La lista DÍA 12SÁBADO, 17 DE JUNIO
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DÍA 12SÁBADO, 17 DE JUNIO

7:45 h

Brent se despertó y miró el reloj que había junto a la cama.

Nunca había necesitado despertador, su cuerpo parecía estar dotado de un cronómetro interno que lo despertaba justo cuando él quería.

Había sido una bendición ser así mientras estudiaba en el instituto y en la Facultad de Derecho, porque nunca se había perdido la clase de las ocho de la mañana, y también le era útil cuando tenía juicios programados a primera hora.

Se le hacía raro despertarse en su antigua habitación después de tantos años.

Paula y él vivieron en una casa a unas cuantas manzanas de allí mientras estuvieron casados.

Brent la había vendido antes de marcharse de la ciudad.

Ahora tumbado allí, solo, en su cama de la infancia, se imaginó otra vez con diecisiete.

Lo primero en lo que solía pensar entonces era en el desayuno, en su madre y en el día de la semana.

El lunes tocaba beicon con huevos. El martes, cereales.

A media semana tocaba sémola de maíz y tostadas.

Los jueves, torrijas. Y en función del tiempo que hiciera y del humor del que se levantara, los viernes su madre preparaba gachas de avena o huevos otra vez.

Los sábados, cereales. Y los domingos, panqueques y salchichas antes de ir a la iglesia.

También recordó a su padre.

Las mañanas de los fines de semana, el cortacésped o una de las sierras circulares del garaje lo despertaban después de haberse pasado la noche del viernes en el VFW jugando al billar o celebrando la victoria tras un partido de béisbol.

Concord siempre había sido un lugar seguro.

Un lugar que había esperado que algún día proporcionara estabilidad a sus propios hijos.

Y, sin embargo, allí estaba, con cuarenta y tantos, sin esposa y sin descendencia.

Ese anhelo había sido otro de los motivos por los que había regresado.

Tenía la sensación de que su destino estaba inexplicablemente unido a ese lugar en la tierra.

Se levantó, se puso un par de pantalones cortos de gimnasia andrajosos y un jersey viejo y bajó a la planta inferior.

La casa estaba en silencio, su madre seguía dormida.

Tras comerse un bol de cereales, salió por la puerta de atrás para dirigirse al garaje.

Era un construcción independiente de dos plantas, una de las cuales había acogido en el pasado el taller de carpintero de su padre.

Le puso gasolina al cortacésped, un trasto viejo de dos ciclos al que su padre había hecho pequeñas reparaciones durante años.

Desde que Brent se había ido, su madre se había encargado de segar el césped.

A ella siempre le había gustado cuidar del jardín.

Pero Brent quería ayudar con las tareas del hogar y adecentar el césped le pareció lo más productivo que podía hacer.

Lucía una mañana típica de junio en la Georgia central, calurosa.

Una densa capa de rocío cubría la hierba y ralentizaba un poco la labor de cortarla.

Una hora más tarde estaba en el garaje buscando la desbrozadora de gasolina cuando oyó un vehículo aparcar frente a su casa.

Al salir, vio a Hank Reed bajarse de su camioneta.

–Qué madrugador –lo saludó. Hank llevaba sus habituales pantalones caqui almidonados, unos mocasines lustrados y una camisa de algodón con el cuello abotonado–. ¿Adónde vas tan elegante?

–¿Te has enterado de lo de Paul Zimmerman?

No.

–Alguien le voló los sesos en la ciénaga de Solomon. –Hank sacudió la cabeza a ambos lados–. Un maldito accidente de caza.

Brent también negó con la cabeza.

–Qué horror. ¿Y el sheriff ya ha averiguado algo?

–Hablé con él ayer. No tienen demasiado de donde tirar.

La bala procedía de un puesto elevado que se usa para cazar ciervos.

Paul llevaba el chaleco puesto. De un naranja perfectamente visible.

Y mira de qué le sirvió. No encuentran ni un alma que estuviera por la zona a aquella hora.

Ni pistas. Nada. El funeral es mañana. Odio los funerales.

A Brent tampoco le gustaban. En los últimos once años había asistido solo a dos. Primero, el de Paula. Y luego el de su padre. Más que suficientes.

–¿Y qué te trae por aquí? –le preguntó.

–Necesito que le eches un vistazo a algo y me digas qué te parece.

Hank se sacó una hoja de papel del bolsillo de atrás y se la entregó. Se trataba de una nota interna de Hamilton Lee relativa a las próximas negociaciones del convenio, con la instrucción de no buscar una duración de cinco años.

–Hank, esto guarda relación con las negociaciones. No estoy al tanto del asunto. No tengo ni idea.

–Pero ¿te suena razonable?

–Tú conoces a Lee mejor que yo. Yo ni siquiera lo he visto en persona.

Hank lo apuntó con un dedo y le dijo:

–Pareces un pez fuera del agua.

