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HIJA HERMANA ESPOSA #3

Más relámpagos iluminaron la sala como una luz estroboscópica, lo que causó una interrupción momentánea de la electricidad. El fluorescente del techo parpadeó y la pantalla del ordenador se apagó.

Tal como Hank había predicho.

Marlene alargó la mano para apagar el ordenador.

–Tienes razón, tenemos que...

De repente, la pantalla cambió. La página que requería la contraseña había sido sustituida por un menú con la etiqueta «PRIORIDAD».

–Estamos dentro –dijo ella con voz de asombro.

Olvidándose de la tormenta, ambos escanearon el índice.

No había mucho que ver. Lo cual hacía que el nivel de seguridad aplicado resultara aún más desconcertante.

Marlene abrió el primer archivo, revisó el contenido e imprimió una copia.

Luego, hizo lo mismo con los otros tres.

Ninguno era demasiado largo. Hank recogió las copias de la impresora.

–Sal de esa carpeta –le dijo–. Ya.

Marlene salió de los servidores centrales y apagó su terminal.

–¿Con eso consigo otro beso?

–Nena, con esto consigues lo que quieras.

23:54 h

El colaborador se aseguró de que Brandon Pabon estuviera muerto y luego abandonó Dixie Pond y condujo rumbo al norte hasta incorporarse a la interestatal 20.

Allí inició los doscientos metros de regreso a Atlanta, al oeste.

A medio camino tomó una salida, dobló al sur y entró en Reeling, otra minúscula población en el centro de Georgia.

Una última cita antes de dar la noche por concluida.

La Prioridad, Tim Featherston, se había jubilado anticipadamente de la Southern Republic con sesenta y dos y se había pasado los seis últimos años sin hacer nada más que visitar a médicos.

Cinco años atrás, por el páncreas. Un año después, por el corazón.

Entonces Featherston se convenció de que tenía cáncer de pulmón, la consecuencia última de haber fumado un paquete diario durante gran parte de su vida.

Pero ninguna de las múltiples pruebas había arrojado ningún resultado.

El cáncer de estómago se había convertido en su última obsesión, y Featherston se pasaba los días intentando convencer a diversos especialistas de que necesitaba una operación.

Esos médicos, no obstante, desconocían que Tim Featherston había aprendido muchísimo de la última edición de la Enciclopedia concisa de enfermedades modernas.

De manera que, cuando se presentaba en sus consultas y describía con todo lujo de detalle síntoma tras síntoma, todos ellos coherentes con afecciones conocidas e identificables,

era perfectamente comprensible que se cubrieran frente a una posible reclamación por mala praxis realizándole una batería de pruebas.

Para una aseguradora médica, Featherston era una pesadilla muy cara.

Para una clínica, una bendición del cielo.

Y no existía ninguna manera legal de poner freno a su extravagancia.

De hecho, con todos los cambios introducidos en la legislación de sanidad en los últimos años, a Featherston le había resultado incluso más fácil abusar del sistema.

Y lo que era aún peor, la pensión por jubilación y la asistencia sanitaria garantizadas le aseguraban plena cobertura, y un amplio abanico de leyes federales lo protegían de ser desahuciado.

Un ciclo aparentemente infinito para que Featherston satisficiera su psicosis y los proveedores médicos su avaricia.

Pero todo eso iba a acabarse esa noche.

A diferencia de los expedientes sobre J.

J. Jordon y Brandon Pabon, el de Tim Featherston era más abultado, con extractos de su largo historial médico.

De ahí que decidir la mejor manera de ejecutar la labor encargada hubiera sido difícil.

Prácticamente todas las partes del cuerpo de Featherston habían sido estudiadas en repetidas ocasiones o sometidas a exámenes exhaustivos, de manera que una muerte médica requeriría imaginación.

La violencia quedaba descartada del menú.

Eso siempre atraía la atención. Pero un pequeño dato enterrado en las profundidades del informe de antecedentes había provisto la chispa para su imaginación.

Por suerte, Featherston vivía solo. Su mujer lo había dejado hacía años y sus hijos nunca lo visitaban.

No había constancia de que tuviera novia ni frecuentara compañía femenina.

Todo lo cual había facilitado enormemente el proceso de la toma de decisión.

Siguió las indicaciones del expediente y aparcó en una carretera de tierra, unos cuatrocientos metros más allá de la casa de Featherston.

Antes de salir se cambió de calzado, sustituyendo sus botas por unas zapatillas deportivas que no dejaban huellas que pudieran relacionarse con las del Parque de Caravanas de Barlow.

