PRESENTE #2
Sabía que el edificio se prolongaba casi dos mil metros cuadrados bajo aquel techo, en poco menos de una hectárea de terrenos llanos y boscosos también donados por la Southern Republic.
La Prioridad residía en la habitación número 46, en el ala este del edificio.
Su nombre era J. J. Jordon, de setenta y cuatro años y aquejado de trombos severos en ambas piernas, agravados por gota y fallo renal.
Debería haber muerto tres semanas antes, cuando otro colaborador había visitado su hogar y le había cambiado la medicación.
Era un método de procesamiento habitual, ya que la única pregunta que suscitaba era la responsabilidad de la farmacia que le había suministrado los medicamentos.
Y eso no era problema suyo.
De hecho, la idea en la que se basaba el Programa Prioridad era convertir la muerte en el problema de otra persona.
Había estudiado el historial médico de Jordon, al cual había tenido acceso, y había comprobado que la enfermedad del anciano se había estabilizado.
Su familia había elegido ingresarlo en el sanatorio local porque no podía seguir cuidando de él las veinticuatro horas del día.
El error en la toma de las pastillas le había pasado factura y había agravado su situación, pero no hasta el punto de resultar letal.
Hasta el momento, diecinueve días de cuidados constantes habían generado una factura importante, y la cantidad crecía a diario, sin un fin a la vista.
No era su primera visita al sanatorio, ya se conocía el lugar.
Que la familia hubiera elegido aquel sitio para ingresarlo había sido un golpe de suerte para ellos.
Una instalación exterior habría complicado el asunto.
El historial médico indicaba que Jordon estaba conectado a un suministro constante de oxígeno por vía nasal.
Además, estaba profundamente sedado, pues mantenerlo dormido se consideraba la mejor medicina.
Tal vez eso explicara que aquella noche no hubiera visitas en la habitación 46.
La información era importantísima.
Podía ser tu mejor aliada, motivo por el cual los expedientes se preparaban con tanta meticulosidad.
Avanzó por el pasillo enmoquetado, dejando atrás las habitaciones de los residentes mientras se dirigía a una puerta cerrada al fondo del corredor.
Iba vestido con traje y corbata, con una de las placas de seguridad de la instalación colgando del cuello que lo identificaba como un médico de Savannah.
Llevaba una pequeña mochila negra. A los profesionales médicos que acudían regularmente al centro se les entregaban esas placas identificativas, que les permitían entrar y salir a su antojo.
Y de Savannah o Augusta los había a mansalva.
Se detuvo ante la puerta y miró a su alrededor.
No había nadie a la vista.
No se habían instalado cámaras de seguridad de manera intencionada.
La junta que dirigía la instalación, integrada por veinte residentes del condado de Woods, había considerado que era una medida innecesaria.
La gente acudía a aquel lugar a vivir sus últimos años en paz. No había nada de malo en ello.
Así que para qué malgastar dinero.
Introdujo la llave que había llevado y abrió la cerradura.
Entró en la sala de máquinas. Encendió la luz y volvió a cerrar con llave la puerta.
Su reloj interno empezó a hacer tictac. No podía permanecer allí demasiado tiempo.
Cada segundo aumentaba el riesgo de ser detectado.
Procesar a aquella Prioridad de ese modo no era un procedimiento operativo estándar.
Pero corregir el error de hacía tres semanas exigía asumir más riesgos de lo habitual.
Abrió la mochila de piel negra y extrajo un pequeño cilindro.
A continuación, se acercó a una batería de tubos y válvulas, los cuales conectaban con el generador respiratorio del sanatorio.
Desde allí se enviaba oxígeno puro a través de las paredes a todas las habitaciones, para tenerlo a disposición en caso necesario.
Y, en ese momento, en la habitación 46 era necesario.
Las decisiones de procesamiento prácticas siempre se dejaban a la discreción del colaborador, si bien la elección final debía recibir aprobación antes de ser implementada.
Una vez que supo que J. J. Jordon estaba ingresado allí, la elección no le había supuesto ningún quebradero de cabeza.
Años atrás, en la Alabama central, una mujer de ochenta años había muerto en el cuarto de baño de un McDonald’s cercano.
La policía había acabado determinando que una línea de purga utilizada para carbonatar el dispensador de bebidas se había desconectado y había inundado el cuarto de baño de dióxido de carbono.
El gas se había acumulado hasta alcanzar un nivel letal y la anciana había muerto al entrar.
La vida juega malas pasadas. ¿Cuánta gente moría yendo al aseo?
Cuando se remodeló el sanatorio, se había adquirido este sistema de suministro de oxígeno por sus válvulas de apertura rápida.
Normalmente se usaban para purgado, pero también servían como excelente punto de entrada.
Habían transcurrido tres años desde la última vez que se habían usado...
y quien lo había hecho también había sido él.
Aquella Prioridad había sido fácil de eliminar y esta, la de esta noche, también debería serlo.
El cilindro que había traído estaba dotado de un pequeño fragmento de tubo flexible para conectar la clavija macho de la válvula con la hembra de la tubería de oxígeno de la habitación 46.
