La lista PRESENTE #4
8%

PRESENTE #4

Milagrosamente, nadie había resultado herido, pero la maraña de metal y árboles rotos había constituido un material de vídeo llamativo en todas las cadenas de noticias de Augusta.

Aquel episodio, junto con el resto de la información relevante, integraba el expediente que descansaba en el asiento del copiloto.

Al abandonar la carretera asfaltada, los amortiguadores del todoterreno tuvieron que hacer su trabajo para transitar por una pulverulenta pista de roca caliza llena de baches.

Avanzó lentamente por la carretera serpenteante flanqueada por altos muros de frondosos árboles.

De vez en cuando, la luz en las ventanas revelaba la presencia de una casa o una caravana.

Bosque adentro, dejó atrás un conjunto de desagradables contenedores de basura entre los cuales vio, a la luz de sus faros, a unos perros merodeando en la cálida noche en busca de comida y compañía.

A continuación, una fila de cuarenta y tres buzones señalaba la entrada al parque.

Pero no tomó el desvío.

En lugar de ello, siguió conduciendo y se detuvo en el primer claro apartado que encontró en el bosque.

Ninguna luz en el interior del coche lo delató al salir de él.

Había desconectado las bombillas antes de dejar el hospital.

Permaneció en pie junto a la portezuela abierta del lado del conductor y, con toda tranquilidad, se puso un chaleco tejano negro, el mismo que llevaba siempre, en cuyos bolsillos con cremallera guardaba los objetos especiales que necesitaría.

Se miró la muñeca derecha para comprobar la hora y luego fue caminando despacio hacia la entrada del parque de caravanas, confinando sus pasos al arcén de hierba.

Sus ojos oscilaban como los de un gato que huele a una presa nocturna mientras empezaba a completar mentalmente el contenido del expediente.

Solo había luz en unas pocas ventanas. Y un único farol de gas prendido en el exterior de una caravana.

Antenas de hilo y parabólicas se proyectaban hacia el cielo, dejando claro que las líneas de la televisión por cable no llegaban hasta allí.

Tampoco había tuberías de gas natural; la mayoría de las casas rodantes tenían al lado depósitos de gas propano.

La escasez de adornos externos, como porches o toldos, no daba indicios de dinero o permanencia.

Según el expediente, muchos de los residentes del parque eran trabajadores industriales empleados en la cercana Augusta.

La mayoría de ellos necesitaba estar en el trabajo a las siete de la mañana. No vio ningún búho.

Su destino era la parcela 23.

Salvo por algún escarceo esporádico de una noche, Brandon Pabon vivía solo allí.

Con veintiocho años, Pabon sobrevivía exclusivamente gracias a las indemnizaciones laborales que la Southern Republic Pulp and Paper le pagaba cada semana.

Pabon había presentado tres demandas contra tres empresas distintas en los últimos diez años.

En la primera apenas había recibido dieciocho mil dólares.

La segunda se había saldado con ochenta y cinco mil.

Y ahora intentaba extraerle el máximo jugo posible a la última, cerrando un acuerdo por una contundente cifra de seis o posiblemente siete números.

Ya acumulaba casi ciento sesenta y siete mil dólares en facturas médicas de quiroprácticos, neurólogos, fisioterapeutas y especialistas en rehabilitación profesional,

todo ello a consecuencia de una lesión al parecer devastadora que Pabon se había hecho al descargar una saca de cemento de una carretilla.

El colofón que había generado la visita de esa noche guardaba relación con la depresión severa que supuestamente Pabon padecía en aquellos momentos.

En los alegatos presentados ante la Junta Estatal de Indemnizaciones Laborales, algunos extractos de los cuales figuraban en el expediente, el abogado de Pabon había defendido vehementemente que la depresión de su cliente estaba ocasionada por su «desempleo forzoso».

Psiquiatras y psicólogos corroboraban tal afirmación con diagnósticos que proponían una hospitalización prolongada, lo cual suponía que los ya de por sí astronómicos gastos médicos se dispararían por las nubes.

Una patraña de órdago, sin duda alguna, diseñada por un abogado laboral inteligente para exprimir a la empresa y lograr un acuerdo sensacional.

Por suerte, el expediente también reflejaba la realidad.

Informes de detectives documentaban a Pabon bailando en bares con asiduidad, así como el trabajo manual que llevaba a cabo cada fin de semana, levantando objetos mucho más pesados que un saco de cemento, y también las peleas a puñetazos que parecían hacer sus delicias,

sobre todo las palizas que les propinaba a mujeres.

