PRESENTE
DÍA 1MARTES, 6 DE JUNIO
17:50 h
Brent Walker odiaba a los pueblerinos.
No a todos, por supuesto, pero a la mayoría sí, aunque, según la definición más extendida, es probable que él fuera uno de ellos.
Eran una raza peculiar, nacidos y criados localmente, con su propio vocabulario, código moral y jerarquía.
Entenderlos requería tiempo y paciencia, dos elementos de los que en los últimos tiempos iba escaso.
Para empeorar las cosas, el mamarracho canijo que tenía detrás en ese momento, con el típico cogote quemado por el sol, era especialmente molesto.
–Pensaba que ya no vivías aquí, abogado –dijo Clarence Silva.
–He vuelto.
–Qué suerte para nosotros.
Dejó de deslizar la bandeja de plástico por la rejilla de acero inoxidable y se detuvo ante los postres expuestos tras un aparador de vidrio.
Miró a la cara a Silva, parte de uno de los últimos divorcios que había llevado diez años atrás, antes de mudarse de Concord a Atlanta.
En aquel entonces, Silva trabajaba como ayudante de electricista en el molino, tenía esposa y tres hijos.
Brent había representado a su mujer.
Cogió una porción de tarta de cerezas y siguió avanzando por la fila de autoservicio.
El restaurante se estaba llenando rápidamente de gente que iba a cenar.
El turno diurno en la fábrica de papel había acabado hacía dos horas, lo que había dado a aquella gente tiempo para volver a sus casas, darse una ducha y meter deprisa a su mujer y a los críos en el coche.
En los establecimientos de Concord, la hora punta para cenar era entre las seis y las siete de la tarde.
Y no había demasiados.
Los dos moteles tenían restaurante. Además de eso, había una cafetería en el centro de la población, un bufé rústico en la autopista hacia Savannah, el Andy’s Barbecue cerca de la papelera, un Burger King, un McDonald’s, un Wendy’s y, su elección para aquella noche, el Aunt B’s Country Kitchen.
El hecho de que fuera el primer martes del mes no ayudaba en cuanto a la clientela se refería.
El Rotary Club del condado de Woods celebraba su reunión mensual junto al comedor principal.
En su día, él había formado parte de aquel club. Era uno de sus tres abogados.
–Mariquita –dijo Silva.
Aquel idiota había invadido el espacio personal de Brent, impregnándolo con el hedor a leche agria derramada de su ropa sucia.
Era un olor familiar. Lo causaban las ocho horas en la fábrica de papel.
Una mezcla de decolorantes químicos y cantidades copiosas de gases sulfúricos.
El olor del dinero, lo llamaba todo el mundo.
Sabía bien que parte del código no escrito de los pueblerinos era no rehuir los problemas, ni ahora ni nunca, de manera que volvió la cabeza y se enfrentó a su pasado.
–¿Tienes algún problema, Clarence? –preguntó alzando la voz, en un tono lo bastante contundente como para captar la atención de quienes formaban cola tras Silva.
Perfecto. Brent ya no era el mismo hombre que había dejado aquella ciudad una década atrás, y le parecía bien que todo el mundo se enterara el mismo día de su regreso.
–Por tu culpa, abogado, lo perdí todo.
Miró de arriba abajo a aquel mequetrefe.
No había cambiado demasiado. Pelo moreno y grasiento hasta las orejas.
Y flacucho como una caña de bambú. El mismo cuello largo, como uno de los pájaros carpinteros que construían nidos entre los pinos que bordeaban el lago Eagle.
En contraste, Brent medía uno ochenta y cinco, pesaba ochenta y cinco kilos y tenía la musculatura tonificada gracias a su rutina constante en el gimnasio.
Le gustaba hacer ejercicio. Sudar parecía tranquilizarlo, tal como el alcohol, el tabaco o las drogas hacían en otras personas.
Daba gracias porque ninguno de esos tres vicios hubiera despertado nunca su interés.
–Por lo que yo recuerdo –replicó Brent–, no tenías mucho que perder.
–Casi pierdo el trabajo por tu culpa.
–No digas chorradas. –Y le señaló con el dedo–. Casi pierdes el trabajo por tu culpa.
Tras diez años en Atlanta juzgando a delincuentes para la Oficina del Fiscal del Distrito del Condado de Fulton, pensaba que la mitad de Georgia que llevaba dentro había desaparecido.
Pues no. Ni hablar. Ahí seguía. Lista para plantar cara.
Y aunque no se había liado a tortazos en años, no le apetecía armar una bronca en medio del Aunt B’s.
No sería adecuado para su nueva imagen como asesor jurídico general adjunto, un título rimbombante que todavía no había acabado de digerir.
De manera que probó a desviar el tema.
–¿Y qué fue de tu mujer?
Silva sonrió. Había perdido las dos paletas superiores y los dientes que le quedaban parecían granos de maíz podridos.
–Volvimos a casarnos, seis meses después del divorcio.
¿Por qué no le sorprendía? En el código de los pueblerinos había cabida para un amplio espectro de perdón, al margen de la ofensa, siempre que el orgullo del hombre no quedara demasiado mancillado. Lo que parecía ser el caso.
–Y, además, tenemos otro pequeño.
–Debes de estar muy orgulloso.
