Flechados
—Chiquita, tranquila. No importa. Me lo tenía merecido —contestó sin mirarla a los ojos. Se sentía avergonzado y culpable.
—Ven para acá —lo agarró de la mano y lo llevó a su oficina—, porque ni loca voy a reunirme con tu mamá y que te vea la cara con ese golpe.
Al entrar a la oficina, Ximena ubicó la silla junto a la ventana, lo hizo sentar y se alejó un momento para ir por algo de su maquillaje. Al verla de vuelta con los productos en su mano, no pudo contener la risa, pero tampoco le llevó la contraria; solo le pidió un espejo para poderse ver.
—¡Mierda! —gritó al ver un moretón entre la mejilla y la quijada—. Creo que Claire sigue yendo a clases de crossfit —dijo, torciendo la boca, sin dejar de ver su reflejo en el pequeño espejo.
—¿Me puedes decir qué fue lo que pasó para que te hubiera pegado de esta forma? —le preguntó con seriedad y él soltó el aire con incomodidad.
—Fui muy estúpido al pensar que de verdad necesitaba una sesión fotográfica. Le abrí la puerta y la recibí como siempre, pero no alcancé a dar la vuelta para terminar de acomodarlo todo, cuando ya la tenía pegada a mí —comentó y dudó continuar.
—¿Te besó? —Levantó una ceja a la espera de una respuesta. Fernando tragó con fuerza y asintió. La rabia de Ximena la inundó; su rostro se encendió.
—Sí, me quité rápido, pero ella fue más ágil…
—¡Maldición, habla de una vez! —pidió ofuscada, cansada de las pausas.
—Calma. Me besó dos veces, no le correspondí ninguna —aclaró—, la rechacé y cuando me hizo el reclamo le dejé claro por qué no me interesa volver a tener nada con ella y por eso terminé con esto en la cara. —Ella lo inspeccionó con los ojos entrecerrados y él le sostuvo la mirada.
—¿Le dejaste claro que tienes novia? —Fer negó y a Ximena le dieron ganas de emparejarle el otro lado.
—Hice algo mejor —contestó, ganándose una mirada confundida.
La tomó por la cintura y la atrajo hacia su cuerpo.
La miró fijo a los ojos y notó cómo se puso nerviosa, pero no quitó sus ojos de encima ni se apartó de ella—.
Le dije que tengo la mejor mujer que puede existir en el planeta, quien no solo es hermosa al natural, sino que es perfecta como ser humano.
Ximena sintió su aliento sobre su rostro y ese aliento mentolado, más la colonia con notas cítricas y amaderadas, entraron por sus fosas nasales y cerró los ojos.
—Mírame —le pidió con voz ronca, que dio paso a un escalofrío que recorrió la columna femenina.
Abrió los ojos con lentitud y se encontró de frente con esos ojos verdes que tanto le encantaban—.
No dudes de mi amor por ti —le pidió, tomó su barbilla con una de sus manos—.
Tú eres lo que nunca deseé, pero que siempre necesité y me siento completo.
—Ximena sonrió, no alcanzó a decir nada, porque Fernando atacó su boca con lentitud, demostrándole con esa acción todas las palabras que no había dicho.
A ella le molestaba que las últimas manos que lo tocaron con deseo no eran las suyas, así que sintió la necesidad de borrar ese toque ajeno.
Aumentó la intensidad del beso y sus manos se movieron con prisa sobre los botones de su camisa, soltándolos uno a uno.
Dejó a la vista su pecho y abdomen tonificados, los que recorrió con sus dedos.
—Se nos hará tarde —dijo Fer contra sus labios y ella sonrió.
—Entonces no nos demoremos —contestó coqueta y, tras un gruñido masculino, él le dio la vuelta contra el escritorio.
Ximena apoyó las manos sobre la mesa para mantener la estabilidad, escuchó la bragueta abriéndose y se estremeció al sentir cómo esa mano grande y caliente se deslizaba bajo su falda en búsqueda de su braga y la bajó con prisa, dejándola deslizar por sus piernas hasta el suelo.
Fernando se acomodó entre esas largas piernas que tanto le gustaban y la hizo abrirlas para darle acceso.
Ella se aferró con fuerza al escritorio, sus piernas perdieron fuerza cuando él se hundió en ella con una estocada profunda.
Estaban ansiosos. La pelvis de Fer chocaba con las nalgas de ella, mientras que con su dedo rozaba su hinchado clítoris en círculos.
