DÍA 2MIÉRCOLES, 7 DE JUNIO #2
Años atrás, la empresa ocupaba más plantas, pero eso había cambiado hacía cuatro años, cuando la mayoría de los departamentos corporativos se trasladaron quinientos kilómetros al sur, a Concord, de tal manera que solo el equipo de ventas y los propietarios habían permanecido en Atlanta.
El personal de ventas se había quedado allí porque, junto con las oficinas satélite de Nueva York, Chicago y Los Ángeles, Atlanta había demostrado ser un punto de acceso más práctico para los compradores internacionales de los principales productos de la empresa: papel, madera,
bolsas y material de construcción.
Y los propietarios se habían quedado porque ninguno de ellos quería pasarse la vida en la calurosa y húmeda Georgia central.
Entró en la ajetreada entreplanta y subió en el ascensor hasta la planta veintinueve. Sus oficinas, una suite de dos despachos, daban al nordeste y concordaban con su estatus como cofundador y propietario de un tercio de la Southern Republic Pulp and Paper Company.
–Buenos días –saludó a su secretaria–. Hace un día muy bonito. –Continuó caminando hacia su despacho, seguido por Nancy–. ¿Qué nos depara esta mañana?
–Pues no va a ser un día fácil –le respondió ella–. ¿Cómo te encuentras?
Él se quedó de pie junto a su mesa.
–Ya sabes que no me gusta que me hagas de madre.
–¿Te duele algo?
–Todavía no –respondió él, antes de añadir–: Pero gracias por preguntar.
Sabía que Nancy se preocupaba por él mucho más de lo que ninguno de los dos admitiría nunca.
Él nunca se había casado y ella estaba divorciada.
Había pensado a menudo que él había sido la causa de que ella pusiera fin a su matrimonio, aunque nunca lo habían hablado.
Que siguiera siendo soltero con casi setenta años era, quizá, la cosa más extraña en él, un hecho que suscitaba rumores constantes, algunos de los cuales sugerían que era homosexual. Pero Nancy sabía bien que no era así.
–¿Podrías intentar que el señor Lee no te sobrecargue tanto de trabajo? –le preguntó ella.
–Eso es más fácil de decir que de hacer.
–¿Quieres que te concierte una cita con el médico?
Él sonrió.
–No te das por vencida, ¿eh?
–Solo estoy preocupada, Chris.
Nancy lo trataba de manera mucho más informal cuando no había nadie delante.
–Te lo agradezco, pero no. No necesito ningún médico. De verdad, estoy bien.
–Pues no lo parece.
Había esperado que ella no notara lo que él mismo había notado hacía un rato, mientras se vestía. Estaba demacrado, tenía los ojos cansados y la piel cetrina. Y no era solo a causa de la edad o del estrés. Había algo más. Algo malo.
–Cuando tenga un problema, lo pondré en tu conocimiento.
Ella negó con la cabeza.
–¡No te lo crees ni tú! Yo seguiré preguntando, por si acaso.
8:40 h
Chris salió del ascensor detrás de Nancy, cuyos tacones bajos resonaban en la moqueta mientras se dirigía hacia una puerta de caoba cerrada.
La planta treinta alojaba solo la sala de juntas de la empresa y un centro de conferencias para grandes reuniones que, en ocasiones, se cedía a terceras partes para que dieran fiestas, pues las vistas a través de sus muros acristalados y desde su mirador justificaban el alto alquiler que se cobraba.
Observó a Nancy abrir la puerta de la sala de juntas.
Las tres secretarias ejecutivas se alternaban la preparación de la reunión mensual de la junta.
La de Hamilton Lee se ocupaba de las de enero, abril, julio y octubre.
La de Larry Hughes, de las de febrero, mayo, agosto y noviembre.
Y Nancy era la responsable de las de marzo, junio, septiembre y diciembre.
Las normas de la empresa exigían que uno de los propietarios siempre fuera testigo de los preparativos.
Había otras cinco reglas ineludibles.
La primera: encender los fluorescentes del techo.
Aunque el espacio medía menos de treinta metros cuadrados y lo bañaba la luz matinal del sol, las luces del techo siempre permanecían encendidas.
La lámpara de araña de cristal de Bohemia importada de la República Checa que colgaba en el centro era meramente decorativa y solía permanecer apagada.
La segunda: preparar las ventanas. Un interruptor de pared corría mecánicamente un conjunto de estores de color marfil que cubrían el vidrio tintado.
Su opacidad seguía permitiendo que la luz de la mañana se filtrara, pero protegía el interior de las miradas curiosas.
Para las reuniones nocturnas había una segunda fila de cortinas retractables forradas que no permitían el paso de luz en ningún sentido.
Tanto las paredes como los vidrios estaban insonorizados.
La tercera: activar el inhibidor de señal que impedía la cobertura de telefonía móvil o que alguien pudiera escuchar de manera remota lo que sucedía en la sala.
La cuarta: preparar las estaciones de trabajo.
El diseño de la mesa de reuniones había corrido a cargo de una carpintería del norte de Georgia.