–Y tú estás forzando la situación. No puedo traicionar la confidencialidad de la empresa. Quizá esa nota diga solo lo que quiere decir. Tal vez esta vez no les merezca la pena pelear por conseguir los cinco años. ¿Cómo ha llegado eso a tus manos?

–De la misma manera que la lista de números. Por obra y gracia de los ordenadores de la empresa.

Recordó la reunión de la directiva del jueves, en la papelera, y decidió indagar un poco.

–¿Qué esperas esta vez de la negociación colectiva, Hank?

–Necesito al menos un aumento salarial de entre el tres y el cinco por ciento.

Mis hombres no se darán por satisfechos con un dos.

Y hay varias cuestiones secundarias relacionadas con las ausencias justificadas y los días de baja por enfermedad que convendría ajustar.

Además, tengo a un montón de jubilados dándome la lata con el tema de los gastos médicos deducibles.

Y los afiliados me han hecho tragar una petición relativa a las horas extras fijas con la que la empresa no va a estar de acuerdo bajo ninguna circunstancia.

–¿Y qué les puedes ofrecer?

–Nada, si no les interesan los cinco años. Ese es el problema. –Hank hizo una pausa–. Venga, ayúdame, ¿has oído algo sobre esto?

No pensaba infringir su acuerdo de confidencialidad bajo ningún concepto.

–Como te he dicho, Hank, es mi jefe quien se encarga de las negociaciones. Yo soy el novato. Yo me ocupo de las indemnizaciones a trabajadores.

–Y entonces, ¿por qué te incluyeron en el consejo de familia del jueves con los peces gordos?

Brent sonrió.

–Vi a uno de tus hombres toqueteando una toma de corriente al entrar en el edificio. Ya imaginé que tenías espías desplegados. Sabes perfectamente que no puedo hablar de eso.

–Sin los cinco años sobre la mesa, estoy jodido.

–Dura misión para un veterano, ¿eh?

–¿Se te ocurre algo?

–¿Qué dice Lou Greene?

–A Lou se le da bien redactar, pero no tiene ni idea de estrategia. Está demasiado acostumbrado a pelear por las indemnizaciones de los trabajadores, que para él son pan comido. Lo que yo necesito ahora es sutileza.

–¿Qué opina Greene de esa nota interna?

–La interpreta de manera literal. Piensa que a la empresa no le interesa negociar por cinco años.

–¿Y tú por qué no estás de acuerdo?

–Me parece sospechoso, teniendo en cuenta lo que pelearon la otra vez por conseguirlos.

–Hank, tú siempre piensas que hay un plan siniestro oculto. Tal vez le has echado el guante a algo que no deberías haber visto. Al fin y al cabo, no creo que la empresa espere de ti que husmees en sus ordenadores.

–¿Estás siendo sincero conmigo? No dejarías que la empresa me pusiera en jaque, ¿verdad? –le preguntó Hank.

Brent debía lealtad a la Southern Republic.

Su inclusión en la sesión de estrategia del jueves sin duda había sido una prueba y la conversación posterior con Bozin, un mensaje.

Pero Hank y él habían vivido muchas cosas juntos.

Y, además, estaba Ashley. Una cosa era tener una nómina y otra muy distinta, un amigo.

Sobre todo, un amigo íntimo. Aunque este optara por ponerlo en una situación insostenible.

–Hank, ¿alguna vez la empresa ha conseguido manipularte?

–Me gusta creer que no.

–Entonces, ¿qué te preocupa?

–No lo sé. Tengo un presentimiento. Hay algo que no encaja. ¿Qué hay de esa lista de números? ¿Alguna novedad?

–Todavía no. Pero estoy en ello. ¿Ya te has reunido con alguno de los dueños?

Los detalles nunca se explicaban, nada acerca de quién, dónde o cuándo, pero Brent sabía cómo conseguía las cosas Hank durante las negociaciones. Y no era durante el espectáculo de cara al público.

–Todavía no. Pero deberían llamarme en cualquier momento.

–Pues averígualo, entonces.

Hank soltó una risita.

–Eso pretendo.

10:30 h

Brent subió las escaleras de madera que llevaban hasta la segunda planta del garaje para refrescarse tras escardar las malas hierbas que invadían los parterres de su madre.

Aquella planta parecía una cuadra, con su tosco suelo de madera de contrachapado.

Dos ventanas abuhardilladas proporcionaban iluminación.

No había techo, nunca lo había habido, solo las vigas vistas que sostenían un tejado inclinado.

Años atrás habían forrado dos paredes con bancos para las herramientas de carpintero de su padre, cuando el sonido de las sierras y las brocas se oía a todas horas, día y noche.

Allí era donde su padre construía casas para pájaros.

Unas piezas elaboradas y muy bonitas que a su padre le gustaba regalar.

El jardín trasero de su casa estaba abarrotado de ellas y durante la semana anterior había visto que algunas aún adornaban el vecindario.

Todos los tableros perforados seguían allí, pero los paneles agujereados como un queso suizo de los que antaño colgaban cinceles, martillos y escofinas ahora estaban vacíos.

