Te quiere, Paula #3
Comprobó la hora en su reloj como si tal cosa.
Reed se encontraba ahora a treinta kilómetros de distancia, en el extremo norte del país.
De Florio le había llamado hacía dos horas y le había dicho qué debía hacer y cuándo.
Su jefe también le había dado indicaciones de la disposición de la casa de Reed y le había descrito la lista de números que debía encontrar, además de instruirle de que, mientras estuviera allí, colocara dispositivos de escucha en los teléfonos y en el despacho exterior.
Una misión bastante sencilla y, dada la ubicación actual de Reed y que vivía solo, contaría con un par de horas ininterrumpidas para llevarla a cabo.
Dobló la esquina, siguió corriendo hasta la manzana siguiente y pasó justo por delante de la vivienda de Reed.
Era una casa con niveles escalonados, revestida de madera y pintada de blanco, con persianas de color carbón y la puerta principal de color nogal.
Una densa mata de hierba cubría el jardín delantero bajo el dosel umbrío formado por las copas de los robles y los pinos, con arriates diseminados llenos de hiedra y flores estivales.
No había automóviles en el camino de acceso, y la cancela de cedro que conducía a la parte posterior de la casa y al cobertizo para coches estaba cerrada.
Pero De Florio le había dicho que eso no era extraño.
Reed y la mayoría de sus visitas utilizaban la entrada trasera.
Continuó corriendo hasta la manzana siguiente y dobló al oeste, siguiendo la acera hasta encontrar el estrecho derecho de paso que se extendía hacia el sur entre las dos parcelas arboladas.
De Florio le había explicado también que Reed había pavimentado aquel callejón cuando era alcalde, alegando la necesidad municipal de poder entrar por la parte de atrás a su propiedad.
Atravesó la callejuela a la sombra. Otra puerta de cedro aguardaba abierta al final del camino.
Se detuvo y observó la parte posterior de la casa.
La camioneta de Reed no estaba y el coche que llevaba a la papelera estaba aparcado en el cobertizo.
Solo se divisaba una parte de la casa, ya que el amplio cobertizo y la estructura contigua que contenía el despacho impedían ver la mayoría de las ventanas de la primera planta.
Por detrás del garaje solo asomaba el cerramiento de la piscina con mosquitera.
No se oía ningún ruido. La segunda planta también parecía estar en silencio. Sabía que no había cámaras exteriores.
Miró a su alrededor. No había nadie a la vista, aunque había oído y olido lo que parecía una fiesta de barbacoa a unos cuantos patios de distancia. Entró corriendo por la verja de atrás y se dirigió directamente al despacho exterior de Reed.
Se acercó a la puerta semiacristalada y sacó la ganzúa del bolsillo.
Al cabo de quince segundos había logrado forzar la cerradura.
Agarró el pomo protegiéndose la mano con la camiseta, abrió la puerta y se deslizó en el interior.
De Florio le había indicado también que el despacho no contaba con alarma antirrobo.
Era un espacio tranquilo, olía a cloro y a café.
Una encimera de formica improvisada ocupaba una pared a todo lo largo.
En otra había dos archivadores. Sobre el linóleo había cajas de cartón abiertas rebosantes de revistas.
Y papeles por todas partes. Algunos sujetos en portapapeles, otros metidos en carpetas y la mayoría sueltos.
Iba a necesitar un buen rato.
Un timbrazo estridente perforó el silencio.
Sus ojos se posaron en el teléfono que había en la encimera. Se quedó quieto, esperando. Tras otros dos timbrazos, dejó de sonar. Qué raro. De repente se abrió una puerta del cerramiento de la piscina.
¿Qué?
Se suponía que la casa estaba vacía.
Se oyeron pasos acercándose por la tarima de hormigón de la piscina.
Recordó lo que De Florio había dicho acerca de la disposición de la casa y supo que la persona solo podía dirigirse en su dirección.
De Florio también había dejado claro que bajo ningún concepto se consideraría aceptable que lo detectaran.
Tenía que salir del despacho rápido. Fue corriendo hacia la puerta por la que acababa de entrar, y comprobó a través de las lamas entreabiertas de la parte acristalada que el camino de acceso y el callejón estaban despejados.
Estaba a punto de salir cuando un Chevy rojo atravesó la verja trasera.
«Por ahí no tengo salida».
Volvió la vista y se quedó mirando la puerta en el extremo opuesto de aquel pequeño despacho. También era de vidrio hasta la mitad, y a través de él se veía el azul de la piscina.
En el interior, directamente junto a la puerta exterior, había un diminuto cuarto de baño. Fue hacia allí disparado y cerró casi del todo la puerta de madera justo en el momento en el que la puerta exterior se abrió y alguien entró en el despacho.
Se asomó por la rendija.
La visitante era una mujer. De unos treinta y tantos, rubia, bonita. Recordó lo que De Florio le había contado sobre Reed y dio por sentado que se trataba de su hija. ¿Qué hacía allí? La mujer rebuscó entre los papeles de la encimera y luego descolgó el auricular del teléfono.
–Señor, de acuerdo con la cantidad fijada por el tribunal, esa fianza será de trescientos ochenta y cinco dólares. La persona que la avala no está aquí en este momento, pero puedo ponerme en contacto con él y pedirle que pase por la cárcel esta misma noche.
