DÍA 8MARTES, 13 DE JUNIO
7:03 h
Para cazar en Georgia se requería licencia. Había reglas. Normativas. Momentos específicos del año en que podían matarse cosas específicas.
Todo dentro de unos límites definidos.
Nada de eso importaba a Paul Zimmerman, que disfrutaba deambulando por los humedales de alrededor del lago Eagle al acecho de jabalíes.
Varios motivos sólidos explicaban por qué a Zimmerman le gustaba tanto cazar jabalíes.
Para empezar, su caza no estaba regulada, de manera que no había necesidad de sacarse una licencia para disfrutar del privilegio de matar un ejemplar.
En segundo lugar, no había una temporada concreta, lo cual comportaba que no tenía que preocuparse por toparse con el guarda forestal cada vez que le apetecía salir de caza.
En tercer lugar, y quizá fuera el motivo más importante, las piezas proporcionaban carne abundante para comer.
Y con esposa y cinco hijos que alimentar, Zimmerman hacía buen uso de las costillas, las salchichas y, su favorito, los menudillos.
Siempre que, claro está, encontrara un jabalí al que abatir.
Pero según recogía el expediente, Paul Zimmerman, la Prioridad Número 7, sabía dar con ellos.
Era experto detectando sus huellas, husmeando sus excrementos y siguiéndoles el rastro.
Y, además, se conocía al dedillo los bosques de la zona noroeste del condado de Woods y del suroeste del condado de Screven, en especial la ciénaga de Solomon, donde a los jabalíes les encantaba congregarse.
¿Cómo no iba a gustarles?
Árboles en abundancia, una provisión generosa de bayas y frutos secos, y amplios humedales alimentados por el cercano río Ogeechee. Paul Zimmerman pasaba al menos un par de días al mes vagando por aquella turbia extensión.
Y Frank Barnard lo sabía.
Después de regresar del oeste de Georgia y de su exitosa cita con Melvin Bennett, Barnard había comprobado los turnos del personal de la empresa durante el fin de semana y había averiguado que el día de rotación de Zimmerman era el martes.
Veinticuatro horas asignadas para que el cuerpo se reajustase a la dureza de permanecer en vela toda la noche.
Zimmerman trabajaba por turnos en la papelera, sobre todo en el nocturno, porque las horas estaban mejor pagadas y ello representaba una gran ayuda para sufragar las facturas familiares.
Estaba previsto que se reincorporase nuevamente al turno de noche al día siguiente.
Otra semana de trabajo de las once de la noche a las siete de la mañana, de dormir durante el día y de alargar las tardes haciendo las tareas de casa y pasando ratos con los niños.
Barnard llevaba una hora sentado en un puesto de caza en un árbol esperando a la Prioridad Número 7.
El verano envolvía las maderas desgastadas con una cortina aromática de resina de pino; las densas agujas ofrecían una cobertura ideal, y el puesto de caza se hallaba oculto entre un grupo de altos pinos en la zona más elevada de la ciénaga de Solomon.
El aire matinal era sofocante, y la humedad del terreno solo acentuaba la incomodidad.
Por suerte, estaba lo bastante alto como para que los mosquitos no lo encontraran, pero había moscas amarillas por todas partes.
El expediente sobre Paul Zimmerman señalaba diversos lugares en los que le gustaba cazar, pero Barnard se había arriesgado y había calculado que Zimmerman usaría su día libre para ir hasta la ciénaga de Solomon.
Que era exactamente lo que había hecho el Número 7.
Hacía una hora había seguido discretamente a Zimmerman cuando había salido de su casa en Concord.
Por suerte, la Prioridad no había llevado a ninguno de sus perros, porque su procesamiento habría supuesto una complicación adicional.
Una vez que se había asegurado del destino final de Zimmerman, se había adelantado deprisa y se había abierto camino sigilosamente hasta la zona norte del pantano, apremiándose para encaramarse al puesto elevado.
Como establecía el procedimiento, el día anterior había obtenido la autorización de De Florio para su método de procesamiento.
–Un accidente de caza es el único método viable que no despertará sospechas –le había dicho.
–¿No hay ninguna otra manera?
El tono de la pregunta de De Florio le había indicado que estaba sopesando su propuesta.
–Es un hombre sano. No tiene enfermedades ni trastornos. Cualquier intervención médica generaría dudas. Por desgracia, el único modo es una muerte accidental, y la más lógica es una relacionada con la caza.
–De acuerdo –había convenido su jefe finalmente.
Pensó que debía añadir algo:
–Sinceramente, señor De Florio, esta Prioridad no debería haberse aprobado con el resto. Demasiados riesgos.
–Estoy de acuerdo. –Fue el único comentario que le hizo antes de colgar.
Divisó una mancha naranja en la distancia.
A través de los prismáticos, observó a Zimmerman abrirse camino a través de la vegetación en dirección a la zona de humedal más densa, cerca del Ogeechee.
Había explorado a conciencia el área el día anterior.
Los arrugados cedros y las palmeras enanas que prosperaban en el turbio suelo cerca del río le habrían provisto poca cobertura.
Más al este había descubierto el puesto elevado para cazar ciervos y, a una proximidad conveniente, un sendero trillado.
Era una apuesta en cuanto a la elección final de la ruta y, si se equivocaba, tendría que rastrear a Zimmerman y abatirlo sobre el terreno.
