DÍA 2MIÉRCOLES, 7 DE JUNIO #7
–Procésalas a tu voluntad.
–Si no recuerdo mal, el mes pasado expresé objeciones con respecto a la programación.
–Eso fue el mes pasado. Ahora es ahora.
–Pero el procesamiento de las cinco de la lista de mayo acaba de completarse.
–Debido al error incurrido con el Número 3, que no se procesó bien en su debido momento.
Encajó la bofetada sin decir nada.
Lee pareció percibir su indecisión y adoptó un tono conciliatorio.
–No me cabe duda, Jon, de que manejarás las cosas con eficiencia, como has hecho tantas veces. La junta tiene toda su confianza depositada en ti. En cuanto al otro tema, ¿ha mordido el anzuelo?
Afirmó con la cabeza.
–Anoche. Se accedió al archivo desde la terminal de Marlene Rhoden, del Departamento de Relaciones Laborales. Y el monitor de respaldo que instalamos mostraba que se guardó una copia.
Lee sacudió la cabeza a ambos lados.
–Marlene está tomando decisiones equivocadas. Trabaja para nosotros desde hace mucho tiempo. Esto solo demuestra la poca lealtad que puede esperarse hoy en día de las personas.
De Florio sabía que Rhoden estaba divorciada, era madre de dos hijos adultos y quería convertirse en la próxima señora de Hank Reed. No se escondía de ello ante sus colegas. Y, al parecer, había decidido que ofreciendo a Reed acceso ilimitado a los archivos de la empresa podía lograr su objetivo.
Y ellos lo habían aprovechado en su ventaja.
–Al menos, Reed es tan determinado como predecible –dijo Lee–. Se vanagloria de ir un paso por delante de nosotros. Cree que somos demasiado estúpidos para saber lo que hace.
–¿Por qué se lo toleran?
–Porque también puede sernos muy útil. Es un topo eficiente que ha mantenido nuestras relaciones laborales en términos amigables.
Y nos sale barato. Lo único que pide es un poco de ayuda con su imagen y un par de favores para su gente de vez en cuando, que le proporcionamos gustosamente.
Además, los empleados le escuchan. Pero esta vez, las cartas están dadas.
–Lee negó con la cabeza–. Reed vendrá a vernos, como hace siempre, con la intención de cerrar un trato.
Pero en esta ocasión negociaremos con información que nosotros mismos le hemos proporcionado.
Una jugada inteligente por mi parte, si se me permite decirlo.
De Florio estaba cansado del autobombo, otra de las diferencias mayúsculas entre Hamilton Lee y Chris Bozin.
–¿Necesita algo más de mi departamento?
–No, eso será todo, salvo por el inmediato procesamiento de las tres Prioridades de la lista de mayo... sin errores.
14:00 h
Brent comió tarde en la ciudad, solo, aún preocupado por su descubrimiento.
Le había enseñado la fotografía a Martha y ella le había indicado que se trataba de Joan Bates, la esposa de su predecesor, Peter Bates, y de sus dos hijos.
Se había tomado varios años atrás, cuando los niños eran aún adolescentes.
Se la debían de haber dejado sin darse cuenta al limpiar el despacho.
Nadie había movido los archivadores. Al menos, ahora sabía quién se había tomado la molestia de localizarlo para hacerle una advertencia bastante críptica.
Lo que le intrigaba, no obstante, era saber por qué.
Aun así, no le había dicho nada a Martha al respecto ni le había formulado más preguntas para no despertar suspicacias.
Pero todo aquel asunto era muy extraño.
Decidió que era un momento tan bueno como cualquier otro para hacer un alto en el banco local y abrir una cuenta.
Necesitaba transferirse el dinero de Atlanta a Concord.
Había tres bancos entre los que escoger, pero, antes de marcharse de allí, diez años atrás, había hecho todos sus negocios con el Capital Fidelity vivía tanto de la pensión de viudedad como de la suya y del ingreso mensual por jubilación que seguía recibiendo del fondo de pensiones de la Southern Republic.
Su padre había trabajado durante toda su vida adulta en la fábrica y había conseguido acumular el máximo en subsidios anuales, lo que incluía los gastos sanitarios para su madre hasta que muriera.
Salió del banco y se encaminó a su jeep, que estaba aparcado en la misma calle.
–Pero si es el mismísimo Brent Walker, vivito y coleando –dijo una voz.
Se volvió para mirar a una antigua adversaria.
Doris Dunn. Una mujer con curvas y largas piernas.
Atractiva. Y consciente de serlo. Lo aprovechaba en las vallas publicitarias y los anuncios impresos, que incluían una foto de su cara a todo color, con su larga melena rubia, junto a las palabras GUAPA.
DURA. Los había visto durante años en sus visitas de regreso a casa, y siempre había pensado que los puntos después de las palabras sobraban.
Para él, enviaban el mensaje equivocado.
Aunque, conociendo a Doris, es posible que esa fuera precisamente su intención.
