DÍA 5SÁBADO, 10 DE JUNIO #2
La falta de interés de la Southern Republic en un pacto a cinco años era algo totalmente imprevisto.
Habría puesto la mano en el fuego por que la empresa habría querido contar con esos dos años adicionales.
Su plan siempre había pasado por canjearlos por cosas como un aumento porcentual de los salarios o más prestaciones, y luego forzar un acuerdo quinquenal entre sus afiliados.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿Llevar a su gente a la huelga? Difícilmente.
En todos los años de vida de la Southern Republic, ningún lugareño se había manifestado. Y eso era malo para la empresa. Malo para los miembros del sindicato. Y malo para Concord.
Oyó el motor de un coche acercándose. La puerta mosquitera se abrió y Brent salió a la tarima de la piscina. Llevaba puestos unos pantalones cortos y una camiseta de la Universidad de Georgia. Y los pies calzados con unas zapatillas deportivas.
–¿Qué te trae por aquí? –le preguntó.
–¿Conocías a Peter Bates?
–Traté algunas veces con él. No mucho. No se relacionaba demasiado con los sindicatos. El director jurídico se encargaba de eso.
–¿Hubo algo sospechoso acerca de su muerte?
–Menuda pregunta más rara. ¿Por qué quieres saberlo?
–Solo pregunto.
Hank negó con la cabeza.
–Se pegó un tiro. El sheriff me dijo que no había duda. Nada que suscitara preguntas. ¿A qué viene tu interés?
Hank lo escuchó mientras Brent le explicaba la visita de Joan Bates y también la visita que él acababa de hacerle.
–A Joan sí que la conozco –le dijo a Brent–.
Solía venir a la parroquia. Una auténtica fanática.
En cambio, Peter no era un hombre de iglesia.
¿Pero ella? Todo el mundo sabía que Joan era una de las más creyentes.
Y, si no lo sabías, aprovechaba cualquier oportunidad que se le presentaba para recordártelo.
–Como ha hecho conmigo.
–¿Has rezado con ella?
–Me he arrodillado con ella. Se ha puesto intensa. Me ha parecido que hablaba en lenguas desconocidas durante un rato.
Hank soltó una carcajada.
–Esa es Joan. Suele hacerlo cuando los bancos de la parroquia están llenos. Creo que es uno de los motivos por los que se mudó a otra parte tras la muerte de Peter. No dejes que te sorba el coco. Es inofensiva.
–Me parecía todo un poco raro –comentó Brent–, pero tenía que comprobarlo.
Hank asintió con la cabeza.
–Lo entiendo. Y ya que estás inquisitivo, ¿por qué no le echas un vistazo a esto?
Le entregó el portapapeles, con las páginas abiertas por la extraña lista de números que Marlene y él habían recuperado la noche del martes.
–¿Qué crees que son? –le preguntó.
Brent los estudió unos instantes.
–No pueden ser números telefónicos, tienen demasiados dígitos. Quizá códigos postales. Los nuevos son más largos. –Brent contó–. Tienen números suficientes para ser códigos postales. ¿De dónde los has sacado?
–Del ordenador de la empresa.
–¿Y te han caído en las manos sin más?
–Pues sí, eso es justamente lo que ha pasado. Un capricho de la naturaleza.
Brent sonrió.
–Dicho de otro modo: si no quieres saber, para qué preguntas.
–Algo así.
–Pues en ese caso podrían ser números identificativos de la empresa, números de expedientes, códigos de acceso a los ordenadores e incluso contraseñas.
Bien sabe Dios que las cambian a menudo.
Según me han dicho, una vez a la semana.
–Brent volvió a examinar la lista–. O podrían ser números de la Seguridad Social.
Pero no tienen guiones. Los números de la Seguridad Social siempre están separados. Y los de los códigos postales también.
Hank fue directo al grano:
–¿Me harías el favor de comprobar qué puedes encontrar sobre ellos?
–Hank, me pones en un brete. Debo lealtad a la empresa. Y confidencialidad. Ya lo sabes.
Hank levantó las manos.
–Lo sé, lo sé. Pero tienes acceso a registros del personal, a expedientes médicos y a ese tipo de cosas. Probablemente no sea nada. Solo te pido que le eches un vistazo para estar seguro. –Hizo una pausa–. Por los viejos tiempos.
Hank era consciente de que Brent sabía que le ocultaba algo. Pedirle un favor de ese calibre era señal suficiente de que había gato encerrado.
–Dime la verdad –le pidió Brent–. ¿Cómo has conseguido estos números?
–¿O si no? –le pregunto.
–O si no, nada.
No le quedaba alternativa. Pero tampoco había nadie en quien confiara más.
–Estaban detrás de un cortafuegos en un archivo ultraseguro. Mi contacto accedió a ellos por casualidad. Llevaba intentándolo semanas sin éxito. Así que entenderás que me provoquen cierta curiosidad.
–¿Marlene?
Hank asintió.
–Si la pillan, podría costarle el empleo.
–Y entonces, ¿por qué la pones en esa situación?
–Ella es así. Le encanta la intriga.
–Y también te tiene cariño, ¿no?
–¿Te ha contado algo mi hija?
–Ella y otras personas. Eres la comidilla de los chismes locales.
En el pasado, cuando formaban equipo, siempre había un contragolpe. Uno soltaba una directa y el otro respondía, en función del combate. Pero ahora las cosas eran distintas. Ahora Brent trabajaba para la parte contraria. Y por mucho que Hank detestara ese hecho, tenía que respetarlo.
Hasta cierto punto.
–Mira, podrían no ser nada –le dijo–. Solo un galimatías irrelevante, nada por lo que yo tenga que preocuparme.
Pero el nivel de seguridad que los protege me provoca curiosidad.
Hagamos algo. Tú échales un vistazo. Si lo que encuentras traspasa alguna línea ética de tu nuevo cargo como abogado de la empresa, no me digas nada.
Pero, si no son nada, si son una chorrada, puedes decírmelo, ¿no? Para que me quede tranquilo.
Hank vio que le había tocado la fibra a su viejo amigo.
«La lógica es tu amiga. Úsala».
–De acuerdo –dijo Brent–. Quedamos así.