La lista Te quiere, Paula
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Te quiere, Paula

Se la había dado la última Navidad que habían pasado juntos. A Paula le encantaban aquellas cartas. Se habían intercambiado muchas durante los años que estuvieron juntos. Y, sin embargo, Brent solo había conservado aquella. ¿Por qué?

No lo recordaba.

Parecía estar predeterminado que al menos intentarían labrarse una vida juntos. Brent pospuso la boda todo lo que pudo, e incluso intentó cancelarla semanas antes, pero Paula se aseguró de que se celebrara.

Y tanto que se había asegurado.

En el fondo de la caja vio una hoja suelta de papel amarillento.

Recordó cuándo la había metido ahí. Acababa de regresar de intentar decirle a Paula que debían posponer la boda.

Pero ella le había soltado la bomba del embarazo, de manera que Brent se había sentado en aquella estancia y había hecho una lista para intentar aclararse las ideas.

Pros de Paula: Embarazada. Prudente. Dedicada.

Leal. Decidida. Tenemos un pasado juntos.

Sería una madre excelente. La anfitriona perfecta, y también una invitada maravillosa.

Magnífica cocinera. Nunca tendré que preocuparme por que haya otro hombre.

Siempre tendré una camisa limpia. Magnífica esposa de un abogado.

Mi hijo merece un padre. Quiere que me case con ella.

Contras de Paula: Embarazada. Obsesiva. Tozuda. Posesiva. Nada de espontaneidad. Superficial. Inhibida. Dura de complacer. Consigue sacarme de quicio. Completamente dependiente. Llora mucho. ¿Alguna vez podré escoger mi propia ropa? Debo tener cuidado con cuándo me río.

Pros de Ashley: Emocionante. Siempre está contenta. Guapa. Sexi. Espontánea. Compleja como un rompecabezas e igual de satisfactoria cuando la descifras. Impredecible. No conoce los celos. Confío en ella.

Contras de Ashley: Impredecible. Voluble. Incapaz de comprometerse con nada. Reservada. Nunca estoy seguro de lo que piensa. ¿Cómo se comportaría en una sala llena de abogados? No quiere casarse conmigo.

–Hijo.

Volvió la vista. Su madre había subido las escaleras. No la había oído llegar.

Se le acercó.

–¿Qué haces?

–Recordar. –Le mostró la hoja. ¿Qué importaba ya?–. Escribí esto días antes de casarme con Paula.

Su madre leyó la lista con semblante inexpresivo.

–¿Es esa la única razón por la que te casaste con ella? ¿Porque estaba embarazada?

Un año antes, Brent le había contado a su madre que Paula estaba encinta cuando se habían casado.

–Visto en retrospectiva, creo que sí. Le dejé claro que habíamos terminado. Que quería cancelar la boda. Y entonces me dijo que estaba embarazada. Y, si antes simplemente estaba confundido, de repente me sentí atrapado.

–Entonces hiciste lo correcto por el motivo equivocado.

–Podría resumirse así, sí.

–Parece que te enfrentaste a un verdadero dilema. No sabía que Ashley y tú estabais tan unidos.

–Siempre ha sido alguien especial para mí, de un modo distinto. Cuando éramos niños, éramos solo amigos. Pero al final del instituto la cosa cambió mucho.

–¿Quieres hablar de ello?

–Todavía no.

–Cuando quieras, ya sabes dónde estoy.

Brent sabía que su madre no lo presionaría. Nunca lo hacía, y él adoraba la confianza que siempre parecía depositar en su juicio. Le había dicho mil veces que la experiencia era la mejor maestra.

Su madre se dio media vuelta para marcharse, pero se detuvo en seco.

–¿Sales esta noche?

–Voy a cenar con Ashley. ¿Te importa?

Ella alargó la mano y le dio un apretón cariñoso en el brazo.

–Paula hace mucho que se fue. La vida sigue.

Cuarenta y cinco minutos después estaba regando los parterres de flores del jardín delantero cuando una furgoneta de correos aparcó bruscamente junto a la acera y Ashley bajó de un salto.

–¿Qué haces tú por esta ruta? –le gritó Brent.

Ella caminó por el césped recién cortado hasta donde se encontraba él, manguera en mano.

–El que la cubre ha llamado para decir que estaba enfermo y me he ofrecido a sustituirlo. Tienes buen aspecto.

Su pecho desnudo y sus piernas estaban cubiertos de sudor, mugre y trocitos de hierba.

–Estoy asqueroso.

Ella le entregó el correo.

–Guarda un poco de energía para esta noche.

Brent detectó esa chispa en sus ojos que siempre le había cautivado.

–No te preocupes.

–Tengo que irme. Hoy cubro dos rutas.

–Hasta luego.

Ashley regresó corriendo a la furgoneta mientras él la miraba fascinado. Su madre tenía razón.

La vida seguía.

13:35 h

Brent llevaba toda la semana prometiéndoles a los dos nietos de su vecina que el sábado los llevaría a pescar.

Por eso, se había levantado temprano y había cortado el césped.

Así que, después del almuerzo, cargó en el jeep las cañas y los aparejos de pesca y una nevera con bebidas, y salieron en dirección al lago Eagle.

Solo una de las barcas de pesca de su padre había sobrevivido al mercadillo casero de su madre.

Era un esquife de fondo plano y tres metros de eslora con un viejo motor fueraborda y un motor de arrastre montado en la proa.

