HIJA HERMANA ESPOSA #2
Debía de tener unos diez años cuando su padre le había regalado aquella Biblia. Era una edición de estudio anotada que contenía multitud de notas al pie que explicaban los diversos pasajes. Las notas de Proverbios 22, 3 señalaban:
«Dios, en Su misericordia, ha negado al hombre el conocimiento del futuro. En su lugar, le ha dado esperanza y prudencia. La esperanza hace que el hombre viva perpetuamente a la expectativa, anticipando el bien. La prudencia nos procura los medios para asegurarlo.
Hay muchos males cuyo curso no podemos contener ni desviar. La prudencia muestra de antemano los medios que pueden emplearse para apartarse del camino, para ocultarse. Los simples, los inexpertos, los obstinados, los atolondrados y los locos se precipitan sin la prudencia necesaria para regularse,
reprobarse y guiarse. Y así cometen muchos fallos e injusticias, y a menudo sufren en consecuencia».
Sopesó las palabras y las advertencias.
¿Qué pretendía decirle aquella mujer?
¿Y por qué le transmitía aquel mensaje?
Ambas eran buenas preguntas.
22:35 h
Hank condujo por las calles a oscuras de Concord en dirección a la papelera. Tenía un recado más que hacer antes de dar por concluida la noche.
Un recado que prefería mantener en privado.
Marlene Rhoden no ocultaba su afecto hacia él.
Era un año mayor, una mujer robusta con el cabello rojo y rizado, pechos generosos y una personalidad imperturbable que encajaba como anillo al dedo con la suya.
Formaba parte de la dirección de la empresa, tenía a su cargo a treinta y dos empleados que se dedicaban a entrar datos de la Southern Republic Pulp and Paper Company.
Y eso le brindaba un acceso extraordinario a una cantidad ingente de información.
Habían salido discretamente en los últimos años, con idas y venidas.
A menudo ella le había insinuado su deseo de formalizar la relación con un anillo y una boda.
Él prefería el arreglo que tenían hasta entonces, ya que su única experiencia con el matrimonio no había acabado bien.
No quería más esposas.
Aparcó en la zona de estacionamiento pavimentada que había tras uno de los edificios administrativos.
Marlene había dejado la puerta posterior entreabierta con una revista doblada.
La encontró en su despacho. No había nadie más.
Marlene solía quedarse trabajando hasta altas horas, sola. Lo insólito era la presencia de él.
Marlene dejó de teclear y estiró sus largos dedos para destensarse.
–¿No me vas a dar un beso? –le preguntó.
Hank sabía que sus deseos eran órdenes, así que sorteó el escritorio y le dio un beso rápido en los labios.
–¿Y ya está? –dijo ella.
–Estoy cansado, Marlene. Acabo de tener una reunión larga. Lo único que quiero es meterme en la cama.
–Gran idea. Déjame que acabe con esto y me voy contigo.
–Solo.
Marlene sonrió.
–No me culpes por intentarlo –dijo.
No lo hacía. Estaba acostumbrado a sus proposiciones. Lo intentaba cada vez que se presentaba la ocasión. Y, a decir verdad, le gustaba que lo hiciera.
¿A quién le desagradaba ser deseado?
–Tengo la pierna derecha dormida, de la rodilla al culo –dijo ella–. Silla ergonómica, teclado en ángulo. Anda que sí. No valen para nada.
Había un elemento en su columna de defectos: era un poco hipocondríaca.
¿Qué había leído Hank acerca del síndrome del túnel carpiano?
Se decía que quienes trabajaban introduciendo datos se incluían en la categoría de alto riesgo.
Pero ¡qué demonios! Cada empleo acarreaba sus problemas.
Él solía trabajar con voltaje y amperios suficientes para freírse el cuerpo.
Marlene se puso en pie y alineó una pila de archivos.
Al otro lado del despacho había un cajón abierto, dentro del cual embutió las carpetas de papel manila.
Hank conocía la política corporativa. Se conservaban copias en papel durante seis meses y luego se desechaban para hacer hueco a nuevos documentos, todos los cuales acabarían introducidos también en los ordenadores.
La Southern Republic no era el epítome de la modernización en cuanto a conservación de registros. Seguía prevaleciendo la vieja escuela.
Marlene se hizo crujir la espalda y movió las piernas.
Al otro lado de las ventanas manchadas de cal se extendía un cielo nocturno oscuro y amenazador.
Durante la última hora se había estado formando una tormenta.
Ahora lo peor había llegado. La lluvia empezó a manchar los vidrios.
Los relámpagos destellaban en el cielo. El edificio vibraba con el estruendo de los truenos lejanos.
Habían tenido una primavera seca, con pocas de las habituales tormentas vespertinas y muy espaciadas.
Un buen aguacero no iría mal, y sus tomates agradecerían un buen regado.
Realizaban ese ritual de vez en cuando. Él iba a casa de ella y ella lo llevaba de paseo por los expedientes de la empresa, a los cuales podía acceder a distancia.
Había acabado por saber cuáles eran los que más le interesaban.
Los informes de ventas. Las demandas contra la empresa interpuestas por los trabajadores.
Los litigios. Y absolutamente cualquier cosa que tuviera que ver con los dueños.
