DÍA 2MIÉRCOLES, 7 DE JUNIO #3
Se requería una enorme cantidad de electricidad, petróleo, carbón y gas natural para mantener la papelera de Concord en funcionamiento, y la batalla por almacenar provisiones asequibles y disponibles de cada uno de ellos era constante.
Desde hacía tiempo, el carbón era su fuente energética principal.
Era, de lejos, la más barata. Hacía seis años, por insistencia de Chris, habían invertido treinta y cinco millones de dólares en instalar una caldera de combustión de carbón para reducir costes.
Pero los precios del carbón no habían dejado de aumentar y ahora esa inversión se antojaba cada vez más una mala decisión.
Lee se volvió hacia él.
–Chris, ¿los beneficios se mantienen?
Paró de tomar notas y dejó en la mesa su pluma dorada, un regalo que Nancy le había hecho las navidades pasadas. Miró su monitor y localizó la información relevante. Con solo pulsar una tecla, transfirió los datos a los otros dos ordenadores.
–Tenéis en vuestras pantallas el diagrama de flujos previsto para el próximo trimestre. Lo que me preocupa son los precios de la madera. Están fluctuando muchísimo y, definitivamente, afectarán al balance final de cuentas.
No había ocultado su insatisfacción con la gestión que Hamilton Lee hacía de la división de silvicultura.
La madera era el alimento básico en la dieta diaria de la papelera.
Casi ocho mil metros cúbicos de madera se transformaban laboriosamente en pulpa cada veinticuatro horas.
La ecuación era sencilla: sin madera no había papel, de modo que había que garantizar una provisión constante y asequible de árboles.
La madera obtenida en los terrenos de la empresa ayudaba.
Pero la mayor parte procedía de árboles externos y los precios en el mercado libre fluctuaban de continuo, lo que significaba que requerían atención constante, cosa que Hamilton Lee rara vez les prestaba.
–Los malditos dueños de la madera parecen decididos a exprimir hasta el último centavo que puedan –se lamentó Lee–. Y los de la bioenergía están comprando árboles en cuanto maduran, lo cual comporta un aumento de precios para los fabricantes.
–¿Y qué hay de nuestras reservas? –se interesó Hughes.
Hizo una mueca al oír la pregunta. La respuesta de Hughes a todo era seguir exprimiendo los recursos de la empresa.
La Southern Republic era propietaria o controlaba, mediante cesiones a largo plazo, miles de hectáreas de pinos.
Pero esa madera se designaba «de reserva» por un motivo: para utilizarse solo en caso de emergencia para poder mantener la papelera operativa.
La idea era negociar y comprar los árboles de otra gente al precio más barato, no cosechar de manera indiscriminada madera que costaba mucho cultivar.
–Por ahora, prefiero pagar el precio del mercado libre –dijo Lee–. Es más barato que talar y replantar nuestros propios árboles.
Chris sonrió con suficiencia. Era el mismo tema que había suscitado la acalorada discusión del mes pasado. Seguía preguntándose cómo era posible que Lee conociera los costes siquiera, ya que la mayoría de las notas internas que circulaban en esos momentos regresaban sin firmar.
–No me suena nada bien –dijo Hughes–. Chris, ¿cómo va el balance final?
9:20 h
Brent clavó los clavos en el pladur y reconstruyó su pared del ego.
Había descolgado todos los cuadros unos días antes de su despacho en el centro de Atlanta.
El diploma de licenciado en Humanidades por la cercana Universidad de Georgia del Sur.
La licenciatura en Derecho por la Universidad de Georgia.
Su admisión en el Colegio de Abogados de Georgia.
Los certificados de aceptación ante la Corte Suprema de Georgia, el Tribunal de Apelaciones de Georgia y los tribunales de distrito de los Estados Unidos.
Todos ellos habían viajado de Concord a Atlanta y viceversa.
El Edificio B era una de las edificaciones administrativas antiguas de la papelera.
Sus paredes estaban forradas con un papel vinílico de color lila descolorido por el paso de los años y los plafones del techo acústico estaban manchados de nicotina, un recordatorio de los tiempos en los que se permitía fumar en el trabajo.
Las escaleras eran de granito de Georgia, con los pasamanos de latón lustrados por el roce.
Y los pasillos estaban alicatados con finas baldosas sobre hormigón duro.
Su despacho contaba con una hilera de ventanas de aluminio deslucido protegidas por unas polvorientas persianas venecianas que bisecaban el sol de la mañana sobre los diplomas recién colgados, formando franjas alternas de luz y sombra.
Los fluorescentes del techo zumbaban lo suficiente para resultar molestos.
Su mesa, de acero inoxidable, era de color gris plomo, con sobre de formica laminado, y la butaca estaba tapizada en un oscuro vinilo verde agrietado.
Una mesa de metal negro lisa servía de soporte al terminal informático.
El suelo, como el resto del espacio del director jurídico, estaba cubierto por una moqueta muy tupida en un tono de gris sucio.
Su nuevo jefe, el asesor jurídico de la Southern Republic desde hacía mucho tiempo, le había dicho que, antes que nada, aquello era una fábrica de producción. Allí el lujo no duraba mucho tiempo.
Y tenía razón.
–¿Echarás de menos juzgar a todos esos criminales?
Se volvió.
