Día del juicio #2
Al salir del juzgado, los paparazis los esperaban en las escaleras, como si fueran aves de rapiña tras una presa.
Nathe y Fernando se hicieron al frente, protegiendo a Donna y Ximena, y Jonas se hizo detrás.
Los flashes de las cámaras y las preguntas no se hicieron esperar, al igual que la ausencia de respuestas.
Alex ya los esperaba, así que solo necesitaron llegar hasta el auto.
Se despidieron con prisa; Donna se fue con Jonas.
Nathe se fue hasta su auto para irse a su trabajo y la pareja enamorada se fue de vuelta al apartamento.
Sin la presencia de Donna, los paparazis los dejaron en paz. Nadie sabía que ese joven de ojos verdes, cabello despeinado y de la mano de la abogada era el hijo de la famosa actriz.
Ximena estaba que no podía de la felicidad.
Desde que conoció a Donna y toda su historia, se propuso que ese hombre que urdió un plan macabro por más de dos años para enamorarla, dejarla en bancarrota y embarazada, no merecía salir victorioso; en especial, basando toda su historia en mentiras y artimañas en las que otras personas habían participado para testificar a su favor.
Esos también tendrían que arreglar asuntos con la ley, pero en ese momento ella solo quería pensar en todo lo bueno y recordaba con afecto a la señora Alessandra Wallace, una de las mujeres más sororas que conoció en su vida; sin ella no hubiese conseguido toda la evidencia irrefutable con la que hundieron a Brandon.
Necesitaba agradecerle en persona, algún día, porque, aunque el caso no era en realidad complicado como muchos otros, su ayuda no dio lugar a dudas respecto a lo que Donna dijo desde un principio.
Fer fue al baño y su novia lo esperó, plácidamente, sentada en el sofá de su sala.
Como fuera, así haya tenido al toro por los cuernos durante todo el juicio, el estrés y la tensión le exigían descansar: con una copa de vino blanco en la mano, los pies descalzos y apoyados sobre el cojín en el que su novio estaba recostado.
El teléfono de él empezó a timbrar sobre la mesa; aunque Ximena intentó ignorarlo, fue imposible, porque volvieron a llamar apenas se cortó. Se estiró y vio que era Steven quien buscaba a su novio con tanta insistencia, así que contestó.
—¡Ya está listo el estudio que pediste! —gritó, emocionado. Ella frunció el ceño, sin comprender.
—¿De qué estudio hablas? —preguntó ella; escuchó al chico lamentarse y quedarse callado un momento.
—Ya dañé la sorpresa… Por favor, no digas nada —suplicó y recibió un sonido afirmativo como respuesta.
—Contesta mi pregunta —dijo seria.
—Fernando quitó el estudio de fotografía y dibujo de su apartamento y ha alquilado un espacio exclusivo para eso. Solo que te quería dar la sorpresa cuando ya todo estuviera listo y a eso llamaba —explicó y la sonrisa en el rostro de Ximena fue imposible de ocultar.
—¿De verdad quitó el estudio de su apartamento? ¿Desde cuándo? —Estaba sorprendida.
—Desde el inconveniente que tuvo con Claire, ese mismo día me pidió buscar un nuevo lugar y cancelar su agenda hasta nuevo aviso. No quiere que ustedes vuelvan a tener malentendidos. Ese hombre por ti es capaz de ir a la luna y traerla —comentó Steven y ella rio.
Escuchó a Fernando cerrar la puerta de la habitación y caminar por el pasillo; ella se despidió con un susurro y colgó. Intentó actuar como si nada hubiese pasado, pero la sonrisa la delataba.
—Chiquita, ¿qué pasa? ¿Por qué tan feliz? —preguntó mientras volvía a su lugar y ponía las piernas de ella sobre las suyas, para empezar a masajearlas—. ¿Te estás acordando de lo que pasó en el juzgado? —la interrogó y movió las cejas de arriba abajo, haciéndola reír. Asintió, después negó.
Fernando la miró con ojos entrecerrados.
—Tú me haces feliz —contestó y se acercó a él hasta que posó sus labios sobre su boca, dándole un beso cargado de amor y ternura.
—Tú también me haces el más feliz, pero te conozco y sé que algo tuvo que pasar para que estés con esa sonrisa en la cara. —La miró de forma intensa, como si con eso le sacara una confesión. Ximena soltó una risa nerviosa.
—Tengo una promesa, pero no sé si es muy pronto… —dijo con precaución y él le pidió, con una seña, que continuara—. Vivamos juntos acá y puedes vender o arrendar tu apartamento. —Fer sonrió, aunque después frunció el ceño y estiró los labios en una mueca graciosa y de total comprensión.
—¿Cómo te enteraste de que ya no tengo el estudio ahí?
—preguntó e hizo un puchero, que solo hizo que su novia volviera a lanzarse a sus brazos para besarlo—.
Esto es trampa —se quejó, no muy convencido de acabar con el beso; de hecho, la agarró por la nuca, profundizando mucho más aquel beso. Ella se acomodó a horcajadas.
—Fue por error. Steven te llamó insistentemente y, al contestar, creyó que eras tú.
—No fueron necesarias más explicaciones—.
Enterarme de eso ha sido la mejor noticia —se excusó y ella hizo un puchero.
Fernando la besó, pero de la ternura del momento ya quedaba poco; todo se tornaba más intenso y ardiente.
—¿De verdad quieres que vivamos juntos? —interrogó con voz entrecortada, permitiendo que su chica lo llenara de besos entre la oreja y el hombro.
—Prácticamente, ya vivimos juntos, pero sería hacerlo oficial —susurró en su oído y finalizó con un pequeño mordisco en el lóbulo de su oreja. Fer soltó un gruñido cargado de excitación. No dijo palabra alguna, pero respondió con un asentimiento.
Ximena retornó a sus labios, esta vez con un beso mucho más pasional, mientras frotaba su pelvis con la entrepierna que se endurecía más y más, segundo a segundo.
Estaba tan excitada que, si seguía así, no tardaría en alcanzar el orgasmo; sin embargo, se levantó con prisa y lo jaló hacia la habitación, que, a partir de ese momento, era de los dos.
La ropa que les estorbaba dejó de cubrirlos en cuestión de segundos; cayeron sobre la cama y se entregaron de una forma especial, como no lo habían hecho antes. Cada centímetro de sus pieles celebraba la decisión que acababan de tomar.
Jadeantes sobre la cama, desnudos, sudorosos y muy felices, Fernando la acercó a su cuerpo. Con la cabeza sobre su pecho, empezó a quedarse dormida. La intensidad del día le pasaba factura. Alcanzó a sentir cómo su novio los cubría con las sábanas y cayó dormida.
Empacaban las cosas de Fer que llevarían al otro apartamento, aunque la mayoría las llevaron en la mano, ya que solo era atravesar el corredor entre sus puertas.
El celular de ella empezó a sonar; era extraño, ya había anochecido y estaba entrada la noche, así que no era normal recibir llamadas en ese horario, por lo que su corazón se aceleró de pensar que algo malo sucedió, sentimiento que empeoró al ver que quien llamaba era Samantha. Se le hizo un vacío en el estómago.
—Sam, ¿pasó algo? —contestó y la escuchó llorar. Corrió a su apartamento.
—Tuve que venir a la clínica, porque tengo dolor.