DÍA 10JUEVES, 15 DE JUNIO
8:45 h
Hank estaba en sus dominios, como de costumbre.
Su lugar se hallaba en la esquina nordeste del edificio del tamaño de un campo de fútbol que albergaba la máquina para tratamiento de papel número tres.
La mugrienta ventana de hoja de vidrio ocupaba toda una pared, con vistas a la maquinaria que, dos plantas por debajo, giraba a toda velocidad.
Oficialmente, aquella era la sala designada para que los electricistas hicieran sus pausas.
Pero nadie fuera del círculo íntimo de Hank había hecho ninguna pausa allí en años.
Extraoficialmente, gracias a una ley federal que exigía a las empresas poner a disposición de los sindicatos una sala para sus actividades, aquella hacía las veces de despacho de Hank.
Y le sacaba el máximo partido; de hecho, había convertido aquella antigua sala de descanso en un bastión fortificado del sindicato.
Incluso tenía nombre. Los electricistas la apodaban el Corral en sintonía con el sobrenombre personal de Hank, a quien llamaban el Gallito.
Dos años atrás, en un movimiento de exhibición de poder, la empresa había tenido la insensatez de intentar desahuciarlo, alegando que necesitaban aquel espacio para ampliar la sala de control adyacente.
En realidad, la dirección estaba irritada con la batería de demandas que Hank acababa de presentar.
Y él respondió al desafío disponiendo que se llamara a la emisora de televisión de Savannah para alertar acerca de las supuestas violaciones ambientales que estaban afectando a sus espectadores por vía fluvial.
Los informantes alentaron específicamente a los periodistas a contactar con Hank Reed.
Y lo hicieron.
Enviaron a dos equipos de filmación y había ya un reportaje en producción cuando la dirección de la empresa finalmente cedió y paralizó el desahucio.
Eso puso fin simultáneamente a la noticia, porque, sin un secretario general sindical que apareciera en pantalla validando la denuncia, no había nada de lo que informar.
Toma y daca.
La puerta del Corral estaba abierta.
–Hank, necesitamos otros dos operarios para ayudar a reparar el generador de la máquina número uno –le informó uno de sus hombres.
Hank estaba hablando por el teléfono fijo y le hizo un gesto para que entrara, indicándole que cerrara la puerta tras él, porque el ruido de la máquina de papel era ensordecedor. Hank tapó la boquilla con la mano y le dijo:
–Ahora envío a alguien. Diles que no monten un drama, que enseguida mando refuerzos.
El electricista asintió con la cabeza y se marchó, cerrando rápidamente la puerta a su espalda. Dos minutos después, el sonido de su móvil interrumpió a Hank. Sin dejar de hablar, comprobó la pantalla. Colgó enseguida la llamada que estaba atendiendo y respondió al móvil.
Había esperado pacientemente.
–Hank, se dirigen a la sala de reuniones principal.
–¿Los mandamases?
–Los tres. Incluso Bozin. Y, sorpresa, llevan también a tu chico, Brent.
Le sorprendió. Pero para bien.
–Quédate por ahí todo el tiempo que puedas.
–No podré alargarme mucho. Solo puedo desatornillar y volver a atornillar este enchufe de la pared unas cuantas veces.
–Sé imaginativo. Rompe algo. Y mantenme informado.
Colgó.
Los maquinistas y trabajadores del papel superaban en número a los electricistas en una proporción de ocho a uno.
Pero todos estaban confinados en sus zonas de trabajo designadas.
Los electricistas, al ser tan pocos, eran trotamundos cuya localización y tareas encomendadas variaban de día en día.
Y hacía mucho tiempo que Hank había aprovechado esa movilidad para establecer una red de ojos y oídos que lo mantenían constantemente informado.
Hank sabía que la dirección se reuniría. Siempre lo hacía justo antes de las negociaciones. La lástima era no poder instalar micrófonos ocultos en la sala. Pero ¿por qué complicarse la vida con eso? Tenía orejas infiltradas. Porque, por más que Brent protestara, sabía que le era leal.
Incluso si no le decía nada.
Sacudió la cabeza, pensando otra vez en las posibilidades.
Solía decir que prefería ser afortunado que bueno.
9:00 h
Brent siguió a su jefe al Edificio A. El director jurídico de la empresa era un hombre de mediana edad, medio calvo, bajito y con un rotundo cuerpo rechoncho.
Su rostro ajado lucía una sonrisa de cortesía permanente.
Eso y sus arcaicas gafas de montura metálica fina le conferían un aspecto educado, tímido y resignado.
Ideal para un abogado de empresa. Un mes antes, durante su entrevista, a Brent enseguida le había caído bien.
El hombre llevaba quince años en la empresa.
Previamente trabajó en un bufete de Savannah donde poco a poco había ido medrando hasta convertirse en socio.
La promesa de un título, una nómina fija y unos beneficios excelentes lo habían atraído a la papelera.
Brent estaba convencido de que iba a gustarle trabajar para él.
Le reconfortaba el hecho de que su nuevo jefe vistiera un poco como su antiguo jefe en la Oficina del Fiscal del Distrito del Condado de Fulton.
Trajes oscuros, camisa blanca, corbata de seda y tirantes.