Su sarcasmo era evidente, de manera que le dio la espalda y avanzó por la cola para servirse.
–Supongo que mi mujer no podía vivir sin lo que le daba –le dijo Silva.
Otro mantra del código que sostenía que, fuera cual fuese el problema, la solución siempre era el sexo. Bueno o malo, verdadero o falso, eso poco importaba. Sabía que no debía hacerlo, pero no pudo reprimirse:
–¿Y qué? ¿Has matado algún conejo últimamente?
Recordaba que, durante el proceso de divorcio, la esposa había testificado que a Silva le gustaba comprarles a los niños conejitos para Pascua para que jugaran con ellos.
Luego, los engordaba, les retorcía el pescuezo y los servía a la mesa el Día de los Caídos.
Tambor a la brasa, los llamaba él. Huelga decir que la experiencia era traumática para los niños y fue sumamente efectiva ante el juez, quien restringió duramente los derechos de visita de Silva.
–¿Qué te parece si salimos fuera tú y yo? –le propuso Silva–. Siempre he querido retorcerte el pescuezo.
Se detuvo, lo miró y sopesó el desafío. ¿Por qué no? No le importaría darle una somanta de palos a aquel imbécil. Tal vez sería una buena manera de pasar esa página de una vez por todas en su nueva vida. Por desgracia, el sentido común le previno en la dirección contraria.
–Ya que has recuperado a tu mujer y a tus hijos, ¿por qué no disfrutas de la vida, Silva? –le dijo.
–Ya lo hago. Pero me encantaría reventarte la cara. ¿Qué me dices, abogado? ¿Te apuntas?
–Será mejor que no –dijo una voz a su espalda.
Brent se volvió para ver de quién se trataba.
Hank Reed estaba allí plantado, con su metro setenta y cinco de estatura, la cabeza proyectada hacia delante y esa famosa mirada suya de obstinada determinación, como un rostro tallado en el monte Rushmore, fulminando con los ojos a Clarence Silva.
–No te metas, Hank –replicó Silva–. Este abogado nunca me ha gustado y lo sabes bien.
–No tengo intención de discutir. Coge tu comida y lárgate –le ordenó Hank.
Sabía que Silva no le plantaría cara. Seguramente Silva seguía siendo solo ayudante de electricista en la papelera, mientras que Hank era el electricista de más rango del turno de día y el secretario general del sindicato al que pertenecía aquel paleto.
Meterse en un lío así solo le comportaría un montón de problemas.
De manera que Silva pasó por delante de ellos y se dirigió a una mesa.
Menos mal, porque Brent estaba a punto de salir al estacionamiento y hacerlo picadillo.
Aun así, no le interesaba llevar la cara llena de moretones al día siguiente.
Era su primer día en el nuevo trabajo.
Vida nueva.
Por más placer que una buena pelea le hubiera dado.
18:05 h
El colaborador entró en el Sanatorio del Condado de Woods.
El edificio, de una sola planta, se hallaba justo a las afueras de Concord, cerca del hospital regional.
Lo habían construido cinco años atrás para reemplazar unas instalaciones que habían quedado obsoletas.
Sus datos eran impresionantes. Setenta y ocho camas, cincuenta y un empleados y un equipamiento puntero.
La media de edad de los residentes era de setenta y nueve años, con una población actual dividida en un sesenta por ciento de mujeres frente a un cuarenta por ciento de hombres.
Todo estaba pensado para la comodidad. Había reuniones por la mañana, para tomar el café, clases de artesanía, sesiones de cine, videojuegos e incluso cenas a la luz de las velas y celebraciones de cumpleaños.
Tal como destacaba el folleto promocional del centro: «Trabajamos en colaboración con la familia para proporcionar programas terapéuticos evolutivos que satisfagan las necesidades de cada residente».
Sonaba fenomenal.
Pero a él aún le faltaba mucho para jubilarse y, cuando lo hiciera, sería en una playa, en un lugar cálido en el que pudiera disfrutar del fruto de su trabajo.
Al fin y al cabo, era un profesional.
Había programado su visita para coincidir con el ajetreo vespertino.
El expediente indicaba que entre las 17:00 y las 19:00 horas, cada día, no solo se producía el cambio de turno, sino que era el momento en el que entraban y salían los familiares, muchos de los cuales se dejaban caer por el centro de camino a casa tras el trabajo o después de cenar.
Casi todos los ancianos residentes eran lugareños, la mayoría de ellos nacidos y criados en el condado de Woods, hombres y mujeres que habían trabajado toda la vida en la papelera, para el condado o en el sistema escolar.
Esos eran los tres principales empleos en el lugar.
El primer sanatorio se había construido en la década de 1960, financiado íntegramente por la Southern Republic Pulp and Paper, propietaria de la fábrica de papel local.
Posteriormente se había renovado en dos ocasiones.
«Nuestra forma de cuidar de los nuestros» era como la empresa lo había anunciado en la prensa en ambas ocasiones.
El expediente de la Prioridad que había estudiado contenía fotografías, placas de matrícula y descripciones físicas de los parientes más cercanos, pero ninguno de aquellos rostros había llegado en las últimas tres horas de vigilancia, y ninguno de sus coches estaba aparcado en el estacionamiento,
que ya estaba prácticamente desierto.