Todo era rápido, fuerte e intenso, que pronto sintió las paredes de su vagina contrayéndose y tensionándose; pocas estocadas más y los dos alcanzaron el orgasmo al tiempo, dejándolos sin fuerza.
Fernando se tumbó en la silla a su espalda y, antes de que Ximena quedara tendida sobre el escritorio, la agarró de las caderas y la jaló sobre sus piernas.
La acunó en sus brazos a la espera de que su respiración se regulara y pudieran alistarse para salir al almuerzo.
Donna fue quien eligió el restaurante en el que se encontrarían; quería privacidad y nadie le llevó la contraria, en especial, teniendo en cuenta los temas delicados de los que hablarían.
El lugar escogido en Los Ángeles fue el Restaurante Jackpot, que ofrecía salones privados, además del entorno común del local.
—Cielo, quiero que te comportes con Nathe —le pidió Ximena en el auto.
Fer hizo una mueca, pero asintió, resignado—.
Él ha sido una gran ayuda con lo del caso de tu mamá y hoy será la primera reunión de todos antes del juicio.
Solo pidió que nos viéramos después del almuerzo, porque tenía un compromiso antes.
Por eso quise aprovechar para pasar el tiempo contigo y tu mamá.
—Le guiñó un ojo y él le sonrió de vuelta.
—Es el primer almuerzo oficial con tu suegra —bromeó. Lo que pensó que alguna vez le iba a generar molestia, solo podía producir en ella ilusión y alegría.
Jamás se le pasó por la cabeza que llegara a convertirse en la nuera de una actriz famosa, mucho menos de una a la que ella y su familia admiraban desde hace muchos años.
Le ilusionaba mucho que su mamá y Donna se conocieran, aunque estaba segura de que su mamá le haría pasar vergüenzas al no saberse comportar.
De hecho, ella también lo habría hecho si se hubiesen conocido en otras circunstancias y Donna también estaba acostumbrada a esa clase de muestras de afecto y efusividad.
Alejó sus pensamientos al llegar al restaurante y le sorprendió no haber ido antes, porque el ambiente y la decoración poco convencionales hacían que se sintiera en Las Vegas. Tras anunciarse en la entrada, los llevaron hasta la mesa donde ya los esperaban.
Antes de entrar al salón privado, le revisó el maquillaje que le había hecho a su novio. Convencida de haber hecho un buen trabajo al ocultar el enrojecimiento, entraron.
Donna se levantó emocionada al verlos entrar de la mano y los interceptó a mitad del camino. Los abrazó tan fuerte que Ximena no contuvo la risa, mientras que Fer se quejó por quedarse sin aire.
Tomaron asiento y no tardó en llegar una mesera con gran sonrisa; les entregó los menús y, mientras elegían la comida, les ofreció algunas bebidas y entradas.
Después de una margarita sin alcohol, perfecta para el calor, Ximena se excusó para ir al baño a lavarse las manos. Salió del baño y, al caminar de vuelta al privado, un rostro conocido captó su atención. Dudó si en verdad veía bien; entonces se acercó.
—¡¿Nathe?! —Se sorprendió al verlo tan temprano en el lugar de su cita. Por un instante pensó que eran ellos los que habían llegado tarde. Miró la hora en su teléfono y se relajó al comprobar que estaban bien de tiempo.
—¡Ximena! No pensé que llegaras antes —dijo, sonriente, y le señaló al hombre a su lado—. Supongo que no recuerdas a mi papá, entonces te lo presento.
Estiró su mano para saludarlo; era un hombre de más de cincuenta y cinco años, con el cabello algo cano, pero muy atractivo y amable.
—Jonas Donald, mucho gusto.
—Ximena Miller, señor Donald, es un placer.
—Yo sí te recuerdo. Eras una niña muy bonita y llena de energía —dijo y Nathe y ella lo miraron con sorpresa.
—A la que su hijo le rompió el corazón —comentó risueña. El hombre volteó a ver a su hijo como si hubiese cometido un delito y Nathe puso los ojos en blanco. Todos se rieron.
—¿También aprovechaste para venir a almorzar? —le preguntó Nathe, cambiando el tema de conversación. Ella asintió.
Detuvo la mirada sobre la mesa; en esto no había platos.
O ya habían almorzado o, al igual que ellos, acababan de llegar.
La respuesta fue segunda, así que no tardó en proponerles almorzar todos juntos en el reservado.
Su amigo lo dudó un poco, pero su padre se levantó con gusto de la silla y aceptó.
—Me parece perfecto. —Extendió su brazo para que ella lo tomara de gancho y emprendieron el camino.
