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HIJA HERMANA ESPOSA

Una parte de él también había muerto aquel día.

No había duda de ello. Tras el funeral, su vida cambió.

Pasó un tiempo envuelto en una especie de neblina, luego cerró su despacho en Concord y encontró un nuevo empleo a quinientos kilómetros de distancia, en Atlanta.

Pasó de ser un abogado de calle de una pequeña población a convertirse en un fiscal metropolitano.

Se le había dado bien su nuevo puesto. Se había forjado una reputación.

Intentó olvidar sus errores y dar lo mejor de sí.

Más truenos resonaron en el aire.

Ahora había regresado a casa.

Para enfrentarse por fin a sus fantasmas.

21:50 h

Brent salió del cementerio y recorrió en coche el centro de la ciudad.

Concord había sido diseñada hacía doscientos años por hombres pragmáticos y con poca imaginación, con calles en retículas paralelas que en su día sirvieron de transición ordenada del denso bosque a la ciudad.

Una torre de agua azul seguía siendo la estructura más alta.

Predominaban los edificios adosados de ladrillo, con fachadas de finales del siglo XIX, la mayoría de ellas resultado de una amplia remodelación ocurrida durante el mandato de Hank como alcalde.

Quienes primero se habían asentado en la zona eran luteranos perseguidos que habían huido de Alemania y se habían establecido en Georgia en 1734.

La familia de su padre, los Walker, eran descendientes directos de esos salzburgueses.

En la escuela primaria, todos los niños de Concord aprendían las dos batallas de la guerra de Independencia de los Estados Unidos que se habían librado cerca de allí.

De hecho, el condado llevaba el nombre del general Robert Woods, que lideró una milicia local contra los británicos.

Durante la guerra de Secesión, Sherman libró milagrosamente de la quema gran parte de la población en su avance hacia Savannah, gracias a que la tranquilidad del lugar había ofrecido a sus soldados un descanso antes de su asalto final al mar.

La Calle Primera formaba parte de la vieja carretera cuáquera que el propio James Oglethorpe utilizó para conectar sus poblaciones coloniales.

En su día acogió una desmotadora de algodón y un molino harinero, y con el tiempo acabó instalándose allí una estación de ferrocarril.

Ahora los tres eran museos locales, con la estación convertida en la pieza central de un hito histórico que conmemoraba la visita de George Washington en 1791.

Se desvió por la Calle Primera para adentrarse en Live Oak Lane.

Otro desvío a la derecha y dos manzanas después se hallaba en casa.

Sus padres habían adquirido una vivienda victoriana de dos plantas hacía treinta años.

La fachada delantera estaba dominada por un generoso porche cubierto y a un lado había un garaje no adosado de dos plantas.

Hacía décadas que el vecindario formaba parte de Concord.

Las primeras casas se habían construido cuando la antigua Republic Board trasladó a gente a la zona, sesenta años atrás.

En su día había sido un paraíso para los directivos y superintendentes; ahora la soledad proporcionaba comodidad a jubilados, o a familias incipientes con el tiempo y la energía necesarios para mantener una casa vieja.

Giró dejando a un lado el buzón de ladrillo con el número 328.

Su Lincoln híbrido estaba aparcado en el camino de la entrada, y el Prius de su madre justo detrás.

Esquivó ambos vehículos y aparcó el jeep en el garaje.

Luego, regresó a pie al porche delantero.

Entonces vio a alguien en el camino de acceso.

Una mujer.

Vestida de manera informal. Con las manos vacías a ambos lados.

Bajo la penumbra de la farola, vio que debía de tener su misma edad, el pelo corto y un rostro como una máscara impasible.

Como un fantasma.

De haber estado aún en Atlanta, habría sido mucho más cauto. Pero aquello era Concord. Su hogar. De manera que se le acercó.

–¿Puedo ayudarla en algo?

–¿Es usted Brent Walker?

Lo dijo en voz baja, casi en un susurro, como si pudiera haber alguien escuchando.

Se planteó mentir, pero decidió no hacerlo.

–Sí, así es.

–No nos conocemos, y no es importante que lo hagamos. Pero he venido a decirle que se ande con cuidado.

Le sorprendió.

–¿A qué se refiere?

–A su trabajo. No es lo que usted cree.

Ahora sí que tenía preguntas.

Muchas.

Sin embargo, sin mediar más palabra, la mujer giró sobre sus talones y se dirigió a un monovolumen Tahoe aparcado en la acera de enfrente, bajo una de las farolas. Fue corriendo tras ella y alargó la mano.

La cogió con cuidado del brazo.

–Perdóneme.

Ella no se resistió ni gritó cuando le dio media vuelta. Lo que hizo fue clavarle la mirada.

–Haga caso de los Proverbios 22, 3. Y que Dios tenga misericordia con usted.

Se quedó perplejo.

Ella se zafó de su agarre, entró en el coche y se marchó. Brent vio el Tahoe doblar la esquina al final de la calle y desvanecerse.

Pero ¿qué demonios...?

Permaneció allí un momento, recobrando la compostura, y luego regresó a su casa, donde la dulce fragancia de las magnolias blancas casi lo subyugó.

Una vez dentro, encontró a su madre en la cocina, limpiando.

Costaba creer que fuera a cumplir sesenta y seis en su próximo cumpleaños.