El cilindro contenía difosgeno. Incoloro, pero con un ligero olor a heno o césped recién cortados.
Junto con el fosgeno, se usó como arma química en la Primera Guerra Mundial, pero desde entonces había caído en desuso.
Su ventaja era que no se requería una dosis alta para matar y no dejaba rastro, ya que se disipaba rápidamente.
Se puso unos guantes de látex, desconectó el tubo de oxígeno de la habitación 46, lo conectó al cilindro, abrió la válvula y llenó la tubería.
En lugar de oxígeno para mantenerlo con vida, J.
J. Jordon estaba respirando veneno en esos momentos.
El hecho de que estuviera fuertemente sedado ayudaba, ya que no tendría convulsiones.
Quedaría inconsciente casi de inmediato.
Jordon no estaba conectado a ningún monitor cardíaco ni respiratorio.
En el expediente se indicaba que el personal de guardia comprobaba que estuviera bien varias veces cada hora.
Dejó que manara el gas.
Dos minutos.
Tres.
Cinco.
Con eso bastaría.
Desconectó el cilindro y volvió a enchufar el oxígeno, que no tardaría en limpiar la tubería.
A continuación, metió el cilindro y los guantes en su mochila y se preparó para marcharse.
Salió de nuevo al pasillo y se dirigió hacia la entrada principal, confundiéndose entre la gente que entraba y salía de las habitaciones.
Nadie le prestó atención.
Por lo general, se le requería que confirmara físicamente en la Prioridad que el procedimiento había sido un éxito, pero ese imperativo no se aplicaba esa noche debido al error anterior. Lo comprobaría por la mañana para asegurarse.
En esos momentos, tenía otras citas que atender.
18:20 h
Hank Reed se alegraba de la vuelta de Brent.
Había echado de menos a su amigo más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Los separaban casi veinticinco años. Brent era licenciado por la universidad y abogado, un profesional.
A Hank le había costado incluso sacarse la secundaria y se había formado como electricista, lo cual lo convertía en un obrero de por vida.
Pero, en muchos sentidos, Brent era como el hijo que Hank nunca había tenido.
Se entendían bien. Siempre lo habían hecho.
Entre ellos no fingían. Y a Hank eso le gustaba.
Era la persona con quien había establecido la relación más cercana.
Y cuando diez años antes Brent se había marchado de la ciudad, le había dolido.
Pero eso era algo que se había guardado para él.
Por suerte, su «hijo» había regresado.
Lo observó mientras Brent cortaba una costilla al punto, sentados a una mesa en pleno centro del comedor principal del Aunt B’s.
Justo donde él quería estar.
–No hace ni un día que has llegado y ya andas metido en problemas –le dijo a Brent–. No sabía que Clarence te la tenía jurada.
–A la gente le afloran los sentimientos con los abogados. Sobre todo si te quitan a tus hijos. Ya estoy acostumbrado –señaló Brent–. ¿Qué te ha pasado en el pelo?
Hank solía llevar el pelo impecable, una melena de color negro azabache cortada a cuchilla a la perfección.
Una extravagancia para un obrero. Pero le gustaba tener buen aspecto.
No era ningún secreto que se teñía el pelo.
Sin embargo, hacía unos años finalmente había dejado que le invadieran las canas.
–Me cansé de engañarme. Además, ya es hora de que acepte mi edad.
Tenía sesenta y cuatro años, pero se enorgullecía de parecer y comportarse como un hombre mucho más joven.
–Venga ya, Hank. ¿Ahora te me vas a hacer mayor?
–Yo también me alegro de verte, amigo.
Brent sonrió.
Siempre lo llamaba amigo, colega o asesor. Solo lo llamaba por su nombre de pila cuando se trataba de un asunto serio.
–¿Así que has llegado hoy? –le preguntó.
–He salido de Atlanta esta mañana en coche y he llegado justo después de almorzar.
–Al fiscal del distrito le habrá entristecido verte marchar.
–Pues la verdad es que creo que sí. No parece que hayan pasado diez años desde que me fui de aquí.
–¿Y estás preparado para convertirte en un hombre de la empresa?
Brent se encogió de hombros.
–Nunca me imaginé que lo sería.
–Yo tampoco. Pero creo que en la Southern Republic se alegran de tenerte en nómina.
–Me sorprende, a juzgar por lo que les hacíamos.
–Creo que es precisamente por eso. Diría que temen que volvamos a formar equipo.
Habían hecho una buena pareja. Uno al frente del sindicato y Brent como el célebre abogado local que no le temía a nada. Juntos, habían causado estragos en la Southern Republic y, por el camino, ambos se habían forjado una reputación.
–Has llegado justo a tiempo –le dijo–. Las negociaciones de contratos están a punto de caer. Y va a ser duro.
–¿Más de lo habitual?
–La industria del papel está de capa caída.
La gente cada vez lo utiliza menos. Ya no se usa papel para casi nada.
Y China nos está matando con sus exportaciones y precios bajos.
Por otro lado, los costes en sanidad y las jubilaciones se han disparado por las nubes.