PRESENTE #5
No quería tener que romperle el cuello (el criterio de procesamiento imponía una muerte sin violencia), pero lo haría si no tenía más remedio.
Por suerte, Pabon siguió perdido en su sueño profundo inducido por la heroína, aparentemente disfrutando del viaje.
Agarró la linterna entre los dientes, buscó una vena y le insertó la aguja.
Pabon hizo una mueca de dolor, pero la heroína que ya corría por él mantuvo su cerebro adormecido.
Vació el tubo y luego le colocó la jeringuilla usada en la mano, presionando los dedos adecuados para dejar las suficientes huellas residuales que cabía esperar.
A continuación, dejó la jeringa sobre la mesita de noche y guardó la que ya había allí en una bolsa de plástico para deshacerse de ella más tarde.
A pesar de los rumores sobre el peligro de compartir jeringuilla, los yonquis seguían haciéndolo de manera habitual.
Cualquier autopsia posterior encontraría la sangre de Pabon llena de heroína.
La adición del Valium se atribuiría a la mera estupidez.
Nadie se plantearía siquiera que no hubiera sido una sobredosis.
Nada picaría la curiosidad de un investigador.
Se quedó quieto a los pies de la cama, estudiando a Brandon Pabon.
Melena larga. Barba desaliñada. Cara picada por el acné.
Una cicatriz residual, seguramente por un navajazo, pecho esquelético tatuado.
Sus cálculos iniciales no habían cambiado.
Un pedazo de mierda despreciable con una única habilidad: contratar a un abogado experto en compensaciones laborales que sabía exactamente cómo manipular el sistema.
Pero había otras personas que también entendían el sistema y sabían exactamente lo que había que hacer para eliminar una demanda.
La defunción de Pabon estaría causada por una lesión no sujeta a indemnización ni relacionada con el trabajo.
Con su muerte, la paga por discapacidad se detendría, incluida la cuarta parte que, por ley, iba a parar a su abogado.
La respiración de Pabon se volvió esporádica.
El pecho se le hinchaba y deshinchaba rápidamente.
Comprobó si tenía pulso.
Débil, menguante.
Dentro de unos minutos habría un demandante menos intentando exprimir al sistema.
21:30 h
Brent aparcó en el cementerio.
La iglesia luterana de San Marcos se cernía en la oscuridad, protegida por una cortina de robles tras la cual el cisne que coronaba el edificio de madera blanqueada apenas resultaba visible bajo el resplandor de una luna con forma de hoz.
Después de la reunión sindical, había llevado a Hank de nuevo al restaurante para que recogiera su camioneta y se habían despedido.
Hacía años que no asistía a las sesiones mensuales de renacimiento de Hank en el sindicato y le había gustado comprobar que todo seguía igual.
Salió del jeep y contempló el cielo en el que destellaban relámpagos distantes seguidos por el rugido de los truenos en la lejanía.
Se avecinaba una tormenta. Muy oportuna.
Caminó por entre las tumbas. Las lápidas proporcionaban un vívido testimonio de la larga historia de la zona, con inscripciones que se remontaban a tiempos coloniales. Costaba creer que hiciera once años desde que Paula se había marchado en el coche.
Una hora después, su esposa estaba muerta.
Un accidente con solo un vehículo involucrado en la autopista de Augusta.
Su coche había colisionado con un poste eléctrico de acero que había embutido el motor en el habitáculo de pasajeros, matándola al instante.
Brent conocía a los ayudantes del sheriff y a los policías de guardia en la autopista que habían intervenido en la escena, y apreciaba lo que habían hecho a continuación.
En la casilla de la causa de la muerte habían marcado «accidente».
Pero nada más lejos de la realidad.
Esa autopista estaba flanqueada durante kilómetros por monumentales postes eléctricos de acero espaciados a unos cuarenta y cinco metros entre sí y situados a unos veinte metros del arcén.
Las roderas del coche de Paula se adentraban en la hierba en línea recta desde la carretera, en dirección a uno de ellos.
Si se hubiera quedado dormida, se hubiera distraído o hubiera caído inconsciente, las huellas habrían sido erráticas.
Pero su intención no dejaba lugar a dudas.
Se había suicidado. De una manera horrible, violenta.
Sin nota, sin advertencia, sin explicación.
Solo muerta.
Si pudiera revivir el último día que habían pasado juntos, ¿haría algo de manera distinta?
Esa pregunta lo había atormentado durante una década.
Llevaban casados dos años y él creía que estaban enamorados.
Pero se había equivocado. Había intentado que las cosas funcionaran y le había sido fiel.
Finalmente, había decidido seguir el consejo que daría cualquier terapeuta de pareja del planeta y ser sincero, y le había dicho que se había acabado. Que ya estaba. Que habían terminado.
–La amas, ¿verdad? –le había preguntado Paula.
Era la pregunta que más temía que le hiciera, pero decidió ser sincero también en eso.
–Creo que sí.
–Maldito cabrón.
Aquellas habían sido las últimas palabras que Paula le había dicho.
Dios, cuánto le habría gustado haber mentido.
Encontró su tumba. Habían brotado unos hierbajos cerca de la lápida de granito blanco. Se quedó mirando la hierba oscura y estudió la inscripción que resumía la vida de Paula.