DÍA 2MIÉRCOLES, 7 DE JUNIO #4
–Lo que quiero decir es que si te pasaras en el despacho el mismo tiempo que te pasas en el campo de golf, a todos nos iría mucho mejor.
–Me molesta que me digas eso.
–Me importa un comino que te moleste. Esto es una empresa, Hamilton, no un pasatiempo.
Este sector se está contrayendo cada día más.
Cada vez se prescinde más del papel. Los obstáculos arancelarios y los subsidios proteccionistas que les ofrecen a nuestros competidores extranjeros han hecho que el terreno de juego sea totalmente inestable.
Los aranceles a la exportación y las tasas a las exportaciones de madera aumentan cada año. Nada de esto pinta bien.
–¿No lo compensamos fabricando materiales sanitarios y embalajes? –replicó Hughes.
–Hasta cierto punto –le respondió–. La gente hoy lo compra todo por correo y el cartón que fabricamos ayuda. Las toallitas de papel y los productos de limpieza también son artículos sólidos. Pero no bastan. Vamos a notar la mordida, de eso no hay duda.
–Yo hago mi trabajo –declaró Lee–. Pero, a diferencia de ti, tengo una vida fuera de este edificio.
–Pues es una suerte para esta empresa que yo no la tenga, porque, de lo contrario, ya estaríamos en el capítulo 11, «Bancarrota».
–¿Por qué no desviamos la atención hacia las negociaciones sindicales? –propuso Hughes, con la voluntad clara de aligerar la tensión–. ¿Estamos preparados?
Le molestaba la interrupción, pero era típico de Hughes: no tenía agallas para pelear. Era un vasallo, y últimamente había enganchado su caballo al vagón de Lee con frecuencia, lo cual había resultado en muchas votaciones dos a uno.
–Estamos listos –dijo Lee–. Nuestro asesor jurídico adjunto ya está en ello. Brent Walker se ha incorporado esta mañana.
–¿Y ya ha ido a verlo Hank Reed? –preguntó Hughes.
–Lo hará antes de que acabe el día.
–El Departamento de Relaciones Laborales me ha asegurado que tenemos suficiente apoyo entre los empleados del papel y los maquinistas para lograr pactos quinquenales –dijo Hughes–.
Por supuesto, conseguir el visto bueno de los electricistas dependerá de Reed y de lo agradable que esté dispuesto a mostrarse.
–Hank colaborará con nosotros –dijo Chris–. Siempre lo ha hecho.
–Esta vez podría ser distinto. La última vez nos costó conseguir un acuerdo por cinco años. Tuvimos que conceder un aumento porcentual adicional a los salarios e incluso colaborar en la construcción de la sede sindical. Quién sabe si Reed no nos pedirá una piscina esta vez...
–Hamilton, lo único que intenta esa gente es ganarse una vida digna. Les pagamos bien para la zona, pero cinco años de bloqueo salarial es mucho pedir. Y Hank sabe jugar sus cartas. No deberíamos subestimarlo.
–Precisamente para eso está aquí Brent Walker –dijo Lee, con tono burlón–. Fue idea tuya, ¿no?
–Por suerte, a uno de nosotros le dio por pensar.
–Contratar a Walker ha sido un buen movimiento –dijo Hughes, volviendo a calmar las aguas–. Todos estuvimos de acuerdo. Será un activo valioso. Pero esta negociación va a ser dura.
–Creo que deberíamos prepararnos para hacer algunas concesiones –planteó Chris.
Lee se erizó.
–¿Como qué?
–Un ajuste en los gastos médicos deducibles. Quizá ofrecer seguridad sobre las horas extras garantizadas. O tal vez algunos días libres o bajas por enfermedad adicionales. Nimiedades que a nosotros nos resulten relativamente baratas, pero que para ellos supongan una gran diferencia.
Lee negó con la cabeza.
–Reed nos restregará esas minucias por la cara.
–Ya lo creo –intervino Hughes–. Exigirá aumentos salariales sólidos y nos retorcerá los brazos hasta que los consiga. He oído que ya está hablando con los maquinistas y los trabajadores del papel, que los está preparando para negociar con nosotros.
–A mí también me ha llegado esa información –dijo Lee–. Pero no creo que esas discusiones vayan a ser un problema.
–¿Y eso por qué? –quiso saber Hughes.
–Os propongo algo –dijo Lee–. ¿Por qué no abordamos las negociaciones de convenios colectivos en una reunión de la junta especial la semana próxima? Enviaré una nota interna con la fecha y la hora. Ahora mismo, de lo que tenemos que hablar es de la situación del Programa Prioridad.
Chris dejó su pluma en la mesa. Las conversaciones sobre ese tema no figuraban en las actas. Tampoco se guardaba un registro de los votos.
–¿No autorizamos cinco Prioridades de los ocho candidatos en la última reunión?
–En efecto, y todas se han procesado. Pero ha surgido un problema. Una de las cinco sobrevivió al primer encuentro y tuvo que volverse a procesar.
Le sorprendió oírlo.
–Por suerte, la Prioridad acabó en el sanatorio del condado de Woods y fue fácil gestionarla –continuó Lee.
–¿Y qué hay del error? –quiso saber Hughes.
–Tengo una reunión sobre ese asunto cuando levantemos la sesión. El tema del que debemos ocuparnos ahora son las otras tres Prioridades de la lista.
