DÍA 8MARTES, 13 DE JUNIO #2
Dos semanas después de volver de la luna de miel, Paula había perdido al bebé. Brent siempre se había preguntado si había sido un aborto provocado o un verdadero acto del Señor. Decidieron volver a intentarlo, pero, por suerte, nunca lo consiguieron.
Ciertamente, eran como el agua y el aceite.
Su idea de una noche en casa era como la del sábado pasado.
Ashley y él se habían acurrucado bajo una manta en el porche trasero y habían contemplado las estrellas mientras hablaban como solían hacer.
Claro que no todas las noches podían ser así, pero ¿acaso era un pecado que las hubiera de vez en cuando?
No recordaba ningún momento en el que Paula y él hubieran compartido una intimidad así.
Su relación parecía más de compañeros de piso que de marido y mujer.
El mero hecho de hacer el amor se convertía en una tortura de higiene y protocolo.
La mayoría de sus noches de fin de semana se habían consumido en funciones donde una sala llena de gente hablaba de trivialidades hasta medianoche.
A Paula le encantaba la vida social. Brent la detestaba.
–Tienes que superar el pasado –le dijo Hank.
–No debería haber permitido que las cosas llegaran tan lejos.
–¿No te parece que ya te has flagelado durante suficiente tiempo? Han pasado once puñeteros años.
No dijo nada.
Pero Hank sabía leerle el pensamiento.
–No me vengas con pamplinas. Has vuelto para pasar página.
Tenía razón. Así era. Pero todavía no estaba preparado para admitirlo abiertamente.
Todavía no.
–Cambiando de tercio –dijo Hank–. ¿Le has echado un vistazo a esos números que te di?
Esperaba que Hank se hubiera olvidado de ese asunto.
–Todavía no.
–Necesito que lo hagas. En los términos que acordamos.
Conocía la respuesta correcta.
–De acuerdo. Lo haré pronto.
9:20 h
Jon informó con serenidad de lo que había descubierto en Concord. Estaba sentado en el despacho de Hamilton Lee en la Torre Azul. Había esperado a que Lee llegara al trabajo desde las 7:30.
–Pues tenemos un problema –dijo Lee–. Y bien gordo.
–Anoche intenté localizarlo, pero no tuve suerte.
–Había salido –dijo Lee, sin aportar más información sobre su noche.
–No podía suprimir el último procesamiento sin su aprobación, de acuerdo con lo que me había dicho ayer.
–¿Ya está completa la lista?
–La última Prioridad, la Número 7, se ha procesado hace una hora.
–¿Algún problema?
–Un accidente de caza. –Y ya que estaba en materia, aprovechó para darle el informe completo–.
La Prioridad Número 6 se procesó el viernes pasado, al igual que la Número 8.
Solo el accidente de caza ha ocurrido en los bosques del condado de Woods; las otras dos han tenido lugar en puntos distantes del estado.
Me gustaría señalar que se me obligó a dar el visto bueno a dos muertes accidentales en el mismo escenario el mismo mes. Eso viola el reglamento.
–Te preocupas demasiado, Jon.
«Y usted demasiado poco», pensó él. Le molestaba la actitud displicente que Lee mostraba con relación a las decisiones de las Prioridades.
No era un asunto trivial. Estaban asesinando a personas, y él no tenía ningún interés en que lo pillaran.
Sin embargo, fue consciente de que, en parte, la displicencia de Lee podía ser en gran medida culpa suya.
Jon había conseguido que el programa fuera tan efectivo que el éxito se daba por sentado, al margen de los riesgos que comportara.
–Mira, Jon, nada conecta esas dos muertes.
Fueron dos accidentes trágicos, cosas que pasan de vez en cuando.
Las funerarias locales deberían darnos las gracias.
Creo que Hughes es el dueño de una de ellas en Concord, ¿no es cierto?
Ahora mismo, me preocupa más nuestro problema inmediato.
¿Hay alguna indicación de a qué se accedió desde el terminal de Marlene Rhoden, si es que se accedió a algo?
–El directorio de archivos solo indica en qué carpeta del núcleo central del sistema se originó la información. Esta mañana he comprobado la CARPETA PROTEGIDA. El 6 de junio contenía un archivo. La lista de mayo de las ocho Prioridades autorizadas.
–Pero, incluso asumiendo que se copiara el archivo, un listado de ocho números no tiene ningún sentido. Podría considerarse fácilmente algún tipo de fichero de trabajo.
–Hasta que se descifre.
–Eso dando por supuesto que alguien tenga algún interés en hacerlo –replicó Lee.
–Usted mismo me dijo que Hank Reed es un hombre perspicaz. ¿Podría serlo lo bastante para querer descifrar la lista?
–Es posible que ni siquiera la tenga.
Jon detectó un velo de esperanza en su última frase y no pudo contenerse.
–Si no recuerdo mal, la semana pasada estaba usted convencido de que Reed se había hecho con la nota interna que habíamos dejado para él. Si tiene esa nota, tiene la lista.
10:00 h
Chris notó que Hamilton Lee estaba nervioso y verlo así le alegró a la vez que le generó curiosidad.
Estaban en la sala de juntas de la planta treinta, convocados a una reunión especial que, en principio, se celebraba para debatir las próximas negociaciones con los sindicatos, pero parecía haber otro tema más urgente.
–Tenemos un problema –dijo Lee.
