DÍA 3JUEVES, 8 DE JUNIO #3
Brent salió pitando de la papelera para dirigirse directamente a Concord.
Tenía una idea general de dónde buscar, y apenas tardó unos minutos en detectar la cuadrada caravana blanca con sus distintivas marcas en rojo, blanco y azul.
Estaba detenida en la acera de enfrente, junto a un buzón de aluminio destartalado.
Aparcó el jeep al lado.
Ashley miró a su izquierda y reaccionó al instante, ajustando el cambio de marcha a la posición de estacionamiento y saltando del asiento derecho.
Sin decir ni una palabra, abrió la puerta del conductor, se sentó sobre el regazo de Brent y lo besó larga e intensamente, uno de sus besos del Gran Cañón, como a ella le gustaba llamarlos.
De repente, Brent no estaba sentado en el jeep de su padre en un caminito arbolado a tres manzanas de su casa.
Volvía a estar en el instituto. En el asiento delantero de su Ford Galaxy de 1965.
En el lago Eagle.
–¿Por qué has hecho eso? –le preguntó él cuando dejaron de besarse.
–¿No te ha gustado? –preguntó Ashley.
–Yo no he dicho eso.
–¿Te preocupa alguna otra chica?
–No especialmente. No estoy saliendo con nadie. –Y para recalcar sus palabras, le mostró el anillo de graduación que llevaba en el dedo–. Pero, por lo que parece, tú sí que tienes un problema. –Señaló el trozo de oro con un topacio que llevaba sujeto con una goma.
Se lo había dado un deportista que jugaba de centrocampista en un equipo de béisbol y de defensa en un equipo de baloncesto y que se hacía llamar por sus dos iniciales. Y dudaba mucho que le sentara bien que otra persona besara a su novia.
–¿Te preocupa? –le preguntó ella como si tal cosa.
No quería que lo usaran para darle celos a ningún novio.
–¿Debería?
–A mí no me preocupa en absoluto.
Era una chica difícil de entender. Eran amigos desde primaria.
Habían montado juntos en bicicleta. Habían nadado en el lago.
Habían jugado como juegan los niños y los adolescentes.
Pero durante el último año habían intimado y se pasaban gran parte del tiempo hablando.
Antes de esa noche, no había habido ninguna indicación de que ninguno de los dos quisiera quemar las naves y pasar de ser amigos a amantes.
Ella se sentó a horcajadas sobre su regazo en medio del asiento delantero, con sus cortas y bien torneadas piernas. Él la cogió por la flexible cintura, rozándola con las yemas de los dedos.
–¿Qué quieres, Brent Walker?
Le encantaba hacer preguntas de ese tipo, siempre más interesada en los demás que en ella misma.
Era uno de los motivos por los que le resultaba tan fascinante.
Ashley disfrutaba compartiendo sueños y aspiraciones.
Sus conversaciones siempre se dirigían hacia dónde estarían veinte años después de graduarse. Era muy distinta de las otras chicas.
–Pues quiero ser abogado –dijo él.
–¿Desde cuándo?
–Desde que lo decidí, hace unos días. Eres la primera persona a quien se lo digo.
–¿Vas a defender a los débiles y proteger a los pobres?
Brent sonrió, con la delicada cara de Ashley a escasos centímetros de distancia.
–No precisamente. Me gustaría trabajar en Concord y ayudar a la gente a quien conozco.
Ella se acurrucó más contra él, embriagándolo con su olor. Últimamente, Brent lo saboreaba incluso cuando no la tenía cerca. Ashley volvió a besarlo. Más larga e intensamente que la primera vez.
–Sabes que te quiero –le dijo ella con voz firme.
–No... No lo sabía.
–Pues deberías.
Brent ni siquiera estaba seguro de qué significaba el amor.
Tenía claro que quería a su padre y a su madre, a sus tías y tíos, a sus abuelos y a su cocker spaniel.
Y había algunas chicas a quienes les había cogido cariño, pero nunca había analizado seriamente la profundidad de sus sentimientos más allá de eso.
En cambio, lo que sentía por Ashley era distinto.
Había algo en ella que no sabía explicar.
Algo que no quería explicar. Pero si el amor significaba ser capaz de decir lo que pensaba sin tapujos, expresar sus sentimientos y no avergonzarse de mostrar sus verdaderas emociones, entonces quizá sí amaba a Ashley Reed.
Volvió a besarla.
–Debería darte una patada en el culo –le dijo Ashley cuando se separaron–. Llevas todo un día en la ciudad y ni siquiera me has llamado por teléfono.
Brent sonrió. Seguía siendo tan ligera como siempre, y su olor aún le resultaba familiar, un tenue perfume floral, como de rosas y jazmines combinados.
–No sabía que el reglamento postal permitía usar perfume.
–Me lo he puesto por ti. Imaginaba que te vería antes de que acabara el día.
–¿Sabes que siempre me metes en líos?
–Sí, pero también que no puedes vivir sin ellos.
–Eres una engreída.
Ashley bajó de un salto y se quedó de pie en la calle, delante de él.
–Estoy a punto de cumplir cuarenta y dos, pero me conservo.
Alzó los brazos y giró sobre sí misma. Sí que se conservaba.
Los mismos ojos de felicidad. Sus pecas de animadora.
Su pelo de color miel cortado a lo garçon.
No parecía muy distinta a cuando revoloteaba por los pasillos del Instituto del Condado de Woods, haciendo que todas las cabezas se volvieran para mirarla.
