La lista DÍA 4VIERNES, 9 DE JUNIO #2
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DÍA 4VIERNES, 9 DE JUNIO #2

Una vez en el interior, avanzó dejando atrás la fila de secretarias y oyó un gruñido.

Sabía que sus visitas eran impopulares. Normalmente, necesitaba que se preparara documentación de inmediato, lo que obligaba a las secretarias a dejar lo que estuvieran haciendo para ocuparse de él.

Era un incordio, pero esperaba que Greene satisficiera sus demandas.

A cambio, utilizaba los contactos en las fábricas de toda la zona para canalizar en su dirección las solicitudes de indemnización de los trabajadores.

Ahora bien, a diferencia de otros intermediarios, que se llevaban una comisión de las ganancias, Hank no obtenía réditos económicos.

Subió las escaleras de granito y entró en el espacioso despacho de Greene en la segunda planta. El abogado estaba sentado tras un escritorio de roble.

–Mira a quién tenemos por aquí –dijo Greene.

–¿Es esa manera de saludar a un colega?

–Un colega que solo aparece cuando necesita algo.

Hank se sentó.

–Me alegro de que me aprecies. ¿Has tenido oportunidad de echarles un vistazo a esas notas internas que te traje el otro día?

Greene cogió un pliego de papeles de su desordenada mesa.

–Esto es material confidencial, Hank. ¿De dónde lo sacas?

–De alguien bien relacionado.

En la memoria USB, Marlene le había grabado multitud de cifras de ventas y costes.

La mayoría de los datos carecían de utilidad, pero había unos cuantos que proporcionaban información sustanciosa.

También había correos electrónicos y notas internas entre diversos departamentos.

Todo lo que procedía de los tres propietarios se consideraba el santo grial, y Marlene había logrado hacerse con unos cuantos.

Con uno en especial.

Era un e-mail de Hamilton Lee al director de relaciones laborales de la Southern Republic.

Con relación a la sesión de negociación colectiva que tenemos a la vuelta de la esquina, siguiendo nuestra reunión de la semana pasada, quiero confirmar nuestra posición acerca de los contratos quinquenales.

Durante el último proceso de negociación se hizo un esfuerzo para asegurar una duración de cinco años de los contratos laborales.

Sin embargo, los costes relacionados con dichos contratos, sobre todo la concesión del aumento porcentual de los salarios acordada con la HITSE, fueron elevados.

En esta ocasión, tales esfuerzos son innecesarios.

Por supuesto, podemos partir de una oferta inicial de cinco años, pero podemos renunciar a ellos a cambio de concesiones.

No todos los sindicatos querrán cerrar un trato a largo plazo.

Debería resultar fácil conseguir tres años de duración sin hacer grandes concesiones por nuestra parte.

Quería hacerte saber que tienes autorización de la junta para negociar de este modo. Mantenme informado, por favor.

Greene sostuvo en alto el mensaje de correo electrónico de Lee.

–Parece que a la empresa no le interesan los contratos a cinco años esta vez.

–Y eso podría suponer un problema. Esos dos años eran mi única moneda de cambio. Sin ellos, solo puedo aspirar a mantener lo que ya tengo.

–¿Crees que se van a retractar en algunas concesiones? –preguntó Greene.

Eso era lo que más temía, que le obligaran a renunciar a las prestaciones que tanto había sudado por conseguir en los años previos. Era como un bofetón en toda la cara con el que la empresa volvía a adquirir lo que ya no quería ceder en su momento.

Menuda forma de arruinar su imagen.

–Pues parece una posibilidad muy plausible –dijo–. ¿Qué más puedo ofrecerles?

–No mucho. Estas negociaciones podrían ser desastrosas.

No quería oírlo.

–Por la parte positiva –dijo Greene–, he conocido a Brent Walker esta mañana. En el juzgado.

–Sé bueno con él, Lou.

–¿Te ayudará con las negociaciones?

–Brent no permitirá que me engañen.

–Es posible que no participe en las negociaciones, por ser el nuevo y todo eso. Hoy me ha comentado que tiene tres archivadores llenos de expedientes de empleados que reclaman una indemnización.

–Pero sigue formando parte de la empresa. Nunca se sabe con qué puede encontrarse. ¿Qué opinas de esos costes de los seguros de salud mencionados en lo que te dejé?

–Son el gasto principal de la empresa, sin lugar a dudas, y crecen cada año en millones de dólares.

Cubren ellos mismos los seguros, lo cual tiene aspectos positivos y negativos.

Yo de ti, Hank, esperaría propuestas para aumentar los gastos deducibles anuales, subir la aportación de los empleados a la prima, recortar algunos subsidios y ese tipo de cosas.

Negó con la cabeza.

–Pues eso va a sentarles de maravilla a los afiliados al sindicato...

–Y desde luego no ayudará a ensalzar tu imagen como negociador duro.

No, no lo haría.

–Tengo que aferrarme a lo que tengo... e intentar conseguir algo más.

–¿Y qué puedes ofrecerles a cambio?

Pensó en los dos años extra que en el pasado consideraba el as en la manga.

–Pues ahora mismo... parece que nada de nada.

12:17 h

Moody’s Barbecue era el lugar preferido de Brent para ir a comer.

