido ya tu charla previa de costumbre con Hamilton Lee?
–El sábado por la noche.
Sabía cómo funcionaban esas cosas.
–Así que esto no es más que una puesta en escena.
Hank asintió con la cabeza.
–El trato está cerrado. Solo que estos tipos aún no lo saben.
10:20 h
Jon entró tranquilamente en la atestada sala de negociaciones vestido con su traje de negocios habitual. Rara vez hacía apariciones públicas en las funciones de la empresa, pero necesitaba supervisar la situación y hablar con Bozin.
Su jefe notó enseguida su presencia, se dirigió hacia él y le preguntó en voz baja:
–¿Algo de lo que informar?
Jon se le acercó más y susurró:
–El sábado se hizo un intento frustrado de acceso a la casa de Reed. En breve se volverá a intentar.
–Mantenme informado.
–Lo haré. También quería hacerle saber que tengo un guardia apostado fuera por si precisa ayuda.
–Muy considerado de tu parte. Lo pondré en conocimiento de los sindicatos.
Jon se excusó y se marchó.
Fuera, Victor Jacks estaba junto a la doble puerta, vestido con el uniforme de guardia de seguridad de la Southern Republic. Nadie, ni siquiera Bozin, conocía su verdadera identidad. Jon pasó por su lado e intercambió una mirada cómplice con su colaborador.
Una mirada que decía: «Mantén los ojos y los oídos bien abiertos».
12:00 h
La pausa para el almuerzo se produjo a las doce en punto y todo el mundo se dirigió al restaurante del Comfort Inn, donde se había dispuesto un bufé de mediodía a base de pastel de carne, bistec empanado, tirabeques, quingombó, maíz, puré de patata, galletas y tarta de manzana.
Chris observó mientras todo el mundo se llenaba los platos hasta los topes.
Luego, pidió una frugal ensalada de la carta con té frío.
Los altos cargos y Brent Walker se sentaron con él en una mesa junto a la pared.
–¿Cómo va con Reed? –le preguntó a su director de relaciones laborales.
Los representantes corporativos de los otros dos sindicatos ya le habían informado de que las conversaciones fluían con los trabajadores del papel y los maquinistas.
–Tan puñetero como siempre. Ya ha puesto el grito en el cielo por lo de los cinco años. Quiere que los rebajemos a tres hoy mismo.
–Su deseo se hará realidad en un par de días –dijo Chris, con una sonrisita cómplice que todo el mundo entendió.
Hamilton Lee le había telefoneado la noche anterior regodeándose de su reunión con Reed del sábado.
Sabía que los dos hablarían. Había sido así en todas las negociaciones desde los años noventa.
Se forjaría un contrato en privado, con el acuerdo de que Reed convenciera subrepticiamente a los otros dos sindicatos y a sus propios afiliados de aceptarlo.
No era una práctica que la legislación laboral federal contemplara necesariamente, pero funcionaba.
La empresa se beneficiaba. Los empleados se beneficiaban. Y Reed se beneficiaba.
Se volvió hacia Brent Walker, dando por sentado que era la única persona en la mesa que también estaba al corriente de la reunión secreta de Reed con Lee.
–Debes recordar algo, Brent: las negociaciones sindicales no siempre son lo que parecen. Tienen más de ilusión que de realidad.
Brent sonrió.
–Lo tendré presente.
El almuerzo concluyó a las 13:00 horas y todos fueron regresando poco a poco a la sala para la sesión de la tarde. En el camino de regreso, Chris vio a Brent entrar en el aseo de caballeros.
Le siguió.
Brent se estaba secando la cara y las manos con una toalla de papel cuando Chris entró y fue directo al urinario. Estaban solos.
–Hablaba en serio el otro día. Me interesa de verdad conocer tu opinión sobre todo este proceso.
–No estoy seguro de qué puedo ofrecer, más allá de ayudar a la empresa en lo que me necesite.
Le costaba orinar, porque le dolía, pero ocultó su dolor. Vació la cisterna y se acercó a Brent para lavarse las manos.
–Creo que me estás dando evasivas. Todos sabemos que, de un modo u otro, has participado en negociaciones en el pasado.
Hank confiaba mucho en tus consejos. Entiendes este proceso.
Estoy seguro de que sabes que Hank se reunió con Hamilton Lee el sábado por la noche, tal como hacen siempre antes de las negociaciones.
Tú y yo somos las dos otras únicas personas aquí que estamos al corriente.
Así que supongo que sabes que ya se ha cerrado un acuerdo, al menos en principio, y que solo necesitamos convencer a todo el mundo de sus bondades. ¿Me equivoco?
Brent guardó silencio. Lo que era una admisión tácita.
Cogió más papel del dispensador.
–Necesito que colabores. Tu ayuda para convencer a todo el mundo.
No te pido que traiciones a tu amigo, solo que ayudes a la empresa para la que trabajas.
–Hizo una bola con el papel y lo arrojó a la papelera–.
De hecho, incluso creo que Hank agradecería tu ayuda.
Cada vez se está poniendo más duro cerrar estos pactos.
Se ajustó la corbata y miró a la cara a su empleado más reciente.
–También me gustaría hablar un poco más contigo. En privado. ¿Crees que podrías cenar conmigo?
–Por supuesto –dijo Brent.
¿Qué otra cosa podía decir?
–¿Alguna vez has estado en Hickory Row?
–Me temo que nunca he formado parte de la lista de invitados.
–Pues ahora sí. Ven mañana por la tarde. A las siete. Viste cómodo. Avisaré en la verja de entrada de que te espero.
14:40 h
Ashley estaba vaciando la furgoneta tras la ronda del día.
La única oficina postal de Concord estaba en Highland Drive, en el norte del distrito de negocios central.
Era un rectángulo gubernamental gris de granito tosco al que proporcionaban sombra altos robles.
Tras él se extendía un aparcamiento de asfalto vallado, cuyo acceso estaba abierto.