La lista del amor (y otros desastres) Susto
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Susto

Fernando corrió detrás de su novia, quien se movía de lado a lado en su armario, buscando ropa para cambiarse.

—Chiquita, ¿qué pasó?

—Samantha está en urgencias —contestó y se cambió de ropa con prisa. Se puso los zapatos más cómodos que encontró.

No se dio cuenta del momento en el que su novio se fue para su apartamento, sino hasta que lo vio volver con otra ropa y acomodándose un saco, ya listo para salir al hospital.

Ximena estaba nerviosa por lo que pudiera pasarle a su amiga, que no tenía cabeza para conducir, así que fue su novio quien se hizo cargo. En menos tiempo del esperado ya estaban frente al hospital; ella salió corriendo del auto, mientras que Fer buscaba un espacio para estacionar.

Al entrar a Urgencias, fue directo a la recepción para preguntar por su amiga, pero la enfermera le daba mil vueltas a la lista y no decía nada.

—¿Ximena? —la llamó la voz de un hombre y ella giró.

—¡Josh!, Samantha tuvo que venir, pero no sé en dónde está —comentó, atropellando las palabras y respirando agitada.

—Tranquilízate. La acabo de atender y ahora espera a que su ginecoobstetra la revise y verifique que todo esté bien con el bebé —le explicó, permitiéndole respirar mejor.

Fernando llegó y, aunque la tensión entre ellos era más que evidente, Ximena no les prestó atención, agarró la mano de su novio y lo atrajo hacia ella. Josh miró las manos unidas y después estiró la suya para saludar.

—Qué bueno volverte a ver —comentó y no lograron saber si fue ironía o si de verdad le alegraba volverse a ver con Fernando.

—Igualmente —contestó Fer con el mismo tono empleado por el médico y soltaron sus manos después de un largo apretón.

—Me alegra que todo se solucionara —le dijo Josh a Ximena y le sonrió—. Si quieres entrar con Samantha, está por acá… —Le señaló el corredor a su espalda y todos empezaron a caminar.

»Lo siento, solo puede entrar una persona —aclaró con incomodidad, aunque ambos comprendieron.

—Estaré en la sala de espera. Cualquier cosa, me llamas o me buscas ahí —dijo suave.

Ella asintió y, antes de que él se fuera, la acercó a su cuerpo y besó su frente.

Ese beso le cayó perfecto, sentía todo el apoyo que necesitaba en ese momento—.

Doctor Smith, con permiso, me retiro. Que tenga buena noche —se despidió y devolvió por el camino que habían avanzado.

Al abrir la puerta del consultorio en el que se encontraba Sam, la vio acostada en una camilla y no dejaba de acariciar su pancita, que ya atraía todas las miradas.

Levantó su mirada y le sonrió a Ximena, aunque la felicidad no llegó a sus ojos, sino que se llenaron de lágrimas y su amiga corrió hacia ella para abrazarla.

—¿Qué pasó? ¿Qué te han dicho? —preguntó y Sam negó, pero después asintió suavemente.

—El doctor Smith me revisó cuando llegué y dijo que no hay nada malo conmigo.

Me enviaron acá para estabilizarme y que me pueda revisar.

¿Y si hay algo mal con el bebé? —preguntó con la voz entrecortada y más agua de lo normal.

A Ximena se le hizo un nudo en la garganta; no sabía qué decirle, así que se limitó a abrazarla y darle todo su apoyo.

La doctora entró al poco tiempo y las encontró abrazadas, les sonrió y se acercó a la paciente. Ximena se alejó un poco para darle espacio para que la doctora se moviera con libertad y observó en silencio, esperando una respuesta de lo que pasaba con su amiga.

—Sam, cuéntame, ¿qué pasó para que vinieras a Urgencias? —le preguntó mientras se ponía unos guantes para revisarla,

—Me empezó un dolor punzante en la parte baja del abdomen. Fue una punzada larga que después se fue, pero al poco tiempo volví a sentir igual. Creí que era por estar tanto tiempo acostada en la misma posición, aunque cambié y siguió —explicó, con los ojos llenos de lágrimas.

—Bueno, tranquila, y vamos a revisar qué está pasando por acá adentro.

Tocó su abdomen en varias zonas, hizo un poco de presión y le preguntaba a Sam lo que sentía. No encontró nada extraño, sin embargo, para descartar alistó el ecógrafo.

—Bueno, creo saber lo que sucede, aunque es pronto, pero no imposible —comentó la doctora y ambas fruncieron el ceño sin entender nada.

—¿Qué cosa? —preguntó Sam con voz entrecortada.

—El bebé está perfecto y todo se ve bien por acá. —Les mostró la pantalla. Ximena se acercó para ver mejor y sus ojos se humedecieron al ver una pequeña figurita que se movía.

En ese instante se abrió la puerta del consultorio y Leon entró como una tromba. Cuando la doctora se dio cuenta de quién era, no demoró en explicarle lo que sabía hasta el momento, para tranquilizarlo y le pidió que se hiciera junto a su esposa.

—Creo que esperaré afuera —dijo Ximena, porque era ella la que sobraba en el consultorio.

—Tranquila, no diré nada —susurró la doctora, robándole la sonrisa a todos.

—Gracias —contestó Ximena y Sam le agarró la mano.

—Según lo que veo acá, además de lo que describiste que sentiste, estoy segura de que tienes contracciones de Braxton Hicks , así que no hay ningún problema con el embarazo.

Normalmente, dan en el tercer trimestre, pero en algunas mujeres se presentan desde el segundo y tú eres una de ellas —explicó la doctora.

—¿Segura de que todo está bien? —insistió Sam.