Hacía años se veían cara a cara en los tribunales, principalmente en casos de divorcio.
Ella había sido la primera mujer abogada en la ciudad.
Ahora un par más habían instalado sus bufetes.
Intercambiaron las cortesías de rigor y hablaron unos minutos de los viejos tiempos.
Finalmente, Brent le dijo que debía volver al trabajo porque «ya no soy el jefe».
–Bueno, entonces tampoco tienes que perseguir a nadie para que te pague los honorarios cada mes.
Brent sonrió.
–¿Ves? Eso no lo echo de menos.
Ella se dio media vuelta para marcharse.
Pero entonces él pensó: «¡Qué diablos!».
–Doris.
Ella se detuvo y se volvió para mirarlo.
Brent se le acercó.
–¿Conocías a Peter Bates?
–No demasiado. No llevo casos laborales. Pero venía al almuerzo mensual de la Asociación de Abogados.
–¿Todavía se celebran?
Ella asintió con la cabeza.
–El segundo martes de cada mes. Deberías apuntarte otra vez.
Probablemente lo hiciera. De hecho, en su día le gustaban aquellos encuentros. Un montón de abogados hablando de los gajes del oficio. En su entrevista de trabajo, los tipos de la Southern Republic habían dejado claro que querían que se involucrara en la vida local.
–¿Conoces las circunstancias de la muerte de Peter?
–Fue horrible. Condujo hasta el lago Eagle, cogió una escopeta y se quitó la vida. Lo encontraron un día más tarde, después de que su esposa denunciara su desaparición.
Pero lo que Brent realmente quería saber era:
–¿Alguna pista de por qué lo hizo?
–Nadie lo sabe. Pero era un hombre tranquilo. Amable, nadie tenía una mala palabra que decir sobre él. Aunque tampoco era la alegría de la fiesta, ya me entiendes.
La entendía.
–¿Y qué hay de su familia?
–Por lo que he oído, su viuda se mudó después de lo ocurrido.
Si le preguntaba adónde, dejaría entrever que estaba más interesado de lo que fingía, de manera que se limitó a responder:
–Lo entiendo. Probablemente quisiera irse lo más lejos posible.
–Es lo que haría yo.
Y él también. De hecho, era justo lo que había hecho.
–Gracias por la información, Doris. Te veo en las trincheras.
16:48 h
Jon puso una marcha corta y pisó el acelerador.
El SUV engranó con fuerza y tomó la curva cerrada, ascendiendo con firmeza por la empinada cuesta.
Miró al frente, hacia la casa con cubierta a dos aguas encaramada sin disimulo en la ladera escarpada.
Madera de secuoya y cedro lijada fina y teñida de oscuro; los muros oblongos se confundían con los densos pinos del entorno.
Había vecinos, pero ninguno cerca, ya que cada parcela se extendía casi una hectárea y tenía una etiqueta de precio alto tanto por la privacidad como por las vistas.
Las elevaciones al norte de Atlanta no eran en sí montañas, sino parte de las estribaciones de los Apalaches.
Muchas eran inaccesibles, pero aquella casa a dos aguas se hallaba en la ladera de una de las colinas más pobladas, a la cual conducía una carretera con cunetas, pavimentada y bien iluminada que serpenteaba entre el dosel circundante de arces y sicómoros,
dejando atrás desvíos que conectaban con mansiones de lujo.
Oficialmente, la titularidad de la casa correspondía a una empresa anodina establecida en un inicio en Alabama y más tarde adquirida por una compañía de Texas, propiedad íntegramente de una corporación de Tennessee, a su vez propiedad, mediante testaferros,
de la Southern Republic Pulp and Paper Company.
El rastro era intencionadamente complicado de seguir, sobre todo porque era imposible tener acceso a toda la documentación relevante.
Ninguna de las entidades corporativas de su cadena de titularidad utilizaba la casa de manera oficial.
De vez en cuando proporcionaba intimidad a Hamilton Lee y Larry Hughes y sus amantes.
Pero, sobre todo, se utilizaba para el Programa Prioridad: era una de las varias ubicaciones donde De Florio podía hablar cara a cara con sus empleados acerca de su trabajo especializado, si bien no de manera regular ni predecible.
Para eso no había ningún lugar específico designado.
Subió por el camino pavimentado y se detuvo.
Llevaba en el maletín el mando a distancia.
La verja de hierro retrocedió al accionarlo.
Como todas las localizaciones con seguridad de la empresa, aquella vivienda estaba protegida por una valla, contaba con alarma y estaba supervisada por una empresa de seguridad para viviendas privadas que patrullaba regularmente la zona.
Se abrió camino hacia la casa y aparcó justo delante, no sin antes asegurarse de dejar la verja abierta.
Esperaba invitados.
Antes incluso de que tuviera tiempo de salir del coche, un Chevy Blazer de color rubí entró por la puerta y aparcó a su lado.