La lista DÍA 7LUNES, 12 DE JUNIO #3
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DÍA 7LUNES, 12 DE JUNIO #3

Sabía que durante el mandato de Hank Reed como alcalde, la empresa había presionado mucho para crear la Autoridad Aeroportuaria de Concord con el fin de financiar las mejoras necesarias, hasta que finalmente se emitieron bonos de ingresos que financiaron mejoras, en particular la pista de hormigón,

dos hangares, un depósito de combustible y luces para permitir el uso nocturno.

Las ruedas del jet besaron el asfalto.

Tres minutos después, el avión estaba anidado dentro del hangar que la Southern Republic tenía alquilado a la Autoridad Aeroportuaria y sus motores habían dejado de gemir.

Bajó del jet y se dirigió directamente hacia el Ford F-150 que la empresa siempre tenía a mano.

Condujo los cerca de cien kilómetros hacia el este que separaban el aeropuerto de la fábrica de papel por una carretera casi desierta, la conocida como Bulevar de la Southern Republic.

El turno nocturno no acabaría hasta las 23:00 horas.

Entonces, una procesión de vehículos saldrían de la fábrica, al tiempo que entraban los del turno de noche.

Atravesó la puerta principal. El supervisor nocturno estaba allí y le proporcionó de manera sucinta un informe de la situación que no le importaba lo más mínimo.

Diez minutos después se excusó, con el pretexto de ir a dar una vuelta y observar.

A lo largo de los años se había forjado una reputación como alguien a quien le gustaba ver el funcionamiento de su departamento con sus propios ojos.

Muchas veces aparecía en la papelera y en la fábrica de bolsas, a cualquier hora del día o de la noche.

En dos ocasiones había despedido a sendos guardias de seguridad por encontrarlos durmiendo.

La visita de esa noche se registraría simplemente como otra de sus inspecciones por sorpresa.

Se dirigió directamente al Edificio A del complejo administrativo. Más allá, la papelera resplandecía entre luces y humo, con su intrincada combinación de hormigón y acero ajena a la hora y a las condiciones climáticas.

No era una bestia silenciosa.

El estruendo de las tres máquinas de papel en pleno funcionamiento resonaba a varios centenares de metros de distancia.

Él solía equipararlo a trabajar dentro de un motor de combustión interna a toda potencia.

Se quedó mirando la oscura voluta de precipitante que, a pesar de las depuradoras multimillonarias, impregnaba el ambiente de un penetrante olor a azufre al salir por la vertiginosa chimenea principal que hendía el cielo nocturno.

El Edificio A se cernía silencioso. Antes de salir de Atlanta, había comprobado el turno de horas extras y había averiguado que nadie tenía autorización para permanecer allí después de las 18:00.

Ese era justamente el motivo por el que había esperado hasta ese momento para visitarlo.

Llevaba consigo una llave maestra para poder entrar fácilmente por la puerta principal.

Una vez dentro, subió las escaleras de granito de dos en dos.

La tercera planta estaba ocupada casi en exclusiva por el Departamento de Relaciones Laborales.

Volvió a usar su llave maestra para abrir la puerta con el rótulo ENTRADA DE DATOS.

La habitación en penumbra albergaba cuatro mesas, terminales informáticos y una fila de armarios archivadores.

No encendió las lámparas de techo, le bastaba con el resplandor de la papelera que se filtraba a través de las persianas abiertas.

Se dirigió directamente a la estación de trabajo de Marlene Rhoden y arrancó de un tirón la funda de plástico de su monitor.

Encendió la máquina y ejecutó los comandos necesarios para mostrar el directorio del disco duro.

La pantalla se iluminó con una larga lista ordenada cronológicamente.

Se desplazó hasta las fechas de la semana anterior.

El 6 de junio, el directorio indicaba que se había creado un archivo de acceso a las 22:05 horas.

La siguiente entrada mostraba que se había hecho una copia de la carpeta SINDICATO contenida en el subdirectorio INTERCORP del sistema central.

Reconoció que se trataba de la carpeta que contenía las notas internas que Hamilton Lee había dejado como anzuelo con la esperanza de que Rhoden las encontrara.

La anotación inmediatamente posterior era el problema.

A las 22:11 horas, el directorio revelaba que se había creado otro archivo de acceso.

Pero esta vez desde la CARPETA PROTEGIDA.

Jon sabía bien que uno de los archivos incluidos en esa carpeta, oculto tras un potente cortafuegos, llevaba por título PRIORIDAD.

Pero lo más inquietante era que Rhoden había puesto a su propio archivo de acceso ese mismo nombre.

Por desgracia, el directorio no era lo suficientemente detallado para indicar si se había copiado en su integridad, pero la siguiente entrada confirmaba que se había hecho una copia de algo.

De manera que dedujo que, si no toda, al menos parte de la carpeta PRIORIDAD se había filtrado.

Ya tenía suficiente.

Sus temores acababan de corroborarse.

Quizá se debieran a lo que Lee le había explicado sobre Hank Reed. Quizá solo respondieran a su paranoia innata. Daba igual.

Ahora tenían un problema mucho más serio que un líder sindical metomentodo que intentaba cerrar un trato.