DÍA 2MIÉRCOLES, 7 DE JUNIO
7:25 h
Brent iba en mangas de camisa, con la chaqueta del traje en el asiento del copiloto del jeep. La falta de aire acondicionado bajo la capota descapotable le hacía sudar, de manera que se había quitado la chaqueta en la primera señal de stop.
Aquel jeep era el vehículo que su padre utilizaba para ir a la papelera.
Todo el mundo tenía un vehículo específico para eso, ya que la dosis diaria de precipitantes cáusticos que salía de las chimeneas destrozaba la pintura de los automóviles.
Y para ahorrarse el problema de tener que lavar algo valioso cada día, los empleados o compartían coche, o iban caminando o en bicicleta, o bien se compraban un cacharro viejo al que no le pasaría nada por tener unas cuantas ampollas.
La pintura granate corroída del jeep y el techo descolorido eran las cicatrices de años de exposición diaria.
Incluso conducirlo se le hacía raro. Pero su madre le había insistido, alegando que no le hacía ningún servicio a nadie oxidándose en el garaje.
La única fábrica de papel de la Southern Republic Pulp and Paper Company ocupaba un pintoresco meandro en el río Savannah, unos cinco kilómetros al este de Concord, con vistas a Carolina del Sur en la orilla opuesta.
Antaño, aquella expansión había estado cubierta únicamente por obstinadas palmeras arbustivas y rezongones pinos de baja altura, un paraíso para los tábanos y los mosquitos.
Ahora solo quedaban algunos parches de vegetación, mientras que el resto era un mar de hormigón y asfalto.
Su padre solía decir que las papeleras necesitaban cuatro cosas para sobrevivir: toneladas de madera para pasta de papel, mucha energía, mano de obra las veinticuatro horas del día y agua corriente limpia.
El adoctrinamiento de Brent durante la adolescencia había incluido varias excursiones por aquel lugar caluroso, mugriento y calamitoso.
Siempre le había encontrado parecido con una criatura viva que producía papel por horas y nóminas cada dos semanas.
Tres edificios de ladrillo del tamaño de campos de fútbol se alzaban diez plantas de altura, uno para cada máquina para fabricar papel.
Depósitos de acero y albañilería de distintas formas y medidas salpicaban los espacios intermedios.
Autopistas de tubos, cables y conductos lo interconectaban todo, todo ello recubierto por una capa de cal blanca cuyo grosor variaba en función de la altura y la ubicación.
Las chimeneas despedían una combinación hirviente de vapor y precipitantes.
Una procesión constante de camiones entraba y salía durante todo el día, cargados con toneladas de pinos talados, metódicamente clasificados y apilados en unos montículos como torres.
A un lado se elevaba una montaña de corteza astillada.
Más adelante se extendían hectáreas de lagunas negras, lugares donde el agua desviada del Savannah descansaba hasta que, de acuerdo con los estándares de la Agencia de Protección Ambiental, se desprendía de las impurezas que la habían invadido durante el proceso de transformar la pulpa en papel.
Otra legión de camiones iba y venía durante dieciocho horas al día de dichas lagunas, llevándose el sedimento para su eliminación y haciendo espacio para poder drenar más agua que produjera más sedimento.
Los edificios administrativos de la empresa se erguían dentro de las verjas de la fábrica, pero alejados de las zonas de intensa producción.
Estaban integrados por cuatro cajas de zapatos, cada una de tres pisos de altura, construidas en distintos momentos.
La única diferencia notable entre ellas era que los compresores de aire acondicionado de las dos edificaciones de la década de 1960 estaban atornillados a cubiertas planas, mientras que las dos de la década de 1980 se refrigeraban mediante compresores en tierra.
Cada rectángulo era una estética combinación de ladrillo, piedra y vidrio, con las superficies expuestas encaladas en blanco.
Brent había sabido que, gracias a una reestructuración corporativa hacía cuatro años, ahora los edificios no solo albergaban los departamentos de contabilidad, nóminas, relaciones laborales, control informático, recursos humanos, administración de terrenos, silvicultura,
productos de construcción e ingeniería de la papelera, sino de toda la Southern Republic, así como los despachos del consejero ejecutivo, dos vicepresidentes, el interventor y la oficina del director jurídico.
Siguió la procesión matutina de coches que salía del estacionamiento y pasaba la entrada principal flanqueada por árboles.
Delante de él, un penacho de humo blanco se elevaba en la soleada mañana y el rugido de la maquinaria llegaba nítidamente desde casi un kilómetro de distancia.
Pasó junto a un rótulo que llevaba años allí: SOUTHERN REPUBLIC PULP AND PAPER COMPANY –CONSTRUYENDO EL FUTURO DE CONCORD– 6345 HORAS LABORABLES HASTA LA FECHA ESTE AÑO SIN UN SOLO ACCIDENTE.
Sacudió la cabeza a ambos lados.
Brent Walker, asalariado de la papelera.
¿Qué mosca le había picado?
7:45 h
Hank escuchó la puerta de casa abrirse.
Estaba sentado a la mesa de la cocina, acabándose uno de sus monstruosos boles de cereales. Echaba media caja de copos de maíz, frutos secos, pasas, rodajitas de plátano, frutos del bosque de temporada y un dos por ciento de leche, y el resultado era una receta fácil de preparar, comer y limpiar.