Había conservado esa y otras imágenes posteriores de ella durante años.
Ahora la aparición era en carne y hueso, y la tenía justo delante. Ella volvió a acercarse a la puerta abierta del vehículo. El perfume regresó, tan claro como un coche nuevo e igual de seductor.
–Te deseo, Brent.
Que Dios lo amparase, porque él también la deseaba.
Pero la culpa por Paula seguía acechándole. Aún oía lo que le había dicho el último día de su vida: «La amas, ¿verdad?». Sin embargo, antes de que tuviera tiempo de dejarse llevar por el arrepentimiento, Ashley volvió a besarle y luego le preguntó:
–¿Y entonces? ¿Cuándo piensas pedirme salir como es debido?
Brent sonrió. No tenía ni pizca de tímida. Recordaba claramente el día en que, poco después de graduarse en el instituto, habían hecho el amor por primera vez. En el lago Eagle. Revolviéndose como peces bajo el calor. A él le preocupaba que apareciera alguien y los pillara.
–¿Me vas a dar la oportunidad de que me ubique? –le preguntó él.
–Me parece que no.
¡Al cuerno! No tenía elección. Y, además, tampoco quería tenerla.
–¿Comemos mañana?
–Perfecto. –Retrocedió–. Ahora tengo que irme a hacer la ruta. Si me quedo mucho más, tal vez acabemos en la parte trasera de esa furgoneta –dijo, con un destello en los ojos en sintonía con su comentario–. Hoy no tengo pausa para comer. Acabo pronto. Entierran a Papa Evans a las dos.
–Me he enterado de que el señor Evans ha muerto.
–Era viejo y estaba frágil. No es ninguna sorpresa. Pero, aun así, da mucha pena. Gary me pidió que fuera. Está destrozado.
Gary Evans había sido su tercer marido y su padre, Fred, había sido su suegro durante el breve lapso que duró el matrimonio. Todo el mundo lo llamaba por su apodo, «Papa».
Hablaron unos minutos más, luego ella le dio un beso de despedida y se marchó en la furgoneta. Brent detestaba verla partir.
Ashley lo hacía sentir muy bien.
Y muy culpable.
17:46 h
–Perdóneme, padre, porque he pecado. Ha pasado un mes desde mi última confesión y estos son mis pecados. –Chris Bozin hizo una pausa–. He dejado que la avaricia domine el espíritu fraternal que debería mostrar a los demás en ocho ocasiones. Y he practicado el engaño más de lo que debería.
–El egoísmo es un pecado que todos cometemos en un momento u otro –susurró el sacerdote, con el rostro en la sombra al otro lado de un biombo agujereado.
–Me temo, padre, que mis pecados son de una magnitud más grave de lo que usted cree.
–Ni Cristo ni la Iglesia distinguen entre pecados. Para Nuestro Señor, la vulneración es idéntica, y también lo es la penitencia.
–También me temo, padre, que me queda poco tiempo.
–¿En qué sentido?
–Me falla la salud.
El cura le restó importancia.
–Si tal es el caso, poco puedes hacer por cambiar las circunstancias.
–Pero tiene que haber algo que pueda hacer por mi alma.
–¿Estás haciendo esto solo porque se te acaba el tiempo?
–Lo hago porque mi alma eterna merece algo mejor de lo que mi conciencia mortal le ha proporcionado.
–Entonces entiendes que la conciencia mortal es una medida del alma eterna.
–Pero ¿no es el perdón la piedra angular tanto de la Iglesia como de Dios?
–Desde luego.
–Entonces busco la absolución en el nombre del Señor.
–Te absuelvo de todos los pecados que has cometido durante el último mes, incluidos la avaricia, el egoísmo y la vanidad. A modo de arrepentimiento, recita tres avemarías y un padrenuestro. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, puedes ir en paz.
El cura cerró la portezuela deslizante del confesonario.
Chris hizo con reverencia la señal de la cruz, recitó un padrenuestro rápidamente, aún arrodillado, y luego, poco a poco, se puso en pie.
Estaba en el interior del altar de la Inmaculada Concepción, a la sombra del capitolio estatal de Georgia, una vieja estructura de ladrillo y piedra coronada por chapiteles, torres y campanarios, una de las primeras iglesias católicas construidas en Atlanta.
Hacía más de treinta años que era parroquiano de aquel lugar.
Inicialmente se había volcado en la religión en busca de algo de sosiego, pero, para su sorpresa, había hallado cierta satisfacción personal.
Y a lo largo de todos aquellos años había seguido siendo miembro de la parroquia, además de convertirse en un contribuyente generoso cuyos diezmos legendarios le habían granjeado la amistad de todos los sacerdotes.
La voz del vicario que acababa de escuchar su confesión era nueva; el joven todavía tenía que oír hablar de Christopher Bozin.
Salió del confesonario.
Una joven se puso en pie en los bancos contiguos y se acercó.
Le sostuvo la puerta de roble abierta hasta que estuvo dentro y luego se dirigió hacia el altar mayor, sus pisadas amortiguadas por la alfombra roja.
Desde lo alto de la nave central en pico, murales de Cristo y de la Virgen María miraban hacia abajo.
A su izquierda, a un lado del altar, varias filas de velas diminutas titilaban.
Se arrodilló en la primera fila de bancos e hizo acto de contrición rezando los cuatro padrenuestros que le había impuesto el padre.