La lista PRESENTE #3
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PRESENTE #3

Es una lucha constante. La vida es una jodienda.

Por encima del hombro de Brent, más allá de los comensales, Hank vio entrar en el aparcamiento una furgoneta con la inscripción NOTICIAS DEL CANAL 8, SAVANNAH serigrafiada en un lateral junto al colorido logotipo de la cadena NBC.

De ella bajaron dos hombres, que entraron por la puerta del restaurante.

Uno cargaba al hombro una pequeña videocámara y el otro llevaba en la mano un cuaderno de notas.

Echaron un vistazo a su alrededor y Hank los llamó con un gesto.

Se dirigieron hacia la mesa.

Brent se dio cuenta de que algo había captado su atención y se volvió para comprobar qué era.

–Debería haberlo intuido cuando elegiste este lugar para cenar. ¿Son amigos tuyos?

Sonrió.

–Todavía no. Pero lo serán.

19:20 h

Desde el fondo de la sede del sindicato, Brent observó cómo, en la otra punta, Hank subía al estrado como un actor sale al escenario, sintiéndose muy a gusto delante de una multitud.

En el trayecto desde el restaurante, Hank se había quejado amargamente del imbécil del reportero de la cadena televisiva de Savannah.

Cuando había acordado dar la noticia la semana pasada, Hank había dado por supuesto que enviarían a la misma periodista de la última vez.

Más entrada en años y agresiva, aquella mujer sabía qué se necesitaba para que a una la recordaran.

Pero, al parecer, había dejado la emisora para proseguir su carrera en mercados más amplios.

De manera que, en lugar de a Lois Lane, la cadena había enviado a Jimmy Olsen.

Brent conocía bien la jugada.

Hank le estaba tocando el punto vulnerable a la empresa, filtrando noticias a la prensa e iniciando una batalla de relaciones públicas para colocarlos a la defensiva antes de que estallara la verdadera guerra por el convenio colectivo.

Para ser un tipo que a duras penas se había sacado la secundaria, Hank tenía un don para tratar con la prensa: sabía muy bien cómo darles un titular en diez segundos.

«Ha de ser corto, llamativo y rompedor».

La noticia de esa noche, a juzgar por lo que había oído durante la entrevista que había tenido lugar en pleno restaurante, guardaba relación con las próximas negociaciones contractuales y el empeoramiento continuo de las condiciones de vida de los obreros.

–¿Por qué no se sienta todo el mundo? –gritó alguien.

Hank iba vestido con una camisa a cuadros de manga corta, unos pantalones de color caqui almidonados y cinturón de piel de cordobán y calzaba unos mocasines perfectamente lustrados.

Era el atuendo que le había visto puesto a su amigo un millón de veces.

Sin embargo, lo que sí le impresionó fue la sede del sindicato, un bonito edificio de mampostería que reflejaba la arquitectura al estilo de la década de 1920 típica del centro urbano de Concord.

Años atrás, las reuniones mensuales se celebraban en el vetusto centro comunitario.

Pero sabía que hacía un tiempo, durante las últimas negociaciones del convenio colectivo con la Southern Republic, Hank había conseguido que les cedieran un cuarto de hectárea de los terrenos de la empresa y suficiente financiación para erigir el edificio.

Tres sindicatos predominaban entre los empleados de la Southern Republic Pulp and Paper.

La Internacional Unida de Trabajadores del Papel, la IUTP, delegación local 567, era la que tenía más afiliados.

La Asociación Internacional de Maquinistas, AIM, delegación local 893, era la siguiente.

Y el sindicato de Hank, la Hermandad Internacional de Trabajadores del Sector Eléctrico, siempre había sido el más pequeño.

Pero, para todo lo que contaba, la HITSE era el más influyente de los tres.

–Doy por abierta la reunión de la delegación local 1341 del 6 de junio –anunció Hank.

Se hizo el silencio en la sala.

La asistencia no era obligatoria, pero había al menos cincuenta hombres presentes, incluido Clarence Silva, que lanzó a Brent una mirada asesina con la que parecía retomar el ofrecimiento anterior de solucionar sus desavenencias con los puños.

Qué surrealista era estar de vuelta.

Cuando había cerrado su despacho de abogado, había hecho las maletas y había conducido hasta Atlanta, al norte, dudaba de si alguna vez regresaría a Concord, Georgia.

Al fin y al cabo, en eso consistía escapar.

En no volver nunca. Pero habían pasado muchas cosas en la última década.

Su padre había fallecido. Y la salud de su madre, al quedarse triste y sola, se había deteriorado.

Además, echaba de menos su hogar. Concord era donde había nacido y crecido.

Conocía hasta el último de sus entresijos.

Había ejercido como abogado allí durante cinco apasionantes años.

La gente lo conocía, y él los conocía a ellos.

El condado solo tenía trece mil habitantes, muchos de los cuales habían vivido allí toda su vida.

Era un lugar tranquilo en el corazón de la Georgia central, conocido tan solo por el lago Eagle y su próspera industria papelera.

–Como todos sabéis perfectamente –empezó a decir Hank–, el 1 de julio caduca el convenio colectivo con la Southern Republic Pulp and Paper de esta delegación local. Han transcurrido ya los cinco años que cubría.

