DÍA 7LUNES, 12 DE JUNIO #2
Estaba en la lujosa consulta de su médico en el centro de Atlanta, en la planta quince de unas instalaciones médicas adyacentes al Hospital Crawford W.
Long. Se había pasado el fin de semana sometiéndose a pruebas.
Ese día tenían que hacerle un par más. Por suerte, podían practicárselas en la consulta.
Dos años atrás, durante una revisión médica rutinaria, otro doctor había detectado el tumor.
Una biopsia posterior confirmó que tenía células cancerígenas en la próstata.
Por insistencia suya, le habían administrado un tratamiento conservador consistente en una combinación de medicamentos diseñada meramente para evitar que el tumor creciera.
Había vetado someterse a cirugía, porque no quería llamar la atención.
Por suerte, los medicamentos habían funcionado y las pruebas posteriores habían confirmado que el cáncer parecía contenido.
Pero la situación había cambiado en el transcurso de las últimas semanas.
–No voy a andarme con remilgos, Chris. Las pruebas confirman que presentas en sangre el antígeno específico de la próstata, y a unos niveles preocupantes.
El examen físico y las radiografías revelan un engrosamiento radical.
El cáncer ha vuelto y se ha extendido. Sin duda alguna, a la vejiga, al hueso adyacente, a los nódulos linfáticos y quizá a otros puntos.
No pinta bien. La opción de tratamiento no convencional que adoptaste le ha dado más tiempo para hacer metástasis.
–¿Cuáles son las posibilidades de supervivencia a mi edad?
–Por desgracia, parece propagarse muy rápido.
El pronóstico, en el mejor de los casos, no excede un año.
Probablemente se sitúe más bien entre cinco y seis meses.
Hace un año podríamos haberte extirpado la próstata y los testículos, pero ahora eso ya no serviría de nada.
Está demasiado extendido. Podemos darte radiación y quimioterapia, pero los efectos secundarios pueden ser peores que la propia enfermedad.
Asimiló su sentencia de muerte.
–Me estás diciendo que, realmente, no hay nada que podamos hacer.
–Lo siento mucho, Chris. Decirle a alguien que va a morir es lo más duro que mi profesión me obliga a hacer, sobre todo cuando se trata de un amigo.
Ya había oído suficiente. ¿Qué más podía decirle? Se bajó de la camilla y le dio un apretón de manos.
–Aprecio todo lo que has hecho. Te llamaré si tengo algún problema.
Quince minutos más tarde, ya vestido, salió de la consulta y se dirigió a la zona de ascensores de la planta.
Pulsó el botón y esperó pacientemente a que llegara uno.
No le habían dicho nada que no sospechara.
Se moría. Y no podía hacer nada al respecto.
Aunque era incapaz de formularlo con palabras, había escogido ese tratamiento con la idea de que la enfermedad acabara matándolo.
Y rápido.
Visualizó la sonrisita impertinente que siempre lucía Hamilton Lee, prueba del placer perverso que parecía experimentar pensando que era él quien llevaba las riendas.
Y a Larry Hughes, con esa personalidad de perro faldero que había otorgado a Lee el placer de desbancarlo siempre en votos.
Recordaba los inicios. Cómo había conseguido el dinero cuando el uno, poco más que un director mediocre, y el otro, un comercial con un éxito moderado, lo derrochaban sin ton ni son.
Ambos eran un fracaso total como ejecutivos.
De no haber intervenido él, toda aquella aventura se habría ido a pique hacía mucho tiempo.
Y ahora, gracias a su cuerpo decrépito, podrían disfrutar de la cosecha de las semillas que él había sembrado con tanto esmero.
Ese pensamiento lo torturaba más que la idea de morir.
Pero ¿qué podía hacer al respecto?
«Solo De Florio y dos colaboradores. Hasta agosto».
Eso significaba que De Florio andaba corto de personal. La situación parecía ideal. Llevaba varias semanas pensando qué hacer. Pero ya no meditaría más.
Había llegado el momento de pasar a la acción.
Dio media vuelta, entró en la consulta del médico, se acercó a la ventanilla de la recepcionista y pidió hablar con la persona encargada de la facturación.
Su nombre debería sonarle, porque era uno de los pocos pacientes a los que su jefe permitía pagar más tarde.
Todas las demás personas debían estar cubiertas por un seguro médico o abonar la visita en el momento de salir, tal como indicaba un rótulo pegado a la pared, al lado de la ventanilla, en el que se explicitaba claramente que los servicios debían abonarse al instante.
La mujer se acercó por el otro lado del vidrio y él le explicó educadamente que no quería que ni la visita a la consulta ni los exámenes que le habían hecho en el hospital el fin de semana anterior se le facturaran a él.
En lugar de ello, por primera vez en su vida, entregó su tarjeta de seguro médico de la Southern Republic.
20:36 h
El jet de negocios despegó de la pista del aeródromo de Hartsfield-Jackson, en Atlanta, y ascendió hacia el cielo crepuscular.
El viaje empezó con turbulencias, causadas por las corrientes térmicas estivales, pero las ventajas de los motores de propulsión y la cabina presurizada permitieron al avión escapar rápidamente por encima de la masa de nubes.
Jon se arrellanó en uno de los cómodos asientos y disfrutó del viaje, feliz de disfrutar del lujo de un avión bimotor que sabía que costaba millones de dólares.
Era uno de los muchos juguetes de la Southern Republic.
Ese, en concreto, era impresionante. Interior tapizado de cordobán, sistema de sonido estéreo envolvente, televisión digital y acceso total a internet durante el vuelo.
Contaban con dos pilotos disponibles día y noche para aquel avión que solían usar la junta directiva y los altos cargos de la empresa tanto para negocios como por placer.
A Hamilton Lee le gustaba usarlo para impresionar a sus nuevas amantes.
Larry Hughes apreciaba la velocidad a la que podía llegar a su refugio en la Smoky Mountain.
Le había resultado especialmente útil para sus viajes rápidos a Concord, dado que el servicio comercial más cercano se hallaba ciento diez kilómetros al sur de Savannah.
En cambio, Jon rara vez lo utilizaba. Su línea de trabajo exigía una forma de viajar más discreta.
Entrar y salir desapercibido. Y eso solía hacerse en coche.
No obstante, esa noche necesitaba llegar rápidamente a Concord, no tenía tiempo de conducir durante las cerca de cuatro horas del trayecto por carretera.
Cuarenta minutos después, el avión aterrizó.
El aeropuerto del condado de Woods no era más que dos edificios metálicos y una única pista de hormigón.
Aun así, las instalaciones representaban una mejora considerable con respecto a la franja de campo abierto que había dado servicio a la zona en los años previos a la llegada de la Southern Republic.