—Sí, quédate tranquila. Hay varias cosas que pueden producir este tipo de contracciones, por ejemplo, el aumento en la actividad física tanto de la madre como del bebé, tocar y estimular el abdomen materno, relaciones sexuales, deshidratación y vejiga distendida —explicó—.

Así que nada de dejar de tomar líquidos para no ir seguido al baño.

—Perdón, doctora. Entré en pánico y era un dolor que no había sentido —se excusó, un poco avergonzada y la mujer negó.

—Te entiendo, eres primeriza y además no has tenido un embarazo fácil, así que no te disculpes por preocuparte por tu salud y la del bebé.

Prefiero que vengas por un susto y que descartemos cualquier problema, a que no vengas y sea algo grave.

¿Entendido? —Los miró a todos, como si fuera una advertencia.

—Sí, señora —contestó Leon en voz baja.

—Perfecto… —Revisó un documento y levantó la mirada—. Teníamos cita dentro de una semana para saber el sexo del bebé, pero es posible que podamos verlo hoy —comentó con una sonrisa, aunque no dejó de mirar la pantalla—. ¿Quieren saberlo?

Ambos futuros padres asintieron.

Sam apretó con fuerza la mano de su amiga, dejando en evidencia lo emocionante que era para ella esa noticia; también la ponía nerviosa. Xime acunó la mano con las suyas y Leon se acomodó detrás de sus hombros y apoyó la cabeza en uno.

—Sentirás un poco de presión —advirtió la doctora mientras hacía un poco de fuerza con el ecógrafo—. Ahí está. Felicitaciones…, es un niño y está creciendo sano. —Señaló una parte específica en la pantalla, a la que ninguno le vio forma.

Sam liberó algunas lágrimas que acompañó con una sonrisa que le hacía brillar el rostro. Leon no estaba muy distinto y no dejaba de acariciar a su esposa. Ximena se acercó para abrazarlos y los felicitó; después se despidió y los dejó tener un momento de privacidad.

Salió corriendo del consultorio hacia la sala de espera para encontrarse con su novio. Al verla, Fer se levantó de la silla y la recibió tras dar un salto, emocionada.

—¡Es un niño! —gritó feliz, haciéndolo reír. La abrazó fuerte y la bajó al suelo.

—¿Todo está bien? —Ella afirmó, enérgica.

—Fueron contracciones de Braxton Hicks anticipadas. No es nada grave, ¡y pudimos saber el sexo del bebé! —Hizo un bailecito, agradecida de haber tenido la oportunidad de vivir ese momento con sus amigos.

—Me alegra mucho saber que todo está bien con Samantha y el bebé. —La abrazó de nuevo y besó su frente.

Los esperaron hasta que salieran de la consulta. Ximena se sintió encantada al verlos felices. Sam les mostró la imagen de la ecografía y cuando Fer la felicitó, ella no escatimó al abrazarlo con fuerza y agradecerle por estar ahí para ellos.

Leon viajó en la mañana para hacer una diligencia importante y volvió en la noche para permanecer con su esposa.

Estaba agotado, pero feliz, después del susto que se dio cuando llegó al aeropuerto y recibió la llamada de Sam avisándole en dónde se encontraba.

Agarró el primer taxi que paró y corrió a buscarla.

Ya tenía mejor cara, pero estaban sin su auto para volver a casa, así que los llevaron.

El día fue agotador, pero también emocionante. Sería la primera noche que pasaban viviendo juntos de manera oficial y Ximena estaba ansiosa, porque era la primera vez que vivía algo semejante.

Llegaron a la puerta de su apartamento y, antes de que entraran, Fer la tomó en brazos. Ella se rio sin parar; no se esperaba eso y logró ponerse un poco nerviosa.

Entraron.

—¿Por qué haces esto? —preguntó, risueña. Se aferró a su cuello.

—Porque se supone que ese es el inicio de una vida en común, llena de amor y protección. —Rio y levantó los hombros.

La bajó con cuidado; aunque ella no se soltó de su cuello, se puso en puntas y lo besó con dulzura, sintiéndose, perdidamente, feliz.

—No te alcanzas a imaginar cuánto te amo —murmuró contra sus labios y ella deseó llorar.

En ese momento se daba cuenta de que lo que había sentido antes por alguno de sus ex no se comparaba con lo que sentía por Fernando.

En realidad, nunca se había enamorado de verdad, ni siquiera de Roman.

La vida se tomó el tiempo necesario para enseñarle a reconocer los sentimientos de verdad.

—Te amo, te amo, te amo —le dijo mientras llenó su cara de besos.

Entraron a la habitación; aunque ya era muy tarde, casi de madrugada, Ximena deseaba meterse a la tina. No fue más que le dijera sus intenciones a su novio para que él se uniera.

Sentados uno frente al otro en medio de una batalla de espuma, empezaron a relajarse del peso del día.

Después se hicieron peinados, barba, bigote y cualquier cosa que se les ocurriera con la espuma, como un par de niños que se divertían, dejando el mundo afuera.

De repente, Fer la jaló contra su cuerpo, sus pieles del abdomen se rozaron y la temperatura de sus cuerpos aumentó, dejando atrás el agua que empezaba a enfriarse.

—¿Estás muy cansada? —le preguntó él, agarrando su nuca con firmeza y uniendo sus frentes y narices.

—Ya no… —rio—, ahora hay algo que deseo con muchas ansias.

—¿Qué puedo hacer por ti? ¿Qué quieres? —le preguntó con voz ronca.

—Hazme el amor —murmuró mientras acercó su centro a la ya notoria dureza entre sus piernas.

—Tus deseos son órdenes, chiquita. —Se besaron con devoción y la sacó de la tina; pasaron con prisa por la ducha para quitarse el jabón y en pocos minutos ya estaban en la cama.