Luego, se puso el chaleco, cogió una bolsa de lona del asiento trasero y desanduvo lentamente el camino por la carretera de tierra.

Featherston sí que tenía una afección médica real.

Era sumamente alérgico a las picaduras de avispa.

Su historial recogía que había tenido dos incidentes previos de shock anafiláctico, que en ambos casos se habían tratado de manera inmediata con secuelas mínimas.

En todo el mundo, solo una diminuta porción de personas experimentará alguna vez una anafilaxis total.

Y de ese reducido número, menos del 0,3 por ciento morirá por dicha causa.

El tratamiento recomendado era la epinefrina, y Featherston contaba con una receta para un inyector automático que renovaba cada año.

El colaborador se acercó a la casa a oscuras y no tardó en forzar las dos cerraduras de la puerta posterior. El expediente indicaba que Featherston no disponía de sistema de alarma. «Demasiado caro». Y tampoco tenía mascotas. «Demasiados quebraderos de cabeza».

Entró y cerró la puerta con suma cautela.

El aire en el interior era más frío y portaba el aroma de comida cocinada.

Se dirigió hacia el dormitorio de Featherston, camuflado en su avance por el rugido de un aparato de aire acondicionado en la ventana.

El hombre dormía profundamente, soltando unos ronquidos que competían con el electrodoméstico.

Se dirigió hacia él, dejó la bolsa de lona que llevaba y se sacó la jeringuilla del bolsillo.

Precargada. Lista para administrar.

Featherston estaba tumbado boca arriba, con la boca entreabierta.

Con cuidado, retiró la colcha y dejó a la vista la pierna derecha, cubierta por un fino pantalón de pijama.

Colocó la aguja sobre el muslo de Featherston.

Podía clavársela en cualquier parte, ya que, según indicaba el historial médico, durante los dos últimos días a Featherston le habían practicado varias inyecciones.

Una más no se notaría.

Hundió la aguja en la piel y le inyectó una dosis concentrada de veneno de avispa.

Featherston se despertó, con los ojos como platos, pero el veneno obró su magia y, en un instante, su cuerpo quedó flácido.

Los síntomas debían ser inmediatos. Hinchazón de garganta.

Dificultad para respirar. Baja presión arterial.

El pecho de Featherston subía y bajaba rápidamente, a medida que se le entrecortaba la respiración.

El objetivo de la inyección era acelerar el proceso alérgico y dejar los residuos pertinentes para que cualquier forense competente los encontrara.

El veneno, al tiempo que reaccionaba con las células de Featherston, era metabolizado muy deprisa y absorbido por el tejido, provocaba el efecto letal y luego se disolvía.

Aun así, se necesitaba un poco más de teatro para que la escena resultara suficientemente inocua.

Colocó la bolsa de lona sobre la cama. En el interior llevaba un recipiente de plástico transparente.

Contenía cuatro avispas que había conseguido atrapar el día anterior, mientras preparaba la visita de esa noche.

Desenroscó la tapa y la sostuvo en su sitio con una mano, mientras con la otra ponía recto el recipiente.

Lo acercó al pecho desnudo de Featherston y retiró la tapa, manteniendo la boca del tarro contra el vientre del hombre, aunque sin aplicar presión para no dejar marcas externas.

Las avispas se agitaron.

Tenían motivos para ello, el más importante de los cuales era que estaban encerradas en un espacio pequeño y querían salir de allí desesperadamente. Todo a su alrededor era una barrera que no cedía, salvo la blanda carne.

Y la atacaron.

Con fuerza.

Picaron a Featherston repetidas veces.

Las azuzó dando golpecitos a las paredes del recipiente. Cuando parecían haber acabado de picar a Featherston, lo retiró y se fueron volando.

La escena parecía perfecta.

Unas cuantas avispas se habían colado en el interior de la casa y habían picado a Tim Featherston, que no había sido capaz de defenderse. No le había dado tiempo a encontrar su inyector de epinefrina. Las avispas andarían revoloteando alrededor de la casa cuando llegaran las autoridades.

Se sentó en el borde de la cama, a la espera de la verificación. La obtuvo al cabo de pocos minutos, cuando el hombre murió. Dio media vuelta para marcharse. Había sido un viaje productivo.

Un error grave corregido. Una cara demanda de indemnización laboral eliminada. Y un costoso abusón del sistema médico liquidado.

Sin duda, aquella noche se había ganado el sueldo.