Las sierras circulares, las lijadoras y los taladros tampoco estaban ya allí, su madre lo había vendido todo organizando un mercadillo en casa.

Brent entendía su necesidad de desprenderse de los tesoros de su padre, de poner distancia y tener la sensación de seguir adelante con su vida.

Hacía mucho tiempo que él también lo intentaba.

Las superficies astilladas de los bancos de trabajo servían ahora de soporte a cajas de cartón, todas ellas meticulosamente embaladas por la empresa de mudanzas de Atlanta y entregadas hacía apenas unos días.

No había conservado muchas cosas, había vendido la mayoría de sus pertenencias en un mercadillo que él mismo había organizado unas semanas atrás, pero le habían quedado las suficientes para llenar aquel espacio con olor a humedad.

Se dirigió hacia los bancos y buscó entre los viejos estantes la caja de madera.

Esa no la había traído desde Atlanta, sino que llevaba en ese garaje desde sus días de instituto.

Recordaba haberla visto mientras metía sus muebles, una vieja caja de pomelos de Florida que había cogido entre los descartes del supermercado hacía lo que se le antojaba un trillón de años.

La bajó con cuidado y la depositó sobre uno de los bancos de trabajo.

Dentro había recuerdos del instituto y la universidad que había metido allí tras limpiar su habitación y ajustar la decoración a la de un hombre que ya no tenía dieciocho años. Pero también había objetos de la Facultad de Derecho y de la época en la que había practicado la abogacía en Concord.

Arriba del todo estaba el recorte de prensa de la muerte de Paula.

Le habría encantado el funeral. Había asistido tanta gente que la multitud no cabía en la iglesia y había ocupado también los jardines.

Por suerte, lucía un día espléndido, con un despejado cielo azul.

El ataúd, de bronce blanco, se había revestido con rosas amarillas, sus favoritas, aunque cerrado (lo único que Paula habría lamentado), ya que el parabrisas y el impacto con la columna habían causado demasiados daños para que el embalsamador pudiera reconstruir su rostro.

Aún podía verla aquel último día de su vida.

Con su melena rojiza por los hombros. Aquellos labios tentadores.

Y sus ojos azules sorprendentemente cálidos.

Sin embargo, aquella bonita fachada ocultaba un gran desasosiego interior.

Una desazón que él nunca había logrado entender.

Había sido una esposa dedicada, eso estaba fuera de toda cuestión.

Comida casera cada día. Ni una mota de polvo en los muebles.

Ni una mala hierba en los arriates. Todo en su sitio, perfectamente ordenado, como la vida de la propia Paula.

Brent se había esforzado por ignorar su infelicidad volcándose en el trabajo.

Las exigencias de un bufete privado y sus tejemanejes políticos con Hank lo habían distraído durante un tiempo.

Pero sus problemas no habían hecho más que multiplicarse.

Al final, la vida se había convertido en algo simplemente tolerable que pasaba día tras día.

Hasta aquel trágico día de septiembre. Ahora Brent había vuelto para reparar el daño.

Pero ¿con quién? ¿Consigo mismo? ¿Con Paula?

No existía una manera de hacerlo con ambos a la vez.

¿El destino?

Desde luego, era caprichoso.

Sacó su sudadera con el emblema del instituto, que estaba perfectamente doblada dentro de una bolsa de plástico azul, con las tres bolas de béisbol de peltre todavía unidas a la W bordada en dorado.

Se la había ganado durante su segundo año en el instituto.

Debajo había tres anuncios de la graduación, junto con borlas del instituto, la universidad y la Facultad de Derecho.

El fajín de color escarlata seguía allí, el mismo que había llevado sobre la toga el día de su graduación con honores por el Departamento de Historia de la universidad.

Sus trofeos de las Ligas Menores habían perdido lustre con el paso del tiempo. Y en el fondo del todo encontró el álbum de sus días como jugador de béisbol, ahora con los recortes de prensa amarillos y sueltos, debido a que la cinta adhesiva hacía mucho que se había secado.

Hojeó sus anuarios, comprobando cuánto había cambiado durante los ocho años de instituto y universidad.

Su pelo se había vuelto cada vez más corto, y luego menos espeso.

Sus gafas de montura negra habían dado paso a unas metálicas doradas.

Ahora llevaba lentillas. Y la mirada feliz y despreocupada de aquellos ojos que en su día transmitían una expresión caprichosa se había endurecido tras años de hincar los codos.

El anuario de su último curso en el instituto estaba lleno de mensajes. La advertencia de un amigo: «Que no se te suba a la cabeza. Y... ¿me llevarás en coche a Statesboro cada día para ir a la universidad?». Otros amigos recordaban anécdotas que incluso ahora le hicieron sonreír.

Sacó una tarjeta de felicitación y la abrió. Era de Paula.

Ya sabes lo que significas para mí. Hemos vivido altibajos, pero los hemos superado. Ni siquiera tú puedes discutir eso. Creo que ahora somos más fuertes que nunca. Quiero que sepas que puedes contar conmigo. Siempre seré tuya.