En el reservado, Donna tenía la cabeza metida en su bolso, como si buscara algo. Solo los ojos de Fernando cayeron sobre los recién llegados y, cuando su novia lo miró, pudo notar su ceño fruncido al verla del brazo de un hombre que podía ser su padre.
—Cielo, te presento al señor Jonas Donald. —Los dos estiraron sus manos para saludarse. Nathe llegó detrás.
—Perdón, estaba pidiendo que nos trajeran la comida a este lugar —anunció al entrar. Estaba por presentarlo con su novio, pero Donna interrumpió con un grito.
—¡Lo encontré! —Tenía algo en la mano y cuando levantó los ojos, su mirada quedó estática sobre Jonas, haciéndolos sentir a todos un poco incómodos.
Fer frunció su ceño y Nathe los miró con ojos entrecerrados.
—¿En verdad estoy viendo a Donna Martin?
—preguntó el hombre sin ocultar su sorpresa.
Ximena nunca imaginó ver a su suegra sonrojarse, pero así mismo la tenía en frente.
Soltó a Jonas de su agarre, quien no demoró en acercarse a saludar a Donna con un suave y caballeroso beso sobre sus nudillos.
Los ojos le brillaron y una hermosa sonrisa le iluminó la cara.
En definitiva, si eso llegaba a prosperar, Ximena empezaría a creer en el amor a primera vista. No podía quitarles los ojos de encima; las chispas electrizaron toda la estancia y parecían un par de adolescentes frente al chico y chica que les gustaba.
Suspiró ilusionada y se acercó a su novio, que mantenía la mandíbula desencajada al ver a su mamá coquetear con timidez. Miró a Nathe y este se notaba que no sabía qué hacer.
—Algo me dice que ustedes terminarán siendo hermanastros más pronto de lo imaginado —bromeó en voz baja, pero segura de que ambos la escuchaban. Ellos se miraron y tragaron saliva, como si su ansiedad se hubiese coordinado.
Después de ese momento de tensión que ella disfrutó sobremanera, todos tomaron asiento. Donna y Jonas juntos, a sus lados cada uno de sus hijos y Ximena en la mitad. Tenso y divertido.
—¿Les parece si primero cenamos y después conversamos lo del juicio? —propuso y todos estuvieron de acuerdo. Era necesario dejar de lado la tensión y disfrutar de la rica comida del lugar.
Durante el almuerzo, la conversación fue trivial; hablaron de sus platos, un poco de la carrera actoral de Donna. Jonas no dudó en hacerle cumplidos por sus papeles y belleza, los cuales ella aceptó gustosa y tímida.
Al acabar los platos fuertes, pidieron café para aligerar la carga que traería la conversación por la que se reunieron en ese lugar.
—Aunque no lo crean, gracias a la ayuda de Nathe y un contacto que tiene en el Hotel-casino Orion en Las Vegas, logramos conseguir algunos vídeos de las cámaras de hace treinta años, con los que podemos demostrar que la versión de Donna de lo sucedido ese día es cierta —explicó y la cara de asombro de los Martin no pasó desapercibida—.
Todo es gracias a la dueña, Alessandra Wallace, que obliga a su hija, la actual administradora, a que conserve todas las grabaciones de seguridad. Todo lo han digitalizado.
—De hecho, cuando hablé con ella, me dejó muy claro que en su negocio podía pasar de todo y el pasado podía tocar a la puerta en cualquier momento de la vida, así que guardaba cualquier grabación que ayudara a esclarecer algún suceso.
Por eso no creía en esa frase de «Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas» —les contó Nathe.
—Me encantaría conocerla y poder agradecerle —dijo Donna con voz temblorosa y Fer apretó su mano, como muestra de apoyo.
Ella guardaba la baja esperanza de que se consiguiera algún registro de esa época, un papel de la boda, pero jamás imaginó que tendrían el vídeo de lo sucedido, incluso de esos momentos en los que su corazón todavía latía enamorado mientras dormía y los otros ejecutaban su traición.
—Podrás hacerlo después, porque en este momento debe estar en un viaje que tenía para Italia —le informó el joven abogado.
—La otra cosa importante que necesitamos para el día del juicio, y sé que no es fácil, pero si lo logran, todo saldrá perfecto —les dijo Ximena a Fer y Donna—.
Estará el señor Brandon y, aunque lo más seguro es que ya sepa de la existencia de su hijo, todavía no sabe tu apariencia y nos conviene mantener ese secreto por el mayor tiempo posible.