DÍA 3JUEVES, 8 DE JUNIO
8:05 h
Ashley Reed se subió a la furgoneta del correo y salió del estacionamiento para iniciar su ruta diaria.
Hacía quince años que era cartera, desde la época en la que solo había «carteros», para su indignación.
Era un empleo bien pagado y, además, tenía la ventaja de que podía llegar a casa antes de las cuatro de la tarde, para estar allí cuando Lori Anne se apeaba del autobús escolar.
Además, también tenía prestaciones adicionales.
El seguro sanitario le ahorraba la preocupación de tener que pagar las facturas del médico, y el plan de jubilación era de primera.
El único aspecto del trabajo que no acababa de convencerla era el uniforme, de un azul apagado y ceñido, pero al menos la obligaba a mantener la línea y a hacer ejercicio de manera regular.
En general, tenía una buena vida. No tenía ninguna deuda considerable.
Y tenía un empleo excelente. Una hija maravillosa. Y muchos amigos. Una vida perfecta.
Salvo por Brent Walker.
Le había empezado a dar problemas en el instituto y se había convertido en un problema mayor años después, cuando su recuerdo había interferido constantemente en sus tres matrimonios.
De no haberse cambiado el apellido después de cada divorcio, ahora se llamaría Kristen Ashley Reed Mathis Simmons Evans.
Pero, gracias a una disposición exprés en la tercera sentencia de divorcio, volvía a ser simplemente Ashley Reed.
Nunca había usado el nombre de Kristen. Demasiado formal.
Prefería su segundo nombre. Lori Anne tenía un apellido distinto.
Manley Simmons, el Marido Número 2, era un buen hombre de una familia local, pero su matrimonio había fracasado al cabo de solo tres años.
Le pasaba una modesta pensión de manutención por su hija por voluntad propia, porque ella no le había pedido nada.
Y aunque siempre se retrasaba con los pagos, ella nunca lo había denunciado.
Con el Marido Número 3 no le había ido mucho mejor, solo dos años entre la ceremonia en el juzgado y el divorcio.
Otro buen hombre de una buena familia. Y su primer matrimonio, con Kyle Mathis, había sido tan breve y poco memorable que seguía pensando que solo se había casado dos veces.
Aunque ninguno de los matrimonios había sido productivo emocionalmente, el segundo había producido a Lori Anne y el tercero, la casa de tres dormitorios y dos plantas donde vivía y una ranchera Chevy que seguía conduciendo,
ya que los préstamos de ambas se habían contratado exclusivamente a su nombre.
Seguía manteniendo amistad con sus tres exmaridos.
No había necesidad de separarse a las malas, porque sus relaciones nunca habían tenido posibilidades.
Amaba a Brent Walker.
Y ahora se daba cuenta de que siempre lo haría.
Brent había cambiado poco desde que eran adolescentes.
Un rostro agradable con una sonrisa cautivadora que siempre la hacía sentirse mejor.
Ashley tenía que esforzarse mucho para eludir sus ojos avellana y su mirada capaz de penetrar en ella y clavársele en el corazón.
Tenía el cabello de color castaño, al igual que las cejas, que se le ensanchaban por la punta, lo cual le imprimía una expresión de curiosidad perpetua.
Se había conservado musculado. Aún lo recordaba recogiendo pelotazos en los partidos de béisbol del Instituto del Condado de Woods.
Apenas habían mantenido el contacto mientras él vivía en Atlanta.
Un puñado de llamadas, una o dos cartas y algún encuentro esporádico cara a cara cuando él volvía a casa.
Ninguno de los dos se prodigaba mucho en las redes sociales.
Dos meses atrás, Brent la había telefoneado y le había comunicado su decisión de regresar a Concord.
Intentando no repetir los errores del pasado, ella no lo había alentado ni en un sentido ni en otro.
Pero estaba emocionada con que finalmente estuviera de regreso.
Habían estado a punto de tener una relación en varias ocasiones, el último intento once años antes, pero la culpa de él y la inmadurez de ella habían echado por tierra esa y todas las demás oportunidades.
Los últimos años habían sido los más duros de su vida para Ashley.
Al menos, antes Brent estaba cerca. Pero ahora ya hacía mucho que prácticamente estaba desaparecido.
La calle Live Oak Lane no formaba parte de su ruta habitual, pero el día anterior se había desviado y había pasado por ella.
El mero hecho de ver el coche de Brent aparcado en el camino de acceso a casa de los Walker la había reconfortado.
Había estado a punto de detenerse, pero se lo había pensado dos veces.
¿Qué prisa había? Tenían todo el tiempo del mundo.
¿Lo tenían?
La paciencia había sido uno de sus errores en el pasado, como también una indiferencia que había comportado unas consecuencias que Ashley solo había sabido apreciar con el paso de los años.
No tenía intención de incurrir otra vez en ninguno de ambos errores.
De manera que se encaminó hacia la primera casa de su ruta y decidió que, si no tenía noticias de él para las cinco de la tarde, iría en su busca antes del anochecer.
8:18 h
Hank aparcó en el camino de acceso al número 328 de Live Oak Lane, salió de su camioneta y estudió el hogar de los Walker.
Durante cuarenta años, aquella casa victoriana de dos plantas y llena de recovecos se había alzado entre altos pinos y robles revestidos de musgo.