Estaba tallada en madera de caoba hondureña, con una forma única, como una rueda dentada de una compleja máquina circular, sin prominencia en ningún lado.
La fusión de los distintos bumeranes formaba tres estaciones de trabajo individuales, cada una de ellas equipada con una carpeta de piel, cuatro cajones, un ordenador y una butaca de respaldo alto.
Nada identificaba quién utilizaba cada estación.
Solo los cajones, que permanecían cerrados con llave, permitían diferenciarlas.
Nancy sacó una gamuza de un cajón y limpió el polvo de la mesa.
La superficie brillante combinaba con el revestimiento de caoba de las paredes lustradas de la sala.
El suelo estaba cubierto por una moqueta de color azul regio con la consistencia de una alfombra turca que ayudaba a insonorizar la estancia.
Nancy enderezó las butacas y las carpetas, y luego encendió los tres ordenadores.
Chris comprobó la hora en su reloj: las 8:59 h.
Y la quinta regla: una vez preparada, la sala de juntas no debía dejarse desatendida en ningún momento.
De manera que se dirigió a la puerta y esperó.
9:01 h
Chris observó cómo se abrían las puertas de latón del ascensor y los otros dos tercios de la corporación emergían a la planta número treinta.
Tanto Larry Hughes como Hamilton Lee vestían traje de negocios de sastrería.
Las únicas variaciones en su oscura temática conservadora eran sus elecciones de corbata, gemelos y joyas.
Juntos, los tres hombres eran propietarios de toda la empresa desde su buen principio.
Por motivos organizativos, las responsabilidades cotidianas se habían subdividido hacía unos años.
Chris se encargaba de la parte financiera, supervisaba la contabilidad, las nóminas, las compras, la facturación y las cuentas.
El ámbito de Lee era la producción, gestionar la papelera, los aserraderos, la fábrica de bolsas y las divisiones de productos para la construcción y silvicultura.
Y Hughes se ocupaba de todo lo demás: de las ventas, adquisiciones de terrenos, gestión de las propiedades, recursos humanos y las relaciones laborales.
Dentro de sus campos, cada uno era el rey supremo.
Pero solo en combinación, como la junta directiva, podían establecer políticas que afectaran al conjunto de la empresa.
Lee olía a su colonia habitual. Hughes, a los chicles que solía mascar. Chris se limitó a recibirlos con las cordialidades de rigor. Odiaba estar confinado en una misma sala con ellos, y sabía que el sentimiento era mutuo.
Nancy se marchó.
La observó alejarse. Regresaría a su oficina y cerraría el acceso a la planta treinta. El ascensor solo se desplazaba entre ambas plantas, instalado exclusivamente para uso de la empresa, mientras que el acceso al resto de la batería de ascensores del edificio se había prohibido hacía ya tiempo.
La planta treinta ya estaba segura.
Cerró con llave la puerta de la sala de juntas.
Lee y Hughes se dirigieron a sus lados respectivos de la mesa de reuniones.
Nadie dijo nada. Observó a Lee abrir los cajones de su estación de trabajo y extraer un analizador de espectro.
Un breve barrido de la sala confirmó que no había dispositivos de escucha electrónicos.
Se requería someter a comprobación a la propia junta tanto antes como después de cada reunión.
No estaban permitidos los teléfonos móviles.
Lee volvió a guardar el analizador en el cajón.
–La sala está limpia.
Chris se acomodó en la butaca de respaldo alto y se acercó rodando a la mesa.
Los otros dos hombres hicieron lo mismo.
Durante ese año natural, Lee era el presidente designado.
El cargo rotaba anualmente en un orden establecido y no comportaba ni un aura ni obligaciones adicionales, más allá de presidir las reuniones.
–Doy comienzo a la reunión de junio de la junta directiva.
Chris sacó un reloj de oro del bolsillo de su chaleco y anotó la hora de inicio en un bloc: las 9:06 horas.
De igual modo, la función de secretario rotaba anualmente.
Tomaría las notas con su propia forma de taquigrafía.
Más tarde, Nancy generaría una versión pulida de las actas, que debería ser aprobada en la reunión siguiente y se guardaría en los registros oficiales.
Lee miró a Hughes.
–Primer punto del día: cifras previstas de producción en el tercer trimestre. Ponnos al corriente, Larry.
Hughes escribió en el teclado que tenía delante. Chris lo observó en silencio, recordando que, en la reunión del mes pasado, el pronunciado encarecimiento de los costes de las materias primas en la papelera había sido una de las principales preocupaciones.
–El precio del cloro y del gas natural sigue subiendo.
Actualmente, con los nuevos costes, nos enfrentamos a una subida de más de dos millones de dólares para el próximo trimestre y es previsible que sea un incremento permanente, aunque los mayoristas juran y perjuran que el precio del cloro debería volver a bajar antes de diciembre.
Lee sacudió la cabeza a ambos lados.
–Estoy negociando con la gente del gas natural –dijo Hughes–. Somos su cliente principal en el condado de Woods. Les he dicho que, a largo plazo, es previsible que la biomasa sea un combustible más productivo.