Y a continuación Chris escuchó a su socio informar de lo que De Florio había descubierto.
–Es la primera vulneración del programa que sufrimos –señaló Hughes.
–Supuesta vulneración. No sabemos si alguien tiene en realidad la lista de Prioridades.
–¿Por qué consideraste necesario colocar notas falsas en el sistema para que Reed las encontrara? –preguntó Chris–. No recuerdo que aprobáramos dicha táctica.
–Durante las últimas negociaciones quedó claro que Reed accedió al sistema y utilizó nuestras propias previsiones de costes en nuestra contra. La idea de que volviera a ocurrir me irritaba, así que decidí darle la vuelta a nuestro favor.
–¿Y qué hiciste exactamente?
–Redacté una nota interna indicando a nuestra gente en Concord que no nos interesaba un pacto de cinco años. Les dije que no merecía la pena el esfuerzo y que aceptaran los tres años cuando se los ofrecieran, pero intentaran recortar las concesiones previas.
Chris entendió su estrategia.
–Pensaste que, si Reed se enteraba de eso, se plantaría ante nosotros y nos ofrecería los cinco años en bandeja de plata. Esos dos años son su moneda de cambio más importante.
Lee asintió con la cabeza.
–Y cuando hiciera esa oferta, el coste sería muy inferior al de la última vez.
–Porque Reed pensaría que no teníamos ningún interés en cerrar un trato por cinco años.
–Parecía un buen plan.
Lo cierto es que lo era, y era evidente que Lee se sentía orgulloso de sí mismo por haberlo ideado.
–¿Y si no nos ofrece esos dos años? –quiso saber Chris.
–Lo hará. Conozco a Hank.
–Venga, Chris –dijo Hughes–. Fue un movimiento inteligentísimo.
–Quizá. Pero la estrategia no se sometió a votación.
–Tienes razón –respondió Lee–. Tomé la decisión por mí mismo.
–Y a causa de eso alguien ha accedido a las carpetas protegidas y ahora podría tener pruebas suficientes para acusarnos de homicidio múltiple.
–¿Cómo iba a saber yo que una tormenta dañaría el sistema en el mismísimo momento en que alguien estaba picando mi anzuelo?
Esta vez Chris decidió no ceder.
–Invitaste a alguien a husmear en nuestro sistema. Y eso conlleva un claro riesgo.
Lee negó con la cabeza.
–Reed lo habría hecho de todas maneras. Solo dejé algo para que él lo encontrara.
–¿Y qué se está haciendo para atajar el problema?
–He dado instrucciones a De Florio para que averigüe si Reed tiene la lista y, en caso afirmativo, sabe qué hacer. No le he preguntado cómo se propone hacerlo, y no quiero saberlo. Jon se ocupará de ello, como ha hecho siempre.
–¿Y qué hay de la lista de mayo? –preguntó Chris.
–Completamente procesada, sin problemas, incluidos los tres aprobados en nuestra última reunión.
A Chris le iba la cabeza a mil por hora, más piezas del plan que había concebido acababan de encajar.
–Huelga decir que supongo que estamos todos de acuerdo en que hay que suspender el Programa Prioridad hasta que se solucione este asunto.
No hubo objeciones. A continuación, Hughes cambió de tema:
–¿Qué hay de las negociaciones? ¿Cómo vamos a manejar las cosas esta vez?
Chris había esperado a que saliera la pregunta.
–Yo tengo que ir a la fábrica para cerrar el año fiscal. He pensado que podía cubrir la habitual aparición de los socios.
–Yo no tengo inconveniente –replicó Lee.
–Yo tampoco –convino Hughes.
Ninguna sorpresa en ese sentido. Aunque las relaciones laborales quedaban dentro del ámbito de supervisión de Hughes, solía delegar toda la responsabilidad en subordinados.
De la misma manera, siempre que se aproximaba el momento de la negociación, Lee buscaba algún pretexto para pasar dos semanas retenido en el condado de Woods.
Además, probablemente ambos pensaran que los quinientos kilómetros que separaban Atlanta de Concord lo quitarían de en medio, al menos por un tiempo.
Sabía lo que tenía que decir.
–Conseguiré los cinco años lo más barato que pueda.
–Deberías conseguirlos simplemente accediendo a no recortar las concesiones que hicimos –dijo Hughes–. Reed se contentará con cerrar un trato por lo que tiene ahora. La situación actual nos conviene a todos.
–Eso suponiendo que no tenga la lista y no sepa lo que es.
Ninguno de los dos dijo nada.
–Os mantendré informados de mis progresos –dijo Chris, aunque no tenía intención de hacerlo.
Pero sí que necesitaba algo:
–Hamilton, dile a Jon que me informe directamente a mí en Concord de lo que descubra con relación a esa lista. Y también quiero que Brent Walker se involucre en las negociaciones. Podría serme de utilidad con Reed. Lo quiero cerca. Ocúpate de organizarlo, por favor.
10:50 h
Chris estaba en pie ante el ventanal de su despacho.
La reunión se había dado por concluida hacía unos minutos, tras tomar algunas decisiones adicionales acerca de cómo gestionar las próximas negociaciones. Los tres hombres habían abandonado puntualmente la sala de juntas y habían regresado a sus respectivos despachos en la planta veintinueve.
Ni siquiera era mediodía aún y ya le dolía el abdomen. El dolor parecía empezar antes cada día que pasaba.