Pero con la Prioridad a la vista, esa arriesgada maniobra no sería necesaria.
Dejó a un lado los binóculos y sostuvo contra el pecho el rifle, apuntando a través de la mirilla telescópica. En la punta del largo cañón había un abultado silenciador de alta presión.
¿Qué pasaría después?
Un accidente de caza figuraría entre las primeras hipótesis de la lista de posibilidades.
El departamento local del sheriff y el Departamento de Recursos Naturales de Georgia enviarían a personal que acabaría determinando que el tiro procedía de una dirección concreta y elevada.
No podía ser de otra manera. Había dejado migas de pan más que suficientes para que las siguieran.
Eso era lo importante en su línea de trabajo.
Si lo hacías creíble y plausible, la mayoría iría adonde tú quisieras que fueran.
Zimmerman estaba a cien metros de distancia; su chaleco naranja le hacía guiños entre la cobertura terrestre.
A veces los cazadores se disparaban entre ellos.
Setenta y cinco metros.
Pasaba todo el tiempo. Sobre todo en bosques tupidos como aquel. Niveló el rifle y apuntó a través de la mirilla. El naranja llenó el centro del punto de mira. Esperó a que Zimmerman se acercara un poco más.
Cincuenta metros.
Apretó el gatillo. Una leve sacudida seguida por un débil sonido sordo acompañó la bala que dejó el cañón. Instantes después, el cráneo de Zimmerman saltó en pedazos. Le había volado la cabeza.
Su cuerpo se desplomó en el suelo. Bajó el rifle.
¡Menudo disparo!
7:15 h
Brent se sintió un poco incómodo con el tema de conversación.
–¿Te quedaste a dormir? –le preguntó Hank.
–No. Pero llegué tarde a casa.
Estaban sentados en un reservado en Billy’s, desayunando.
El restaurante era uno de los locales emblemáticos del centro de Concord, un monumento de vidrio, linóleo y grasa.
Brent estaba dando cuenta de su Split Rise Special –dos huevos fritos sobre unas gachas grasientas con tostada y café– y Hank quería saberlo todo sobre su noche de sábado con Ashley.
–¿No se supone que deberías estar persiguiéndome con una escopeta o algo así, defendiendo el honor de tu hija?
–Ya es un poco tarde para eso, ¿no te parece?
Brent rio.
–Y que lo digas.
–¿Qué te dijo tu madre cuando llegaste?
–Estaba dormida. Pero no habría dicho nada.
–Tienes que hablar con ella –dijo Hank–. Podría ayudarte.
Había ignorado su consejo en el pasado, hacía años, pero no pudo resistirse a contestar:
–Recuerdo a otra persona aquí presente que tampoco prestó atención a nadie.
Hank supo al instante a qué se refería.
–Tenías razón. Debería haber manejado de otra manera las cosas con Loretta. La fastidié. Lo admito. Y, en el camino, me quedé sin esposa. No cometas tú el mismo error.
Sabía bien que Hank se arrepentía de haber dejado que el egoísmo arruinara su matrimonio.
Lo único que al final llamó la atención de su amigo fue cuando su mujer le dijo que se había enamorado de otro hombre y que se iba.
Sin enfados. Sin resentimiento. Sin nada.
Se había acabado y ya está. Recordaba cuando Hank había ido a verlo, aturdido.
La realidad le había desconcertado como el aullido de una sirena antiaérea.
Una semana después preparó los papeles del divorcio que pusieron fin silenciosamente a su largo matrimonio.
Pero Hank se equivocaba en una cosa. Brent no podía hablar con su madre de nada de aquello, teniendo en cuenta lo que estaba a punto de soportar.
El pronóstico no era halagüeño. Los médicos habían dicho que poco a poco iría perdiendo la cabeza.
Podía tardar unos cuantos años, y la medicación podía ayudar, pero poco se podía hacer por frenar el avance de la enfermedad.
No le había dicho nada a nadie sobre ese asunto y sopesó si debía contárselo a Hank, pero decidió no hacerlo. Se limitó a decir:
–No hay necesidad de meter a mi madre en esto.
–Quizá te sorprendería. Dale una oportunidad.
Se preguntó por qué lo presionaba tanto. Hank rara vez hacía algo sin un objetivo en mente.
–No debería haber movido el trasero de Atlanta –dijo–. Sabía que pasaría esto con Ashley. Me cuesta mucho superar las cosas.
–Tú no mataste a Paula. Fue ella quien se quitó la vida.
–Pero yo no debería haberle dicho lo que le dije.
–Era la verdad.
–Debería habérselo dicho años antes.
De hecho, lo había hecho, pero Paula nunca oía lo que no quería escuchar. Solo se había mostrado dispuesta a escucharlo aquel último día.
–Que Dios me perdone, Hank, pero una parte de mí se sintió aliviada cuando murió. Poner fin a nuestro matrimonio habría sido un infierno. Paula se habría asegurado de ello. Todavía me odio por sentirme así.
–Es hora de afrontar la realidad, Brent. ¿No es eso lo que me dijiste en su día? Paula era egoísta. Siempre fuisteis como el aceite y el agua. Ese matrimonio se basó solo en una cosa, y lo sabes.
Era cierto.