La lista Te quiere, Paula #2
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Te quiere, Paula #2

Ambos muchachos se quedaron mirando el litoral impenetrable con su tupida cortina de árboles y matorrales. Casi en línea recta con la proa había una angosta oquedad donde el agua desaparecía tierra adentro. Pasaba desapercibida si no sabías adónde mirar.

Pero él sí que sabía.

Mientras el esquife avanzaba lentamente hacia allí, Brent les dijo:

–Ahora llegaremos a la laguna de Brooks.

Apagó el motor fueraborda sabiendo lo que esperaba. Casi de inmediato vio las ramas, y la imagen hizo que se le hiciera un nudo en el estómago. Antes había esquivado la pregunta de James sobre cómo había muerto su padre.

Pero sabía qué había pasado.

Según el informe de la policía, al parecer su padre había malinterpretado la altura de aquellas ramas.

Encontraron muestras de sangre y de tejidos en la corteza que encajaban con la contusión que su padre tenía en la frente.

Recordaba el informe del forense y las fotografías, y nunca olvidaría el comentario al final de dicho informe.

«Muerte accidental».

Sin embargo, el fallecimiento de su padre siempre le había desconcertado.

Brian Walker se conocía el lago Eagle al dedillo.

Sobre todo aquellas ramas que protegían la laguna.

Era uno de sus lugares favoritos. Su esquife, el mismo que estaban usando en ese momento, estaba equipado con un motor de arrastre eléctrico especial para poder maniobrar dentro de esos angostos confines.

Paula y él se lo habían regalado por Navidad.

El esquife se deslizó hasta las ramas de roble, de entre quince y veinte centímetros de diámetro, incluso más gruesas de lo que recordaba.

Seguían cubriendo el arroyo en toda su amplitud.

Grant alargó la mano y se agarró a una de ellas.

Pensó que debía ser sincero, sobre todo porque no sabía qué les había contado su abuela.

–La cabeza de mi padre chocó con estas ramas.

James las observó pasmado.

–Son muy grandes.

El hueco que quedaba entre las más bajas y la superficie del agua era de un metro veinte más o menos, lo justo para que el esquife se colara por debajo. Miró hacia el motor fueraborda. Calculó que también cabía.

–Grant, túmbate en la parte de delante. Y tú también, James.

Ambos chicos hicieron lo que les decía mientras él remaba bajo las ramas, agachándose al pasar por debajo.

Al otro lado, emergieron a una laguna.

–Este era uno de los lugares favoritos de mi padre.

–¿Hay muchos peces? –quiso saber Grant.

–A esta hora del día no. El agua está demasiado caliente, de manera que los peces se van al lago. Los mejores momentos para pescar aquí son la mañana y bien caída la tarde.

Lo sabía porque su padre se lo había enseñado.

–¿Y tu padre vino por la mañana?

–Justo después de amanecer. Le gustaba pescar a esa hora.

Contempló el estanque, con su tranquila orilla todavía cubierta por un manto de denso bosque y el agua formando un estrecho desfiladero entre altas paredes de vegetación. Había una calita en el lado opuesto del estanque. Era un rincón caluroso e inquietante. Un escalofrío le recorrió la espalda.

–Vamos a pescar aquí –dijo Grant.

–No, hijo. –Y no solo porque los peces se hubieran ido a aguas más frías. Había algo inquietante en la laguna de Brooks. No sabía describirlo. Un mal presagio–. Vamos a volver al lago. Como he dicho, a esta hora del día no queda ni un pez aquí.

Le dio media vuelta al esquife y remó hacia el umbral de ramas.

Una vez al otro lado, antes de poner en marcha el fueraborda, volvió la vista más allá de aquellas ramas, hacia la laguna.

No quería volver a ver aquel lugar.

18:15 h

Hank pisó a fondo el acelerador rumbo al norte, por la autopista 16-A de Georgia.

El estado había financiado ese tramo para proporcionar un tránsito comercial eficiente por cuatro carriles a las zonas rurales de la periferia, en la ruta entre Savannah y Augusta que pasaba por el condado de Woods, Screven, luego Burke y finalmente el condado de Richmond,

una infraestructura que habían recibido con los brazos abiertos.

Recordaba vívidamente su inauguración, y cómo los tráileres de dieciocho ruedas que en su día rugían por las calles del centro de Concord empezaron a circunvalarlo y se llevaron con ellos su ruido y su contaminación.

El condado de Woods era un rectángulo casi perfecto de unos ochocientos kilómetros cuadrados y tenía la peculiaridad de ser el más pequeño de los ciento cincuenta y nueve que albergaba Georgia.

Por su confín occidental, a todo lo largo de la frontera, discurría el turbio río Ogeechee.

El río Savannah, más majestuoso, formaba la frontera este tanto del condado como de Georgia.

En cambio, sus extremos norte y sur eran líneas rectas sin ninguna particularidad que, en los mapas, conectaban los dos ríos y dividían Woods de Effingham al sur y Screven al norte.

La autopista 16-A bisecaba el condado de norte a sur y la comarcal 30, de este a oeste, dividiendo el territorio claramente en cuatro cuartos.