Reed tenía un negocio en paralelo como agente de fianzas local. De Florio también le había puesto al corriente sobre eso. La mujer guardó silencio, a la escucha, mientras su interlocutor hablaba. Luego, dijo:
–De acuerdo. Se pondrá en contacto con usted.
Colgó y al momento abrió la puerta exterior que daba al camino de acceso. Se abrieron dos portezuelas del coche y se cerraron.
–Estoy aquí –anunció–. ¿Se ha metido Lori Anne en problemas?
–Para nada. Shelby y ella se lo han pasado bomba –dijo otra mujer.
–¿El abuelo está? –preguntó una niñita.
–Ahora mismo no. Pero volverá pronto.
Las dos mujeres se alejaron de la entrada hablando, pero el motor del coche en punto muerto impedía escuchar su conversación. Aun así, sí que oyó a la niñita anunciar:
–Voy al lavabo.
Un segundo después, unas chanclas entraron en el despacho.
Se tensó. No podía permitir que la niña lo viera.
Si entraba en el cuarto de baño, no le quedaría más remedio que romperle el cuello y salir a hurtadillas por la puerta de la piscina antes de que las mujeres decidieran ir a comprobar qué le había pasado.
Podría escapar por la parte delantera de la casa y retomar su jogging.
Los pasos se acercaron.
No había tiempo de ponerse los guantes de látex. Debía tener cuidado con lo que tocaba.
La puerta se abrió unos centímetros hacia dentro.
–Lori Anne.
La niña se quedó fuera, solo los separaban unos centímetros de pino blanco. La hija de Reed seguía fuera, en la cancela abierta del camino de acceso. Esperaba que no entrara también ella en el despacho. De otro modo, la situación podía descontrolarse.
–Aquí no –dijo la mujer–. Ese es el aseo del abuelo.
–Pero tengo que usarlo.
–Ve al de dentro de casa. Y luego te pones el bañador.
La niña empujó un poco más la puerta.
Se preparó para agarrarla en cuanto entrara, para taparle la boca con una mano mientras con la otra le rompía el cuello antes de que tuviera tiempo de hacer ningún ruido.
–Lori Anne, te he dicho que ahí no.
–Pero...
–No pienso repetírtelo.
–Vale, vale.
Las chanclas retrocedieron.
La puerta que daba al camino de acceso se cerró con un repiqueteo de las lamas de las persianas. Unos segundos después oyó el coche salir por la puerta de atrás y la puerta de la casa se abrió y se cerró.
Escuchó atentamente.
No parecía haber nadie en el despacho.
Abrió la puerta despacio, centímetro a centímetro. La habitación estaba vacía. Era consciente de que la zona de la piscina estaba a punto de tener ocupantes y ya había corrido riesgos suficientes.
Así que se marchó.
18:50 h
Hamilton Lee lo esperaba fuera, observándolo llegar en su camioneta y aparcarla delante de su casa.
Sabía cómo la llamaban el personal y sus empleados.
El Palacio de Drácula. Una referencia tanto a su dura arquitectura como a su abrasiva personalidad.
Pero a Lee no le importaba. Que quienes trabajaban para uno lo temieran un poco no era nada malo.
–Me alegro de verte, Hank –dijo, al ver bajar a Reed–. Parece que solo hablamos en época de negociaciones.
–¿Me estabas esperando?
–La verdad es que había salido a comprobar si los ciervos han dejado algún brote.
Son un fastidio. Se lo comen todo. Mi mujer tiene previsto venir la semana que viene y le encantan las flores.
Entremos. –Condujo a Reed al interior de la casa, hacia el espacioso estudio que había en la parte de atrás–. ¿Te apetece beber algo?
–No, gracias. Tengo una cena en breve.
–Estamos solos. Solo queda un empleado y está en la cocina. Bozin ha ido a pasar el fin de semana a Atlanta, según me han dicho.
–Te agradezco que hayas venido.
–Las negociaciones empiezan el lunes y me preguntaba cuándo tendríamos ocasión de hablar. Es uno de nuestros rituales, y lo espero con ganas cada pocos años. Por suerte, el avión de la empresa estaba disponible cuando me telefoneaste.
–Debería haberte llamado antes, pero he estado bastante ocupado preparándolo todo y no he tenido tiempo hasta ahora.
Lee dudaba que eso fuera verdad. Era más probable que Reed hubiera esperado hasta el último momento a propósito, pensando que podía utilizar su actitud distante como moneda de cambio. Sobre todo después de leer las notas internas que habían colocado para él.
Ambos tomaron asiento.
–Supongo que volveréis a pedir cinco años –dijo Reed.
Nunca se andaban por las ramas ni se entretenían con conversaciones banales. Probablemente porque, en realidad, no eran amigos. Más bien eran conocidos por necesidad. Pero Lee decidió mantener la ficción un poco más.
–Así es. Como la última vez. Necesitamos esos dos años adicionales para estabilizar la situación.
–Me lo temía. ¿Y qué tenéis pensado darnos? –quiso saber Reed.
Anzuelo echado.
–La pregunta esencial aquí es: ¿puedes ofrecernos cinco años?
–He hablado con los secretarios generales de los otros dos sindicatos. Y puedo conseguiros los cinco años, pero a un coste.