La lista DÍA 2MIÉRCOLES, 7 DE JUNIO #6
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DÍA 2MIÉRCOLES, 7 DE JUNIO #6

Nos partimos el lomo para proporcionarles esa seguridad financiera. Y no es fácil.

Sabía que Hughes estaba de acuerdo con él.

–Hay una cosa en la que sí que coincido con Chris –dijo Lee–. El sector del papel atraviesa un mal momento. China nos está matando. Los ambientalistas nos están volviendo locos. Son tiempos difíciles, y vamos a tener que ser mucho más listos para sobrevivir.

–He reparado en lo que has mencionado antes acerca del contacto de Hank Reed con los secretarios generales de los otros dos sindicatos –dijo Hughes–, pero has añadido que eso no sería ningún problema esta vez. ¿Qué sabes que yo no sepa?

Sonrió.

–Esta vez decidí ir un paso por delante de nuestro pequeño metomentodo.

–Pues no debe de ser fácil. Reed tiene ojos y oídos en toda la fábrica.

–Me he asegurado de que cuando ese capullo meta sus narices en nuestros ordenadores, encuentre un material especialmente iluminador.

Hughes se rio entre dientes.

–¿De qué se trata?

–De notas internas especiales que escribí solo para él. Le van a encantar.

–¿Ya las tiene?

Dobló el brazo para mirar la esfera de oro blanco de un reloj Boucheron. Veinte mil dólares. Un regalo que se había hecho a sí mismo.

–Lo sabré en unos diez minutos.

11:00 h

Jon de Florio entró por las puertas giratorias de la Torre Azul.

Llevaba un traje de sastrería de Brooks Brothers, con chaqueta de un solo botón, que le quedaba como un guante.

También llevaba una camisa hecha a medida que rodeaba su ancho cuello y sus largos brazos mucho mejor que cualquier alternativa que pudiera comprar en una tienda.

Elegía con mucho esmero su ropa no solo para proyectar la imagen correcta, sino también para camuflar sus musculosas piernas y sus nervudos brazos.

Tenía cuarenta y tres años, pero ya tenía el pelo cano.

Aunque eso no le preocupaba lo más mínimo.

Llevaba el rostro recién afeitado, el pelo corto y estudiaba con sus ojos verdes todo lo que le rodeaba, constantemente.

Había trabajado para la Southern Republic Pulp and Paper Company doce años.

Al principio lo había hecho de manera anónima, pero ahora ostentaba el título de jefe de seguridad.

Oficialmente, supervisaba a los noventa y dos guardias que la compañía empleaba en la papelera, la fábrica de embalaje, los aserraderos, los depósitos de madera, el ferrocarril y los almacenes.

Extraoficialmente, gestionaba el Programa Prioridad de la empresa.

Su biografía corporativa, que aparecía en todos los informes anuales, se había pensado hasta el último detalle.

LICENCIADO POR LA UNIVERSIDAD DE VIRGINIA DEL SUR, PROPIETARIO DE LA AGENCIA DE DETECTIVES DE FLORIO DURANTE SIETE AÑOS E INCORPORADO A LA EMPRESA COMO ASESOR, JON APORTA UNA EXPERIENCIA ÚNICA, QUE APLICA PARA GARANTIZAR LA SEGURIDAD TANTO DE NUESTROS EMPLEADOS COMO DE NUESTROS PRODUCTOS.

Pero casi nada de eso era cierto.

No era licenciado en nada. Escogieron la Universidad de Virginia del Sur por el simple motivo de que el estado había abolido la institución hacía años y no se habían conservado los registros de matriculación.

El diploma que colgaba en un lugar destacado en su despacho era una falsificación.

Y tampoco había tenido ni dirigido nunca una agencia de detectives.

Por eso, la biografía omitía expresamente dónde se ubicaba dicha agencia.

Sin embargo, sí que se había incorporado a la empresa hacía doce años y, a grandes rasgos, podía decirse que trabajaba como «asesor», pues había hecho prácticas durante dos años como colaborador bajo el mando de su predecesor, que había dirigido el Programa Prioridad desde su inicio.

Cuando ese hombre había decidido que ya había ganado suficiente dinero y quería aprovechar el tiempo para disfrutarlo, De Florio fue ascendido para sustituirlo.

Al final se le otorgó un título oficial y un despacho simplemente para poder justificar su presencia, ya que a la junta le resultaba más práctico tenerlo cerca y siempre disponible.

La Southern Republic poseía instalaciones en todo el sudeste de Estados Unidos, pero sus principales generadoras de ingresos, una papelera de cuatro mil metros cuadrados y una fábrica de producción de bolsas de papel de dieciocho mil metros cuadrados, estaban en Concord.

La facturación anual rondaba los dos mil millones de dólares, y las amenazas de pleitos, robos y fraudes eran constantes.

Tanto que, en el pasado, la compañía tenía contratada de manera permanente a una empresa de seguridad externa para su protección.

Ocho años atrás ese servicio se había internalizado y colocado bajo la supervisión directa de De Florio, de cara a la galería con el fin de ahorrar gastos y, en privado, para acoger la expansión creciente del Programa Prioridad.

De Florio había programado el inicio de su jornada para que coincidiera con el final de la reunión de junio de la junta.

Sabía que los tres propietarios se habían reunido, pero el reglamento era claro: en cuanto se ejecutaban órdenes relativas al Programa Prioridad, debía darse parte inmediato del resultado al presidente.