–¿Por qué es necesario autorizar más? –quiso saber Chris.
Lee lo miró desde el otro lado de la mesa de reuniones.
–Acabas de decirnos que atravesamos momentos difíciles. Hasta el último dólar cuenta.
Lo dijo en tono de burla, pero sabía que a Lee le gustaba tirar de la cuerda. Y últimamente la cuerda era cada vez más corta, sobre todo en el tema de las Prioridades. Decidió no picar el anzuelo.
–No hay necesidad de autorizar ninguna más –se limitó a decir.
–Por supuesto que la hay. La última vez íbamos a autorizar ocho y nos detuvimos en cinco.
Lee se volvió hacia Hughes.
–Pásanos la lista, por favor.
10:08 h
Chris observó a Hughes escribir en el teclado, introduciendo un código de acceso que solo conocían los tres propietarios y cambiaba cada pocos días.
Una vez dentro de la carpeta protegida, Hughes abrió el archivo prioridad.
Al instante, en las tres pantallas apareció una columna con ocho secuencias numéricas.
–Esta es la lista de la reunión de mayo –dijo Hughes–. Las cinco primeras Prioridades se autorizaron; las tres últimas no.
–¿Quiénes son las tres últimas? –quiso saber Lee–. No hablamos de ellas.
Hughes abrió otra carpeta e hizo doble clic con el ratón. La información sobre los antecedentes se desplegó en una ventana en las tres pantallas.
–El Número 6 es Melvin Bennett. Sesenta y cuatro años.
Se jubiló anticipadamente hace dos años.
Los informes médicos revelan que presenta una buena salud, salvo por una diabetes que tiene controlada.
De no producirse complicaciones graves, podría vivir otros catorce años, si nos guiamos por las tablas de mortalidad.
Si Bennett vive esos catorce años, nuestra proyección de pagos de la pensión asciende a quinientos noventa mil dólares.
Y eso sin contar las facturas médicas, que seguro que las habrá.
Ahora mismo, nuestros jubilados medios incurren en unos cuarenta y ocho mil dólares anuales en facturas médicas.
Si se autoriza la Prioridad, debemos ser conscientes de que tendremos que pagar una indemnización por deceso de cincuenta mil dólares.
Pero el ahorro residual, sin contar las facturas médicas, rondará los seiscientos mil.
Chris desvió la mirada hacia Lee.
–¿Y qué hay de los Números 7 y 8? –preguntó Lee.
–El Número 7 es Paul Zimmerman. Actualmente está en nómina en la papelera, en la central eléctrica.
Es un buen empleado. Lleva diecisiete años con nosotros.
Su expediente está limpio. Pero tiene cinco hijos y los gastos médicos de sus dependientes han ascendido a cerca de medio millón de dólares en los dos últimos años.
Tiene un hijo discapacitado y otro con un problema de crecimiento.
Las inyecciones hormonales cuestan tres mil dólares por unidad, y necesita cuatro al mes.
Los informes médicos indican que necesita seguir aplicándoselas otros dos años más.
Nuestros cálculos exceden el millón en gastos médicos para sus dependientes entre los veinticuatro y los treinta y seis próximos meses.
Hughes hizo una pausa.
Chris aprovechó el momento para estudiar la información del expediente del Número 7, como aludirían al hombre a partir de ese momento. No era necesario explicitar lo evidente. Que, a la muerte de Zimmerman, las personas que dependían de él ya no tendrían acceso a los beneficios médicos.
–Sugiero que lo despidamos, sin más. Con eso solucionaríamos el problema y conseguiríamos el ahorro que buscamos. Y él podrá solicitar la asistencia médica obligatoria del Gobierno y recibir el subsidio. Para eso precisamente se concibió la Ley de Atención Médica Asequible.
–Cierto –replicó Hughes–. Pero nos comportará problemas sindicales y seguramente una demanda que tendremos que luchar. Aun así, estoy seguro de que algo se nos ocurriría para respaldar nuestra decisión.
Chris señaló la indemnización por deceso de la pantalla.
–La mujer no puede vivir con cincuenta mil dólares y alimentar a cinco hijos. Dejarlo en el paro sería más que suficiente para nuestras necesidades y permitiría a ese hombre mantener a su familia buscando trabajo en otra parte.
–¿A qué sindicato pertenece? –preguntó Lee.
–Al de electricistas –respondió Hughes.
Lee negó con la cabeza.
–Estamos hablando de Reed. Se nos tirará encima y nos reclamará que lo readmitamos en el trabajo y le paguemos los salarios perdidos.
Es probable que incluso nos pida unos días de vacaciones para que el hombre procese el trauma por el que habrá pasado.
Ya he visto esa película antes. Ni hablar.
No es mi problema cómo se alimente a esos cinco niños. ¿Qué hay del Número 8, Larry?
–Michael Ottman. Setenta y uno. Se jubiló hace seis años.
Tiene problemas de corazón y cáncer de huesos.
Los costes previstos se sitúan entre el millón y el millón y medio de dólares para la quimioterapia y los tratamientos oncológicos y otros doscientos y pico mil dólares para los cuidados en la etapa terminal, en función de cuánto dure.
Evidentemente, estas cifras están sujetas a fluctuaciones, pero sea como sea serán sustanciales.
Y, además, tendremos que pagar una indemnización por deceso.
Las indemnizaciones por fallecimiento eran un engorro.