Era el bote más pequeño que había tenido su padre, un esquife verde que llevaba dos años descansando tranquilamente bajo una lona cubierta de moho tras el garaje de casa.

El lunes anterior, Brent había empezado a lijar el casco y se había asegurado de que los motores funcionaran.

Aún había parte del material de pesca de su padre en el garaje, más que suficiente para equiparlos a los tres.

Incluso le sorprendió encontrar la caña con la que le gustaba pescar de adolescente.

Arrastró el esquife hasta la rampa de botadura pública que había en la esquina sudeste del lago Eagle.

Era el punto más popular para lanzar las barcas al mar, tres rampas de hormigón que se desvanecían en las aguas marronáceas, con una tienda de cebo y material de pesca a escasa distancia y cabañas de alquiler que ofrecían alojamiento a pescadores procedentes de toda la región central de Georgia y

el oeste de Carolina del Sur.

Dejó flotar un poco el esquife, le echó combustible al motor fueraborda y los niños y él empezaron a navegar. Quince minutos después pararon el motor y permanecieron a la deriva con las cañas echadas en aquella agua rica en minerales.

–¿Venías aquí a pescar cuando eras niño? –le preguntó Grant.

–Muchas veces.

–¿Con tu padre?

–A veces. Otras venía solo o con amigos.

James tensó el sedal.

–¿Te gustaba pescar?

–Me encantaba.

Los chavales, James y Grant, de doce y trece años, eran los nietos de Grace Tanner, su vecina de toda la vida.

Su marido, que era farmacéutico, había muerto hacía años de cáncer.

Grace y su madre eran buenas amigas. Y ahora que las dos habían enviudado, cuidaban la una de la otra.

Los chicos habían ido a Concord a pasar el verano.

El hijo de Grace y su nuera vivían en Carolina del Norte.

A Brent le apetecía ir a pescar y su madre le había sugerido que se llevara a los niños con él.

Miró a su alrededor y contempló el impoluto lago, un paraje ideal entre altos bosques de vetustos pinos, abedules, nogales y robles.

Su forma irregular era intencionada, diseñada para crear calas y ensenadas que se traducían en una línea litoral comerciable para los afortunados que podían costearse una propiedad junto a sus orillas.

Él mismo había gestionado muchos cierres de operaciones inmobiliarias de propiedades frente al lago cuando tenía su propio despacho.

–¿Y mi padre venía alguna vez contigo? –quiso saber James.

–La verdad es que no. No le gustaba demasiado pescar.

–¿Y mi abuelo?

–Sí, vuestro abuelo, sí. Mi padre y él se pasaban la vida aquí.

James suspiró.

–Lo echo de menos.

–Y yo echo de menos a mi padre.

Grant le dio una sacudida a su sedal.

–Están en el cielo, ¿verdad?

–Justamente ahí. –A Brent no le gustaba pensar en eso.

–¿Hay gente que muere cada día? –preguntó Grant.

–Todos los días, hijo.

–¿Y qué se siente cuando te llega el turno de morir?

La conversación se estaba complicando.

–Nadie lo sabe. Lo único seguro es que a todos nos llega nuestro momento.

Pero a algunos antes que a otros.

–Tu padre murió aquí en el lago, ¿no? –preguntó James.

Brent miró al crío.

–¿Cómo lo sabes?

–Nos lo explicó mi abuela.

–No fue exactamente aquí, en el lago. Pasó algo más allá, subiendo por uno de los arroyos. –Señaló hacia el nordeste.

–¿Y cómo murió?

–No estamos seguros. Salió a pescar solo y tuvo un accidente.

–¿Podemos ver dónde pasó? –dijo James.

–¿Por qué os interesa eso?

–Pues no lo sé, por saber.

Era una petición inocente, como las que hacen los niños a veces, pero lo perturbó.

Desde la muerte de Paula, Brent evitaba ese tramo de la autopista.

No quería volver a ver aquel poste. Y de la misma manera, desde hacía dos veranos, cuando encontraron el cuerpo de su padre flotando boca abajo y su bote atascado entre los matorrales, nunca había pensado en volver a la laguna de Brooks.

¿Por qué era así? A veces, la realidad era menos temible que las proyecciones de la imaginación.

El poste de hormigón. La laguna de Brooks.

Lugares en los que había ocurrido algo espantoso.

¿O eran tal vez barreras que debía romper?

¿Qué le había dicho su madre antes? «La vida sigue».

Así era.

Quizá una visita les sentaría bien a todos.

–De acuerdo, pues vayamos a verlo.

Recogió el sedal. Los chavales hicieron lo mismo.

Accionó el motor fueraborda y se dirigieron traqueteando hacia el norte.

Gracias a las nubes altas y dispersas, el caluroso sol de media tarde brillaba más a ratos que de forma directa.

El lago los arrullaba en una calma casi absoluta y el esquife de fondo plano se deslizaba fácilmente por él, dejando una raya de espuma turbia en su estela.

Estudió la orilla arbolada. No recordaba que hubiera tanta espesura entre las viviendas, cabañas y casas rodantes. Habían transcurrido tres años desde la última vez que había atravesado el lago Eagle, con su padre, para pasar la tarde pescando.

Fue la última vez que lo hicieron.

Algo más adelante divisó un quiebro en la orilla que conocía bien. Soltó el acelerador y aminoró la marcha.

–¿Dónde es? –Grant miró hacia delante.

–A través de esa abertura.