La lista DÍA 2MIÉRCOLES, 7 DE JUNIO #8
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DÍA 2MIÉRCOLES, 7 DE JUNIO #8

Cogió su maletín, cerró con llave la portezuela del coche y accionó el mando a distancia para cerrar la verja. Abrió la puerta de la casa con la llave y entró.

Del otro coche bajaron tres hombres, que lo siguieron en silencio.

Todos vestían traje oscuro, nada llamativo ni a la moda, solo azul marino y gris marengo tradicional, camisa blanca, corbata a juego y zapatos de piel negros.

De Florio aplicaba un código de vestimenta estricto a todos sus empleados y conducía sus reuniones de una manera precisa.

Dos de los hombres lo sabían bien. En el caso del otro, era el primer encuentro al que asistía.

Los dos que sabían cómo operaba eran Milo Richey y Frank Barnard. Los había reclutado él mismo, por recomendación de varios contactos del hampa de largo recorrido. Richey tenía veintinueve años; Barnard, treinta. Nada en ninguno de los dos los convertía en estereotipos de su profesión.

No tenían cicatrices ni marcas fácilmente identificables.

No llevaban barba, ni bigote ni peinados estrambóticos.

Nada de joyas vistosas, pendientes ni cadenas de oro.

Se les requería que usaran reloj, pero tenía que ser preciso, no caro.

Eran solo rostros normales en cabezas normales unidas a cuerpos normales con personalidades a juego.

Todo ello para dificultar el recuerdo a cualquier posible testigo.

Tanto Barnard como Richey eran profesionales, formados a conciencia en las técnicas del asesinato a sueldo.

Richey había trabajado como sicario para un cártel de la droga del sur de Florida, mientras que Barnard siempre lo había hecho por cuenta propia, para diversas mafias de la Costa Oeste.

Ambos procedían con excelsas recomendaciones y los había motivado su oferta de un empleo seguro y bien remunerado.

El nuevo era Victor Jacks. Algo antes, De Florio había instruido específicamente a Barnard para que acudiera acompañado de Jacks.

Lo habían reclutado tres semanas atrás, dado que el Programa Prioridad se había ampliado hasta tal punto que, para estar al día, precisaban ayuda adicional.

Jacks era mayor que los otros dos, pero tenía una apariencia igual de anodina, sin rasgos de personalidad destacables.

También tenía experiencia; previamente había trabajado para una familia de la mafia de Chicago.

Sin embargo, como en el caso de Milo Richey y Frank Barnard, el atractivo de un trabajo regular y un salario constante lo habían seducido a viajar hasta el centro de Georgia.

El reglamento exigía que todos los colaboradores fueran solteros y no tuvieran personas a su cargo.

Menos complicaciones y menos posibilidades de que se produjera una brecha en la seguridad.

Además, de este modo podían contar con ellos en cualquier momento, sin tener que dar explicaciones.

Se toleraba que tuvieran novia, pero se desaconsejaba mantener relaciones largas o serias.

Lo más habitual, y la opción preferida, eran las aventuras de una noche.

Aunque De Florio mantenía una presencia pública en la Southern Republic, nadie, ni siquiera la junta de dirección, conocía las identidades de sus empleados.

Era mejor así. Él se encargaba en exclusiva de contratarlos y despedirlos, y era también el único responsable de sus acciones, tanto para bien como para mal.

–Caballeros, siéntense. Si quieren servirse algo de beber, el bar está allí.

Hizo un gesto al otro lado de la diáfana estancia.

Sobre sus cabezas, el techo ascendía formando una uve invertida, con un dormitorio tipo loft en la segunda planta con vistas a la planta inferior.

La pared sur era una vidriera integral que daba a una tarima de cedro.

Más allá de la barandilla se divisaba el neblinoso horizonte de Atlanta, más de treinta kilómetros al sur, iluminado desde el oeste por el sol vespertino.

Encendió un par de lámparas.

Nadie aceptó su ofrecimiento de una bebida.

En lugar de ello, los tres hombres se distribuyeron por el sofá y las butacas.

De Florio se quitó el abrigo y se aflojó la corbata.

