La lista DÍA 8MARTES, 13 DE JUNIO #3
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DÍA 8MARTES, 13 DE JUNIO #3

Descendió la mirada hacia el tráfico matutino, sin dejar de pensar en el Programa Prioridad.

Había transcurrido mucho tiempo desde que había dado comienzo.

Entonces las víctimas eran simplemente molestias, problemas que parecían poner en peligro constantemente una inversión poco convincente. ¿La primera?

Cómo iba a olvidarlo: Robbie Shuman.

–No puedo más. Estoy harto de oír hablar de Robbie Shuman –repitió Lee.

Estaban en medio de una de las reuniones mensuales de la junta, sentados alrededor de una mesa ovalada en una minúscula sala de reuniones, parte del espacio que la empresa alquilaba en uno de los viejos edificios de oficinas del centro de Atlanta.

El Savannah Morning News estaba desplegado ante ellos, con un titular en portada, «LA PAPELERA BAJO ESCRUTINIO FEDERAL», seguido de un artículo que era de todo menos halagador.

Las autoridades federales han confirmado la abertura de una investigación por las emisiones al medio ambiente y los vertidos en las aguas de la fábrica de papel Southern Republic Pulp and Paper Company.

La empresa con sede en Atlanta adquirió la papelera de Concord, Georgia, hace seis años.

Desde entonces, la fábrica ha registrado una rápida expansión, con la adición de otras dos máquinas de procesamiento de papel y una amplia modernización.

Han salido a la luz acusaciones de que la empresa podría estar incumpliendo su permiso de vertidos en el río Savannah y de que sus emisiones en el ambiente podrían superar los estándares federales.

El secretario general de la delegación local 567 del sindicato Unión de Trabajadores del Papel, Robbie Shuman, aseguró ayer que la Southern Republic incumple la legislación y exigió una investigación inmediata al respecto, ofreciendo documentación que sustenta su denuncia.

–Ese hijo de puta nos va a hundir –dijo Hughes–. Hemos invertido millones y estamos a punto de invertir muchos más.

–Hay que hacer algo –dijo Lee–. Estoy en pleno proceso de adquisición de tres aserraderos. No nos conviene este tipo de publicidad. Ya es bastante duro conseguir financiación de los bancos sin toda esta mierda.

Shuman había sido problemático desde el principio.

Era empleado de la papelera y secretario general del sindicato Unión de Trabajadores del Papel, el más grande de la empresa.

La Southern Republic lo había heredado de la Republic Board.

Era un hombrecillo duro de pelar, con el pelo moreno y ondulado, un poblado bigote negro y unos penetrantes ojos grises.

Las dos rondas de negociaciones contractuales desde que habían adquirido la fábrica a Republic Board habían sido un calvario, y todo gracias a Shuman.

La tercera estaba a punto de comenzar, en un par de meses, y no era plato del gusto de nadie.

Shuman seguía en la prensa y estaba claro que sabía qué teclas tocar.

En las últimas cuarenta y ocho horas había contestado a las preguntas del Atlanta Constitution, del Savannah Morning News y del New York Times, y el día anterior un productor del programa televisivo 60 Minutos le había telefoneado para concertar una entrevista ante las cámaras entre uno de los tres

accionistas y Mike Wallace.

–Este asunto se nos está yendo de las manos –dijo Hughes–. No nos conviene atraer este tipo de atención. Hay que quitarse de encima a Shuman. ¿No podemos despedirlo sin más?

–¿Y de qué nos serviría eso? –preguntó Lee–. Seguiría armando la de Dios y el sindicato nos freiría a reclamaciones. Además, los organismos gubernamentales se echarían sobre nosotros como buitres.

–Y entonces, ¿qué se supone que debemos hacer? –quiso saber Hughes–. ¿Seguir pagándole un sueldo a ese hijo de puta para que convierta nuestras vidas en un infierno?

–Podríamos matarlo.

Lee y Hughes se volvieron para mirarlo.

–¿Qué has dicho, Chris? –preguntó Lee.

–Que podríamos matarlo.

–¿Te refieres a matarlo de verdad? –preguntó Hughes.

–Justamente a eso.

Lee estaba intrigado.

–Es evidente que has pensado en ello. ¿Qué propones?

–Con Reed y los electricistas es fácil trabajar.

Y con York y los maquinistas, aún más. Shuman y los trabajadores del papel no cooperarán.

Hemos probado con la fuerza, con amenazas, con sobornos, con favoritismos, con amabilidad e incluso les hemos lamido el culo.

No quiere colaborar con nosotros. Lo que quiere es generar polémica.

Lo ve como una manera de ensalzar su imagen.

Tienes razón, Hamilton, no podemos despedirlo, porque eso solo empeoraría las cosas.

Nos patearían el culo a querellas y pleitos.

–Eso va a pasar de todos modos –dijo Lee.

–Pero si no hay demandante, ¿quién nos demandará?

Si no queda nadie para presentar una querella, ¿quién peleará con nosotros?

¿Quién se va a convertir en el Llanero Solitario en nombre de los ambientalistas?

¿Quién filtrará documentos y otras patrañas a la prensa?

Eso solo lo hace Shuman. Salvo si muere.

Porque muerto el perro, se acabó la rabia.

–¿Alguna vez has oído hablar de la figura del mártir? –preguntó Lee.

