Te quiere, Paula #4
–¿Y qué pasa si no estamos interesados en pagar ese coste durante cinco años?
–Quizá pueda hacer que os interese.
Lee meneó la cabeza.
–Nunca dejas de sorprenderme, Hank. La última vez casi os tuvimos que sacar esos dos años de contrato con sacacorchos. Tuve que subir los salarios y ayudar a construir esa sede sindical tuya. ¿Y ahora me dices que me los puedes ofrecer?
–Sabes que no puedo coger a mi gente y convocar manifestaciones. Una huelga no serviría de nada. Y tú estarías encantado de conseguir ese par de años extra. Lo que pasa es que no quieres pagar un dineral por ellos. Podría conseguírtelos... baratos.
El plan estaba funcionando. Reed no solo había encontrado aquella nota interna, sino que se la había creído a pies juntillas. Pero decidió mantener el impasse un poco más.
–¿Por qué no has negociado esto con Chris Bozin? Él es el que ha venido a negociar esta vez.
Reed se encogió de hombros.
–Prefiero tratar contigo.
Lee hizo una pausa y empezó a enrollar el carrete.
–¿Y qué nos costarán esos dos años adicionales, suponiendo que me interese contar con ellos?
–Ningún retroceso en lo que ya hemos conseguido. Algunos ajustes en los gastos médicos deducibles, en concreto para los jubilados. Y, al menos, una garantía razonable sobre las horas extras.
–¿Qué consideras tú razonable?
–Suficiente para que pueda decirles a los afiliados que hemos ganado en ese punto. Si quieres que dentro de un año caiga en el olvido, no te haré ningún reproche.
Todas las notas internas que había leído últimamente advertían en contra de garantizar horas extras. Así que esa concesión le satisfizo.
–Creo que podría funcionar. Y ahora, vayamos al meollo de la cuestión: ¿qué hay de los aumentos salariales?
–Un cuatro por ciento repartido en cinco años.
–Dos por ciento si me aseguras que los otros sindicatos darán su visto bueno.
–Tres por ciento por adelantado y te conseguiré la aprobación de los otros dos sindicatos.
–Trato hecho. –Pero quería saber algo–: ¿Cómo vas a explicarles lo del contrato de cinco años a los otros sindicatos? Ninguno estaba especialmente contento la última vez.
–No será necesario que lo haga –dijo Reed–.
En cuanto tu gente vea nuestra primera oferta, la reducirá automáticamente a tres años.
Probablemente alegará que comporta muchos gastos, que los sindicatos piden demasiado o lo que sea para inculparnos.
Y cuando eso ocurra, nos habremos quedado sin armas.
Todo el mundo sabe que no vamos a ir a la huelga.
¿Con qué podríamos negociar? Esos dos años adicionales son nuestra única moneda de cambio y lo saben.
–¿Qué te hace pensar que vamos a revisar nuestra oferta a la baja? Nunca antes lo hemos hecho. Nos van bien los cinco años.
–Cambiar de cinco a tres años ha sido vuestro plan desde el principio.
Decidió seguirle el juego. Ya tenía el pez fuera del agua y en la barca, con el anzuelo firmemente mordido. Dejaría que aquel insensato pensara que había ganado.
–¿Y cómo lo has sabido?
–Tengo mis fuentes.
–¿Te importa decirme de quién se trata?
Reed se limitó a sonreír.
–No, ya suponía que no –dijo Lee, sacudiendo la cabeza, y remató su actuación–: No está mal, Hank. Buen trabajo, como siempre. No es fácil engañarte.
21:00 h
Chris fue en coche al centro de la ciudad, aparcó en el garaje subterráneo y empezó su lento ascenso por la Torre Azul.
Había regresado a Atlanta desde Concord la tarde anterior y había pasado el día en casa, tranquilo, disfrutando sobre todo del esplendor de su jardín en verano mientras esperaba a que oscureciera.
En la entreplanta del edificio reinaba un silencio fantasmagórico.
La única persona a la vista era un solitario guardia de seguridad sentado ante el mostrador de recepción de la planta baja.
Durante el fin de semana, todos los visitantes tenían que registrar su entrada y salida.
Pero esa regla no se aplicaba a los dueños.
De manera que se saltó al guardia y continuó con paso lento pero decidido hasta los ascensores, con un dolor cada vez más punzante en el abdomen.
Una vez en la planta veintinueve, se dirigió directamente a su despacho.
No encendió ninguna luz, porque prefería no anunciar su presencia.
Aunque ya disponía de alguna información, había tenido nuevas ideas los últimos días.
Tardó media hora en extraer el resto de los datos de su ordenador y entender qué sentido tenían en el relato general.
Finalmente, los transfirió todos a la misma memoria USB que había usado unos días antes.
Apagó el terminal y se dirigió hacia la puerta.
No se preocupó de comprobar si tenía algún mensaje de correo electrónico o en el contestador.
Ya nada de eso le importaba.
El dolor se estaba volviendo insoportable y agradeció la soledad.
Miró al fondo de la habitación a oscuras, a su mesa de roble y con tablero forrado de piel italiana importada de Londres.
El surtido de sillas victorianas, un pequeño sofá Chesterfield, las estanterías de libros y la mesa de biblioteca de caoba remataban la decoración inglesa.
Había progresado mucho desde sus inicios cerrando préstamos y agonizando por conseguir pactos de mil dólares.
Sus logros eran legendarios. Sus empresas, rentables.
Y tenía reputación de ser un hombre de negocios avezado, el Zorro Plateado, que supuestamente se había forjado una fortuna gracias a su inteligencia y al trabajo duro.
Pero no podía seguir ignorando más a los fantasmas de quienes había sacrificado por el camino.
Sus voces le gritaban por la noche. Y solo en el ocaso de su vida había lamentado lo que había hecho.
Su alma no podía salvarse ya, su destino eterno estaba sellado.
Sin embargo, sí que había otras personas a quienes podía salvar.
Personas que envejecerían y morirían por causas naturales.
Prioridades que no llegarían a aparecer en futuras listas.
Y, al mismo tiempo, podía negarles a Hamilton Lee y Larry Hughes toda satisfacción.
Disfrutó de aquella última mirada a su despacho.
Sabía que no volvería a verlo.