DÍA 5SÁBADO, 10 DE JUNIO
10:15 h
Brent esperó al fin de semana para conducir cuarenta y cinco minutos al oeste, hasta Statesboro.
Le habría gustado ir antes, pero el trabajo le había exigido atención exclusiva durante toda la semana.
¿Qué había dicho Joan Bates? «El prudente ve el peligro y lo evita; el imprudente sigue adelante y sufre el daño».
Había investigado un poco más y había averiguado que ese pasaje bíblico solía usarse para indicar que las personas inteligentes o sensibles anticipaban los problemas y los evitaban.
Pero ¿y los crédulos? ¿O las personas infantiles?
Esos seguían a lo suyo y sufrían las consecuencias.
No estaba seguro de en qué categoría entraba él.
O cómo se le aplicaban esas sabias palabras.
No le había mencionado nada de la visita de Joan Bates a nadie, ni siquiera a su madre ni a Hank.
La mujer lo había buscado específicamente a él; de hecho, le habría costado lo suyo dar con él, de manera que decidió investigar en detalle el asunto antes de compartir ninguna información.
Tal precaución le venía de haber sido fiscal.
En Atlanta había aprendido que las cosas salían mejor si se mantenían en secreto.
Statesboro se hallaba en el vecino condado de Bulloch.
Durante largo tiempo, había sido una ciudad sin más.
Según contaba la leyenda, durante la guerra de Secesión, un oficial unionista pidió a alguien indicaciones para llegar a Statesboro.
Al parecer, la respuesta que recibió fue: «Está usted en pleno centro de la ciudad».
Después de la guerra, la zona prosperó hasta convertirse en un importante centro comercial de algodón y tabaco.
En la actualidad vivían allí treinta y cinco mil personas que trabajaban en distintos centros de producción y distribución.
Sin embargo, la principal empresa, y el mayor motivo de fama del lugar, era la Universidad de Georgia del Sur.
La alma mater de Brent. Veinte mil estudiantes.
Sede de los Soarin’ Eagles, seis veces campeones nacionales de fútbol americano.
A Brent le encantaba ir a ver los partidos, a los que siguió asistiendo mucho después de licenciarse.
Un mar de vecindarios de clase media bordeaba el ajetreado núcleo urbano, una mezcla de casas unifamiliares y multifamiliares, muchas de ellas viviendas de alquiler para estudiantes.
Durante sus cuatro años de carrera no se había alojado en la ciudad, sino que había seguido viviendo en casa de sus padres y cada día había hecho el trayecto de ida y vuelta.
La dirección que había obtenido de los registros de la empresa correspondía a una de las subdivisiones más nuevas al este de la ciudad, nada más dejar la autopista procedente de Concord.
La residencia de los Bates era una casa de una sola planta estilo rancho en una parcela arbolada.
Aparcó en la calle y se dirigió hacia la puerta, dejando atrás el mismo vehículo Tahoe que había visto estacionado en el camino de acceso a su casa la noche del martes anterior.
Unos aspersores regaban el jardín delantero.
Llamó al timbre.
Al cabo de un momento abrió la puerta la mujer que lo había confrontado. Iba vestida con una camisa y unos tejanos, y en una mano sostenía un paño de cocina. Seguía teniendo un porte estoico, salvo por el destello momentáneo de reconocimiento y una tenue sonrisa de bienvenida.
–Buenos días, señora Bates –le dijo–. He pensado que a usted y a mí nos convenía hablar un poco más.
Se lo quedó mirando con unos ojos que parecían reflejar una preocupación innata.
Había visto esa misma mirada en los ojos de víctimas, junto con una profunda consternación que velaba cada uno de sus rasgos y solo indicaba una cosa: dolor.
Le hizo un gesto invitándolo a entrar y se sentaron en un amplio salón con vigas de madera vistas y una chimenea de ladrillo.
–Mis hijos no están –dijo–, así que tenemos algo de privacidad.
Brent se preguntó cuánto habría llorado aquella mujer en los últimos cuatro meses.
Ella no hizo amago de ocultar su solemnidad.
En absoluto. Le concedió un momento para que se recompusiera mientras observaba la estancia.
Posó la vista en el gran crucifijo de la pared y en las fotografías familiares enmarcadas que había sobre una mesita auxiliar. Muchas eran de ella con su marido.
–Lamento su pérdida –se vio obligado a decir.
Ella asintió en señal de agradecimiento.
–¿Por qué no me dijo quién era la otra noche?
–Me pareció mejor no hacerlo.
–¿Y por qué me buscó?
–Me dijeron que sustituiría a Peter en la fábrica.
–Eso responde a cómo. Le he preguntado por qué.
–Suena usted enfadado.
–Estoy confuso. Le agradecería que me ayudara a entender de qué va esto.
–Mi marido entregó a esa empresa muchos años de su vida. Trabajó duro. Cuidó de mí y de nuestros hijos. Como se supone que debe hacer un buen marido y un buen padre.
Seguía sin darle una respuesta. Pero parecía tener muchas cosas dentro que necesitaba soltar. Y él lo entendía. En su interior también había muchos pensamientos en ebullición.
–¿Leyó Proverbios 22, 3? –le preguntó ella.
–Sí.
–Un buen marido repara su casa cuando hace buen tiempo, en lugar de esperar al invierno para hacerlo –dijo ella–.
