La lista del amor (y otros desastres) Tarde de libertad
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Tarde de libertad

Fernando se sentía abrumado de pensar que no podía reaccionar al ver por primera vez a su padre biológico; solo pensar en ese hombre y ese momento lo llevaba a imaginar mil escenarios posibles y ninguno era bueno.

Que su novia le pidiera controlarse parecía una misión imposible.

Además, ver a su mamá comportándose de esa forma con Jonas lo tenía confundido.

No sabían nada del hombre, solo que era el padre de Nathe, pero podía estar casado y todos se comportaban como si no pasara nada.

—Perdón que los interrumpa —dijo, interrumpiendo la charla de sus tres acompañantes, a la que no había prestado atención. Lo miraron y se fijó en esos ojos cafés que lo tenían loco.

—¿Qué pasa, cielo? —preguntó Ximena en voz baja, mientras acariciaba su brazo.

—Solo para quedar claros… —dudó cómo decir lo siguiente—: Supongo que usted no está en una relación o, por el contrario, estaría muy mal que tratara a mi madre de la forma en la que lo hace —dijo con seriedad.

—¡Fernando! —lo regañó su mamá, pero él logró sostenerse serio y a la espera de una respuesta.

Ximena se cubrió el rostro, avergonzada, pero él lo pasó por alto; cuando las cosas se relacionaban con su mamá, no había nada que lo desviara de su intención de protegerla.

—Puedes estar tranquilo, que acá la única casada es tu madre —contestó Nathe, evidentemente ofendido por la forma en la que Fernando dijo las cosas.

—¡Nathe Donald! ¿Qué es esa forma de contestar?

Además, por lo que he escuchado, en menos de cinco días eso dejará de ser un problema —dijo Jonas, regañando a su hijo—.

Y, por otro lado, soy un hombre viudo hace ocho años y no me interesó nadie en todo este tiempo —explicó, mirando fijo a Fernando—.

Hasta ahora… —dijo, mirando a Donna, quien se sonrojó.

Fer volteó los ojos, pero no pudo evitar sonreír.

—¿Podrían dejar de hablar de mí como si no estuviera?

—los interrogó Donna, con gran disgusto—.

Creo que se apresuran a sacar conclusiones ante las circunstancias y, como ya eso me parece excesivo, será mejor que me retire—.

Se levantó de la silla, agarró su bolso y se acercó a Ximena. Fernando se sintió culpable.

—Perdón por eso —se excusó la joven, pero su suegra negó.

—No es tu culpa —besó su mejilla—, gracias por todo, cariño. —Le guiñó un ojo. No se despidió de nadie más, se puso sus lentes oscuros y el sombrero que usaba para ocultarse de las miradas curiosas y salió con prisa del reservado.

Xime se negaba a dejarla ir sola; se levantó de su asiento, agarró su bolso, buscó las llaves de su auto y se las entregó a Fer, quien la miró confundido; sin embargo, antes de que dijera algo, ella le hizo una seña para que se quedara callado.

—Con permiso, señores. Me iré con mi suegra a pasar una tarde de chicas, así que ustedes miren a qué dedicarán su tiempo —les dijo a todos—.

Ahí te dejo las llaves del auto para que vuelvas al apartamento y no prometo volver esta noche.

—Se dio la vuelta y corrió con la esperanza de alcanzar a Donna antes de que el chofer la recogiera.

Al salir del restaurante, miró a lado y lado de la acera, buscándola.

—Donn.., Annette —rectificó antes de decir el nombre más conocido y llamar la atención de algún curioso cercano—, no te vi —dijo risueña.

—Estaba llamando a Alex para que me recogiera y te vi salir como un rayo del restaurante —comentó burlona y Ximena respondió con un movimiento de hombros y una sonrisa.

—Te seguí para que nos vayamos en plan de chicas y que esos hombres se defiendan solos. A ver si aprenden que, por más amor que sientan, no pueden andar controlando nuestras vidas —le propuso y movió sus cejas de arriba abajo, en un gesto cargado de picardía.

—Me parece perfecto, porque por más que mi hijo me adore, muchas veces se le va la mano controlándome o, bueno, preocupándose por mí, y estoy lo suficientemente grandecita como para tomar mis propias decisiones —dijo con seriedad y su nuera asintió.

