DÍA 3JUEVES, 8 DE JUNIO #4
Luego, se sentó y aguardó en silencio el inicio de la misa de las seis de la tarde.
19:05 h
El Cadillac avanzó entre el tráfico vespertino y se detuvo delante de la iglesia. Despacio, Chris subió al asiento posterior y se arrellanó en la mullida piel. El coche le pertenecía; su conductor era uno de los cuatro asistentes domésticos a quienes daba empleo.
Vivía en el sudoeste de Atlanta por el simple y llano motivo de que Hamilton Lee y Larry Hughes vivían en el nordeste.
Residía en una mansión neoclásica de tres plantas construida para reflejar su pasión por todo lo italiano.
La había modelado a imagen de las casas rurales que había visitado en la Toscana.
La vivienda principal estaba posada entre cuatro hectáreas frondosas, rodeadas por sicómoros y circundadas por un muro de ladrillo de dos metros y medio de altura coronado con hierro forjado afilado.
Había incorporado todos los lujos imprescindibles.
Una piscina, fuentes adornadas con estatuas romanas y un bello y cuidado jardín italiano que se había alzado en cuatro ocasiones con el premio del Club de Jardinería del Condado de Coweta.
No tenía familia directa; sus parientes más cercanos eran unos cuantos sobrinos y sobrinas de los que rara vez tenía noticia.
La mayoría de las personas no eran más que conocidos.
Alguna que otra vez maduraba alguna amistad, pero nada que traspasara el punto de intimar.
Solo Nancy. Llevaban mucho tiempo juntos.
Confiaba en ella. Es probable que incluso la amara.
Pero nunca haría nada al respecto. ¿Cómo podía hacerlo?
Ya era bastante malo tener que vivir consigo mismo, conociendo sus maldades; no podía implicar en eso a nadie más.
En lugar de ello, optó por la soledad de sus propios pensamientos y la adulación esporádica que le proporcionaban otros.
Tenía reputación de ser un integrante respetado de la Cámara de Comercio, antiguo afiliado al Club Rotary de la zona, masón de largo recorrido y un miembro activo de la Iglesia.
Desde que controlaba el presupuesto de la Southern Republic era la persona de contacto de incontables organizaciones benéficas.
Cada año hacía donaciones a la Asociación del Corazón, la Sociedad del Cáncer y la Fundación para la Investigación de la Diabetes Juvenil.
Su fotografía aparecía habitualmente en diarios, folletos y revistas entregando cheque tras cheque.
Todo ello formaba parte de una fachada cuidadosamente construida.
En realidad, no era más que un asesino a sangre fría.
Probablemente el asesino en serie más diabólico de la historia.
¿Cuántas Prioridades había habido? Centenares, tirando bajo.
Más bien un millar. ¿Cuánto hacía que duraba aquello?
¿Veinte años? No. Más bien treinta. Tantas vidas finalizadas de forma abusiva para mantener la cuenta de resultados.
Otras empresas hacían despidos, reajustes de tamaño, expedientes de regulación, se reorganizaban, se declaraban en bancarrota o, sencillamente, echaban el cierre.
Southern Republic asesinaba. ¿Cómo había comenzado aquello?
¿Cómo había llegado a ese punto? ¿Cuándo se había vuelto tan fácil?
El coche avanzaba lentamente entre el tráfico.
Su humor se ensombreció tras salir de la iglesia.
Algo en la majestuosidad de que un ser omnipotente implementara un gran diseño había hecho aflorar a la superficie la diminuta burbuja de conciencia que aún le quedaba.
Perdió toda noción de los valores hacía años, entre la primera Prioridad y la número quinientos.
Pero últimamente había detectado que la noción del bien y el mal, de lo correcto y lo incorrecto y de la vida y la muerte habían vuelto a penetrar en su proceso de toma de decisiones.
Y le asustaba.
Sobre todo ante la conciencia de su propia mortalidad.
Alargó la mano para coger el ejemplar del día del Atlanta Constitution que había en el asiento trasero e intentó sofocar los pensamientos que le atribulaban. Pero le costaba concentrarse.
En lugar de ello, recordó un momento hacía más de treinta años. Así era como había empezado todo.
–Hazme caso, Chris, es el trato del siglo –dijo Hamilton Lee.
Lee y él estaban apiñados en una diminuta oficina en el centro de Atlanta, en la cuarta planta de un edificio destartalado de diez plantas.
En aquel espacio había más mesa que aire.
Hamilton Lee estaba sentado en una butaca, con un maletín de piel resquebrajada en la otra.
Lee estaba emocionado. Acababa de regresar de Concord, una población minúscula en un condado minúsculo en una región minúscula de Georgia.
Allí se había construido una fábrica de papel después de la Guerra Civil que, en un principio, había sido un negocio muy lucrativo.
Era propiedad de una familia de las afueras de Massachusetts, si bien esta apenas había hecho nada por ampliarla o modernizarla.
Todos sus fundadores habían muerto prematuramente.
Y ahora sus herederos querían desprenderse de ella.
Desde la Segunda Guerra Mundial, las empresas papeleras de Nueva Inglaterra habían ido descubriendo cada vez más cuán abundantes y relativamente baratos eran los pinares del sur.