–Él no se convertirá en un mártir. Al parecer, a Shuman le gusta jugar. Apuesta a lo que sea. A la lotería. Al fútbol. En canódromos en Florida. No pierde mucho, pero lo que sí hace es robarnos instrumental eléctrico, herramientas y restos de cobre, y lo empeña para cubrir sus pérdidas.

–¿Cómo has sabido eso? –preguntó Hughes.

–Un buen investigador privado es capaz de averiguar muchas cosas, si se le proporcionan tiempo y dinero suficientes.

–De manera que podemos matarlo y desacreditarlo al mismo tiempo –aventuró Lee.

–Exactamente. Intenta comerciar con el material robado y le pegan un tiro. Los bajos fondos son incontrolables. Ocurre todo el tiempo. Y para cubrirnos las espaldas, dejamos más objetos robados en su casa que lo incriminen para que los robos resulten más evidentes.

–Joder, Chris, hablas en serio –dijo Hughes.

–Nunca he hablado más en serio.

Lee quiso saber:

–¿Y quién se encargará de hacerlo?

–Tengo unos amigos que pueden ponerme en contacto con la persona adecuada.

–¿Y el coste?

–Diez mil dólares.

–¿Y si nos pillan? –preguntó Hughes.

–No pasará.

–Por mí, adelante. –Lee parecía convencido.

Hughes no salía de su asombro.

–Estáis los dos chiflados. Estamos hablando de matar a un hombre.

Chris miró a Hughes.

–Ese hombre lo está poniendo todo en riesgo.

Tal como tú mismo has dicho, nos estamos jugando millones.

–Señaló el diario–. No necesitamos ese tipo de prensa.

¿Quieres ser el reportaje principal de 60 Minutos?

¿Cuántos prestamistas crees que harán negocios con nosotros después de eso?

Y, sin dinero, ya puedes despedirte de todo este tinglado.

Shuman es un alborotador, y no tiene intención de tirar la toalla.

Le hemos dado todas las oportunidades que podíamos darle.

Hemos probado todo lo que podíamos probar.

Mala suerte para él si es un ladrón. Yo lo que digo es que nos hagamos cargo del problema.

Después, su credibilidad quedará reducida a cero, y te aseguro que no lo convertirán en ningún santo.

En sesenta días nadie se acordará de él, y entonces podremos empezar a construir esta empresa.

–Yo estoy de acuerdo –repitió Lee–. Apenas empezamos a obtener beneficios.

Nuestra producción se amplía cada día. Si la cosa sigue así, en unos cuantos años los tres seremos ricos.

Lo último que necesitamos es mala publicidad y que los posibles prestamistas nos den la espalda.

Y si un secretario general de un sindicato de obreros que es un verdadero incordio es lo único que se interpone en el camino, considero que deberíamos eliminar el problema.

Se quedaron mirando a Hughes.

–De acuerdo –concedió finalmente Hughes–. Hacedlo.

Recordaba cómo lo habían hecho.

A Shuman le descerrajaron tres tiros al salir de una casa de empeños en Savannah. Una hora antes habían colocado en su garaje un surtido de herramientas robadas y cobre, que se sumaban a los que se hallaron en la casa de empeños.

La policía lo verificó todo como parte de la investigación subsiguiente, e incluso localizó otras casas de empeños gracias a una pista anónima por cortesía del investigador privado.

La empresa acabó emitiendo una nota de prensa en la que vinculaba el activismo de Shuman con una investigación en curso de su persona que estaba intentando detener.

Sus recientes actividades para dañar la imagen de la empresa estaban conectadas con un chantaje que supuestamente Shuman había intentado hacerles.

Su argumento era plausible, creíble, y se dio por bueno.

Y Chris estaba en lo cierto.

Noventa días después, todos sus problemas habían desaparecido, suavizados por una muerte oportuna.

Regresó mentalmente al presente.

Lee y Hughes no tardarían en tener noticia de su cáncer.

La suerte estaba echada desde el día anterior, cuando había dado el primer paso y había generado intencionadamente una solicitud de indemnización.

Su reacción sería predecible. Solo tendría una oportunidad de darles donde más les doliera.

¿De verdad tenía Hank Reed la lista de las Prioridades de mayo?

Y lo que era más importante, ¿conseguiría descifrarla?

En cuanto a Brent Walker, ¿sabría comportarse?

¿Era correcto involucrarlo en aquello? Pero ¿qué alternativa le quedaba?

Para que su plan funcionara, necesitaba la ayuda de ambos, tanto si estaban dispuestos a prestársela como si no.

Había llegado el momento de dar el segundo paso.

Retrocedió a su escritorio, se sentó frente al ordenador y empezó a escribir.

Al principio, le costó encontrar las palabras.

Pero al cabo de poco fluyeron con facilidad y el repiqueteo del teclado se volvió terapéutico, una liberación para el alma y una reparación parcial para la poca conciencia que le quedaba.

Una hora después había acabado y lo copió todo en una memoria USB. Expulsó la unidad y apagó el ordenador.

Pero no borró el original, intencionadamente.

16:09 h

Brent decidió hacer finalmente lo que Hank le había pedido.

¿Qué podía tener de malo? Si aquella lista de números no era nada, caso zanjado.

Y si tenía alguna implicación, entonces, según habían acordado, no diría nada y no incumpliría el contrato de confidencialidad con su nueva empresa.