Sin embargo, a diferencia del fiscal, que solía decir que le gustaban la estética y la sensación de unos pantalones sujetados con tirantes, su nuevo jefe parecía llevarlos sobre todo por necesidad.
El Edificio A era uno de los dos complejos administrativos más nuevos, y el más moderno, ya que albergaba a los altos cargos.
Los suelos estaban forrados de moqueta nueva, las paredes empapeladas con papel pintado de lujo y el mobiliario tendía a ser de madera, en lugar de metal, combinado con una decoración que debía más a la moda que a la funcionalidad.
–¿Por qué se me incluye en esta reunión? –le preguntó Brent, mientras caminaban.
–No tengo ni idea. Simplemente me han pedido que te traiga.
–¿De qué va?
–De las negociaciones contractuales. Uno de los dueños, el señor Bozin, ha venido desde Atlanta y quiere que le pongamos al corriente. ¿Lo has conocido en persona?
–Recuerdo haberlo visto en las celebraciones del 4 de julio en Concord unas cuantas veces. Pero poco más. ¿Cómo es?
–Lo llaman el Zorro Plateado, y con motivo. Es inteligente. Sabe hasta el último centavo que tiene o ha tenido esta empresa. En realidad, me alegro de que sea él quien viene esta vez. El señor Lee y el señor Hughes pueden ser desagradables. Son demasiado impacientes. Y no son de trato fácil.
–Pero ¿qué pinto yo? –volvió a preguntarle.
–Me han dicho que será una buena oportunidad para que veas de primera mano el proceso de negociación. –Su jefe dibujó una de sus características sonrisas maléficas y añadió–: Desde nuestro lado, claro está.
Al parecer, su reputación le precedía.
Pero no era algo que debiera sorprenderle.
Entraron en la sala de reuniones. Las paredes estaban revestidas de pino de Georgia barnizado en tono oscuro y salpicadas de fotos aéreas de la papelera y la fábrica de bolsas.
Doce butacas antiguas rodeaban una mesa con forma de ataúd.
Había un proyector cenital, una pantalla en una esquina y una pizarra en otra.
Brent conocía tres rostros entre los presentes: el director ejecutivo de la Southern Republic, el director de relaciones laborales y el jefe de personal.
Había tratado con relaciones laborales y personal durante batallas pasadas entre la empresa y la HITSE, siempre del bando de Hank.
Miró hacia la cabecera de la mesa de reuniones.
Christopher Bozin estaba sentado en silencio. Estudió el semblante amable del viejo y le llamó la atención su palidez. Sus ojos parecían cansados y tenía la piel del cuello y las mejillas arrugada, seca y quebradiza.
–Acompáñame, voy a presentarte –le susurró su jefe.
Se acercaron a él.
Bozin se puso en pie y se dieron la mano, un apretón húmedo y ligero.
Tras intercambiar las formalidades de rigor, el dueño propuso al grupo:
–¿Les parece que empecemos?
Todo el mundo tomó asiento alrededor de la mesa.
–Aquí estamos otra vez –anunció Bozin–. Cuesta creer que hayan transcurrido cinco años desde las últimas negociaciones. Parece que fue ayer. ¿En qué consiste nuestra primera oferta?
–En un incremento del dos por ciento de los salarios, un ligero aumento de las indemnizaciones médicas y un ajuste de las pensiones.
Nada de horas extras garantizadas, aunque estamos dispuestos a hablar de puestos de trabajo adicionales –aclaró el director de relaciones laborales–.
Por el lado no económico, los trabajadores del papel ya han solicitado que consideremos de manera especial a su gente de los almacenes de madera.
Dicen que hay demasiada rotación y que el problema es la mala supervisión.
Amenazan con demandarnos. Aseguran que el supervisor está loco.
–¿Y lo está? –quiso saber Bozin.
–La gente de los almacenes de madera necesita mano firme –intervino el jefe de personal–.
Hemos negado todo. Pero, en privado, tenemos que reconocer que existe un problema con la rotación.
Además, y de nuevo a título privado, el sindicato nos ha dicho que se darían por satisfechos con un cambio de supervisores.
Incluso podemos esperar un par de meses para guardar las apariencias.
Bozin pareció complacido.
–Según tengo entendido –dijo el director ejecutivo–, el señor Lee me comentó a título privado que se supone que debemos negociar a tres años en lugar de cinco para limitar las concesiones finales, ¿no es así? Esta vez no es tan importante conseguir los cinco años.
–Correcto –respondió Bozin.
–¿Las subidas salariales se sumarían a la primera oferta que hemos puesto sobre la mesa? Le he solicitado una respuesta insistentemente al señor Hughes, pero no me ha contestado.
–No debería ser necesario si usamos los cinco años a nuestro favor.
Probablemente debamos contemplar algún aumento salarial en el acuerdo final, porque los sindicatos en ningún caso van a darse por satisfechos con un dos por ciento, pero habrá que comprobar hasta dónde tenemos que ceder.
¿Y qué hay de Hank Reed? ¿Alguien ha oído algo?
–Últimamente está muy callado –contestó el director de personal.
–Anteayer estuvo en mi despacho y me dijo que estaba listo «para ir a tope», según su expresión.