Los informes también describían la adicción sin remedio de Pabon a la heroína.

No sorprendía que ninguno de sus médicos hubiera hecho alusión a tal dependencia.

Seguramente, Pabon, un trabajador de baja experimentado que había solicitado indemnizaciones laborales en el pasado, sabía bien que no le convenía manifestarla de manera voluntaria.

Y como al parecer los doctores a los que le habían enviado tenían presente que la drogadicción no era una «lesión indemnizable» contemplada por la legislación laboral de Georgia –lo que comportaba que ninguna aseguradora abonaría automáticamente sus honorarios por los servicios prestados–,

no corría el riesgo de que le preguntaran por ella.

Por lo que a los médicos concernía, Pabon tenía un problema de espalda provocado por una «lesión laboral sujeta a compensación» cubierta plenamente por el seguro de indemnizaciones laborales de su empresa.

Por desgracia para él, Brandon Pabon era otro animal de costumbres. Cada noche, a las nueve en punto, sobre todo los días después de cobrar el subsidio, se colocaba.

Y esta era una de esas noches.

El colaborador entró en el parque de caravanas, dobló a la izquierda y se dirigió hacia el fondo de las parcelas arboladas.

La casa móvil de anchura simple de Pabon aguardaba a oscuras, en silencio.

Sin perder paso en su avance decidido, se sacó los guantes de un bolsillo del chaleco.

No era el mismo par que había utilizado antes en el hospital; esos los había dejado en el coche, junto con el traje que llevaba puesto, listos para incinerarlos en cuanto regresara a Atlanta.

Estos eran nuevos. Se ajustó el látex chirriante y luego sacó una ganzúa de otro bolsillo.

El expediente indicaba que la puerta de la casa rodante de Pabon estaba equipada únicamente con una endeble cerradura sin cerrojo.

Subió tres bloques de hormigón que hacían las veces de escaleras.

Le gustaba cronometrar cuánto tiempo tardaba en forzar una cerradura. ¿Su récord personal? Doce segundos. Necesitó veintiuno para abrir la puerta principal de Pabon.

Un poco lento esa noche.

Se deslizó en el interior.

Lo recibió un efluvio de café, alcohol, nicotina, orina y ropa sucia.

Había de todo por todas partes, incluidas latas abiertas de peras, guindillas y sopa.

Y montones de envases de comida rápida. Basura.

Periódicos. Incluso piezas de automóvil grasientas.

Por suerte, llevaba una linterna de bolsillo con la que alumbró para abrirse paso hasta el dormitorio del fondo.

Pabon estaba despatarrado sobre la cama, con la boca abierta.

Respiraba pesadamente. Sin camisa, calcetines ni zapatos, lo único que llevaba puesto era un par deshilachado de vaqueros azules, desabrochados y con la cremallera bajada, con una mancha húmeda en la entrepierna.

Revisó el cubículo abarrotado. En la mesita de formica que había junto a la cama se encontraban los restos de la dosis de drogas de aquella noche.

Ya no quedaba heroína, solo una jeringuilla vacía.

¿Dónde estaban los frascos de medicamentos?

Abrió la estrecha puerta corredera que daba al cuarto de baño.

El diminuto lavabo era un collage de grasa, pelo, dentífrico seco y jabón endurecido.

La tapa del inodoro estaba abierta y la taza enturbiada por su uso reciente sin tirar luego de la cadena.

Había una hilera de frascos de medicamentos con receta sobre la tapa de la cisterna.

Contuvo la respiración, se acercó y los estudió con atención hasta encontrar el botecito parcialmente lleno de Valium que los informes médicos de Pabon recogían que tenía prescrito.

Se lo habían recetado para los espasmos musculares, pero en realidad lo que le proporcionaba era un suministro legal de barbitúricos que, junto con la heroína, el cuerpo de Pabon necesitaba desesperadamente.

Con el frasco de plástico en la mano, regresó al dormitorio.

Desparramó las pastillas sobre las sábanas y sacó de otro bolsillo del chaleco una aguja hipodérmica.

Otro colaborador la había recogido unos días atrás de una papelera de Atlanta.

Nadie sabía qué había contenido previamente.

Ahora contenía heroína suficiente para matar.

Y para asegurarse de que Pabon no se despertara antes de que las drogas hicieran efecto, había mezclado a conciencia la sustancia depresiva con Valium.

Un par de chorritos. Jeringuilla vaciada de aire. Todo listo.

Dejó a un lado tanto la linterna como la jeringa y le cogió con suavidad el brazo a Pabon, preparado para reaccionar si el joven se despertaba de repente.