No iba armado. Las armas estaban prohibidas.

Otra regla que se autoimponía e imponía a sus empleados.

Raramente las usaban para procesar las Prioridades, y su presencia solo hubiera conseguido atraer una atención innecesaria.

Se acomodó en una de las butacas acolchadas, extrajo unas carpetas de papel manila de su maletín y las dejó sobre la mesita de centro.

–Tenemos tres nuevas Prioridades. Os las repartiré en un minuto. ¿Os habéis conocido todos de camino?

Hicieron un gesto afirmativo.

–Victor se incorpora como nuevo colaborador. Ya le he dado las indicaciones generales sobre nuestros procedimientos operativos, pero quería añadir algunas instrucciones adicionales revisando el error que hemos cometido este mes.

Clavó la mirada en Richey.

–Milo, por favor, repasa los hechos que rodearon lo ocurrido con la Prioridad Número 3 de la lista de mayo.

17:05 h

La primera jornada de Brent en el trabajo se aproximaba a su fin.

En la Oficina del Fiscal del Distrito y cuando trabajaba por su cuenta, el día rara vez acababa a las cinco de la tarde.

No solo era necesario invertir largas horas, sino que era lo que se esperaba de uno.

Y lo mismo parecía aplicarse aquí. Había mucha gente y muchos departamentos para que los atendieran solo dos abogados.

Sin embargo, tal como había señalado Martha, la empresa también contrataba a algunos despachos externos que los ayudaban con las tareas que requerían más tiempo.

Sin duda alguna, las próximas negociaciones contractuales exigirían alargar la jornada.

Se había pasado el día organizando. No había hecho mucho más.

Martha y los demás ya se habían marchado, de manera que el espacio de las secretarias, al final del pasillo, se hallaba en el más absoluto silencio.

Y el director jurídico también se había ausentado desde mitad de la tarde para asistir a una reunión en otro lugar. Estaba solo.

Era el momento de husmear.

Antes, Martha le había mostrado el mundo virtual de la empresa.

El despacho del asesor jurídico tenía pleno acceso a todos los registros de personal, médicos y de jubilación, una información necesaria para hacer su trabajo.

De manera que localizó el motor de búsqueda principal y escribió «PETER BATES».

En la pantalla aparecieron la solicitud de empleo de Bates, sus informes de desempeño y varias facturas médicas presentadas, a lo que seguía la rescisión del contrato de empleo y la cuenta de su pensión.

Decidió echar un vistazo a las facturas médicas y averiguó que Bates había incurrido en gastos psiquiátricos sustanciales.

Leyó por encima algunos de los informes y vio un diagnóstico consistente de depresión clínica, agravada por un trastorno bipolar.

A Bates le habían recetado un régimen contundente de antidepresivos, que se había tomado hasta el momento de su muerte. Seguramente eso explicaba su hosquedad.

Hizo clic en «PENSIÓN».

El informe que se desplegó recogía la fecha de su muerte.

Casi cuatro meses atrás. ¿Causa? Herida con arma de fuego, suicidio.

Una nota indicaba que la empresa había ampliado especialmente la cobertura de salud a las personas que tenía a su cargo, una esposa y dos hijos, durante un período de dos años, sin coste alguno.

Extremadamente generoso por su parte.

Lo que buscaba eran los datos de contacto, y los encontró en la cuarta página. Un formulario de cambio de dirección. Joan Bates residía ahora en Statesboro.

No estaba lejos.

Bien.

Tenían que hablar.

17:10 h

Jon esperó una explicación.

Milo Richey estaba visiblemente incómodo. Y tenía motivos para ello. El colaborador había cometido un error, el primero desde que se había incorporado al equipo hacía dos años.

–El expediente especificaba una sustitución de la medicación como único criterio para la muerte. Hice el cambio, aumentando la dosis en miligramos hasta un nivel que debería haber sido letal.

–Pero no lo fue –dijo De Florio.

–A mí me pareció más que adecuado –replicó Richey.

–¿Y en qué te basaste para determinarlo?

–Obtuve la información de las dosis no recomendadas de la web de la farmacéutica.

–¿Por qué no se verificó la muerte in situ?