La porción sudoeste estaba dominada por granjas y por el lago Eagle.

La noroeste, por la ciénaga de Solomon. La sudeste contenía Concord, la papelera, la fábrica de bolsas y a la mayoría de la población.

Y el nordeste era propiedad, casi en su totalidad, de la Southern Republic, que había transformado gradualmente sus terrenos en un extenso pinar en el transcurso de los últimos treinta años.

Diseminados entre los inmensos bosques de la empresa había campos privados, tierras propiedad de familias que tenían la titularidad desde hacía más de un siglo y siempre se habían negado a venderlas.

Hacia la esquina nordeste, ocupando ya parte del sudeste del condado de Screven, había un antiguo terreno de madera de crecimiento que la Southern Republic había preservado intencionadamente de la tala.

Un bosque de nogales americanos. Hickory Row.

Hank lo sabía todo acerca de aquellas mil doscientas hectáreas arboladas. En un origen se habían comprado por su madera noble y se habían bautizado con ese nombre en honor a los tupidos árboles que predominaban en el lugar. Pero al final se habían convertido en un campo de juegos corporativo.

Los establos albergaban purasangres para su cría y monta.

Una granja de codornices producía aves por miles, y los cuidados campos entre los árboles acomodaban su matadero.

Cuatro inmensos lagos excavados en la arcilla arenosa facilitaban el drenaje y habían sido repoblados para la pesca.

A su alrededor se extendía un campo de golf de nueve hoyos.

Había dos casas para los guardas y multitud de casitas de invitados.

Tres impresionantes mansiones proporcionaban residencia a los tres propietarios de la Southern Republic.

Ciento cincuenta empleados se encargaban de mantenerlo todo esplendoroso y cuidaban tanto de los dueños como de sus huéspedes.

El terreno entero estaba vallado en tres de sus caras, y el río Savannah se ocupaba de proteger la cuarta.

Para garantizarse tanto la privacidad como una vista panorámica perpetua, la empresa había adquirido todos los terrenos colindantes del lado de Carolina del Sur, cuyos tupidos bosques había conservado.

Pero Hickory Row era mucho más que un refugio privado.

También desempeñaba una función corporativa, con sus casas del guarda y sus casitas de invitados ocupadas de manera habitual por clientes anonadados por el lujo a los que el Departamento Comercial seducía con lucrativos pactos para la papelera mientras se dedicaban a cazar codornices, pescar,

jugar al golf o cabalgar por los terrenos.

Hank redujo la velocidad de su camioneta al acercarse a la verja principal. Facilitó al guarda uniformado su nombre y le hicieron indicaciones para que pasara. Rechazó el plano que le ofrecían porque conocía bien el camino.

Había telefoneado a Atlanta justo después de regresar de consolar a la viuda de Paul Zimmerman.

Tenía el número de teléfono personal guardado a buen recaudo en su agenda, y solo lo usaba en época de negociaciones, cuando sabía que esperaban su llamada.

El hombre al otro lado del hilo se mostró cordial y accedió a verlo en su casa en Hickory Row hacia las 18:00 horas.

Una serie de carreteras de asfalto se extendían como una telaraña entre los cuidados bosques, bautizadas con nombres que le sonaban familiares.

El sendero de Lee, la calle de Hughes o el camino de Bozin se sumaban a otros nombres más descriptivos, como el coto de las Codornices, el parque de Ciervos o el bulevar de los Nogales, el más amplio que conducía hacia el interior desde la entrada principal.

Los electricistas de la papelera solían trabajar en Hickory Row, a pesar de que el recinto tenía un equipo privado de tres electricistas que cobraban una nómina aparte. Gracias a ello, Hank se mantenía informado del discurrir diario.

Siguió el bulevar de los Nogales hasta la primera intersección y dobló a la izquierda.

A unos ochocientos metros encontró el camino de hormigón flanqueado por setos podados a la altura de las rodillas.

La casa que se alzaba al fondo era una estructura curiosa, diseñada específicamente para reflejar la personalidad única de su propietario.

No había muros exteriores y, a primera vista, parecía ser solo una cubierta.

Las pocas paredes que había estaban revestidas de tablillas de cedro manchadas de verde oscuro.

Pilares de ladrillo soportaban todas las caras, formando un claustro en la entrada principal.

Las ventanas, ubicadas estratégicamente, tenían marcos verde oscuro y quedaban disimuladas en la línea del tejado.

Tenía fácilmente quinientos metros cuadrados, una arquitectura severa, oscura y sobria, y las largas sombras de los nogales y los pinos que la envolvían acentuaban su aire sombrío.

Sabía que se había buscado intencionadamente aquella sensación dramática que explicaba tanto la fama de la casa como el apodo que le habían puesto sus empleados.

El Palacio de Drácula.

18:30 h

Frank Barnard llevaba puestos unos pantalones cortos de correr granates, una camiseta blanca de los Georgia Bulldogs y un par de zapatillas deportivas Reebok deslucidas.

Iba haciendo jogging lentamente por la calle, a una manzana de donde vivía Hank Reed.

Para mayor efecto, llevaba auriculares y un teléfono sujeto al brazo con una cinta.