Estaba al este de la ciudad, en la Old Post Road, justo fuera del confín urbano de Concord, una granja de madera transportada de un lado a otro del condado años atrás, antes de rellenar el lago Eagle.

En los últimos quince años había albergado un restaurante propiedad de un empleado jubilado de la fábrica de papel, que seguía regentándolo.

Tenía una estética rústica y casera intencionada.

El menú era variado, con platos de ternera, cerdo o pollo, todos ellos servidos en bandejas de cartón envueltas en papel de plata con dos rebanadas de pan blanco del día.

La salsa, una mezcla picante a base de mostaza, era lo que aportaba el toque especial al lugar.

Una mezcla agridulce perfecta. Venía gente de todos los rincones de Savannah a comer, seducida por unos aromas que hacían la boca agua desde el instante en que los clientes aparcaban en el exterior.

Se reunió allí con Ashley poco antes de mediodía.

Ella tenía una pausa de treinta minutos para comer antes de empezar con los repartos de la tarde.

Brent compró un plato de un cuarto de libra para cada uno, con salsa suave y dos refrescos de cola, y se sentaron en una de las mesas de pícnic del interior.

Los tableros de todas ellas, con sus iniciales y frases grabadas, hacía tiempo que se habían convertido en obras de arte.

Todo ello realzaba el encanto del lugar.

Era como hacer una barbacoa en el jardín trasero de casa, pero sin mosquitos.

–Te ha costado enviarme el mensaje, ¿eh? –dijo ella.

Brent había esperado casi hasta las diez de la noche del día antes para confirmar su cita.

–Pensé que todavía estarías en el funeral.

–Me fui alrededor de las ocho. Todo era muy triste. Vino mucha gente. Papa Evans era un hombre muy querido. Toda la familia está hecha polvo.

Hablaba con una emoción sorprendente para una exmujer y una exnuera.

Brent se compadecía de los Evans. Sabía lo duro que era perder de repente a un padre. Comieron unos instantes en silencio.

–¿Sabes? –dijo Ashley–, por mucho que lo intentes, no puedes seguir huyendo.

Se la quedó mirando fijamente mientras le volvía un recuerdo. Las mismas palabras con una voz distinta.

–No puedes seguir huyendo –dijo Paula otra vez.

Brent había conducido hasta su casa para decirle que quería anular la boda.

Estaban sentados en el porche delantero de la residencia de los padres de ella.

El perfume a madreselva impregnaba el aire.

Paula estaba perfecta, como siempre. Con pantalones de deporte y una blusa.

Con el pelo peinado y lacado. Con las uñas pintadas de rosa.

Y un único broche. Ya habían enviado las invitaciones, la ceremonia estaba programada para dentro de tres sábados.

Una boda modesta con una recepción posterior.

Pero él se lo estaba replanteando. No lo tenía nada claro.

Ashley Reed era la principal causa de su confusión.

–Supongo que te has vuelto a enamorar de Annie Oakley –dijo Paula, como una madre regañando a un niño travieso.

–¿De verdad importa lo que yo sienta?

Ella inclinó la cabeza hacia él. Para ella no existía la marcha atrás, solo avanzar como un bólido.

–No importa lo más mínimo. Lo que importa es esto. –Y se señaló la barriga, plana como una tabla de lavar–. Deberías haber pensado en eso antes de decidir dejarme embarazada.

Pero Brent dudaba que eso hubiera sido cosa suya.

Su relación se había arrastrado durante dos años.

Se conocieron justo después de que él regresara de la Facultad de Derecho y abriera su despacho.

Era una chica lugareña, nacida y criada en Concord, maestra de tercer curso.

Ashley había sido una presencia continua en su vida, pero su incapacidad para comprometerse nunca le había permitido ser nada más que un pasatiempo momentáneo.

Y Brent había retrasado las cosas tanto como había podido.

Finalmente, dos meses antes, Paula le había dicho que no podía seguir con evasivas.

Había un niño en camino.

–Vamos a tener una familia, Brent. ¿No es eso más importante que Annie Oakley?

Le estaba provocando. Quería comprobar cómo reaccionaba.

Era un juego al que jugaban cada vez más.

Paula forzaba la situación y él la encajaba.

Estaba claro que ella lo tenía todo planificado.

El anuncio vendría después de su luna de miel en Cancún.

Al regresar bronceados tras una semana bajo el sol mexicano, ella predeciría ante su familia y amigos, con una sonrisa, que el viaje tal vez había sido productivo.

Sería el primer nieto para los padres de ella, otro honor que Brent sabía que estaba decidida a robarle a su hermana pequeña, recién casada.

–No puedes seguir huyendo.

–No, no puedo.

–Venga, Brent. No es una sentencia de cárcel. No soy tan mala. Te lo pasas bien cuando estamos juntos.

–Nunca he dicho lo contrario.

–Lo único que pasa es que a ella la deseas más.

Notó el tono de su voz.

–Yo nunca he dicho eso.

–No hace falta que lo digas. –Y luego añadió–: Por lo que he oído, esa joyita anda desesperadamente detrás de un nuevo marido. Y no eres tú.

A él también le había llegado el rumor. Decían que tenían intención de casarse. Como era habitual, Ashley no le había dicho nada.

Nunca lo hacía. Probablemente porque ni ella misma lo supiera.

–Eso sin duda solucionaría tu problema –dijo él.