DÍA 3JUEVES, 8 DE JUNIO #2
Así que allí lo dejó.
–La echas de menos, ¿verdad? –le preguntó.
Catherine y Loretta eran amigas.
–Fue culpa mía. Yo eché a perder nuestro matrimonio.
–Algunas personas sencillamente se distancian –le dijo ella–. Loretta y tú estuvisteis juntos mucho tiempo.
Él negó con la cabeza.
–Yo fui el culpable de que nos separáramos. Fui un idiota. Y ahora vivo solo, que es el precio que tengo que pagar por mi estupidez.
–Has tenido novias desde que te divorciaste, lo sé de buena tinta.
–No creas que las mujeres hacen cola en mi puerta.
–No tenías problemas antes del divorcio.
Solo una amiga desde hacía muchos años podía ser tan franca sin molestarle.
–Tal vez eso fuera lo que me atrajera de ellas. Que yo estaba con otra persona.
–Dos no se pelean si uno no quiere, Hank.
–Cuando echo la vista atrás, me pregunto en qué demonios estaría pensando.
–Loretta podría haberte perdonado. Podría haber escogido luchar por la relación. Pero decidió marcharse y casarse con otro hombre.
A Hank le sorprendió que lo defendiera.
–Pensaba que las mujeres os cubríais la espalda entre vosotras.
–No disculpo lo que hiciste. Lo único que digo es que Loretta tampoco estaba obligada a hacer lo que hizo.
–Donde las dan, las toman.
–No creo que el Señor lo vea de ese modo.
–No cometerás adulterio.
–El perdón es un deber. Lucas 17, 4, si no me equivoco.
Hank sonrió.
–No sabía que eras una erudita en la Biblia.
–Tengo muchos talentos que desconoces.
Catherine Walker siempre había sido una mujer interesante. Pero ahora mismo la principal preocupación de Hank era su hija.
–Creo que una de las razones por las que Ashley se quedó conmigo fue su propia situación. Ella tampoco había sido la mejor esposa para sus maridos. Creo que entendía lo que significaba el fracaso matrimonial. Ese deber de perdonar, como dices tú.
Hank siempre había pensado que tanto su hija como él estaban maldecidos con la incapacidad de encontrar lo que sus corazones anhelaban verdaderamente.
Ashley le había prometido a su madre que cuidaría de él.
Y Loretta se había sentido agradecida de que su hija acabara lo que a ella no le apetecía hacer.
El sacerdote que los había casado hacía mucho tiempo había dicho: «Hasta que la muerte os separe», pero el fervor religioso no compensaba el peaje que el engaño se había cobrado en su corazón.
Ese punto de no retorno en el que las emociones pasaban del amor al odio, del respeto al desprecio, de la preocupación a la indiferencia.
Su exmujer estaba unida ahora a otro hombre y a otra vida.
Cada semana, Hank le predicaba el evangelio a su clase de catequesis.
Por desgracia, no había aprendido a poner en práctica sus enseñanzas hasta que había sido demasiado tarde.
–Quiero que sepas –le dijo– que no creo que haya habido nada sexual entre Brent y Ashley desde hace mucho tiempo. Los dos son mejores que eso. Pero lo que sienten el uno por el otro parece auténtico. Y Paula estaba al corriente de la situación.
–Ya lo sé.
Le sorprendió.
–¿Te importa que te pregunte cómo?
–Una vez vino a hablar conmigo sobre eso.
Paula no era una mujer fácil, eso estaba claro.
Costaba complacerla y nunca le preocuparon demasiado los sentimientos de los demás.
De hecho, me sorprende que fuera así. Una chica de pueblo de una familia con los pies en la tierra. Sus padres eran buenas personas.
–Salvo porque se suicidaron.
Catherine clavó la vista en la lejanía.
–Muchas veces me he preguntado por el dolor que veía en los ojos de Brent. Intentaba ocultarlo, pero yo lo notaba.
–Ashley también tenía esa mirada. Creo que intentó olvidarlo con sus tres maridos. Fueron errores que nunca debieron ocurrir.
–Pero tiene a Lori Anne. Es una niña encantadora. ¿Qué edad tiene ahora?
–Doce, y ya nos lleva de cabeza.
–Estoy segura de que su abuelo la mima mucho.
–Siempre que puedo.
Hank dudó mientras decidía la mejor manera de acabar lo que había empezado. Maldita Ashley. Deberían haber hecho esto años antes. Tomó aire.
10:37 h
Frank Barnard se quedó mirando la cabaña de troncos, ciento diez metros cuadrados bajo la cubierta en los bosques del oeste de Georgia, con el turbio río Chattahoochee a la vista.
Conocía la historia de la Prioridad Número 6.
Melvin Bennett había adquirido aquella propiedad a los cuarenta y tantos, había pagado los plazos hasta los cincuenta y tantos y luego había construido la cabaña con sesenta y pocos.
Dos semanas después de jubilarse de la Southern Republic Pulp and Paper Company, Bennett y su esposa habían metido sus trastos en una autocaravana y habían conducido trescientos veinte kilómetros al oeste del condado de Woods, a través de Georgia,
y desde entonces habían pasado los dos últimos años tranquilos a orillas del Chattahoochee, con Alabama a la vista.