El clima cálido era ideal para cultivar árboles.
Fluía agua en abundancia. Y la proximidad de vías férreas, autopistas y puertos de aguas profundas convertían el sur en un escenario irresistible.
En una noticia se calificaba aquella zona como «la cesta de la madera del mundo».
Se instalaban molinos en todas partes. Pero se trataba de un mercado volátil que exigía que las empresas mantuvieran el ritmo si no querían quedar rezagadas.
Y, sin quererlo, la Republic Board and Paper, con sede en Concord, Georgia, había incurrido en esta última posibilidad.
–Y lo mejor son los costes de la mano de obra –dijo Lee–. Las escalas salariales son entre un dólar y un dólar y medio por hora menos que en cualquier otra parte.
Lee trabajaba para la empresa papelera Roland Paper Company, un conglomerado multiestatal que poseía cuatro fábricas.
Había sido superintendente adjunto de su fábrica de Savannah durante nueve años.
Joven. Inteligente. Vital. Su único defecto era su impaciencia perpetua y su deseo de llevar las riendas.
Por desgracia, ese tipo de ambición requería tiempo, tiempo que Lee no tenía intención de emplear medrando por una escalera corporativa, de manera que había estado buscando una empresa propia.
Qué diferentes eran.
Chris era director adjunto de crédito en el Georgia Merchants and Savings Bank.
Lee, un emprendedor arrogante y desenvuelto.
La madera los había unido a través del Georgia Merchants, una institución de gran envergadura que financió gran parte del floreciente mercado de ventas de pulpa.
El sector había vivido una evolución paulatina.
Los terratenientes necesitaban vender su madera.
Y las empresas necesitaban comprarla. No siempre había efectivo disponible y la inversión era arriesgada, ya que los árboles podían incendiarse, enfermar o sufrir plagas.
De manera que los bancos habían dado un paso al frente y habían asumido los riesgos, proporcionando capital a cambio de una tasa de interés por encima del mercado.
El Georgia Merchants contaba con un amplio portafolio de préstamos relacionados con la madera en todo el estado y solía hacer negocios con la Roland Paper.
–Chris, podemos comprar esta fábrica por una miseria.
He hablado con uno de los herederos y lo único que quieren es deshacerse de ella.
Tienen un pagaré que vence en un banco de Nueva York y los intereses se los están comiendo vivos.
Solo quieren cobrar el capital del préstamo.
Esta gente no sabe nada acerca de la industria de la madera.
–Estoy de acuerdo, Hamilton. Suena bien.
Y así era.
Muy bien, a decir verdad.
Estaba cansado de prestar dinero y ver cómo los otros ganaban fortunas.
Quería probar suerte en el mundo empresarial.
Quería salir de aquel cubículo que era su despacho.
Aspiraba a algo más que un apartamento de dos habitaciones en el este de Atlanta.
Y le apetecía tener un coche grande. Y quizá mayordomo y ama de llaves.
Viajar a Europa. Tenía muchos sueños. No había nada malo en soñar.
Siempre que no intercediera con un pensamiento sensato.
A menudo se había preguntado si lo que planeaban era una locura. Sobre todo para un superintendente adjunto de una papelera de veintiocho años y un subdirector de crédito de un banco de treinta y ocho, ninguno de los cuales había tenido un negocio antes.
–¿Puedes conseguir el dinero, Chris?
–¿De cuánto estamos hablando?
Lee se lo dijo.
–Con eso bastará para comprarla y renovarla.
La cifra le sorprendió. Había imaginado que sería más alta.
–Puedo conseguirlo.
El rostro de Lee dibujó una sonrisa.
Soñaron juntos con construir una empresa, con resucitar una población, erigir un rascacielos y hacerse millonarios un centenar de veces.
–Necesitaremos a alguien con experiencia en ventas –dijo Lee–.
Yo no tengo ni pajolera idea de vender papel.
Hay un tipo que trabaja en nuestro departamento comercial que le vendería el diablo a su madre.
Nunca he visto nada igual. Larry Hughes.
Creo que podría convencerle para que se uniera a nosotros.
Chris entendió que se trataba de un movimiento pertinente.
–Una decisión inteligente.
Lee sonrió aún más.
–Es el trato del siglo, Chris. El trato del siglo.
19:35 h
Alguien llamó con los nudillos a la puerta del dormitorio de Chris. Salió tranquilamente del vestidor mientras entraba su mayordomo. Notó que se había cambiado de chaqueta, había sustituido la azul marino que llevaba para conducir el Cadillac por la blanca que le exigía llevar dentro de casa.
–¿Prefiere cenar en el estudio o en el comedor?
Hacía apenas unos minutos que había llegado a casa y había subido enseguida a cambiarse de ropa. La verdad era que no había pensado aún en la cena. Tenía una cocinera con talento y disfrutaba sinceramente las comidas que le preparaba. Pero en los últimos tiempos no tanto.
–Cenaré en el estudio.
Se abstuvo de decir: «Intentaré cenar».
Su mayordomo se excusó y se marchó. El dormitorio era el lugar preferido de Chris.
Murales de Susana y los viejos de un valor incalculable realzaban las paredes.
Había dos mesas originales con pedestal de estilo Biedermeier junto a butacas tapizadas del siglo XIX.