La lista DÍA 4VIERNES, 9 DE JUNIO #3
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DÍA 4VIERNES, 9 DE JUNIO #3

–Yo no tengo ningún problema. Pronto tendré un marido cariñoso y hay un bebé en camino. Hemos planeado una bonita boda y vamos a pasar unas vacaciones maravillosas en México. ¿Qué más podría pedir una chica?

Él habría querido decir: «¿Qué me dices de un marido que la ame?», pero había decidido que era mejor guardar silencio. Sus opciones eran limitadas. Y era culpa suya. Ya no eran niños. Quizá había llegado el momento de afrontar la realidad. No iba a dejar que su hijo creciera sin padre.

Por una vez, Paula podía estar en lo cierto.

No podía seguir huyendo.

–No huyo –le dijo a Ashley, sin saber exactamente a quién le estaba respondiendo.

–Entonces, ¿qué haces?

–Estoy intentando adaptarme a estar de regreso en casa. A dejar un buen empleo. A complacer a un nuevo jefe. A...

Se contuvo. De eso último, de ayudar a su madre, no podía hablar.

–¿A compensar lo que pasó con Paula? –preguntó ella.

Él guardó silencio.

–Porque eso no puedes hacerlo, ¿sabes?

Brent no estaba tan seguro, pero se recordó que uno de los motivos por los que había vuelto era para intentarlo.

Mientras estaba en Atlanta había pensado en Ashley.

Mucho. Eso no podía negarlo. Ya no existían obstáculos entre ellos.

Si iba a funcionar, esta podría ser su última oportunidad para probarlo.

–Bueno, ¿dónde vamos a ir este sábado por la noche? –dijo ella.

Brent se tragó el bocado de sándwich.

–No sabía que íbamos a ir a ninguna parte.

Ella le sonrió con picardía.

–Lori Anne se queda con su abuelo. Tengo la noche libre.

¿Por qué seguir escapando? La deseaba. Y ella lo deseaba a él. Quizá los efectos debilitantes del remordimiento se curasen con el paso del tiempo.

–Pues entonces supongo que a tu casa.

Otra sonrisa de ella.

–Me has leído el pensamiento.

14:15 h

Victor Jacks miró fijamente el cadáver desplomado sobre el sofá de lana. Su primer encargo en su nuevo empleo como colaborador lo había conducido al suroeste de Georgia, una zona rural, y a una casa rodante de doble anchura propiedad de Michael Ottman.

La Prioridad Número 8 de la lista de mayo.

Había leído el expediente el día anterior.

Ottman, un viudo de setenta y un años, sufría cardiopatía y un cáncer terminal.

Tras jubilarse de la Southern Republic, se había mudado a trescientos kilómetros de Concord para estar más cerca de su hija, que vivía siguiendo por un camino de tierra, en otra casa rodante de doble anchura.

Su paga por jubilación era exigua, pero, combinada con la Seguridad Social, le permitía llevar una vida solitaria con un confort relativo.

El Número 8 había llamado la atención de la junta debido a la extraordinaria cifra de gastos médicos que se cernía en el horizonte.

Durante la formación, De Florio le había explicado que las prestaciones de salud para los jubilados eran el aspecto que más problemas de gestión daba a la junta.

Porque no había forma humana de predecirlas.

Los pagos al día eran la única manera de gestionarlas, y eso representaba una ruleta rusa financiera.

Los cuidados para los enfermos terminales eran especialmente caros.

Un pozo casi sin fondo. Y la Prioridad Número 8 no había ayudado demasiado al decirles a sus médicos que tenía intención de aprovechar hasta el último subsidio disponible.

De Florio le había explicado la batalla incesante que se libraba para proporcionar unas prestaciones adecuadas al tiempo que se garantizaba la solvencia del fondo de reserva para los seguros de la empresa.

Solo había una manera de conseguirlo. Mediante el control de gastos.

Y, en el caso de Michael Ottman, convertirlo en una Prioridad parecía la manera más fácil de evitar el gigantesco desembolso en facturas médicas que seguramente seguiría, al tiempo que se generaban ahorros que podían destinarse a otros demandantes menos costosos.

Una solución inteligente, pensó.

Había encajado como anillo al dedo en el Programa Prioridad.

Matar era su profesión y De Florio le había ofrecido dinero más que suficiente para que su dedicación en exclusiva a una sola empresa le resultara rentable.

Sin embargo, ese no era el único aliciente.

Por fin podía dejar de preocuparse por el próximo trabajo, por saber si un cliente era auténtico o una trampa.

Ahora podría dejar de volver la vista atrás, de protegerse de venganzas o represalias.

Ahora podía limitarse a matar.

Ahora bien, recordaba la lección que De Florio había ilustrado gráficamente el día anterior, con aquella bala a la cabeza de Milo Richey. Nada de errores. Había que hacerlo todo exactamente como estipulaba el reglamento.

Su primer encargo había sido fácil.

Una llamada a la puerta y un chorrito de gas para dejarlo inconsciente al instante.

Había amortiguado la caída de Ottman para evitar que le salieran cardenales.

Una única inyección y el corazón le había fallado.

Con el historial de la Prioridad Número 8, nadie se plantearía demasiado la causa de la muerte.

El punto de inyección, en el canal auditivo interior, pasaría desapercibido al forense.

El abanico de toxinas que manejaba De Florio era impresionante.

Acababa de usar un ejemplo excelente. Sin olor y sin sabor, producía una fibrilación cardíaca letal casi instantánea que no dejaba rastro en el plasma ni en los tejidos,

más allá de un ligero tufillo a flúor que se atribuiría o bien al abastecimiento de agua local o a la última vez que el difunto se había cepillado los dientes.

Nada que ningún test toxicológico fuera a descubrir.

Y eso suponiendo que le hicieran alguno, lo cual era improbable.

La gente mayor moría, era ley de vida.

Le comprobó el pulso con su mano enguantada.

No había.

La flacidez del cuerpo y el rápido cambio de color servían de corroboración adicional.

Muerte verificada.