Subió en ascensor hasta la planta veintinueve y salió por la puerta con confianza.

Suelos de mármol, paredes revestidas de madera y un techo artesonado con arcos lo rodeaban.

Se dirigió hacia el rincón de la dirección que acogía los despachos de los tres dueños. Se cruzó con Chris Bozin en el pasillo.

–Buenos días, señor –lo saludó al pasar por su lado.

Bozin le devolvió el saludo con un asentimiento de cabeza.

No era un hombre parlanchín. Generalmente, entre ellos solo había habido una relación laboral.

Bozin era un alma sombría y paternal con un rostro amable en cuyo centro destacaba una nariz romana afilada.

Alto, erguido, de aspecto y porte distinguido, con gruesas gafas que ampliaban sus grises ojos escrutiñadores.

Conservaba su poblado pelo ondulado, ahora ya entrecano, responsable del apodo que la prensa y las publicaciones del sector utilizaban en ocasiones para referirse a él: el Zorro Plateado.

Un juego de palabras que también aludía al astuto don que Bozin poseía para los negocios.

Era, con mucho, el que tenía más cerebro y agallas de los tres socios, responsable en gran medida del éxito de la empresa.

De Florio siguió caminando, dobló una esquina y llegó al despacho de Hamilton Lee justo cuando este y Hughes salían del ascensor privado que comunicaba con la planta treinta. Hughes y él intercambiaron las cortesías de rigor antes de que el socio se excusara.

Entonces Lee lo hizo pasar a su despacho y cerró la puerta.

El diáfano espacio disfrutaba de vistas panorámicas sobre el centro urbano de Atlanta.

De Florio lo sabía todo acerca de la decoración.

La mesa era una antigüedad francesa importada desde Languedoc.

El sofá y las sillas procedían de la Inglaterra decimonónica.

La pequeña mesa de reuniones era una mesa de comedor de estilo art nouveau reconvertida para su uso como mesa de negocios.

A Lee le gustaba atribuirse el crédito del aspecto de su oficina, pero De Florio sabía que un diseñador de interiores del norte de Atlanta lo había coordinado todo profesionalmente, hasta el último detalle.

Para ser sinceros, su gusto era demasiado pretencioso y, cuando lo visitaba, tenía más la sensación de estar en un museo que en un despacho.

–Siéntate, Jon. ¿Te apetece un café? –le preguntó Lee mientras se dirigía a la barra que había en una de las paredes.

Jon declinó su ofrecimiento.

Lee se sirvió café en una taza de porcelana y luego se dirigió hacia su mesa, situada en diagonal ante dos ventanales que hacían esquina. De Florio se había acomodado en una de las butacas georgianas de brazos abiertos que había delante.

Lee tomó asiento.

–De acuerdo. Procede.

–Ya se han procesado las cinco Prioridades de la lista de mayo.

La Número 1: ataque de corazón. La Número 2: insuficiencia renal.

Ambas muertes verificadas por colaboradores in situ.

Como sabe usted, hubo un problema con la Número 3, pero se corrigió anoche.

La verificación in situ fue imposible. Pero lo he comprobado esta mañana.

El ordenador del sanatorio registraba la muerte durante la noche, a una hora indeterminada.

Y aunque no dispongo de confirmación independiente con respecto a los Números 4 y 5, mi colaborador confirmó su muerte mediante la observación en primera persona.

–¿Y las causas?

–La del Número 4, sobredosis. Y la del Número 5, shock anafiláctico provocado por picaduras de avispa. Los cinco procesamientos guardaban coherencia con los criterios establecidos para cada uno de ellos.

Lee bebió un sorbo de café.

–¿Algún problema más?

–Todo fue como la seda, sin incidentes.

–No deja de sorprenderme tu creatividad. Debe de ser muy interesante orquestar de manera inocua resultados tan variopintos.

–Para eso me pagan.

–¿A qué se debió el problema con el Número 3?

–Los criterios indicaban claramente alterar la medicación...

–Y había un buen motivo para ello.

Era consciente de que en ocasiones la junta tenía en cuenta la existencia de seguros de vida y de automóvil para tomar sus decisiones.

A veces se usaba la doble indemnización por muerte accidental para ayudar económicamente a las personas dependientes de la Prioridad.

Pero no era un gesto enteramente altruista.

El reglamento exigía que los métodos de procesamiento fueran variados, y los errores con la medicación eran una variante explicable que no revertía en ningún caso en la empresa.

Cualquier posible responsabilidad recaía en terceras partes.

–¿Cómo se produjo el error de procesamiento? –quiso saber Lee.

–El colaborador logró cambiar la receta, pero el medicamento por el que la sustituyó no fue lo bastante potente para inducir la muerte de la persona. Fue un error de cálculo inaceptable por su parte.

–¿Y qué consecuencias tendrá ese error? –preguntó Lee.

–Se adoptarán acciones correctivas.

–Estaba seguro de ello –dijo Lee, inclinando su tacita.

De Florio no se dio por aludido. Los elogios significaban poco para él.

–La junta acaba de dar luz verde a las tres Prioridades restantes de la lista de mayo. No se han establecido criterios. Ya se han efectuado las comprobaciones previas, ¿correcto?

Asintió.

–Sus expedientes están preparados, a punto.