DÍA 4VIERNES, 9 DE JUNIO
9:45 h
Brent permaneció de pie fuera de las puertas dobles, observando el interior del juzgado a través de la pequeña ventana.
Conocía bien el juzgado del condado de Woods.
Había ejercido de abogado durante cinco años ante aquel mismo estrado de roble.
Casos criminales, accidentes automovilísticos, incumplimientos de contrato, divorcios...
Batalla tras batalla que habían ido ampliando su práctica, le habían dado de comer y le habían permitido forjarse una reputación.
El edificio de dos plantas había sido construido después de la guerra, en la década de 1940.
Altas pacanas salpicaban el jardín delantero de aquella edificación de característica arquitectura neoclásica.
Sherman redujo el edificio original a cenizas entre los vítores de sus soldados.
A modo de desafío, posteriormente se erigió una estatua de mármol a tamaño real de un soldado confederado que había permanecido allí hasta dos años antes, cuando finalmente fue retirada.
–Me alegro de volver a verte –dijo una voz.
Al girarse se topó con un rostro familiar. Kelvin Williams. El viejo ayudante del sheriff había trabajado como alguacil durante mucho tiempo.
–Yo también me alegro de verte, Predicador.
Se dieron un apretón de manos.
Todo el mundo llamaba a Kelvin el Predicador porque se pasaba los domingos en el púlpito de la Iglesia de Dios de Concord predicando el evangelio.
Williams era un hombre afable conocido por su generosidad.
Brent volvió a girarse y se quedó mirando a través de la ventana, más allá de las filas de asientos vacíos, hacia el fondo del juzgado.
En el estrado, dos abogados conversaban con un juez.
–¿Es S. Lou Greene quien está ahí dentro? –preguntó él, refiriéndose al hombre alto que había a la derecha del banco del juez.
Su viejo amigo se acercó a la ventana de la otra puerta.
–En efecto. Es el mismísimo Palo de Escoba.
El Predicador tenía un apodo para todo el mundo.
–¿Y qué tal le va?
Conocía la escala. «Normal» significaba que el Predicador se había pasado la mayor parte del juicio leyendo el periódico. «Bien», que había captado su atención la mitad del tiempo. Y «De fábula», que se había sentado y había escuchado atento todas y cada una de sus palabras.
–Bien. No se deja pisotear por nadie.
Reconoció también al otro abogado, un hombre de Savannah que en tiempos pasados había llevado muchas reclamaciones contra aseguradoras.
Ninguno de los dos jueces del Circuito Judicial de Ogeechee estaban presentes, aquel día solo había un juez de derecho administrativo que acudía una vez al mes para resolver las reclamaciones de indemnización laborales.
Greene rondaba los treinta y cinco años, parecía estar en mitad de la treintena y tenía un aspecto tieso y flaco como un palo de escoba (de ahí el apodo), con un rostro cuadrado cuya forma acentuaba aún más unas gafas con montura de carey.
Llevaba su ralo cabello castaño rojizo recogido en una cola de caballo que le llegaba por debajo de los hombros.
Iba vestido con un traje de cloqué de color azul claro, una camisa blanca impecable, una corbata de color amarillo narciso y unos zapatos de charol marrones y blancos.
–Un atuendo interesante –opinó.
El Predicador miraba a través de la ventana de la otra puerta.
–Lo llama su estética a lo Atticus Finch. Jura que cuando coloreen Matar a un ruiseñor, el traje de cloqué de Peck será azul.
Brent vestía el típico uniforme laboral de letrado del sur de Georgia.
Pantalones de color caqui, camisa blanca con el cuello abotonado, corbata variada, americana azul marino y mocasines.
Tras mudarse a Atlanta no tardó en descubrir que los trajes de chaqueta y los zapatos tipo brogue eran la norma allí, de manera que su americana azul y sus pantalones caqui habían quedado relegados al fondo del armario y los mocasines, a los fines de semana.
Se apartó de la puerta.
–¿Qué hay de Greene?
–Llegó hará unos cuatro años. Consiguió clientes enseguida. Todo casos de indemnizaciones. Tiene despacho en toda la línea de Carolina. Ahora ha corrido la voz desde Savannah y Augusta entre quienes sufren lesiones en el trabajo: primero hay que ir al médico y luego a Greene.
–Qué curioso que haya conseguido tan rápido una cartera de clientes.
–Ya sabes cómo va esto. No es que sus clientes se presenten en su puerta sin más. Tiene un pelotón de mensajeros al acecho. La mayoría de ellos son antiguos clientes. Y se gasta una fortuna en publicidad.
A lo largo de la frontera entre Georgia y Carolina del Sur había una fábrica azucarera, un fabricante de casas rodantes, una tejedora, una planta de hilado de alfombras, empresas silvicultoras, tres papeleras, una fábrica de envasado, una instalación de procesamiento de carne,
una productora de cacahuetes y una cementera.
Y eso sin contar los centenares de pequeños negocios.
Todos ellos con empleados. Un filón para el molino de honorarios de un abogado especializado en indemnizaciones laborales.
–¿Cuánto cobra Greene por referencia?