–¡Pues acuérdate de eso! –gritó alguien desde el fondo de la sala–. Esta vez, nada de negociar por cinco años.

–Tiene razón. Eso fue una tontería –dijo otra voz–. Cinco años es demasiado tiempo para restringir las cosas.

Por suerte, durante su exilio, Brent no había cancelado en ningún momento su suscripción al diario local, el Concord Record, de manera que estaba al corriente de lo que había sucedido.

Lo normal era que los sindicatos negociaran convenios por tres años.

Pero la última vez, la Southern Republic había presionado para alargarlo a cinco y, para conseguirlo, había accedido a las demandas de Hank de aplicar un aumento porcentual adicional de los salarios, así como de financiar la sede sindical.

Con todo, ese movimiento había sido impopular.

Un raro error de cálculo de los sentimientos sindicales por parte de su viejo amigo.

–Entendido –replicó Hank–, nada de cinco años. Pero, si la empresa sabe que, bajo ninguna circunstancia, vamos a aprobar otro acuerdo por cinco años, ¿qué concesiones creéis que podré obtener? ¿Cómo negociaré si conocen de antemano nuestros puntos innegociables?

Brent se percató de que nunca hablaba en plural, ni de nosotros ni de la delegación local.

Siempre lo hacía en primera persona. Aquel era el sindicato de Hank, punto y final.

Hubo quien sacudió la cabeza en gesto de oposición, pero otros asintieron dando su conformidad.

Le vino a la mente algo que Hank le había enseñado hacía mucho tiempo: «La lógica es tu amiga. Úsala».

–Escuchad –dijo Hank–, estoy a pocos días de iniciar las negociaciones contractuales. Estoy de acuerdo en que cinco años de duración es mucho, pero he de tener cierto margen para conseguir cosas. Dadme algo de manga ancha y confiad un poco en mí. ¿Alguna vez os he defraudado?

Seguramente Hank fuera la persona más interesante a la que Brent había conocido en toda su vida.

Lo había visto ser absolutamente despiadado, no mostrar compasión alguna ante un enemigo percibido.

Y, sin embargo, los domingos impartía en la Primera Iglesia Baptista una clase de catequesis tan popular que siempre había lista de espera.

Hank trabajaba en la papelera desde los diecinueve años.

Durante los últimos veinticinco había dirigido la delegación local 1341 del sindicato y durante dieciséis de ellos había sido, además, alcalde de Concord.

Pero cuando los votantes decidieron que preferían tener un gestor urbano a jornada completa en lugar de un alcalde a jornada parcial, les hizo el favor de no presentarse a un quinto mandato.

En la jerarquía de la empresa, tenía el título de electricista jefe del turno de día.

Hasta donde Brent recordaba, solo cinco personas en toda la historia habían acumulado los treinta años necesarios para alcanzar ese rango, y Hank era ahora el empleado más veterano.

La junta directiva de la empresa lo respetaba.

Tenía talento para agitar las aguas cuando las cosas no salían como él quería.

Algunos podían calificarlo de terrorismo.

A Hank le gustaba llamarlo «persuasión activa».

Era rápido interponiendo demandas formales, y aún lo era más defendiendo lo que denunciaba con pruebas irrefutables.

Y mientras que a los secretarios generales de los otros dos sindicatos se los podía seducir o presionar, Hank no sucumbía a ninguna de las dos cosas.

Era, simple y llanamente, un negociador nato.

–¿Vas a cuidar de nosotros esta vez? –preguntó uno de los hombres.

Brent miró fijamente a Hank desde el otro lado de la sala, y este le sonrió como un padre a un hijo díscolo. La respuesta acostumbrada habría sido alguna perogrullada que hiciera sentir bien a la muchedumbre. Una reafirmación insustancial de lo evidente.

Pero Hank conocía bien a su público.

–¿Los bebés gordos se tiran pedos?

21:25 h

Ahora el colaborador vestía tejanos y un polo.

Había salido del sanatorio en torno a las siete y se había detenido en el arcén de la carretera el tiempo justo para cambiarse de ropa.

El escaso tráfico en la autopista 56 en dirección norte desde el condado de Woods permitía conducir sin prisas.

La oscuridad lo había envuelto hacía apenas treinta minutos, los días eran más largos con el verano a solo dos semanas a la vista.

Aminoró la marcha de su Ford Explorer y entró despacio en Dixie Pond, Georgia, una diminuta comunidad situada a menos de ciento cincuenta kilómetros al norte de Concord.

No podía decirse que fuera realmente un pueblo; era poco más que un pequeño colmado, una gasolinera y una oficina de correos, una mancha en los árboles entre Savannah y Augusta.

Había ido allí en busca del Parque de Caravanas de Barlow, así llamado por los lugareños en honor a la anciana propietaria que lo regentaba.

Se encontraba en un terreno boscoso a unos tres kilómetros de la autopista 56, parte de una extensión de cuatro hectáreas, y albergaba cuarenta y tres parcelas que se alquilaban por meses, con conexión a pozo y fosa séptica incluida.

Al parque le venía la fama de hacía un par de años, cuando un tornado había arrancado de raíz tres casas rodantes.