Ashley entró desfilando en la cocina.
Su hija era un calco de su madre, e igual de impetuosa que ella, con unos reflejos de gata callejera y rápida de mente.
Era lo único de ella que le habría gustado que fuera distinto, porque no le gustaban las cosas que le recordaban a Loretta.
Ocho años atrás, lo había abandonado por otro hombre, dejando solo una nota en la misma mesa a la que ahora estaba sentado.
He encontrado a otra persona. Me voy. Divorciémonos y acabemos con esto.
No quiero nada más que mi ropa, y ya la he cogido.
No quiero que nos peleemos y no quiero que estemos enfadados, aunque sospecho que me odiarás.
Buena suerte con tu vida. Espero que seas feliz.
Por si es de tu incumbencia, yo lo seré. Por fin.
Tardó mucho tiempo en lidiar con aquel rechazo.
En gran medida, lo había conseguido.
Pero no le gustaban los recordatorios.
Marlene se lo había llevado a su casa la noche anterior para cobrarse su merecida recompensa, y había estado bien. Pero había trasnochado demasiado. Ya no tenía veinticinco años. Necesitaba dormir. Aun así, estaba de buen humor. Y se lo debía a Marlene.
Su hija también parecía contenta. Utilizaba su reducido tamaño, poco más de cuarenta y cinco kilos, para desarmar a la gente que no estaba acostumbrada a su desparpajo.
Aun así, crecer en Concord siendo la hija del alcalde había tenido ventajas que había aprendido a aprovechar.
Sacó un envase de zumo de naranja de la nevera y se sirvió un vaso.
Cada mañana, tras dejar a Lori Anne en la escuela, pasaba por casa de su padre de camino a su trabajo en la oficina de correos.
Pero Hank sabía que la visita de hoy iba a ser distinta.
Ashley se sentó a la mesa.
–Y bien, ¿cómo está Brent?
–Pues aparte de querer azotar en el trasero a Clarence Silva, parecía estar bien.
–A Silva le iría bien que lo azotaran. ¿Ya está? ¿Bien? Sabes perfectamente que odio esa palabra. Te has pasado veinte años en política. Te he escuchado dar tropecientos discursos. ¿Y lo único que tienes que decirme a mí es «bien»?
–¿Qué quieres que te diga? ¿Brent está listo para casarse, ya puedes ir escogiendo el dibujo de la vajilla?
–Ya sabes a qué me refiero.
–Solo lleva aquí un día. Dale tiempo, cariño. Esto no va a ser fácil. Hay muchas cosas que tener en cuenta.
–¿Acaso crees que no lo sé? Paula lleva mucho tiempo muerta y enterrada, pero sigue interponiéndose entre nosotros.
–Espero por lo que más quieras que no hables así delante de otras personas.
Una cosa que había aprendido de la política era que el azúcar siempre funcionaba mejor que la sal, a menos que lo único que pudiera usar fuera sal, pero no solía ser el caso. Ashley parecía ajena a esa diferencia.
–¿Con quién quieres que hable de esto? –le preguntó–. Tú eres la única persona que está al corriente.
Hank la miró.
–Ambos cometisteis muchos errores. No se solucionarán en un solo día. ¿Sabes? Podría hablar con Catherine...
–No. Ni hablar. Él no quiso involucrar a su madre entonces y estoy segura de que tampoco querrá hacerlo ahora. No la metas en esto.
Hank suspiró.
–Madre mía, menudo par. ¿Alguno de los dos tiene alguna idea de lo que estáis haciendo?
Ashley se acabó el zumo.
–La verdad es que no o, para empezar, yo no lo habría fastidiado todo.
Porque era lo que había hecho. Y a lo grande.
Hank sabía que Brent había roto con Paula.
Y era uno de los pocos que sabía que Paula se había suicidado.
Nadie culpaba a nadie. Por supuesto que habían corrido rumores acerca de que había algo entre Brent y Ashley.
Pero, cuando Brent se marchó a Atlanta solo, los rumores se acabaron. La gente cambió de chisme.
Ahora Brent estaba de vuelta.
–Pequeña, tienes que darle tiempo –le dijo Hank a su hija.
Ashley tenía los ojos llorosos. Hank sabía que para ella era difícil.
–Lo intento, papá. De verdad. Pero lo amo.
8:02 h
Christopher Bozin alzó la vista asombrado.
Con treinta plantas de altura, en comparación con las monstruosidades que lo rodeaban, la torre de la Southern Republic parecía diminuta en el horizonte urbano de Atlanta.
Sin embargo, la estructura compensaba lo que le faltaba en altura con su elegancia.
El edificio era relativamente reciente, con menos de una docena de años.
Con una forma hexagonal insólita, su arquitectura iba suavizándose gradualmente hasta culminar en una punta, surgiendo del suelo como un lápiz afilado gigantesco apoyado en su goma de borrar.
El exterior era completamente acristalado, de un elegante color azul oscuro que proporcionaba aislamiento del sol y del calor constante de Georgia, además de dar el nombre por el que se conocía el rascacielos: la Torre Azul.
La Southern Republic solo ocupaba las plantas veintinueve y treinta.