Tenía el cabello plateado, cortado corto, y sus ojos zafiro seguían resplandeciendo.

Delgada como un palo de escoba y perpetuamente feliz, en su mente siempre sería una mujer incapaz de estar quieta ni un momento.

Decidió no decir nada de lo que acababa de ocurrir, porque tampoco sabía cómo interpretarlo. En lugar de eso, le habló de la cena y de la reunión sindical, y acabó con un:

–Sienta bien ver que algunas cosas nunca cambian. Hank sigue siendo el mismo de siempre.

–La mayoría de la gente de por aquí se entretiene pescando o cazando. Hank lo hace jugando a la política.

–Y se le da bien. –Se sentó en la barra–. Se avecina tormenta.

Las polillas revoloteaban en la lámpara que había al otro lado de la ventana, sobre el fregadero.

–¿Echarás de menos Atlanta? –le preguntó su madre.

La verdad es que no. La Oficina del Fiscal del Distrito del Condado de Fulton había sido una aventura.

Eso seguro. Muchas jornadas de doce horas y semanas de ochenta horas de trabajo persiguiendo todo tipo de delitos conocidos por el hombre.

Había empezado lidiando con robos con allanamiento de morada, pero había acabado graduándose en crímenes violentos y se había pasado los últimos años juzgando solo asesinatos.

Esperaba no volver a ver nunca más un cadáver ensangrentado.

–Nunca pensé que acabaría trabajando en la papelera.

–Ni tu padre tampoco.

Todavía era capaz de escuchar el sermón que le echaba al menos una vez cada pocos meses.

Su padre había sido un maquinista autodidacta que se había pasado toda la vida trabajando para otros, fichando a sus horas y recibiendo la nómina cada dos jueves.

Tres semanas de vacaciones al año, tres días de baja por enfermedad, Seguridad Social y la jubilación esperándole cuando se retirara.

Una buena vida, una vida decente.

Solo tenía un defecto.

No quería que su único hijo siguiera sus pasos.

–Dadas las circunstancias –dijo su madre–, estoy segura de que lo aprobaría.

Los dos se abstuvieron de decir lo que ambos sabían.

Su madre estaba enferma. Hacía un tiempo que lo veía venir, pero no le había dicho nada a Brent hasta hacía tres meses.

Le fallaba la memoria. Lo suficiente como para haber ido a ver a un médico, que le había confirmado que tenía los primeros síntomas de alzhéimer.

Le habían recetado medicación, pero solo servía para retrasar lo inevitable, de manera que ahora a Brent le tocaba estar con ella.

Al infierno sus fantasmas.

–No debería quejarme –dijo él–. Tengo un salario decente, cobertura médica, plan de pensiones y un título. Asesor jurídico adjunto de una empresa milmillonaria. ¿Quién sabe? Tal vez algún día incluso me quiten el «adjunto».

–¿Y qué opina Hank? ¿Le parece bien?

–Esperaba que mencionara algo en la cena.

Pero nada. Aun así, sé que esperará cosas de mí.

Información confidencial. Algún dato para causar revuelo.

En el pasado me pasaba una o dos horas al día con él tramando y planeando cómo atacar a la empresa.

Las negociaciones contractuales están a la vuelta de la esquina, así que anticipo problemas a la vista.

–No olvides para quién trabajas ahora.

–Ya lo sé. Solo espero que Hank tampoco lo haga.

Qué raro era todo. Hacía diez años era un joven abogado de una pequeña población que se ganaba la vida corriendo de juzgado en juzgado.

Luego, se había convertido en un abogado criminalista en una gran ciudad.

Y ahora era asesor jurídico general adjunto de una fábrica de papel.

Con solo cuarenta años, ya había tenido tres carreras distintas.

¿Quién lo habría pensado?

–¿Tú estarás bien? –le preguntó a su madre.

–Si quieres que te diga la verdad, no lo sé, hijo.

–¿Tienes miedo?

–Mentiría si te dijera que no.

–Yo estaré aquí. Hasta el final.

La mirada amorosa en el rostro de su madre expresaba su gratitud mejor que ninguna palabra.

–La Southern Republic es una buena empresa –le dijo–. Son afortunados de tenerte.

Brent miró por la ventana.

Había empezado a llover.

Esperaba que su madre tuviera razón.

Brent se preparó para meterse en la cama, aún perturbado por la visita al cementerio y por la desconocida que había ido a buscarlo. Su mirada triste y desesperanzada lo había perturbado.

Y lo que le había dicho.

«Proverbios 22, 3».

No era ningún erudito en las Escrituras, aunque en su día había sido un miembro practicante y dedicado de la Iglesia. Pero eso había acabado cuando Paula había muerto. Se preguntó si su Biblia de la infancia seguiría allí. Abrió el cajón de la mesita de noche.

Allí estaba.

Un regalo de su padre de hacía mucho tiempo.

Sacó el libro y lo abrió por la página donde su padre había escrito: REZO POR QUE ESTA BIBLIA SEA UNA BENDICIÓN Y UN CONSUELO PARA TI. PAPÁ.

Acarició con delicadeza la página, por encima de la tinta, como si aquello pudiera conectarlo con su padre. Costaba creer que ya no estuviera con ellos.

A continuación hojeó las finas páginas hasta localizar el pasaje citado.

«El prudente ve el peligro y lo evita; el imprudente sigue adelante y sufre el daño».