Prólogo #2
El viejo oyó alboroto a lo lejos, entre los densos matorrales de la orilla, más allá del punto en el que el arroyo dejaba el estanque para serpentear tierra adentro.
Muy poca gente frecuentaba aquellos bosques, lo que le llevó a preguntarse si tal vez se trataría de un ciervo, un jabalí o un oso pardo.
Quince metros más allá de la laguna, el follaje se despejaba y formaba una pequeña cala.
Escudriñó el bosque con la mirada y divisó el chaleco naranja de un cazador.
–¡Hola! –gritó una voz masculina–. ¿Hay alguien ahí? Necesito ayuda.
Recogió la caña de pescar y la metió rápidamente en el bote.
–Por favor, no se vaya –dijo la voz.
De entre la maleza salió un hombre que había quedado enmarañado en una zarzamora a orillas del agua.
–¿Qué le ocurre? –preguntó.
–Es mi amigo. Estábamos cazando jabalíes y ha tropezado. ¡Dichosa raíz! Creo que se ha roto el pie. No puedo llevarlo hasta la camioneta. ¿Podría usted llevarlo en su embarcación hasta un punto donde yo pueda recogerlo?
Examinó al cazador. Debía de rondar los treinta y cinco años, de mentón cuadrado y rapado al cero.
Un desconocido. Pero mucha gente procedente del sur y del centro de Georgia iba a cazar al condado de Woods.
Desde luego, iba vestido para la ocasión.
Camiseta de cuello redondo bajo el chaleco naranja fluorescente.
Unos pantalones de camuflaje cubrían sus cortas piernas.
Botas manchadas de barro. Guantes negros.
–¿Puede caminar? –preguntó.
–Apenas –respondió el cazador, intentando recobrar el aliento–. Pero creo que puedo traerlo hasta aquí si después usted me ayuda a subirlo a la barca.
–Vaya a por él. Yo iré acercándome a la orilla.
El cazador desapareció en el bosque.
El viejo desplazó las dos neveras, la caja de los aparejos y el bidón de combustible adicional hacia la popa y acercó la embarcación hacia el claro donde había visto al cazador.
Varó la proa y desembarcó en la orilla para esperar.
Al cabo de un par de minutos, el cazador con el que acababa de hablar reapareció ayudando a otro hombre que iba vestido de manera casi idéntica.
Su compañero parecía mayor, más corpulento, y le costaba caminar incluso con ayuda, a juzgar por los gritos que profería al avanzar por la maleza.
El viejo esperó junto a su esquife hasta que salieron de entre los matorrales y luego se les acercó para ayudar.
El cazador con el pie torcido lo agarró por el pelo.
Le arqueó el cuello hacia atrás.
Notó un dolor agudo recorriéndole la columna.
Otra mano le cubrió el rostro. Notó un paño frío con un olor nauseabundo, a tripas de pescado desecadas al sol.
Clavó sus ojos en los del cazador. De un color gris acero con una voluta añil y una mirada de placer aterradora.
Lo agarró con más fuerza. El olor le mareó.
Le temblaron las rodillas y acabaron fallándole.
Cayó al blando suelo y robó una última mirada al cielo.
Luego, todo quedó a oscuras.
Se sacó el walkie-talkie del bolsillo trasero e informó:
–Ya lo tengo. Ven.
Aunque quedaba oculta a la vista, sabía que en la entrada a la laguna de Brooks había otra embarcación que avanzaba hacia su posición, con un ocupante montando guardia con un sedal sin cebo sumergido en las parduzcas aguas y el walkie-talkie a punto por si era preciso alertar.
Se quitó los guantes de piel negros, dejando a la vista otros de látex.
Su colaborador lo imitó. Juntos, levantaron al viejo y lo colocaron dentro del esquife.
Luego, salpicaron de agua la orilla y alisaron el suelo húmedo con unas frondas de palmera para borrar todo rastro de su presencia.
Subió al esquife sorteando el cuerpo del viejo y se sentó en la popa.
Su colaborador lo siguió, pero permaneció cerca de la proa.
Con ayuda del remo, desplazó el bote hacia el lago y con el salabardo pescó el corazón de manzana del agua.
Le lanzó una mirada fugaz para comprobar si había quedado algún bocado, pero aquel vejestorio no había dejado más que las semillas.
Le metió el corazón en la boca al viejo y luego maniobró el esquife por el arroyo en dirección al lago.
Esquivó las ramas de roble y orientó la barca hacia el umbral de la laguna. Su otro colaborador ya se hallaba a la vista, mirando hacia el esquife. Una discreta señal confirmó que todo iba bien. Dejó el remo a un lado y puso en marcha el motor fueraborda de cincuenta caballos.
El motor cobró vida con ímpetu. Las revoluciones aumentaron.
El aceite salió a borbotones, formando una nube tóxica.
Con otra señal con la mano le indicó a su colaborador, sentado en la proa, que enderezara al viejo en el asiento central.
Para mantener recto el cuerpo flácido, su colaborador aguantó la cabeza del viejo por la barbilla, agazapado delante de él.
Volvió la vista atrás una última vez, y su otro ayudante le confirmó que no había nadie que pudiera verlos u oírlos.
Viendo que todo estaba en orden, puso en marcha el motor fueraborda.
El esquife salió disparado hacia la laguna.
Su colaborador sujetaba al viejo, manteniéndolo quieto. El motor fueraborda zumbaba a toda potencia.
Las ramas de roble se acercaban deprisa, al encuentro de la cabeza del viejo. En el instante previo a que ambas chocaran, dejó el motor en punto muerto y saltó por la popa.
El agua tibia le alivió el calor.
Agradeció poderse quitar el sudor y la mugre que se le habían acumulado en la ropa de camuflaje desde el amanecer.
Se puso en pie y, con el agua cubriéndole hasta los hombros, se peinó el pelo canoso hacia atrás.
Los ojos se le secaron y su visión se volvió nítida justo en el momento en el que su colaborador soltaba la cabeza del viejo, que fue a estrellarse con las ramas.
Su cuerpo inerte rebotó en el travesaño y el brusco cambio de impulso hizo que quien hasta hacía apenas unos segundos era el marido y el padre de alguien saliera despedido y cayera dando tumbos en la laguna.
Que era exactamente lo que él pretendía.
Si el golpe en la cabeza no lo había matado, el agua se ocuparía de hacerlo.
Ahogamiento, accidente náutico o cualquier combinación de ambos sería una causa de muerte aceptable.
Realmente era como disparar a unas latas sobre un tronco.
Su colaborador saltó del esquife al agua. La barca siguió navegando lentamente hasta acabar varada en unos densos matorrales al fondo de la laguna, con el motor zumbando en punto muerto.
Supervisó la escena.
Todo había salido según los criterios de procesamiento.
Le hizo una señal a su colaborador, que avanzó penosamente por las aguas poco profundas, más allá del arco de ramas.
El cuerpo del viejo flotaba boca abajo en las turbias aguas; a escasa distancia lo hacía el corazón de manzana.
Se acercó a él caminando por el agua y le colocó las yemas de los dedos en la arteria carótida.
No había pulso.
Confirmación.
Su colaborador y él se dirigieron hacia el lago.
Al aproximarse a la entrada, la creciente profundidad les obligó a recorrer a nado la distancia que los separaba de la otra embarcación.
Sus ropas no tardaron en convertirse en anclas, pero apenas había unos metros de separación.
Una vez que llegaron al bote, subieron a él, se desprendieron de los guantes y se alejaron a toda prisa mientras el cadáver del viejo flotaba boca abajo en la laguna de Brooks.