DÍA 8MARTES, 13 DE JUNIO #4
Sabía que tendría que enfrentarse a ese dilema ético en algún momento, pero no había previsto hacerlo la segunda semana tras incorporarse al trabajo.
Sacó la lista que Hank le había facilitado y volvió a estudiar los números.
El enfoque directo parecía el más adecuado, de manera que se colocó frente al monitor del ordenador que había en su escritorio en la fábrica, introdujo la primera cifra en el campo de búsqueda y le dio al retorno.
Y obtuvo una coincidencia.
William Mesnan.
Al parecer, 034-15-6901 era el número de la Seguridad Social de aquel hombre.
Hizo clic en su nombre y accedió a un menú de varios informes de la empresa asociados con el empleado y datados hasta treinta años atrás.
La última entrada le llamó la atención: INDEMNIZACIÓN POR DECESO.
Volvió a hacer clic y averiguó que Mesnan había fallecido de un infarto hacía tres semanas.
Probó el siguiente número y empezó a generar una lista propia.
034156901 William Mesnan, 23 de mayo, infarto456913276 Patrick Brown, 21 de mayo, fallo renal
Estaba a punto de teclear el tercer número en el motor de búsqueda cuando Martha apareció por la puerta.
–El jefe quiere verle.
–Pensaba que se había ido.
–Y se había ido. Pero ha vuelto y necesita verle.
Solo hacía una semana que tenía aquel empleo, pero ya había aprendido que al director jurídico le gustaba delegar.
Mucho. Cosa que a él le parecía bien. En la Oficina del Fiscal del Distrito se había hecho cargo de muchas más cosas de las que le correspondían.
Y ahora, en la papelera, era el novato y debía actuar como tal, sin quejas.
Además, cualquier excusa para no hacer lo que estaba haciendo era bienvenida.
Salió de la pantalla.
–Dile que enseguida voy.
Martha se fue.
Brent volvió a guardar la lista con los números y sus notas en el cajón de su mesa y lo cerró con un gesto de finalidad, agradecido de poder posponer la labor de husmear para Hank un poco más.
Quizá para siempre.
Eso esperaba.
17:45 h
Hank estaba sentado junto a la piscina, absorto en sus pensamientos.
Hacía mucho tiempo que dirigía el sindicato de electricistas.
Muchos hombres habían depositado su confianza en él.
Y él nunca había traicionado esa confianza.
Todo lo contrario, había peleado duro por cada uno de ellos, fuera amigo o enemigo.
Nadie podría decir nunca que no había dado lo máximo de sí mismo.
Estaba leyendo información que el sindicato nacional había proporcionado a sus delegaciones locales para ayudar con las negociaciones.
Estaba bien saber lo que pensaban y hacían otros en otras partes del país.
La puerta trasera de la casa se abrió y Ashley salió por ella con paso decidido y se dirigió a la tarima.
Iba vestida con un par de pantalones tejanos cortos y un jersey de los Atlanta Falcons. Llevaba chanclas. Se alegró de verla.
–¿Qué te trae por aquí? –le preguntó.
Se le acercó y se sentó a su lado.
–Lori Anne está en casa de una amiga. Tengo que ir a recogerla en breve, pero he pensado en matar un poco el tiempo contigo.
–¿Cuándo es el siguiente partido de sóftbol de mi nieta?
–El miércoles que viene.
–Estaré enfrascado en las negociaciones, pero no faltaré.
Nunca se perdía sus partidos.
Ashley vio que estaba leyendo.
–¿Vas a tener que pelear mucho para negociar los contratos?
–Como siempre. Nada nuevo bajo el sol. Cuesta complacer a todo el mundo.
–Aun así lo intentarás, ¿verdad?
Hank sonrió.
–Como siempre. ¿Qué tal va la cosa con Brent?
–Dímelo tú. No sé nada de él desde el sábado.
–Dale tiempo, pequeña. Esto es complicado. Más de lo que Brent piensa siquiera.