También sabía cuántos vecinos tenía Melvin Bennett y a qué distancia vivían.
Y sabía que el departamento del sheriff del condado de Harris no patrullaba con regularidad la zona y que el hospital más cercano estaba a sesenta y cinco kilómetros de distancia.
Había llegado la víspera y, para complementar el archivo, se había pasado gran parte de la noche haciendo vigilancia in situ.
Después, de regreso en su habitación de motel, estudió la información con más detenimiento.
Melvin Bennett gozaba de buena salud, salvo por una diabetes de largo recorrido y una alergia a los cacahuetes.
Aunque dependía de la insulina, la enfermedad no le comportaba problemas en el presente.
En cuanto a la alergia, tenía activa una receta de epinefrina autoinyectable, y siempre tenía la jeringuilla a mano por si se producía una emergencia.
Las notas de De Florio en el expediente sugerían aplicar un procesamiento coherente con dicha alergia.
Pero diseñarlo teniendo en cuenta que no podían levantarse sospechas no había sido fácil.
Barnard se consideraba un profesional consumado.
Hacía casi cinco años que trabajaba para De Florio, y su desempeño había sido impecable.
Había viajado por todo el país, además de dos veces a Canadá y una a México, para procesar Prioridades en las circunstancias más variopintas.
Solo un reducido porcentaje de las Prioridades vivían en Concord o sus alrededores.
La mayoría se habían mudado después de jubilarse para estar más cerca de sus familias.
Algunas habían buscado el clima cálido de Florida o el fresco de las montañas.
La distancia facilitaba el procesamiento y permitía aplicar un patrón diversificado.
El reglamento indicaba expresamente que la gente que vivía en el condado de Woods y sus alrededores solo podía «priorizarse» de manera escalonada, para no atraer una atención indebida.
Barnard era consciente de que De Florio había ascendido de colaborador a jefe de seguridad.
Un día, él quería seguir su mismo camino.
Desde luego, no quería acabar como Milo Richey.
Pero Richey la había cagado y, en ese negocio, no había segundas oportunidades.
Sobre todo para un colaborador ambicioso que pretendía medrar en la profesión.
Pero lo primero era lo primero.
La muerte prematura de Melvin Bennett.
La noche anterior, cuando había entrado en la cabaña de Bennett después de que el viejo saliera, había descubierto que su esposa estaba fuera de la ciudad gracias a una nota con el teléfono de su hermana que había pegada en la puerta del frigorífico y un mensaje en el contestador preguntándole a
Bennett cómo iba todo y que concluía con un «Te quiero. Hasta el sábado».
Al saber que Bennett estaría solo durante los dos días siguientes, había ultimado el método para su procesamiento y luego había telefoneado a De Florio para obtener su aprobación, e incluso se había llevado un elogio por su ingenio.
Ahora estaba de regreso.
Observó desde los matorrales que envolvían la cabaña cómo Melvin Bennett salía por la puerta de la cabaña cargado con su caña de pesca y una bolsa deportiva.
Bennett se dirigió directamente a un pequeño esquife que estaba amarrado a un embarcadero destartalado.
No se había tomado la molestia de cerrar la puerta de la cabaña.
El expediente indicaba que a Bennett le gustaba decir que, al menos, si entraba algún intruso no tendría que preocuparse por arreglar también la puerta.
De manera que nunca echaba la llave. El motor fueraborda cobró vida con un estrépito y Bennett empezó a navegar corriente arriba para «su habitual salida de pesca en solitario de los jueves por la tarde», según recogía el expediente.
Una vez que quedó fuera de la vista, Barnard se coló inmediatamente en la cabaña.
Se dirigió directamente a la cocina y abrió el frigorífico.
En el estante interior de la puerta, tal como especificaba el expediente, había cuatro viales de insulina.
Cogiéndolos con sus dedos enguantados, los examinó uno a uno.
Todos estaban llenos, con el precinto de plástico intacto, salvo uno, que estaba por la mitad.
Era evidente que era el que estaba usando.
Llevó el vial usado al fregadero y se sacó una jeringuilla vacía del bolsillo.
Inyectó a través del precinto de goma una larga aguja, succionó el contenido hasta tener el tubo lleno y tiró la medicina por el desagüe.
Repitió el mismo proceso otras dos veces, hasta vaciar por completo el vial.
De otro bolsillo extrajo un frasco de solución salina mezclada con aceite de cacahuete.
Esencia de cacahuete.
Llenó la jeringuilla e inyectó el contenido en el vial. Repitió el proceso hasta tenerlo semilleno, tal como estaba antes. La única diferencia era que ahora contenía agua salina y veneno, en lugar de la insulina esencial para la vida.
Enjuagó bien el fregadero y volvió a colocar el vial adulterado en la nevera.
Ocho horas después, cuando Melvin Bennett se lo inyectara, no notaría nada.
Pero enseguida entraría en shock. Las elevadas concentraciones harían efecto al instante.
Para asegurarse de que no hubiera gestas heroicas, desenchufó el teléfono fijo de la clavija.
Tampoco habría llamadas al móvil, puesto que él permanecería fuera, muy cerca, con un inhibidor de señal.
Por la mañana, Melvin Bennett estaría muerto.
Y lo único que él tendría que hacer sería mantener la vigilancia y confirmar lo inevitable.
12:04 h