La lista DÍA 2MIÉRCOLES, 7 DE JUNIO #5
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DÍA 2MIÉRCOLES, 7 DE JUNIO #5

Habían formado parte del acuerdo del convenio colectivo negociado a principios de 1990 y exigían que la empresa pagara una prestación a los herederos de sus empleados basándose en una fórmula que tomaba en consideración la antigüedad laboral y la cantidad aportada por el empleado al fondo.

Era una forma de seguro de vida cuya financiación había resultado ser costosa.

A finales de la década de los noventa, por insistencia de Chris, esa compensación se había eliminado de los tres acuerdos de negociación colectiva.

Pero algunos de los empleados de más edad seguían teniendo derecho adquirido a su pago.

–El ahorro básico derivado de los tres casos, tras abonar las prestaciones por deceso, rondaría los tres millones –dijo Hughes–, y eso en función de lo bien o mal proyectados que estén los gastos médicos de los Números 7 y 8.

–Perfecto –dijo Lee con una sonrisa de satisfacción–. Será un ahorro bienvenido. Podemos destinar ese dinero a otra cosa.

A Chris todo aquel tema le asqueaba. Cada vez con más frecuencia, Lee, con la complicidad de Hughes, recurría a la lista para compensar los dólares que perdían a causa de una gestión deficiente o de alteraciones en el mercado.

El Programa Prioridad no se había concebido con esa amortización en mente.

–¿Tenemos expedientes sobre estos tres casos? –preguntó Hughes.

Lee asintió con la cabeza.

–Cuando los preautorizamos en abril, ya se hizo el trabajo de investigación, anticipando su priorización en mayo. Están listos para su procesamiento inmediato.

Conocía el procedimiento. Nadie se convertía en una Prioridad sin pasar por una aprobación previa, tras la cual se generaba el debido expediente informativo. De ese modo, cualquier problema o asunto peliagudo podía solventarse rápidamente.

–Propongo que prioricemos a los tres restantes de la lista de mayo –dijo Lee.

Hughes dio curso a la moción secundándola.

–Yo planteo una enmienda de «solo despido» al Número 7, en lugar del procesamiento completo –dijo Chris.

No era una sugerencia fuera de lugar. No todo el mundo se convertía en una Prioridad absoluta. De vez en cuando se establecían criterios, condiciones que imponían cómos y cuándos específicos con respecto al modo de procesamiento.

–¿Aceptas la enmienda tal como se plantea? –le preguntó Lee a Hughes.

–No.

–Yo tampoco. ¿Algo que añadir?

Chris guardó silencio. Carecía de sentido seguir discutiendo.

–Procedemos a votar la moción a mano alzada. ¿A favor? ¿En contra?

La moción fue aprobada por dos votos a favor y uno en contra.

10:30 h

Brent siguió organizando su despacho, yendo en busca de las cosas que necesitaba a un armario de material que había al final del pasillo.

No le habían asignado una secretaria. En su lugar, compartía con el director jurídico los servicios de tres damas, todas ellas supervisadas por una atenta señora mayor llamada Martha Riddle que hacía casi un cuarto de siglo que trabajaba en la papelera.

–Estamos muy contentos de tenerlo con nosotros –le dijo Martha–. Conocí a su padre. Era un hombre encantador.

Solían decírselo.

–Sí que lo era.

–Todos lo echamos de menos.

Él también.

–¿Cómo está su madre?

–Creo que se alegra de volver a tener a su hijo en casa.

Su madre y él habían decidido mantener su enfermedad en secreto. No era asunto de nadie. Sin embargo, Brent sentía curiosidad por algo:

–¿Este era el despacho de mi predecesor?

Martha asintió con la cabeza.

–Así es. Peter era un abogado excelente. Trabajaba muy duro.

–¿Cuánto tiempo estuvo aquí?

–Cinco años. Todos disfrutamos trabajando con él.

Sabía que el hombre había tenido una muerte trágica: suicidio. Pero desconocía los detalles.

–¿Era un hombre atormentado? –preguntó.

–Era más bien... taciturno. Triste. Era raro verlo sonreír o reír. Aun así, era una bendición trabajar con él. Siempre me dio la impresión de que le preocupaba algo. Nunca habría imaginado que se quitaría la vida.

Brent entendía esa observación perfectamente.

–A veces cuesta imaginarlo.

–Peter era un buen abogado. Trabajaba en los casos con mucha pericia.

–Parece que me ha dejado el listón bastante alto.

Martha sonrió.

–Estoy segura de que estará a la altura.

–Supongo que habrá visto usted a mucha gente entrar y salir de este despacho.

–¡Y que lo diga! Somos como un despacho de abogados de dos socios con un solo cliente. Pero es un cliente grande.

Tenía razón. Brent señaló las cajas de expedientes apiladas que acababan de traer hacía solo unos minutos.

–¿Cuántos casos de solicitud de indemnización laboral activos tenemos en estos momentos?

–Doscientos treinta y uno –respondió ella sin titubear.

A Brent estuvo a punto de escapársele una sonrisa. Aquella mujer parecía saber todos los detalles. Le recordaba mucho a su madre, a quien tampoco se le pasaban muchas cosas por alto.

Contó mentalmente las cajas. Veintidós. Muchas, desde luego, pero no era muy distinto de los casos activos que tenía en la Oficina del Fiscal del Distrito, o cuando practicaba la abogacía por su cuenta.