Los listones de madera eran grises y sin adornos, rematados por un tejado de estaño con gablete.
A un lado se erguía una chimenea de ladrillo veteada por gruesas venas de enredaderas de trompeta con flores naranjas.
Delante de toda la fachada frontal se alternaban grupos de arbustos podados con formas redondeadas y cuadradas que se recortaban sobre un fondo de parterres de begonias, alegrías y hortensias en flor.
El jardín delantero era una tupida alfombra de césped.
El lugar, en su conjunto, parecía salido de un ejemplar de House&Garden.
Catherine Walker andaba ajetreada cuidando de los macizos de flores delanteros.
Llevaba puestos unos vaqueros desgastados y una camisa de algodón con el cuello desabrochado.
Un gorro de paja flexible protegía su cabello corto plateado y su pálida tez del sol de junio.
Llevaba las manos protegidas con guantes de tela.
–Estás guapísima –le dijo él, mientras se acercaba–, como siempre.
Ella dejó de arrancar hierbajos y se sacudió la tierra de los guantes.
–Y tú sigues siendo tan encantador como siempre, Hank.
–Las alegrías están esplendorosas.
–Me daba miedo que no brotaran, con lo poco que ha llovido.
–La verdad es que apenas ha llovido últimamente.
–La tormenta del martes por la noche ayudó. Pero estoy segura de que no has venido en un día de trabajo para admirar mis flores y hablar del tiempo.
–Pues no lo sé. A mí me parece un buen motivo para hacer una visita.
Catherine sonrió.
–¿No se supone que deberías estar en la fábrica?
–Uno de los beneficios de ser secretario general de un sindicato es que puedo marcharme cuando lo necesito.
–¿Y dónde se supone que estás?
–Aquí no.
–Debe ser importante.
Hank suspiró.
–Me temo que sí.
La siguió por las escaleras delanteras hasta un par de mecedoras blancas.
Catherine le ofreció algo de beber, pero él declinó su ofrecimiento.
–Llevo tiempo dándole vueltas –dijo Hank– y finalmente he llegado a la conclusión de que tú y yo tenemos que hablar. De padre a madre. Estoy revelando un secreto haciendo esto, pero creo que hay que hacerlo.
Una arruga atravesó la frente de Catherine.
–¿De qué se trata, Hank?
–De Ashley y Brent. Están enamorados.
Observó la reacción de Catherine. Pero ella no dijo nada.
–¿Lo sabías?
–Paula no era el amor de su vida. Eso estaba claro. Tenían muchos problemas.
Hank asintió con la cabeza.
–Estaba al corriente. Brent me lo había contado.
–Pues es más de lo que hacía con su padre o conmigo.
–Te entiendo. Mi hija me trata con la misma indiferencia. Apenas me cuenta nada. ¿No dicen eso de que nadie es profeta en su propia tierra?
Ella sonrió.
–Qué difícil es tener hijos a veces, ¿verdad?
–Cuando Brent vivía aquí –dijo él–, yo estaba más al corriente de la situación.
Pero, desde que se fue, apenas sé nada. Como he dicho, antes me contaba sus problemas con Paula.
Se sentía culpable por ellos. Yo nunca fui un gran fan de Paula.
Venía de una familia con muchos problemas.
De hecho, no supe lo que Ashley sentía por Brent hasta hace unos ocho años.
Me avergüenza decir que estaba demasiado ocupado haciendo de alcalde y dirigiendo el sindicato para estar al día de lo que le pasaba a ella.
Al parecer, tanto ella como Loretta me necesitaban, pero no estaba disponible para ninguna de las dos.
–No seas tan duro contigo mismo, Hank. Ashley ha salido bien. Es una madre fantástica y todo el mundo en la ciudad la tiene en mucha consideración. Y lo mismo digo de Loretta. Era una mujer adulta y tomó sus propias decisiones.
–Me perdí gran parte de la infancia de Ashley, no la vi crecer. Eso fue en mis días más locos. No fui un buen padre... ni un buen marido.
–Nunca te había oído hablar así.
–Nos hacemos viejos. Es hora de afrontar la realidad.
Recordó el día en que Loretta lo había abandonado, tras treinta y un años de matrimonio.
Sus devaneos extramatrimoniales empezaron cuando era alcalde.
Una secretaria del ayuntamiento. Una de las chicas de contabilidad de la fábrica de papel.
Una agente de seguros local. Forasteras indiscriminadas que apenas significaban nada para él, más allá de un escarceo esporádico.
Todo caricias para su ego que, una a una, se clavaron como puñales en el corazón de su esposa.
Como de costumbre, Loretta no dijo nada, se guardó para ella el dolor, mientras se preguntaba en silencio por qué su marido necesitaba el afecto de otras mujeres.
Ni siquiera le dijo nada el día que se fue.
En realidad, no habría servido de nada. La estupidez del proceder de Hank era evidente.
Y no podía achacársela al alcohol, porque no bebía.
Ni a las drogas, porque casi no tomaba ni aspirinas.
Lo único que podía hacer era suplicarle que lo perdonara.
Y ella no lo hizo.
Brent llevó el divorcio. Sin impugnaciones. Rápido y discreto. Loretta se mudó al norte de Georgia y se casó con un dentista. Siempre había querido vivir en las montañas, pero Hank se había negado. «Concord es mi vida», le decía.