La expresión de Ashley se endureció.
–¿Habéis hablado?
–Te prometí que me mantendría al margen. –Su promesa, no obstante, no incluía no hablar con Catherine Walker–. Pero yo no esperaría mucho más. Ya es hora de poner sobre la mesa todo lo que hay entre vosotros dos.
–A mí me lo vas a decir... –replicó ella–. Los primeros cuarenta y dos años de mi vida han sido un absoluto torbellino. No tengo intención de que eso se repita durante los otros cuarenta y dos.
–Si necesitas ayuda, cuenta conmigo.
Ashley alargó la mano y le dio un apretoncito en el brazo a su padre.
–Te lo agradezco de corazón. Pero yo me encargo de esto. De verdad. Ahora tengo que irme.
La observó marcharse y deseó internamente que su hija no cometiera los mismos errores que él.
Volvió a pensar en lo que Marlene había encontrado en los ordenadores de la empresa, sobre todo en aquella misteriosa lista de números.
Los habían ocultado intencionadamente, protegidos por un acceso muy restringido.
¿Qué tenían aquellos números de aspecto inofensivo que obligaba a adoptar tal nivel de seguridad?
Se puso en pie y se dirigió a su despacho exterior.
Cuando instaló la piscina, convirtió también el garaje para dos coches en un cobertizo con espacio para tres vehículos.
Y al final de aquella estructura alargada se había montado un despacho.
En una pared había un par de archivadores de cuatro cajones en los que guardaba los documentos del sindicato.
Entre estos había una lista de los afiliados actuales, junto con sus fechas de cumpleaños, los nombres de sus esposas e hijos y otra información complementaria.
Hank la utilizaba religiosamente para asegurarse de que todos sus miembros recibieran tarjetas de cumpleaños y de aniversario, un detalle personal que conservaba de sus tiempos en política,
además de un gesto que consolidaba de manera constante los más de cincuenta votos que necesitaba para la reelección.
Localizó la lista de turnos del sindicato y la llevó a una encimera que había en la pared opuesta.
Tal vez Brent tuviera razón. Quizá fueran números de la Seguridad Social.
Pero Hank no tenía manera de determinarlo.
Sus archivos no contenían los números de afiliación a la Seguridad Social, solo los identificadores sindicales.
Por eso necesitaba a Brent. Podía pedírselos a Marlene, y lo haría si Brent no le decía nada pronto.
Pero prefería mantenerla al margen de aquel asunto.
Cada vez que hacía algo por él, Marlene se jugaba el puesto.
Y ella no era ninguna empleada sindical, protegida por un acuerdo de negociación colectiva.
Su contrato podía finiquitarse en cualquier momento, sin posibilidad de recurso.
Y Hank no quería que perdiera el trabajo.
Sonó el teléfono de casa.
Descolgó el supletorio.
–Hank. –Era la voz de su supervisor en la papelera–. Paul Zimmerman ha muerto.
La noticia le conmocionó. Zimmerman era uno de sus más fieles partidarios, e incluso había desempeñado funciones en el ayuntamiento durante los dos últimos mandatos de Hank como alcalde. Un voto sólido, un hombre del sindicato leal y un amigo.
–Han encontrado su cuerpo cerca de la ciénaga de Solomon. Había salido a cazar jabalíes. Parece tratarse de un accidente de caza.
Hank sabía lo mucho que a Zimmerman le gustaba cazar. Hablaba sobre ello todo el tiempo. De hecho, en el congelador del cobertizo, Hank aún tenía las chuletas que le había regalado hacía un par de meses.
–Su mujer y sus hijos deben de estar destrozados –dijo.
–Sí, lo están pasando muy mal. Acabo de regresar de allí y he pensado que te gustaría saberlo.
–Ahora mismo salgo para allá.
Colgó y entró en su casa para cambiarse, olvidando la lista de números en el portapapeles.