¿Era espionaje industrial? Probablemente.
Pero él no lo veía de ese modo. Más bien lo interpretaba como una familiarización con el enemigo.
Como recopilación de información privilegiada.
Los gobiernos lo hacían a diario. Podías aprender mucho si sabías dónde mirar.
Y ellos juntos lo sabían. Los treinta y seis años de él y los veintiuno de ella en la papelera les proporcionaban una formación más que suficiente.
Marlene se le acercó en busca de otro beso.
–¿Podemos seguir con eso después? –preguntó él.
–No. Me debes uno, y bien grande.
Él tenía dudas sobre su deuda, pero la pagó de todos modos.
Ambos estaban divorciados, con hijos y nietos ya crecidos.
Ella nunca se había quedado a dormir en su casa.
Pero se sabía que él sí que había pasado unas cuantas en la de ella.
Marlene podía ser un incordio (las mujeres avasalladoras suelen tener ese inconveniente), pero la mayor parte del tiempo era un sol.
Y lo que era incluso más importante, se conocía la red informática de la empresa como las estanterías del supermercado.
Y no había nada mejor que la información, ni siquiera el sexo.
El beso concluyó y ella le entregó una memoria USB.
–Está todo ahí. Muchos datos y cifras. Además de algunos e-mails interesantes. Y una nota interna que creo que hará tus delicias.
El botín de la noche.
Hank sonrió.
–Todo lo que puedes necesitar para preparar las próximas negociaciones del convenio –dijo ella.
–¿Y cuál es esa deuda que tengo contigo?
–He hecho algunos progresos... en el otro asunto.
Hank entendió su mirada cómplice.
En los últimos meses, desde la primera vez que había detectado la anomalía, Marlene había intentado acceder a una sección particular de los informes de la empresa.
Pero habían instaurado un cortafuegos especialmente robusto para impedirlo, y ni siquiera sus conocimientos expertos en informática habían conseguido traspasarlo.
A Hank le irritaba no saber algo, sobre todo cuando se ocultaba de manera deliberada.
Así que se había convertido en un desafío para ambos.
Ahora entendía por qué Marlene había querido reunirse con él allí aquella noche.
–He estado dándole vueltas –dijo– y he conseguido pasar el primer nivel de seguridad. ¿Quieres verlo?
Hank se acercó al ordenador.
–Veamos de lo que eres capaz, cariño.
Marlene sonrió al escuchar aquel apelativo afectuoso mientras se sentaba ante el ordenador. Tecleó unas cuantas teclas que le dieron acceso al núcleo central del sistema de la Southern Republic. Unas cuantas más y localizó el directorio principal.
Centellearon más relámpagos en el exterior.
La electricidad del edificio titiló momentáneamente.
–Será mejor que te des prisa –le dijo él–, antes de que se activen los generadores de emergencia. Hay protectores contra subidas de tensión que apagarán todos los aparatos.
Los habían instalado sus propios electricistas. Los servidores principales de la empresa estaban justo al fondo del pasillo, en una sala que se mantenía a una temperatura constante de doce grados y medio.
Marlene se desplazó por una larga lista de carpetas y posicionó el cursor sobre una entrada anodina titulada PRIORIDAD. Pulsó la tecla de visualización y solicitó mostrar un índice. El cursor parpadeó UN MOMENTO, POR FAVOR y luego anunció con letras también parpadeantes CONTRASEÑA NECESARIA.
–Nunca habíamos llegado tan lejos –dijo él.
–Ya lo sé. ¿Alguna idea de cuál podría ser la contraseña?
–Supongo que ya habrás probado todas las obvias.
Ella asintió con la cabeza y dijo:
–Nombres, fechas, lugares... Todo lo que se me ha ocurrido. Pero eso sería demasiado simple. Seguramente sea una combinación larga y compleja de letras y números. Totalmente única.
Hank se mostró de acuerdo.
Hubo más rayos y truenos en el exterior. Parecía como si el ojo de la tormenta estuviera ahora justo encima de ellos.
Marlene se recostó en la silla.
–Qué cosa tan rara. Ningún otro elemento de este sistema tiene ese nivel de restricción. Sobre todo para mí. Me sé todas las contraseñas de los archivos centrales. –Señaló la pantalla–. Excepto esa.
–Quizá no confíen lo suficiente en ti.
Ella soltó una risotada.
–Míranos, Hank. ¿Es que no somos de fiar?
Él sonrió.
–Desde luego.
Unos meses atrás, Hank había sugerido a Marlene que pidiera más información al respecto de aquel archivo a la oficina central, pero solo le habían respondido que no era de su incumbencia.
«Es solo para los dueños», fue la explicación que le dieron.
Lo cual no hizo sino avivar las ganas de Hank de saber de qué se trataba.
–Alguien tiene que introducir datos en esa carpeta –comentó ella–. Y Dios sabe bien que los dueños no lo hacen ellos solitos. Pero nadie de mi departamento ni nadie de la oficina principal ha entrado nunca.
Hank miró el reloj de pared.
Eran las 22:44 horas.
Debía irse antes de que los guardias de seguridad de la planta hicieran la ronda a en punto. Lo último que le convenía era que lo vieran allí, con ella, a aquellas horas.