Entonces se había ocupado casi de cualquier caso que entraba por la puerta.

Honorarios bajos. Honorarios altos. Y a veces sin honorarios siquiera.

Tenía empleados a dos ayudantes y, juntos, llevaban el bufete.

Cuando cerró, le había resultado fácil encontrarles un empleo nuevo.

Sus excelentes reputaciones los precedían.

Y allí estaba él ahora, no en calidad de jefe, sino de mero empleado.

Un pequeño diente de una maquinaria enorme.

–Le dejo para que vaya familiarizándose con sus nuevos clientes –le dijo Martha, señalando las cajas–. Estos son los casos activos. Los archivos retirados de los diez últimos años están en la planta de abajo. Y el resto se almacenan fuera de estas instalaciones.

Estaba bien saberlo.

–Una pregunta –le dijo él–. ¿De dónde vienen estas cajas?

–Tras la muerte de Peter –respondió ella–, las enviamos a un bufete externo en Savannah, ellos han sido quienes se han ocupado de mantenerlo todo al día de manera temporal.

Pero ahora que está usted aquí, retomamos la normalidad, así que pedí que nos las devolvieran.

Ese despacho sigue estando a nuestra disposición, si necesitamos que nos ayuden con los expedientes.

Sin embargo, en ese caso es preciso que el director jurídico dé su aprobación primero.

–Entendido.

Martha se fue y él decidió ponerse manos a la obra con la parte difícil.

Abrió la primera caja y empezó a transferir expedientes a los tres archivadores metálicos que forraban una pared de su nuevo despacho.

Por suerte, las cajas estaban ordenadas alfabéticamente y empleó el tiempo en anotar los nombres en cada expediente.

Siguió vaciando cajas, llenando los cajones metálicos y cerrándolos con un molesto chirrido.

Empezaba a sudar; el aire acondicionado del edificio no era demasiado eficiente para combatir el calor y la humedad.

Ya tenía dos archivadores llenos.

Empezó con el tercero, apilando los expedientes encima y transfiriéndolos a los cajones, de uno en uno, mientras apreciaba que los había de una enorme variedad, gruesos y delgados.

No le apetecía nada leer tanto papel. Pero lo haría.

Tendría que hacerlo. No había otro modo de prepararse.

¿Qué dijo Confucio? «El éxito depende de la preparación previa; sin ella, seguro que llega el fracaso».

Así era.

Llenó el segundo cajón del tercer archivador y lo cerró con una fuerza un tanto excesiva, provocando que el montón de carpetas que había encima se deslizaran hacia la pared. Logró contener la avalancha, pero no antes de que uno de los expedientes cayera detrás del archivador.

Genial.

Cogió el montón de encima y lo embutió en el cajón siguiente.

Luego, apartó el archivador semivacío y divisó el expediente, que, milagrosamente, había caído con el lomo hacia abajo, de manera que su contenido seguía intacto.

Extrajo la carpeta y divisó algo más en el suelo, apoyado contra la polvorienta pared.

Una pequeña fotografía enmarcada.

La sacó y vio que se trataba de una foto de familia. Una mujer con dos hijos pequeños delante del castillo de Cenicienta en el Mundo Mágico de Disneylandia. La típica foto de turista que millones de familias poseían. Sus padres lo habían llevado allí en dos ocasiones de niño.

Pero esa imagen era diferente.

La mujer.

Había ido a verlo a su casa la noche anterior.

10:40 h

Hamilton Lee no estaba de buen humor.

–Chris se está convirtiendo en un incordio.

Bozin acababa de marcharse, una vez que se levantó la sesión. Él y Hughes se habían quedado en la sala de juntas, uno de los pocos lugares donde consideraban que podían hablar con libertad, sin que se vulnerara su privacidad.

–Antes me divertía comprobar hasta dónde era capaz de tirar de la cuerda con él –siguió–. Pero ahora me resulta tedioso. Creo sinceramente que ese viejo capullo está perdiendo el temple. Creo que le gustaría jubilarse, pero le da miedo delegar en nosotros.

–¿Ha sugerido algo acerca de jubilarse? –preguntó Hughes.

Lee negó con la cabeza.

–Pero me han llegado rumores de la oficina. Tiene una aventura desde hace tiempo con su secretaria. Y ella quiere que se retire y se case con ella. Pero él la escucha tanto a ella como a nosotros.

–La verdad es que Chris no tiene buen aspecto últimamente. Quizá podríamos proponerle que se jubilara. El dinero no puede ser un problema para él. Y aunque lo fuera, la indemnización por cese ascendería a millones.

Hughes se refería a su acuerdo como accionistas de la empresa, que recogía específicamente el pago en efectivo de varios millones de dólares en caso de que uno de ellos falleciera o se jubilara.

–Quizá deberías insinuárselo tú –dijo Lee–. A mí me enviará a freír espárragos. Pero algo hay que hacer. Necesitamos tener capacidad para determinar Prioridades sin tanta discusión. La verdad es que no entiendo por qué Chris tiene tantas reservas. Antes no dudaba tanto.

–Estoy de acuerdo, sobre todo teniendo en cuenta lo que nos jugamos.

–Exactamente. Todos los empleados de Concord tienen una vida fantástica.

Les pagamos bien. Tienen el mejor seguro de salud de todo el sector.

Cuando se retiran, les damos una pensión generosa.

Los cuidamos desde la cuna hasta la tumba.