–Algunos de sus corredores sacan solo entre cincuenta y cien dólares por cliente. Pero tengo un primo que se sacó un par de miles por un caso grande.
–Me sorprende que el Colegio de Abogados del estado no se le haya echado encima. Le retirarían la licencia.
El Predicador rio entre dientes.
–Estoy seguro de que el Palo de Escoba se ha ocupado de eso. Es un tipo listo.
De pie ante el juez, Greene no solo parecía sentirse cómodo, sino bien informado, con un aspecto despeinado que no desentonaba con el personaje de un abogado especializado en indemnizaciones laborales.
No había miembros del jurado a quienes impresionar, solo un juez de derecho administrativo itinerante que atendía apelaciones por la mañana y pasaba la tarde jugando al golf o al tenis con los mismos abogados que habían defendido casos ante él ese día.
El sistema estaba alimentado exclusivamente por la avaricia, la de las compañías aseguradoras, con sus elevadas primas; la de los abogados de la defensa, con sus horas imputables; la de los abogados de los demandantes, con sus acuerdos extrajudiciales, y la de las empresas,
que buscaban la solución más conveniente.
Las habilidades no eran ni de lejos tan importantes como el conocimiento de la letra pequeña.
Era puro papeleo, pero a un nivel muy rentable.
Y aunque su apariencia física y su imagen en los tribunales no estuvieran a la altura, gestores meticulosos como S. Lou Greene podían ganar mucho dinero.
–¿Qué te trae hoy por aquí? –le preguntó el Predicador a Brent.
Brent le señaló los expedientes que sostenía en la mano.
–Casos de indemnización de la empresa.
El Predicador meneó la cabeza a ambos lados.
–Eso es pan comido.
–Paga las facturas.
–Tienes que volver a ponerte delante de un jurado. Tenías un don.
Brent sonrió.
–Yo también me alegro de verte, Predicador.
Abrió las puertas de un empujón y, al entrar, comprobó que la vista había acabado. Se dirigió hasta el estrado y se presentó a Greene, que le dio la mano.
–Bienvenido a la contienda –lo saludó Greene.
–Me alegro de estar de vuelta. Creo que hoy tenemos cuatro casos juntos. ¿Por cuál te gustaría empezar?
–¿Por el más rápido, por ejemplo?
Greene se volvió hacia el juez administrativo, un hombre de aspecto gris con el cabello canoso que parecía medio dormido tras el estrado.
–Señoría, el caso de Brandon Pabon contra la Southern Republic Pulp and Paper estaba programado para hoy, pero el demandante, el señor Pabon, falleció el martes por la noche de una sobredosis, lo cual es una desgracia tanto para el señor Pabon... como para mí mismo.
12:48 h
Hank quería mantener en privado su relación con S.
Lou Greene. Diez años atrás, cuando Brent Walker se había ido a Atlanta, había pasado un par de años agónicos, intentando dar con otro talento legal en la ciudad.
Pero nadie poseía la agilidad mental y las habilidades innatas a las que Brent lo había acostumbrado.
La llegada de Greene le proporcionó un aliado inteligente y extravagante.
Lo conoció una semana y formaron equipo la siguiente, al parecer porque ambos entendían las ventajas derivadas de su colaboración mutua.
El despacho principal de la red legal de Greene ocupaba la antigua sede del Banco Nacional de Concord.
La Depresión se había cobrado la caída de esa institución hacía mucho tiempo y no había habido otra que ocupara su lugar.
El edificio daba a la Calle Primera, una fachada de granito tallado que incluía columnas acanaladas y un conjunto de desagradables gárgolas que posaban la vista desde lo alto en cualquiera que atravesara sus puertas.
Tenía dos plantas de altura y proporcionaba espacio más que suficiente para Greene, sus dos procuradores, tres secretarias y el conjunto de ordenadores que usaban para procesar los centenares de reclamaciones de indemnizaciones laborales que lo mantenían ocupado.
Hank había fichado al salir de la papelera diez minutos antes, anotando el habitual «asuntos sindicales» en su tarjeta de registro horario.
Por el hecho de ser secretario general de la delegación sindical local se le permitía flexibilidad a la hora de tratar asuntos del sindicato durante el horario laboral, tal como estipulaba la ley federal,
pero uno de los beneficios no escritos que había adquirido tras años de colaboración y confrontación era el privilegio de salir de la fábrica sin que prácticamente nadie lo comprobara ni le hiciera preguntas.
Aparcó tras el despacho, en el estacionamiento posterior, y entró rápidamente por la puerta trasera.
Tenía la costumbre de alzar la vista al hacerlo.
Como cada día, la bandera ondeaba orgullosa con un leve susurro.
Conocía la historia. Durante unas vacaciones en Alemania, desde la cima de un castillo a orillas del Rin, Greene había divisado un águila negra, con las garras extendidas, dibujada sobre un fondo amarillo.
Aquella imagen lo había embelesado, hasta el punto de que había adquirido el estandarte, se lo había llevado de regreso a casa y al poco se había convertido en una tradición izarlo cada vez que se ganaba una reclamación.
Durante los últimos cinco años había habido pocos días en los que la bandera no ondeara al viento durante todo el día.