DÍA 3JUEVES, 8 DE JUNIO #5
Sobre su cama colgaba un crucifijo de Jacopo Brustolon traído de Roma.
Solo los costes de la decoración superaban lo que había cobrado en todos sus años como subdirector de crédito en el Georgia Merchants and Savings Bank.
Pero el dinero ya no era un problema para él.
Ahora sus preocupaciones se centraban en cosas que no podía controlar fácilmente, como el dolor en el abdomen que se había agravado de manera progresiva en la última hora.
Había empezado a notarlo justo antes de salir de la Torre Azul y le había comenzado a incomodar en la iglesia.
Permanecer arrodillado en el confesonario lo había agravado.
Últimamente, casi todo parecía tener ese efecto.
Volvió a entrar en el vestidor, arrastrando los pies, y se quitó lentamente el traje, la camisa y la corbata.
Dejó sin esmero la ropa en un galán de noche de latón.
Más tarde, el servicio lo colgaría todo.
Se enfundó con cuidado en su pijama de seda y su batín de cachemir con monograma.
Apagó la luz y empezó a caminar por la moqueta en dirección al baño.
El dolor se volvió insoportable.
Como un puño lanzado contra su vientre.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y, doblado de dolor, tuvo que contenerse para no gritar.
Apretó los dientes, entró arrastrándose en la antesala y se acomodó con cuidado en una butaca de cuero frente a su escritorio.
Aguardó un instante, con la esperanza de que su agonía desapareciera.
Encendió la lámpara, cogió el móvil y marcó el número que tenía guardado en sus favoritos.
Una agradable voz masculina respondió al tercer timbrazo.
–He retrasado llamarte tanto como he podido –dijo–, pero creo que necesito verte.
–¿Has tenido más problemas? –le preguntó su médico.
–El dolor se está volviendo habitual. Me noto... diferente.
Indicó que tenía sangre en la orina, dificultad para orinar, pérdida de peso y que notaba un dolor punzante en el abdomen. Y luego dijo:
–Esperaba tener un poco más de tiempo.
–Llama a mi consulta mañana a primera hora y te daremos cita para las pruebas. Chris, llevas demasiado tiempo posponiendo esto.
–¿Podríais hacérmelas durante el fin de semana?
Esperaba que su viejo amigo lo entendiera.
–No te das por vencido, ¿eh? Me encargaré de ello.
–Lo llevo en la sangre... Gracias.
Colgó.
Sorprendentemente, el dolor casi había desaparecido.
Funcionaba así. Parecía carecer de ritmo, ser impredecible.
Iba y venía. Parecía estar dictado solo por el deterioro que ocurría de manera incontrolable en su interior.
El día anterior, cuando Nancy le había interrogado, había mentido sobre cómo se sentía.
La verdad solo la habría preocupado, y no quería preocuparla.
Se impulsó para ponerse de pie y se dirigió hacia el cuarto de baño, lentamente. Tal vez fuera capaz de comer un poco. No había probado bocado en todo el día y la comida sonaba apetecible cuando el mayordomo se la había mencionado.
Así que se lavó la cara y las manos, y luego bajó con cautela a la planta baja, donde sabía que le esperaba la cena.
19:50 h
Chris intentó acabarse la cena, pero no fue capaz más que de picotearla un poco. Al final, apartó el carrito de la silla.
Estaba viendo Jeopardy!, como hacía la mayoría de las noches.
Le entretenía aquel concurso. Desde luego era mejor que los programas de investigación periodística y las reposiciones de series que dominaban gran parte de la parrilla televisiva por la tarde.
Disfrutaba comprobando cuántas preguntas era capaz de responder.
Lo único que le molestaba de aquella media hora era lo mucho que el nuevo presentador se parecía a Hamilton Lee.
Ambos eran altos y delgados, con el cabello castaño y entrecano.
Sus amplias frentes con arrugas descendían a unos ojos grandes y profundos.
Ambos lucían un bigote canoso y eran de tez morena, aunque él sabía que Lee pasaba mucho tiempo en una cabina de bronceado de una cara peluquería para hombres donde también le cortaban el pelo, le recortaban el bigote y le hacían la manicura.
Lee incluso se vestía como el presentador de un concurso de televisión.
Trajes de chaqueta de doble botonadura, sin abertura, con solapas anchas al estilo europeo, y un pañuelo de seda abullonado que salía del bolsillo superior, siempre a juego con al menos un color de sus a menudo vistosas corbatas.
–Castillos europeos por ochocientos dólares.
–Es la obra maestra bávara más pequeña de Luis II de Baviera.
–¿Linderhof? –susurró él antes de que el concursante hiciera sonar el dispositivo y se hiciera eco de su respuesta.
Lo sabía porque se había pasado un mes de julio recorriendo los castillos del sur de Alemania y disfrutando de los Alpes.
Su breve interludio sin dolor concluyó justo cuando la segunda ronda de Jeopardy! tocaba su fin.
