La lista
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Prólogo
Matar ancianos era como disparar a unas latas sobre un tronco.
Demasiado intrascendente para llamar la atención.
Y lo que era aún peor: la Prioridad llegaba tarde.
El viejo aparecía cada viernes entre las seis y las seis y media de la mañana, puntual como un reloj, tal como indicaba explícitamente el expediente. Predecible como el escuadrón de moscas amarillas que habían salido de la nada hacía media hora y no dejaban de darle la lata.
Pero, casualmente, ese día no.
De todos los viernes, el maldito viejo decidía llegar tarde precisamente hoy.
Por supuesto, de haber tenido alguna expectativa real –el éxtasis del éxito, la emoción de la caza o chorradas por el estilo–, la hora que acababa de pasar sofocándose bajo el calor de agosto no le habría resultado tan lamentable.
Bajó los prismáticos y contempló la apacible escena bucólica.
Los arbustos de madreselva, las palmas enanas y los pinos que bordeaban la orilla nordeste de aquel remanso de paz le proporcionaban un buen escondite en el que su traje de camuflaje pasaba totalmente desapercibido.
El arroyo que conducía a la laguna de Brooks discurría dibujando meandros, con el lago Eagle al fondo.
Con un poco de suerte, en cuestión de minutos todo aquello habría acabado.
El viejo dio fuerza al acelerador del esquife para cruzar el lago Eagle.
Su mujer solía decir que aquella masa de agua era su amante con curvas.
Y tenía razón. Habían transcurrido cerca de treinta años desde que había visto a las excavadoras y los tractores de carga esculpir sus orillas y trasladar la tierra que antaño sostuvo pinos y plantas de soja a toda Georgia como tierra de relleno.
Con el tiempo llenaron de agua la gigantesca oquedad y pasó a ser fácilmente identificable como una mancha azul en el mapa del estado.
Él había sido uno de los primeros en probar aquella expansión virgen, seducido por ella desde el principio, y esperaba que lo último que vieran un día sus cansados ojos de color avellana fuera el reconfortante gris parduzco de las tranquilas aguas del lago Eagle.
Inspeccionó el cielo matutino. El sol aún tardaría al menos una hora en coronar los pinos más altos que se alzaban en la orilla este.
Sin nubes a la vista, la densa capa pegajosa de humedad era el único recordatorio de las feas tormentas que habían descargado los dos últimos días.
A los pájaros y a las ranas arborícolas no parecía importarles el bochorno. Ni a los insectos.
A él tampoco.
Divisó más adelante la rendija en la orilla que tan bien conocía.
Soltó el acelerador.
El motor fueraborda aminoró la marcha paulatinamente, ralentizando el avance del esquife.
Sabía que la mayoría de los pescadores del condado de Woods evitaban la laguna de Brooks por cuatro razones prácticas: su angosto espacio, con solo cuatro metros y medio de orilla a orilla; la abundancia de mosquitos y moscas amarillas; el insoportable bochorno que hacía la mayor parte del año...
... y el arco de ramas que marcaba el umbral.
Gruesas ramas de robles de agua se enroscaban en espiral formando una barricada a todo lo ancho.
El espacio entre la corteza y el agua era limitado, de apenas un metro veinte, lo cual solo permitía transitarlo con botes de cierto tamaño y forma, como su esquife de fondo plano, que había comprado hacía tres años específicamente para usarlo en la laguna de Brooks.
Dejó que el motor fueraborda se apagara del todo y luego avanzó poco a poco con un motor para pesca al curricán de medio caballo de potencia montado en la proa.
Las ramas se acercaban.
Treinta años de visitas le habían enseñado exactamente cuándo agacharse y durante cuánto tiempo.
Una vez franqueada la barrera, el arroyo serpenteaba por el interior de la península unos veinte metros hasta desembocar en un laguito aislado donde sabía que aguardaba la mejor pesca de toda la Georgia central.
Divisó al viejo.
Ya era hora, maldita sea.
Qué espanto de calor. Y de bichos. Y de hiedra.
Al menos el día anterior había aire acondicionado, aunque aquel vejestorio setentón no hubiera dejado de retorcerse hasta el último aliento.
Lo cierto es que le gustaba que se resistieran un poco.
Le añadía emoción. Lo convertía en un desafío.
Eso sí, sin excesos. Nada de moretones, cortes, sangre ni ADN.
Todas esas huellas eran pruebas que podían echar a perder una buena faena.
Meneó la cabeza a ambos lados.
La gente era tan puñeteramente predecible...
Con unas vidas regidas por la agenda, parecían ajenos a los riesgos que entraña la regularidad.
Pongamos por ejemplo esta Prioridad. Cada viernes, pasara lo que pasase, lanzaba su bote al agua por la rampa de botadura del condado y ponía rumbo directamente a la laguna de Brooks.
Incluso su trayecto a través del lago Eagle era invariable.
Como si de una autopista invisible hacia el nordeste se tratara, lo recorría siempre justo después del alba, y permanecía en su rincón de pesca hasta la hora de comer.
Para entonces solía haber pescado unas cuatro o cinco lubinas.
Y ocasionalmente algún siluro. Podría haber variado su rutina de vez en cuando.