Hank estaba en la puerta, vestido con su uniforme estándar de la fábrica: camisa de manga corta, pantalones caqui manchados y botas de trabajo blanqueadas por la cal.
Ropa vieja, sin duda alguna, pero mucho mejor que los vaqueros azules y los monos hechos jirones que lucían la mayoría de los trabajadores.
Su viejo amigo llevaba el mismo casco que hacía años, con la palabra GALLITO escrita con rotulador negro sobre el logotipo de la empresa.
Era el apodo que le habían puesto los miembros de la HITSE hacía años, en alusión a su actitud bravucona con la dirección.
–¿Qué te trae por aquí? –le preguntó Brent.
Hank se encogió de hombros.
–La empresa espera que me deje caer antes o después. Así que, para tenerlos contentos, se me ha ocurrido aparecer antes.
–Nunca entenderé cómo puedes trabajar todo el día y que no se te borre la raya de los pantalones.
–Mucha práctica. Ahora responde a mi pregunta: lo echarás de menos, ¿verdad?
–¿Quién no lo haría? Era un empleo fantástico.
Fui afortunado de que el fiscal del distrito del condado de Fulton decidiera saltarse la norma y contratar a alguien sin experiencia como abogado de la acusación.
Recuerdo los dos días de entrevistas. Iba de despacho en despacho, conociendo a otros fiscales e intentando hacerme un hueco conversando sobre temas triviales.
–Sacudió la cabeza–. Todo me resultaba ajeno.
Surrealista. Un cambio radical de la vida cotidiana a la que estaba acostumbrado como abogado por mi cuenta.
–Debiste causarles una buena impresión.
–Era muy ingenuo. El mundo es muy distinto en Atlanta. Radicalmente diferente a lo que pasa aquí.
Pero lo había logrado y había acabado medrando a un puesto como supervisor de otros fiscales. Al fiscal del distrito le había sabido mal su partida.
–¿Estarás bien? –le preguntó Hank con voz de preocupación.
Brent miró a su viejo amigo.
–Creo que sí.
–Ashley tiene muchas ganas de hablar contigo.
Brent dudó y luego dijo:
–Creo que prefiero esperar a mañana. No me veo capaz de gestionar tantas emociones en un mismo día.
–La cuestión es si ella esperará. ¿Quieres un consejo de un viejo amigo con heridas de guerra, aunque no me lo hayas pedido? Ve lento, pero seguro.
–Tengo la sensación de que ese fue precisamente el error que cometí en su día.
–Probablemente. Pero ahora cuentas con el lujo del tiempo. Úsalo con inteligencia.
Era un buen consejo.
–Echaba de menos que me dijeras qué tengo que hacer todo el tiempo.
–Como si alguna vez me hubieras prestado atención.
–Tenías razón sobre Paula –dijo Brent.
–Precisamente en eso me habría gustado equivocarme.
Hank le había dicho desde el principio que parecía una mujer inestable.
Su abuela se había suicidado y su padre lo había intentado una vez cuando ella no era más que una niña.
Pero Brent no le había escuchado, convencido de que Paula era distinta.
Cuánto se había equivocado. Sin embargo, sabía cuál era el motivo real de la visita de Hank, así que fue directo al grano.
–¿Me vas a dejar un poco de cuerda?
–¿A qué te refieres?
–Lo sabes perfectamente. Ahora es la Southern Republic la que firma mi nómina. Y quiero hacer un buen trabajo para ellos.
–Y yo quiero que lo hagas. Pero ¿qué tiene de malo darle una pequeña ayudita a un viejo amigo?
–¿No crees que sería un poco estúpido por mi parte canalizarte información?
La empresa no es tonta. Saben que en el pasado formamos equipo.
¡Caray, si probablemente ese sea el motivo por el que me han contratado!
Para evitar que volvamos a hacerlo. Además, no voy a participar en las negociaciones contractuales.
Me van a sepultar con casos de indemnizaciones laborales.
Se lo habían dejado claro en la entrevista de trabajo.
Hank sacudió la cabeza a ambos lados.
–Pensaba que te había enseñado a protegerte mucho mejor que eso.
Quizá sí. Hank le había enseñado mucho a lo largo de los años.
Sobre todo acerca de la lealtad y la amistad.
Consideraba a aquel hombre un hermano, un padre y un amigo, todo ello combinado en una personalidad vociferante que a muchos les resultaba ofensiva.
Pero a él no. Él había aprendido que bajo aquella fachada bronca ocultaba una capacidad de empatía y afecto asombrosos.
Nada explícito nunca. Solo una mirada. Un gesto.
Tácitos, pero comprensibles. Miradas y gestos que decían: «Cuenta conmigo si me necesitas».
–No has respondido a mi pregunta –le dijo Brent–. ¿Vas a dejarme tranquilo?
Hank giró sobre sus talones para marcharse.
–Volveremos a hablar. Pronto.
Pero Brent quería saber algo:
–¿Cómo está Ashley?
–Jodida –dijo Hank mientras se alejaba.
9:40 h
Chris miró al otro lado de la mesa y respondió la pregunta de Hughes:
–Nuestra situación financiera está bien. Pero no es excelente. –Le clavó los ojos a Hamilton Lee, con dureza–. Podría ser mejor.
–¿Qué quieres decir con eso? –preguntó Lee, picando el anzuelo.