Un piloto cuidadoso aprovecha el viento y la marea, y sobrevuela el mar antes de que se forme la tormenta.
–Hablaba con un tono monótono, frío. Como alguien muy medicado–.
Debemos hacer de cada día el día de nuestro arrepentimiento.
Aprovechar bien el tiempo, para que cuando nos llegue la muerte lo único que nos quede por hacer sea continuar.
Hablaba como si se dirigiera a alguien muy lejano. Él guardó silencio y la dejó hablar.
–Su nuevo trabajo le matará –le dijo, y su mirada se endureció incluso más.
No podía no preguntárselo:
–¿En qué sentido?
–¿Está usted casado?
Él negó con la cabeza.
–Lo estuve. Pero se suicidó.
Brent esperaba que ese hecho compartido derribara algunas de las barreras entre ellos.
–Entonces sabe exactamente cómo me siento.
Él asintió.
–Ocurrió hace once años. Y aún sigue doliéndome.
–¿Tiene alguna idea de por qué pudo quitarse la vida?
Nadie hasta entonces le había hecho esa pregunta. Sobre todo porque solo unas pocas personas sabían la verdad acerca de la muerte de Paula. Pero, desde luego, él sí se la había formulado, un millar de veces. ¿La verdad?
–No tengo ni idea. Pero en su familia había tendencia.
–En la de Peter también. Era muy fuerte para unas cosas y muy débil para otras. Pero nunca pensé que me dejaría ni que dejaría a sus hijos.
Brent decidió probar de nuevo.
–¿A qué se refería con la cita de Proverbios 22, 3? «El prudente ve el peligro y lo evita; el imprudente sigue adelante y sufre el daño».
–A que no siempre lo más inteligente es empecinarse. A veces es más sensato evitar una mala situación.
–¿Y en qué sentido se aplica eso a mí?
–Mi marido era un hombre frágil que se negaba a buscar solaz en Cristo y, en lugar de eso, escogió fiarse de los peligros del hombre.
–¿Y por eso usted averiguó mi nombre y dirección, y vino a verme el primer día de mi regreso a la ciudad para advertirme de que, a menos que busque la ayuda del Señor, mi trabajo me matará?
–Al principio recé mucho. Luego, Dios me dijo lo que debía hacer.
Brent era consciente de que aquella mujer se creía cada una de las palabras que decía.
–¿Y qué más le dijo Dios?
–Que lo entregara a usted libremente al cielo. Que permitiera que Cristo lo guiara. Mi marido no fue capaz de hacerlo. ¿Lo será usted?
Brent no le respondió, porque sus creencias no eran asunto de aquella mujer.
–¿El Señor no forma parte de su vida? –le preguntó.
Al parecer, lo que Brent había interpretado inicialmente como una advertencia sincera sobre algo desconocido no era más que una viuda dolida que intentaba hallar consuelo donde podía, ya fuera en la Biblia, en Dios o apegándose a un completo desconocido.
Brent lo había visto antes en los rostros de clientes que buscaban algo o a alguien a quien culpar.
Aquello había sido una pérdida de tiempo.
Se puso en pie.
–Tengo que irme.
Ella alargó la mano y lo cogió por el brazo. Brent se quedó quieto, la miró y, de repente, supo que estar allí a solas con aquella mujer era un error. Podía salirle el tiro por la culata. De manera que le dijo:
–Sí soy creyente.
–Entonces rece por mí. Por mi marido. Y por usted.
La compadecía. Cómo no iba a compadecerla.
Y entendía la conmoción, el enfado, la culpa, la desesperación, la confusión y el rechazo.
Todas esas emociones se habían despertado en su interior con la muerte de Paula.
Nunca había buscado ayuda profesional. En lugar de ello, había usado el tiempo y el aislamiento de mudarse a centenares de kilómetros para superar las secuelas.
Aquella mujer había intentado lo mismo con su propio traslado.
Pero ¿qué más podía hacerse por ayudarla? Probablemente, no mucho.
Así que ¿qué daño podía hacerle?
–Sería para mí un honor rezar con usted.
12:15 h
Hank se secó con la toalla.
Había instalado la piscina hacía una docena de veranos, eliminando los pinos y robles necesarios, de manera que aquel recinto apantallado ahora ocupaba la mayor parte de su compacto jardín posterior.
Un lujo y, desde luego, desacorde con la imagen de proletario que intentaba perpetuar por todos los medios.
No obstante, dada la longitud y la intensidad de los veranos en Georgia, lo que él denominaba «los setenta y cinco mil litros de agua clorada retenidos por un agujero de cemento con forma de riñón» habían devenido una necesidad comprensible.
Tiró a un lado la toalla y se enfundó en un albornoz de tela de rizo.
Nadaba cada tarde al regresar a casa del trabajo y múltiples veces a lo largo del fin de semana.
Vivir solo le concedía el privilegio de hacer lo que le apetecía cuando le apetecía.
A Loretta le encantaba aquella piscina y la había usado mucho más que él.
Pero, cuando lo dejó, él también había acabado por disfrutarla. Tarde y mal. La historia de su vida.
Se sentó y cogió la tablilla con sujetapapeles que había en una mesa adyacente.
Contenía copias impresas de los documentos que Marlene había tenido la fortuna de sacar de los registros de la empresa.
La nota interna de Hamilton Lee lo tenía conmocionado.