Probar, por ejemplo, la orilla suroeste o la este.
Pero no. Era viernes, así que su destino era la laguna de Brooks.
Cuánto le gustaban los animales de costumbres, maldita sea.
El viejo lanzó otra mirada rápida al cielo de primera hora de la mañana.
Los tonos amarillentos y anaranjados estaban siendo rápidamente reemplazados por el azul.
Se avecinaba un día esplendoroso de verano.
Y los días de entre semana no había nada mejor que una buena pesca matutina, justo después de amanecer, en soledad.
Alargó la mano para coger su caña de pesca vertical favorita.
Años atrás había tardado un mes en tallar una a partir de una caña.
Ahora podían comprarse en cualquier parte, se fabricaban modelos profesionales de nailon flexible y ligero.
Poco a poco, tal como le había enseñado su padre, ató un nudo festón invertido especial para asegurarse de que el cebo que sumergía quedara bien sujeto.
Con su forma y sus colores, el señuelo imitaba a un pequeño pargo, la tentación ideal para cualquier lubina hambrienta y cegata.
Comprobó los anzuelos triples a proa, a popa y al través.
Impecables. Listos para enganchar. Alargó la caña negra desde el barco y fue sumergiendo el señuelo muy despacio, con suavidad, bajo la queda superficie.
La mejor hora para pescar en la laguna de Brooks era por la mañana.
A mediodía, después de que el sol caldeara las tibias aguas, el calor empujaba a los peces hacia el frío fondo del lago.
A esa hora, apenas despuntada el alba, el entorno era perfecto.
Clavó la mirada en las negras grietas de la orilla este del arroyo.
Había ganado en dos ocasiones el Premio al Pescador de Oro concedido por la Asociación de la Lubina del Condado de Woods, y sabía bien que las lubinas de boca grande acostumbraban a salir de aquellas hendiduras.
El señuelo se hundió.
Con suma delicadeza intentó atraer a las presas moviendo la caña arriba y abajo, haciendo que, con su chapoteo, el pececillo de plástico simulara un alevín de pargo investigando la superficie.
No tardarían mucho más. Nunca tardaban. El truco radicaba en saber cómo chapotear el señuelo.
Aplicar una fuerza excesiva ahuyentaba a las lubinas.
Y, por el contrario, hacerlo con excesiva delicadeza no conseguía captar su atención.
Notó un fuerte tirón del sedal.
Sujetó la caña con fuerza y aguardó, esperando a que los anzuelos se clavaran en profundidad. Tirar de la caña demasiado pronto únicamente le devolvería el señuelo vacío. Cuando notó que el pez había picado, tiró con fuerza de la caña y, con movimientos frenéticos, el pescado cayó en su barca.
¡Gloria al cielo! ¡Cuánto le gustaba la pesca vertical!
Apretó con la bota a la lubina que se retorcía en el fondo de la barca y le metió un dedo en las agallas. Con cuidado, retiró el anzuelo y admiró el ejemplar. Dos kilos. Quizá dos y medio.
Saldrían unos filetes excelentes.
Estaba listo.
Algunas veces habría preferido acabar con ellos retorciéndoles el pescuezo, sin más. Sería mucho más fácil y le evitaría tomarse tantas molestias. Pero las muertes que debían pasar desapercibidas requerían imaginación y creatividad. Un talento para combinar lo previsible con lo inesperado.
Como una forma de arte.
Había que crear el escenario perfecto en la mente de la Prioridad.
El viejo depositó la lubina en la neverita portátil y luego se inclinó hacia un lado y se limpió los restos de pescado de las manos en el agua.
A continuación sacó una manzana de otra neverita.
Se había quedado dormido y había salido de casa deprisa, sin tiempo para tomarse su bol de cereales y el café de costumbre.
En lo alto, las golondrinas y los cenzontles piaban de árbol en árbol en busca de su propio desayuno.
Una agradable vaharada de madreselva acompañaba a las abejas que libaban néctar.
Debería haber comprado una parcela en aquel lugar años atrás, antes de que el precio de las propiedades a orillas del lago se disparara por las nubes.
No obstante, incluso ahora la falta de una acometida de agua y un alcantarillado adecuados, así como de carreteras pavimentadas, había mantenido al mínimo el número de viviendas construidas en la zona.
Sobre todo allí, en la ribera nordeste. No había más que pinos taeda en kilómetros a la redonda.
Se comió la manzana y, como siempre, tiró el corazón al agua, donde no tardaría en servir de cebo. No fallaba. Siempre atraía a algún pez.
Con la caña en la mano, volvió a lanzar el señuelo al agua.
Buscó en el bolsillo de su mono y encontró un paquete de chicles de menta. Se llevó uno a la boca para refrescarse el aliento. Era casi una reacción condicionada: muerte y boca seca.
¿Un hábito?
Sonrió por la ironía.
Luego, volvió a fijar la vista en el viejo sentado en su embarcación a unos cincuenta metros de distancia. Pasó un minuto. Agitó la muñeca y el colaborador que se encontraba junto a él entendió qué debía hacer.
Actuar en el momento preciso era fundamental.
Nada fuera de lo normal salvo...