Alex llegó a recogerlas, se subieron y, como deseaban perderse todo el día, solicitaron que las llevaran a la casa de Samantha. Compartirían las tres, ya que Sam solo estaba asistiendo en las mañanas al bufete y las tardes eran de descanso.

—¿Qué hice en mi otra vida para que Donna Martin me visitara en mi casa? —preguntó Sam con emoción desbordada al abrir la puerta. Las recién llegadas se rieron y se saludaron con besos, abrazos y caricias en esa pancita que empezaba a crecer.

—Para mí es un gusto estar acá. En una tarde libre de hombres —comentó con suficiencia y movió sus cejas.

—La visita de ustedes me cae perfecta, porque mi esposo tuvo que salir y puede que se demore. —Hizo un puchero—. ¿Quieren ver algo gracioso? —preguntó risueña y sacó su celular para mostrarles algo.

Ximena soltó una carcajada al ver la foto que Leon le había enviado a su esposa. Se le veía haciendo muecas de tristeza y aburrimiento en el trabajo y las acompañaba de mensajes tiernos confesándoles que la extrañaba y a su bebé.

—Creo que a ustedes él les hace más falta —aseguró Ximena y su amiga arrugó la nariz en una mueca tierna y graciosa. Sabía que tenía razón.

Ximena se sentía feliz por la bonita pareja que sus amigos formaban, en especial por lo mucho que se amaban. Ambos eran increíbles personas, buenos, trabajadores, dedicados y excelentes amigos. Estaba agradecida con la vida por habérselos puesto en el camino.

Después de hablar del embarazo un poco y escuchar con atención los consejos de Donna, que seguro le ayudarían a manejar los futuros cambios, decidieron tener una tarde de películas y belleza.

Eligieron algunas películas infantiles clásicas y las tomaron como un entrenamiento para dentro de algunos meses, cuando naciera el bebé de Sam.

Se hicieron mascarillas, peinados variados y se aplicaron algo de maquillaje, aunque para eso eran pésimas.

Eso sí, lo que no pudo faltar fueron las palomitas de maíz de diferentes sabores: mantequilla, queso, caramelo y sal, todas acomodadas en cuencos sobre la mesa de centro, tal como una fiesta de cumpleaños en tiempos de escuela.

Pasaron una tarde genial, se relajaron como no imaginaron, dejando atrás el estrés del día a día. No sabían cuánto lo necesitaban.

Se fueron de casa de Sam cuando esta ya se quedaba dormida en el sofá. Donna llevó a Ximena hasta su apartamento.

—Gracias por este día, cariño. —La abrazó con fuerza.

—Ha sido todo un gusto —contestó Ximena y le regaló una sonrisa amplia.

—Ve, que mi hijo debe estar enloqueciendo por saber de ti —bromeó y la chica asintió. Sacó su celular, pero no se dio cuenta del momento en el que se le había apagado.

—Nos vemos en el juzgado. —Donna asintió, nerviosa. Besaron sus mejillas y Ximena entró.

Los ojos del vigilante hablaron por él y en ellos Ximena pudo ver que Fernando la había preguntado hasta el cansancio; eso la dejó un poco nerviosa. Tragó saliva, se despidió del vigilante y subió al ascensor mientras se preparaba mentalmente para el posible regaño al estilo paternal de su novio.

Al llegar a la puerta de su apartamento, escuchó algunas voces que venían del interior; solo logró reconocer la de Fer; las otras dos no las logró distinguir.

Abrió lentamente y se encontró con una escena que, en cualquier otro momento, la llenaría de rabia, pero en ese preciso instante la hizo morir de risa.

Soltó una carcajada al ver a Fer, Nathe y Steve tirados en el suelo; hablaban incoherencias por la borrachera que tenían encima.

Parecían un grupo de amigos entrañables.

Fernando levantó la cabeza con dificultad y, al verla, parecía que tuviera ante sus ojos a un unicornio, la criatura más mágica e irreal de la tierra. Ximena lo observó con una ceja en alto; le encantaría saber lo que pasaba por la mente de su novio en ese momento. Esperaba a que le dijera algo.

—Shhhhh —les pidió silencio a sus compañeros—.