Sacudió la cabeza malhumorado.
Le esperaba otra larga noche en vela.
En la planta de arriba, en el cuarto de baño, ocultos para que el servicio no los encontrara, guardaba los pocos calmantes que le quedaban de la receta de hacía unos meses, cuando había tenido el último achaque. Durante un tiempo, no los había necesitado.
Se sentó como una estatua y esperó a que aquel dolor agónico desapareciera.
Volvió a pensar en sus dos socios y en el abismo que se había abierto entre ellos.
No parecía existir ya ninguna manera práctica de tender un puente.
Él era el mayor de los tres, con sesenta y ocho años.
Hamilton Lee era el más joven, con cincuenta y ocho.
Larry Hughes, con sesenta, estaba entre ambos.
Sin embargo, sus respectivas edades no llevaban asociada una jerarquía.
Las actas constitutivas eran claras. Cada accionista controlaba un interés idéntico de un tercio.
Aun así, últimamente sus dos socios más jóvenes habían formado equipo para dejarlo sin voz ni voto real en la política corporativa.
Sobre todo en las decisiones relativas al Programa Prioridad: en los últimos años, Chris se había mostrado reticente a autorizar la cantidad de Prioridades que Lee y Hughes aprobaban de manera rutinaria.
Pero ¿qué podía hacer él al respecto? ¿Denunciarlos?
¿Llegar a un acuerdo con la fiscalía? ¿Entregarles a Lee y a Hughes a cambio de inmunidad?
Lo dudaba.
Su crimen era demasiado grande para recibir misericordia.
Ningún fiscal se plantearía siquiera concederle un trato.
Y no tenía ningunas ganas de pasar el resto de sus días en la cárcel.
Así que ¿qué podía hacer? ¿Votar que no?
A eso quedaba reducida su capacidad de acción, aunque su gesto se antojaba un sinsentido.
Seguiría muriendo gente, ya que dos frente a uno siempre sería una mayoría.
Miró el estudio a su alrededor.
Una de las paredes estaba forrada por unas estanterías hechas a partir de lo que antes había sido un sitial de coro importado de un convento del norte de Italia.
Las paredes estaban en parte forradas de terciopelo gofrado y en parte cubiertas de frescos.
Toda la estancia estaba decorada con antigüedades italianas originales.
Le encantaba aquel lugar. Era donde leía el diario por las mañanas y donde veía la televisión al anochecer.
Todo bellamente combinado. Hasta el más mínimo detalle.
Como su vida. Un paquete perfectamente organizado rodeado por una extravagancia calculada.
Había recorrido un largo camino desde que no era más que un subdirector de créditos y no tenía intenciones de retirarse.
Pero seguía oyendo las palabras del cura en el confesonario.
«La conciencia mortal es una medida del alma eterna».
Lo era.
23:38 h
Frank Barnard comprobó la hora en su reloj. La cabaña de Melvin Bennett llevaba a oscuras casi dos horas.
Momento de moverse.
Entró por la puerta, ahora cerrada con llave, ya que Bennett iba a pasar la noche en casa. Pero la cerradura era ridículamente fácil de forzar.
El aire acondicionado central de la cabaña lo envolvió aportándole un agradable alivio tras la sofocante humedad de las noches de la Georgia occidental. Su ropa empapada en sudor por las últimas horas de espera adquirió ahora el tacto de unos guiñapos húmedos y fríos.
Bennett estaba despatarrado en el suelo, donde había caído tras sufrir el ataque. Teniendo en cuenta la elevada concentración, los síntomas habrían sido casi instantáneos. Tirantez en la garganta. Dificultad para respirar. Asfixia. Calambres abdominales.
Y luego la muerte.
Comprobó si tenía pulso.
No.
Abrió el frigorífico y verificó el vial de insulina. El nivel había bajado claramente. Sabía que cada uno de los viales contenía cuatro inyecciones y calculó que un cuarto de la solución salina había desaparecido.
Metió el vial en una bolsa de papel.
Recogió del suelo la jeringuilla usada y la metió en la bolsa también. La autopsia revelaría una reacción alérgica.
El aceite que la había provocado seguiría estando presente, pero en una concentración mucho menor gracias a la reacción alérgica.
¿Qué explicación le darían? ¿Quién sabía?
Contaminación cruzada, probablemente. La gente como Bennett evitaba cualquier cosa que tuviera relación con los cacahuetes.
Pero un cuchillo o un tenedor podían contener residuos.
Era posible que se hubieran colado trazas en otro alimento envasado.
No se necesitaba demasiado para provocar una reacción.
Desde luego, nada apuntaría a una manipulación.
Su reloj indicaba que eran las 23:46 horas.
El expediente decía que Bennett se medicaba cada noche con la insulina antes de las noticias de las seis de la tarde.
Así que ya llevaba muerto un rato.
Volvió a conectar el teléfono y se marchó.
Trabajo hecho.