Nos encontraron —susurró y se levantó con dificultad, caminó tambaleante hasta su encuentro—.

Te pareces a mi chiquita. —Sonrió y se giró de camino a la habitación.

Ella lo siguió con la mirada; contener la risa ante la escena fue un reto y lo escuchó lanzarse sobre la cama.

—Está bien, creo que es hora de dormir, señores —les dijo a los otros dos, que la miraban con ojos adormilados.

Los acomodó lo mejor posible en los sillones, buscó unas cobijas y los cubrió.

Eran buenos borrachos, hicieron lo que se les pidió y se durmieron con rapidez.

Les dejó unas pastillas y vasos de agua, para que tuvieran con qué contrarrestar el dolor de cabeza que tendrían al despertar.

Llevó lo mismo para su habitación y lo dejó en la mesa de noche junto a su novio.

Antes de alistarse para dormir, agarró el celular de Fer y le escribió a Donna.

Hijo:

Soy Ximena, mi teléfono está apagado. Llegué a mi apartamento y encontré a tres borrachos contentos y más dormidos que despiertos.

Mamá:

☺ Parece que no fuimos las únicas que

disfrutamos de una tarde sin pareja.

Acabo de llegar a mi casa y Jonas estaba

esperándome… ¡Nervios!

Hijo:

Lleva las cosas con calma… O no. :P

Ambos están jóvenes, libres y las chispas entre ustedes se notan. Solo prométeme que la pasarás bien, así sea hablando y con una copa de vino.

Mamá:

Prometido. Besos.

No demoró en estar lista para meterse a la cama junto a Fer; quien solo daba señales de vida por el movimiento leve de su pecho, al respirar.

Ella sentía que el día fue extraño y loco, pasaron muchas cosas que la llenaron de todo tipo de emociones.

Parecía un día con más horas de las normales.

Sin embargo, la alegraba mucho el saber que Donna había conocido a un buen hombre; solo que jamás imaginó que ese niño que a los ocho años le dio su primer beso, fuera a terminar relacionado y, hasta emparentado con su chico de ojos verdes y cabello alborotado, del que estaba enamorada en cuerpo y alma.

—Ay, vida… ¿Qué más sorpresas me tienes preparadas? —preguntó con la mirada fija en el techo y una sonrisa en su rostro.

La despertó un delicioso olor, se estiró en la cama y Fer no estaba a su lado y supuso que estaba en la cocina. En la mesa de noche tampoco estaban las pastillas ni el agua. Imaginar el malestar con el que su novio debió despertar le hizo arrugar la nariz con molestia.

No tardó el baño, se organizó un poco y salió de su habitación. La escena que encontró la hizo reír; Steve y Nathe estaban pálidos, con los ojos pequeñitos y observaban con ansiedad y hambre a Fernando preparando el desayuno para todos.

—¡Buenos días! —gritó con maldad y todos soltaron un quejido ante el ruido.

—Se me va a estallar la cabeza —se quejó Nathe.

—Creo que a mí ya se me estalló —dijo Steve.

Ximena se acercó a Fer, quien la recibió con los brazos abiertos, la abrazó y besó su frente.

—¿Has hablado con tu mamá? —Asintió e hizo una mueca que no supo descifrar.

—Está con Jonas… —respondió y ella reaccionó con una mueca cargada de picardía.

—No digas nada, porque no quiero imaginarme a mi mamá teniendo sexo con alguien —respondió veloz y volvió a hacer una mueca, esta vez más clara. Pura incomodidad.

—Yo tampoco quiero imaginar a mi papá en esas —replicó Nathe y ambos sacudieron la cabeza, en un intento por alejar las imágenes que se colaron sin permiso en su imaginación.

Ximena soltó una carcajada.

Desayunaron entre risas, burlas y susurros. De repente, el teléfono de Ximena empezó a sonar, anunciando una llamada.

Contestó.

—Jefa, perdón la molestia a esta hora, pero la juez del caso de la señora Martin solicitó una prueba de ADN de ella y su hijo, la cual ha sido programada para hoy a las once de la mañana en el Laboratorio de Genética Central —anunció Tamara sin saludar ni respirar.

Ximena parpadeó, procesando lo que le dejó.